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Interviú, Tiempo y la muerte del periodismo

Ayer, como saben, cerraron las revistas Interviú y Tiempo. Cerraron, y valga la casualidad, el mismo día que El Rincón de la Crítica cumplía siete años. El blog sobrevive al cáncer que padece el periodismo español; un cáncer – y disculpen por la metáfora – que algunos llaman Internet y otros fatalismo. Tras caminar, largo y tendido, por las callejuelas de Twitter, escribí el siguiente tuit: "Cierra Interviú y cerrarán todos los medios, y morirá el periodismo. Internet es el depredador de la prensa analógica, lo mismo que ocurrió con el ordenador y la máquina de escribir". En breve, Alberto Pozas – director de Interviú – realizó el siguiente matiz a mi tuit: "con una diferencia notable: el ordenador mejoró a la máquina de escribir. No creo que Internet, mejore a la prensa analógica si hablamos de información". Acto seguido, otra usuaria de la red añadió: "Excepto que se considere periodismo a hacer refritos de otros artículos, titulares con "morimos de Hamor" con H y los lectores solo quieran ver fotos con gatitos". Finalmente, Quino Andréu – otro seguidor – apuntó: "Internet o los 6000 medios "públicos" y los mercenarios de la posteridad, el Ibex35 y PPSOE". 

Tras leer la conversación, llegué a la conclusión de que tanto Pozas como Andréu tenían razón. El primero, porque Internet ha dejado sin sentido el papel del periodista. En días como hoy, las redes sociales han roto las distancias que justificaban la función del periodismo. El segundo, porque la polarización – el sometimiento de los medios a intereses económicos y políticos – ha hecho del periodismo el arte de la postverdad. Así las cosas, tanto Internet como el fracaso del modelo periodístico han causado la agonía y muerte de grandes medios, tales como Público (en su edición de papel), CNN+, y ahora Interviú, entre otros. Ante esta situación, la industria del periodismo tiene dos opciones: reinventarse o morir. Morir, queridísimos lectores, porque las redes sociales y la proliferación de medios digitales han colapsado la estructura de la información. Si navegamos – por ejemplo – por la sección de noticias de Google, observamos como cada hecho informativo tiene cientos de titulares repetidos; algo nefasto para el mercado de la información. Las redes sociales han ninguneado la función del corresponsal. Las redes sociales han construido un pequeño mundo donde las noticias fluyen y, se hacen virales, sin necesidad de que los intermediarios controlen su recorrido. Morir, porque los partidos ya no necesitan a los medios. Gracias a las redes sociales, los líderes políticos difunden sus mensajes a millones de seguidores. La "prensa analógica" se ha convertido en un plato de segunda para un sector residual de la población, que todavía sigue atado a la prensa tradicional ante su resistencia a lo digital.

El periodismo debe reinventar su modelo. La reinvención pasa por, entre otras, las siguientes recetas. La primera, ruptura con los lazos partidistas. Es necesario que los partidos, por un lado, informen a los suyos a través de Internet – medios propios y redes sociales -, y que la prensa, por otro lado, se dedique al análisis objetivo. Un análisis, realizado por sociólogos y politólogos, que explique el hecho informativo sin caer en el sesgo ideológico acostumbrado. La segunda pasa por la especialización. Es necesario que los medios rompan con los prismas generales y se centren en termas específicos. Es urgente una prensa salmón, negra, verde y amarilla. Una prensa diversa que profundice en tribunales, deportes, sociedad y demás secciones informativas. La tercera, y ya van tres recetas: originalidad. Una prensa donde predominen las noticias propias en detrimento de las cocinadas por agencias como Europa Press y EFE, entre otras. Y la última receta: rotación. Es necesario una rotación de las Firmas de Opinión. No es de recibo que en algunos medios escriban los mismos columnistas desde los tiempos de Suárez. En suma, es urgente construir una prensa imparcial, crítica, impredecible, diversa, original y cambiante. Una prensa, como les digo, distinta al paisaje que se vislumbra desde las páginas del vertedero.

