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Resistencia y frustración

El otro día leí un editorial del New York Times que me llamo poderosamente la atención. El texto versaba sobre el dilema catalán y todos los adjetivos de su polémica. Al parecer, según pude entender, desde la otra orilla del charco hay un cierto escepticismo acerca del proceso separatista. Como saben, tanto Obama, en su día, como Trump, hoy, son partidarios de que nuestro modelo de país siga conforme al modelo territorial reconocido en la Constitución. Ahora bien, el editorialista del New York fue más allá y se manifestó a favor del referéndum. Se proclamó a favor del mismo, como les digo, por los efectos que supondrían su no realización. Según se desprende del artículo, el pulso entre la frustración catalana y la resistencia de Madrid no es bueno para la salud institucional del país.

El referéndum, según el New York debería celebrarse, sí o sí; aunque lo mejor sería que su resultado fuera un no. Un NO, con mayúsculas, como los noes de Escocia y Quebec. Con el no sobre la mesa, se apagaría, de una vez por todas, la hoguera que incendia la política territorial desde los tiempos olvidados. Ahora bien, si por hache o por be, el resultado fuera el "sí", entonces se tendría que actuar en consecuencia. Se tendría, por tanto, que otorgar la independencia al pueblo catalán; rezar para que los vascos no solicitaran la suya y, temblar para que la nueva España no cayera en los precipicios de la africanización. Ante esta tesitura, el referéndum – defendido por Podemos y el periódico aludido – podría desembocar en una crisis territorial que afectaría a la reestructuración de la Unión Europea, a la economía mundial y, sobre todo, a la política internacional.

Por todo lo dicho en el párrafo de arriba, el Gobierno tiene miedo. Un miedo racional ante lo desconocido y, sobre todo, un miedo – y disculpen la redundancia – ante el futuro de una "plurinacionalidad", mal gestionada, llamada España. Por ello, la mayoría de las fuerzas políticas y los ecos internacionales se proclaman unionistas. Unionistas por el pánico que supone tropezar con la misma piedra, que otros países tropezaron a finales del XIX y mediados del XX. La consulta separatista anunciada por Puigdemont para el próximo octubre pone en evidencia su intolerancia ante las reglas de juego. No olvidemos que la consulta de su predecesor fue declarada ilegal por el Tribunal Constitucional. Una consulta, como recordaran, a años luz de los requisitos mínimos de validez y fiabilidad que requiere una convocatoria democrática. Hoy, el líder catalán vuelve a incitar a la "desobediencia civil". Una "desobediencia", como les digo, basada en un referéndum al margen de la Constitución.

Lo más preocupante para el juicio de la crítica no es el debate sobre el derecho a decidir, sino el incumplimiento por parte de las élites de las reglas de juego. Un segundo referéndum sería una escenificación internacional del "papel mojado" que suponen nuestras leyes para temas tan importantes, como la cuestión territorial. Sería, como les digo, la manifestación de la ley de la selva – el estado natural de Hobbes – y, la vulneración del contrato social de Rousseau. Cualquiera que fuera el veredicto de tales urnas, su mensaje estaría sesgado por el rodillo del abuso de poder. Un rodillo manchado por los tintes de la imposición y el fracaso del ayer. Por ello, lo más sensato sería un referéndum estatal acerca de la Reforma Constitucional. Un referéndum donde los españoles – catalanes inclusive, faltaría más – expresaran su voluntad acerca del derecho a decidir. Si no se hace, si dejamos que la tensión entre resistencia y frustración aumente, la convivencia será fatal.

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1 COMENTARIO

  1. Alejandra Perez

     /  18 agosto, 2017

    Admirable tu trabajo, las palabras bailan como una excelente melodía con la q deleitarse .

    Te felicito

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