Las muertas de Juárez

Aunque no sea partidario del comunismo, lo cierto y verdad es que en muchos aspectos coincido plenamente con Marx. Coincido con el autor de El Capital y del Manifiesto Comunista porque supo leer entre los interlineados del sistema de mercado. A pesar de que el Estado del Bienestar haya, de alguna manera, refutado las expectativas del marxismo; la desigualdad social abandera, por desgracia, las democracias occidentales. El neoliberalismo – o lo que es lo mismo, la derecha de toda la vida – apuesta por la libertad en detrimento de la igualdad. El énfasis en la cultura del mérito y el esfuerzo olvida a quienes, por la lotería de la vida, no son aptos para competir contra los bienaventurados. El marxismo como corriente filosófica está patente en casi todas las esferas de nuestra vida. Sigue vivo en la lógica del sistema educativo, en los fundamentos del sistema laboral, en el sanitario y en la desigualdad de género.

Mientras escribo este artículo, recibo un texto sobre Ciudad Juárez. Un texto escrito por Félix – seguidor del Rincón desde hace cinco años – que versa sobre feminismo, marxismo y su conexión con la violencia de género. Según leo, "las muertas de Juárez" oscilan entre las setecientas y ochocientas al año; una cifra alarmante en comparación con otros lugares del mundo, como por ejemplo España. Entre los factores explicativos del feminicidio mexicano se encuentran: la industria maquiladora, el machismo, el crimen organizado y el tráfico de drogas. La infraestructura urbana, calles sin red eléctrica y asfalto, pone en peligro la vida de las emigrantes durante su trayecto hacia las fábricas. Aparte de este riesgo diario, las mujeres se enfrentan al machismo; a un patriarcado de rasgos agudos, que mira con recelo la independencia femenina. Los carteles del narcotráfico y las pandillas, a lo largo y ancho de la frontera, visten de negro la estadística del feminicidio. Una estadística que pasa inmune ante la sensibilidad del Estado. Un Estado que, según escribe Félix, "no sabe, no contesta" ante el problema del feminicidio.

Tras leer el artículo de Félix, decidí apagar el ordenador, calzarme las zapatillas, y salir a correr por la circunvalación de mi pueblo. Necesitaba, la verdad sea dicha, una bocanada de aire fresco para desconectar de la negatividad mediática. Al regreso, supe sobre el descubrimiento del cadáver de Diana Quer, la joven asesinada presuntamente por el "chicle". Tras conocer la noticia, me vino a la mente las palabras de un tipo que conocí en El Capri. Decía aquel tipo, que en la vida "todos los cadáveres flotan". Se refería a que la verdad siempre gana batalla a la mentira; que no existe, ni existirá, el crimen perfecto porque el hombre es una máquina imperfecta. El fallecimiento de Diana – y vaya por delante mi pésame para toda la familia – guarda ciertos paralelismos con el que sufren cada día decenas de mujeres en Ciudad Juárez. Mujeres trabajadoras, que durante su recorrido hacia las maquiladoras – en la oscuridad de las calles – son perseguidas, secuestradas y asesinadas por pandillas y locos a deshoras. Luego, tales cadáveres son abandonados en escondites que los narcotraficantes usan para el trapicheo.

En el mundo no hay muerte sin causa sino la incapacidad del factor técnico o humano para evitarlas. Así las cosas, la violencia de género podría ser evitada aunque la tarea sea ardua y difícil. Es necesario, y no me cansaré de repetirlo, una educación para la supervivencia. El ser humano sobrevive a los peligros de la vida, en la mayoría de los casos, por cuestión de educación e inteligencia. Inteligencia entendida como la capacidad para resolver problemas, y educación como adiestramiento para la vida social. El Estado forma parte de la solución al problema. La violencia de género necesita un pacto de Estado. Un pacto diferente al que recientemente ha  aprobado el Ejecutivo. Un pacto que sea eficaz y disminuya, de una vez por todas, las estadísticas del terrorismo de género. Para ello se debería introducir en el sistema educativo una asignatura denominada algo así como "Educación para la Supervivencia". Una asignatura que sirviera para minimizar los riesgos que conlleva "ser mujer", en una sociedad de machistas, violadores y caraduras.

Sería necesario, para atajar el problema, que toda la comunidad educativa advirtiera a las adolescentes sobre los peligros de la noche, del alcohol y de las drogas. Sería necesario, como les digo, que desde muy pequeñas, los padres enseñaran a sus hijas los viejos trucos de la vida: a caminar por calles iluminadas, siempre acompañadas y desconfiar de las palabras de extraños y desconocidos. Sería necesario – y disculpen la por la redundancia – que en los colegios e institutos se enseñara defensa personal, pautas seguras para navegar por las redes sociales y, lo más importante de todo, coraje y dignidad para denunciar cualquier amago de violación. Sería necesario que los medios de comunicación se implicaran, todavía más, en la visibilidad del problema. Más implicación supondría más testimonios de las víctimas por violencia de género, más perfiles psicológicos de violadores y maltratadores, más imágenes de puntos negros, de calles oscuras y aglomeraciones. Si no hacemos nada, si no damos un paso más allá de las manifestaciones y pancartas acostumbradas, cada día nos acercaremos más a las "muertas de Juárez".

2017, un año de críticas

ENERO
Nochevieja rota
De Podemos a pudieron
De política y Reyes Magos
El postperiodismo
Los grises de Obama
Postfilosofía
De Trump y la pseudodemocracia
De líderes y PSOE

FEBRERO
La cuestión nacionalista
Sobre CIS y periodismo
Choques y alianzas
El efecto Vista Alegre
Odios políticos
Horas muertas
De justicia logaritmos

MARZO
La falacia comunista
Lo que la verdad esconde
De liderazgos, Schröeder y Zapatero
De PSOE y "wasapeo"

ABRIL
Sobre periodismo y sociología
Chaconismo
La miopía educativa
Tramabuses y postverdades
Cuestión de confianza

MAYO
Tiempos de Macron
Bobadas políticas
Resanchismo
La filosofía adjetiva

JUNIO
De Moix, Rajoy, Echenique y otros chismes
Sobre crítica y periodismo
De marxismo y populismo
De amnistía y dignidad
Efectos de una moción fracasada
Pasatiempos políticos
De neohabla y plurinacionalidad
Resistencia y frustración

JULIO
Sobre África y España
Las ocurrencias de Nozick
¿Dónde están los honrados?

AGOSTO
Tras la lectura de Rorty

SEPTIEMBRE
La pisada del elefante
Detrás del referéndum
De Zapatero, el Estatut y el referéndum
Las arrugas de la vida

OCTUBRE
El Estado sin derecho
El efecto catalán
Mareando la perdiz
De política y felicidad
De aulas y política
Segundo asalto: del 23-F al 27-0
La incoherencia separatista

NOVIEMBRE
De surrealismo y elecciones
De cruces y paradojas
De contextos y censuras
España sufre, España calla
Diez apuntes sobre las elecciones catalanas
La deriva euroescéptica
De violencia y libertades
De juicios y verdades

DICIEMBRE
Sobre Valls y la muerte de la socialdemocracia
De "Isidoro" y Puigdemont
De fraguismo y periodismo
Guirnaldas de Navidad
22-D, kilómetro cero

22-D, kilómetro cero

Desde que se proclamó la República Imaginaria de Catalunya critiqué, en las líneas de este blog, la convocatoria de elecciones por parte de Rajoy. La decisión suponía "comida para hoy y hambre para mañana". Comida para hoy porque significaba una tregua a la cuestión catalana, un paréntesis a las aguas turbulentas del referéndum y a la Declaración Unilateral de Independencia. Hambre para mañana, porque unas nuevas elecciones suponían una decisión arriesgada ante la posible agudización del problema. Ayer, el 21-D se corroboró uno de los escenarios menos deseados. Ayer, queridísimos lectores, los resultados demostraron la debacle del Pepé, el triunfo en votos de Ciudadanos, el avance tímido del PSC y la victoria del independentismo; aunque con menos holgura – valga decirlo – que en el año 2015. Los resultados legitiman – por decirlo de alguna manera – el resultado del pasado 1-0, una mayoría sociológica que se declara independentista.

Hace una semana publiqué "De Isidoro y Puigdemont", un artículo que relacionada el exilio de Felipe González – allá por la década de los setenta – con la estancia del líder catalán en Bélgica. Dije que, muy probablemente, "el exilio" de Puigdemont y el encarcelamiento de los seis conselleres, beneficiaba a los independentistas de cara a las elecciones. Y lo dije, estimados lectores, basándome en una teoría sociológica sobre grupos y liderazgo. A día de hoy, la huida del "President de la República" no ha sido castigada por los suyos, sino todo lo contrario. Hoy, más que ayer, podemos decir que Puigdemont se ha consolidado como mártir. Un mártir que siembra de esperanza el camino hacia una Catalunya independiente, aunque los unionistas se aferren al látigo legal, el artículo 155. Con el cartucho gastado de las elecciones, a Rajoy no le queda otra que cambiar el estribillo y afrontar, de una vez por todas, el problema territorial arrojado por las urnas. Un problema cuya única vía pasa por el diálogo y el respeto a la voluntad popular.

Aunque Ciudadanos haya ganado las elecciones, la aritmética parlamentaria otorga la mayoría absoluta a la unión de fuerzas separatistas. Ante este escenario de división social en Catalunya, es necesario que se formulen las siguientes preguntas: la primera, ¿hay alguna intención política de reformar la Constitución, para que un referéndum separatista sea posible? Y la segunda, ¿si no se tiene intención de cambiar la Carta Magna, qué hacemos para que por la vía de las urnas gane el unionismo? La respuesta a la primera pregunta es tan fácil como vencer la velocidad de la luz. Y digo esto, queridísimos lectores, porque el poder constituyente ya se ocupó, en su día, de que la reforma de la Constitución fuera una tarea más utópica que real. La respuesta a la segunda pregunta sería factible, si se modificara el marco jurídico electoral. Una modificación consistente en la sustitución de la aritmética parlamentaria por la lista más votada. En ese caso, con la ley en la mano, Inés Arrimadas sería hoy la nueva presidenta de Catalunya. 

El efecto de estas elecciones en clave nacional daña, por activa y por pasiva, la imagen de Rajoy. Y la daña, queridísimos lectores, porque la "marca blanca de la derecha" – Ciudadanos – ha vendido mejor su mensaje de cara a los indecisos. Ciudadanos siempre fue muy claro en el protocolo a seguir, para solucionar el esperpento político de Catalunya. Ellos fueron los primeros en decir aquello de "aplíquese el 155" y, ellos fueron los primeros en criticar la presencia en las listas electorales, de políticos cuestionados por la justicia. Ese mensaje de corte honesto y legal ha sido, sin duda alguna, el que justifica su triunfo. Un mensaje que ha vencido ante la pasividad de Rajoy, y que ha situado al Pepé en una fuerza residual en Catalunya. La debacle electoral del PP sitúa al Presidente del Gobierno al borde del precipicio de cara a unas nuevas elecciones generales. Un presidente, como dirían algunos tertulianos, que no supo apagar los troncos del independentismo y que ahora, esos mismos troncos, arden en la hoguera del unionismo. La segunda parte de la Declaración Unilateral de Catalunya ya está en cartelera. Recuérdese que las segundas partes nunca fueron buenas.

Guirnaldas de Navidad

Este año Peter no ha decorado el local con guirnaldas de Navidad. Ayer, sin ir más lejos, bajé a tomar algo. Necesitaba un café para romper la tranquilidad que me producía, la soledad de mi despacho. Hace años, un tipo que conocí en El Capri me dijo que la soledad es amiga de la libertad. Los hombres libres son aquellos que viajan sin piedras en la mochila; aquellos que no soportan el peso de las ataduras. Aquellos que gracias al dinero prescinden de las jerarquías, del qué dirán y de los lazos materiales. Sin embargo, esos mismos hombres cargan con la envidia, los celos y los miedos ante posibles robos y secuestros. La libertad, como todo en esta vida, tiene su precio. El precio que pagamos por ella a veces es tan alto, que algunos prefieren vivir entre rejas que sentirse ratones en una selva de leones. 

Estamos ante un mundo de esclavos. Esclavos de la hipoteca, del trabajo, de los hijos, de enfermedades sin cura, de las mujeres a deshoras y los cigarros sin boquilla. Hay tanto esclavo en este mundo; que los libres son los raros en el circo de la vida. Por todo ello, Peter no ha decorado el local con guirnaldas de Navidad. No lo ha hecho porque quería sentirse libre. Libre de la maldita tradición, de aquella que nos obliga a ser generosos, educados y respetuosos con los otros en la víspera de Nochebuena. Aún así, Peter no es libre. No lo es, maldita sea, porque ahora le toca soportar el barro que yace tras el aguacero. Ahora le toca ser un esclavo de su decisión. Le toca, como les digo, soportar los gestos de desaprobación que le hacen los devotos de la tradición, de lo correcto y del guión acostumbrado. Hoy dicen, las malas lenguas del pueblo, que en El Capri no es Navidad. Y no lo es, dicen y dicen, porque Peter está arruinado, amargado o porque se ha vuelto Testigo de Jehová. Sin ir más lejos, Martín – un cliente de pedigrí – dice que no tomará más su café en El Capri. Y no lo tomará, valga el enfado,  hasta que Peter no vuelva a decorar el local con guirnaldas de Navidad.

Mientras tomaba café, Francisca – la mujer de Jacinto, el carnicero del pueblo – me preguntaba, tras hablar de nuestros gustos alimenticios, dónde iba a cenar el día de Nochebuena. Me comentaba que no le hacía ni "una gota de gracia" compartir mesa con Antonio, “el bicho” de su cuñado. No le hacía gracia porque entre ellos hay una guerra fría por cuestiones de la herencia. La Nochebuena no es tan buena como dicen. No lo es para quienes le faltan seres queridos, para quienes se hallan en lugares alejados. Para quienes duermen en hospitales, para quienes duermen en el suelo y, para quienes trabajan esa noche. Sin embargo, la Nochebuena es formidable para quienes comparten langostinos con los niños en la mesa; para quienes cantan villancicos hasta altas horas de la madrugada; para quienes bailan con los suyos y, para quienes disfrutan con los regalos de los suyos. La Navidad es blanca, mentira. Mentira porque hay Navidades grises, negras y amarillas. La Navidad, como decía el mendigo de la calle, es una condición más de la vida. Para unos alegría, para otros tristeza y melancolía.

De fraguismo y periodismo

El 10 de junio de 1.977, El País publicaba el siguiente editorial: "Alianza Popular: las cenizas del franquismo", un texto que tiraba por la borda las predicciones de Luis María Anson – director de la revista Blanco y Negro – sobre la línea editorial del diario. El País, cuenta don Manuel Fraga en sus memorias, salió a la luz siendo él embajador de España en Londres. Gracias a sus gestiones con el Gobierno de Arias Navarro, El País y Diario 16 se convirtieron en los primeros periódicos generalistas tras la muerte de Franco y; gracias a él, don Juan Luis Cebrián fue investido director. Aún así, según Fraga, Cebrian agradeció sus favores. No se los agradeció porque, según cuenta don Manuel en sus memorias, Cebrián permitió la entrada de marxistas en su periódico y no le rindió lealtad a la derecha en sus escritos. Esta "traición" de José Luis al fraguismo marcó, de alguna manera, la línea editorial de centro-izquierda, llevada a cabo por El País hasta "ahora". El País se identificó como un periódico liberal (pro mercado), ni de derechas ni comunista; similar al Le Monde francés, al The Guardian británico o La República italiano.

Con el título: "Alianza se defiende", el 11 de junio de 1977, Manuel Fraga respondió al artículo de Cebrián. En aquel escrito, el líder de la derecha reprochó al director de El País todo lo que hizo por él. Le dijo que su periódico salió a luz gracias a la Ley de Prensa, más conocida como la "ley Fraga"; una ley que eliminó la censura, y que hizo posible que la prensa española, cito textual: "alcanzara cotas de libertad equiparables e incluso superiores a las de cualquier país occidental". En ese escrito, el líder por entonces de la derecha, defendió a capa y espada las nuevas siglas de la derecha. Una derecha – Alianza Popular – que "miraba al futuro con entusiasmo" y que sacaba barriga por los logros pasados. Tanto es así Fraga hizo un recorrido por los triunfos de la última etapa del franquismo: masificación universitaria, primera potencia turística del mundo y tercera potencia en construcción naval. Tales triunfos fueron conseguidos gracias a las cabezas visibles de la recién creada, Alianza Popular. Así las cosas, el rifirrafe entre El País y la derecha fue consolidando la línea editorial del periódico. Un periódico de corte progresista en contraste con el monárquico ABC y otros similares.

En el año 2014, escribí: "Las cenizas de El País", un artículo polémico y nostálgico a la ve que, por un lado; criticaba la crisis ideológica del periódico y por otro; echaba en falta la tinta de grandes periodistas. Periodistas como: Javier Valenzuela, Maruja Torres, Mercedes Gomis, Ramón Lobo, Santiago Carcar Romera y María Isabel Lafont, entre otros. En aquel artículo criticaba la derechización del periódico desde que Antonio Caño sustituyera a Javier Moreno como director del mismo. Una derechización ilustrada por los guiños a la Monarquía, y por las publicaciones de tribunas firmadas por don Mariano Rajoy Brey; algo que no ocurría desde los tiempos de la "guerra fría" entre Aznar y el diario por el caso Sogecable. Entre los lectores del Rincón, Eladio escribió: "pues si que ha tardado Ud. en enterarse que El País es un periódico de derechas"; un comentario que ponía en evidencia la percepción social del periódico. Tres años antes de aquella columna, escribí: "la izquierda sin voz", un artículo con ocasión del ERE realizado por Público y el cierre de CNN+. Dos pérdidas que dejaban endémica de voz a la izquierda. Una izquierda moribunda ante una derecha mediática – la Caverna -, que sacaba sus garras contra las flaquezas de Zapatero. Hoy si Fraga levantara la cabeza y viera como los pronósticos de Luis María Anson se han cumplido; si viera como el "The Guardian" español se ha convertido en el "The Mail on Sunday" británico, probablemente mandaría a reescribir sus memorias.

De «Isidoro» y Puigdemont

Puigdemont / Flickr / CDC

El 11 de octubre de 1974 fue un día señalado para la historia del PSOE. Tal día como aquel, el Congreso de Suresnes elegía a "Isidoro" – Felipe González – como líder del partido; un hombre joven y carismático, en contraste con las cabezas despobladas, las gafas de pasta y las barrigas del fraguismo. Desde la clandestinidad, "Isidoro" – como así se le conocía en las tertulias de Toulouse – ejerció el liderazgo de su partido. Un partido ilegal desde los tiempos republicanos, pero organizado – de manera informal – en la esfera internacional. Ocho años después de aquel congreso histórico, y en plena campaña electoral, Fernando Jáuregui y Pedro Vega escribieron "El día en que "Isidoro" se hizo con el PSOE", un reportaje para El País sobre la consolidación del felipismo. La palabra "cambio" se convirtió en el eslogan de la campaña. Un eslogan indiscutible para ilustrar las dos Españas postfranquistas: la España conservadora y retrógrada, por un lado, y la España progresista y moderna, por otro. Desde aquella campaña, otros partidos – como por ejemplo el Pepé – han utilizado la palabra mágica – "cambio" – para convencer a los suyos.

Aunque las circunstancias históricas no sean las mismas, lo sé; encuentro ciertos paralelismos entre el liderazgo de Isidoro y Puigdemont. Ambos han movido los hilos de sus partidos desde el extranjero y, ambos han utilizado argumentos similares para movilizar a los suyos. En plena efervescencia del referéndum ilegal, Fidel Masreal – periodista del Periódico – publicó "Puigdemont compara reiteradamente al Estado con el franquismo", un Estado, según los separatistas, autoritario e inhibidor de las voluntades democráticas. Felipe González apeló, durante años, al fantasma del franquismo. Un fantasma reencarnado en una derecha de exministros y jefecillos de la etapa del caudillo. Con el titular "Felipe González afirma que la derecha es la única alternativa, pero ha sido y será un desastre", El País recogía el estribillo del PSOE, a un año de la victoria del Partido Popular. Un estribillo marcado, desde el Congreso de Suresnes, por el miedo a una segunda parte de la España negra, del Nodo, los rombos y las sotanas. En días como hoy, el líder catalán apela al Estado como si fuera Felipe apelando contra el franquismo. Ambos han jugado con las ventajas del discurso dual; un discurso marcado por los de fuera – los que defienden la libertad – y los de dentro – los guardianes del establishment.

Hace años, escribí "Secretos, simplemente secretos", un artículo que recogía parte del pensamiento de Georg Simmel, filósofo del siglo XIX. Decía este señor, en su teoría del secreto, que la lejanía contribuye a la construcción del liderazgo. A más cercanía entre líderes y electores, menos valor. Valoramos, decía, aquello que nos cuesta alcanzar con las manos. Es precisamente esa lejanía, la que siembra de lágrimas a los amores imposibles entre plebeyos y famosos. La lejanía de "Isidoro", antes, y Puigdemont, ahora, contribuye al fortalecimiento del carisma. Atendiendo al razonamiento de Simmel, Puigdemont no sería un traidor sino todo lo contrario, un mártir; un icono idealizado de la política presente; como lo fue Felipe González en los tiempos de Suresnes. A pocas semanas para el 21-D, la internacionalización de la cuestión catalana está dando los frutos deseados. Hoy, sin ir más lejos, 45.000 personas se han manifestado en Bruselas a favor de la independencia. Una manifestación encabezada por Puigdemont; cabeza de ratón para unos, cola de león para otros. Una manifestación que pone en jaque al Gobierno; el mismo que casi cuarenta años atrás, temía que los líderes del exilio conquistasen la Moncloa.

Sobre Valls y la muerte de la socialdemocracia

Manuel Valls. Flickr. Autor: Lisemai

El otro día Andrea Rizzi, periodista de El País, entrevistó a Manuel Valls, exsocialista francés y diputado en la Asamblea vinculado a Macron. A la pregunta: "¿Cree que la socialdemocracia está en vías de extinción?", Valls respondió que sí. Según él, los socialdemócratas no supieron reaccionar ante la globalización económica y el Estado del Bienestar. No supieron "afrontar lo que pasó después de la caída del bloque soviético y después del 11-S". Esta falta de eficacia socialdemócrata ante tales desafíos, dio lugar – según él – al populismo de extrema izquierda y derecha. Para recuperar la socialdemocracia, Valls propone, cito textual: "inventar otras organizaciones, otras formas de hacer política, pactar con otros partidos". En suma, la solución pasaría por "inventar algo nuevo".

Tras leer la entrevista, salí a pasear a Diana. Necesitaba tomar una bocanada de aire fresco ante la indignación que me producía, la desfachatez con la que una vieja gloria del Partido Socialista francés ninguneaba a la socialdemocracia. Me molestaba su lógica deductiva y no me quedó otra, tras llegar a casa, que dedicarle un artículo en respuesta a sus palabras. La agonía de la socialdemocracia es un discurso viejo desde los tiempos de Fukuyama. En 1989, Joaquín Estefanía escribía "La muerte de la socialdemocracia", una tribuna para El País, con ocasión de la huelga general del 14-D. Hace un año aproximadamente, Alejandro Torrús escribía para Público: "Socialdemocracia: cambiar o morir". Este autor cuestionaba los recursos del socialismo europeo para hacer frente al neoliberalismo occidental. En las mismas fechas, Gabriel Tortella escribía para El Mundo: "Socialismo: una muerte por éxito", una reflexión sobre los retos de la socialdemocracia europea ante la crisis del Estado del Bienestar. Todos estos escritos, entre otros muchos, guardan similitud con las declaraciones de Valls. Tales artículos hablan de reinventar la socialdemocracia ante la hecatombe de del "merkelismo" y el endémico Estado Social.

Por mucho que el neoliberalismo escale posiciones, la socialdemocracia seguirá vivita y coleando. Seguirá inmune, como les digo, mientras las constituciones europeas continúen reconociendo el Estado de Derecho, Social y Democrático. Así las cosas, se puede hablar en términos de dosis de socialismo europeo; pero no de muerte. Hablar de muerte de la socialdemocracia – en palabras de Valls – es, desde mi punto de vista, un atrevimiento demagógico. La socialdemocracia no está en quiebra, sino la ineficacia de los gobiernos al hacer economía. Así las cosas, la pregunta acertada no sería ¿está muriendo la socialdemocracia?, sino ¿están, los gobernantes, matándola? Hay, como saben, dos formas de hacer política: política para los ricos o política para los pobres. En España, sin ir más lejos, se ha barrido para los pudientes en detrimento de los débiles. Durante los tiempos del rodillo azul, la derecha ha hecho el mayor recorte de la historia. Se ha recortado en profesores, médicos, prestaciones; y todo tipo de servicios que entren dentro de "lo público". En contraste, casi no se han recortado los intereses de los ricos; impuestos, bancos, empresas, hospitales, educación concertada y; todo lo que entre dentro de "lo privado".

Así las cosas, queridísimo Valls, no es necesario "reinventar la democracia"; sino convencer a los votantes de los pros y contras que tiene votar a la derecha. Aún así, con la que ha caído desde que comenzó la crisis económica, el Pepé sigue ganando elecciones y liderando tripartitos. Y lo sigue siendo, a pesar de la irrupción de Podemos, la "nueva socialdemocracia" o, mejor dicho, la "reinvención de la socialdemocracia", como diría Valls si me oyera. Los populismos han fracaso en la construcción de su discurso; no han sido capaces de edificar un relato alternativo al pergamino del neoliberalismo. Han realizado tanta crítica destructiva – contra la casta – que se han olvidado de cómo cambiar las estructuras. En días como hoy tenemos lo que nos merecemos; un país gobernado por una coalición a la alemana. Una coalición que sigue plegada a los intereses de Europa; una Europa que solo mira los intereses del capital, y que se muestra ineficaz en todo lo que pueda ser calificado como social. Estamos ante una Europa nefasta en la gestión de los refugiados, nefasta en conciliar el Norte con el Sur y, nefasta – y valga la redundancia – en la construcción de una Constitución Europea que garantice el Estado Social. Ante este panorama, no hace falta reinventar la socialdemocracia, sino tambalear al neoliberalismo; una acción que solo se consigue con las urnas.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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