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Mareando la perdiz

A día de hoy, el presidente del Gobierno – o sea Mariano Rajoy – no sabe, a ciencia cierta, si  Puigdemont ha declarado, o no, la independencia unilateral de Catalunya. No lo sabe, queridísimos lectores, porque el líder separatista hizo un discurso tan ambiguo y opaco, que ni Dios sabe si su intervención fue un éxito o un fracaso. Tras un análisis detallado del discurso, creo entender – y así lo subrayaron varios medios internacionales – que Puigdemont declaró la independencia, y acto seguido la suspendió; luego, como dicen en mi pueblo: "arrancada de caballo y parada de burro". Si aplicamos el sentido común, solo se puede suspender aquello – un contrato, un curso académico o el ruido de un motor – que previamente ha comenzado. Sin una Declaración Unilateral de Independencia previa, la palabra "suspensión" no tendría cabida en el discurso de Puigdemont. Así las cosas, a día de hoy – señor Rajoy – no nos cabe otra que admitir la "independencia unilateral de Catalunya", aunque se halle suspendida.

Tras la apelación al sentido común, solo cabe que nos preguntemos: ¿hasta cuándo la suspensión? Es precisamente esta imprecisión, la que sirve a Puigdemont para ganar tiempo, tranquilizar a los mercados y frenar, por tanto, el éxodo catalán. Con la suspensión mediante, el discurso del líder catalán consigue acallar las voces radicales del independentismo y, por otra parte, busca apoyos internacionales y "nacionales" para que el "remedio" – la independencia -, no sea peor que la enfermedad – la dependencia -. Sorprende, me decía esta mañana Peter – que los vascos no digan ni pío del conflicto catalán. Vascos que a lo largo de los años han sido, como saben, los pioneros de los "brotes separatistas". Tanto sorprende y "asusta" su silencio, que no sería descabellado pensar que existan contactos vasco-catalanes para articular una independencia conjunta de conformidad con "legislaciones paralelas". No olvidemos que Catalunya necesita apoyos externos e internos para que su aventura no se convierta en un suicidio sin sentido. Así las cosas, "la suspensión” es un arma muy peligrosa para la integridad del Estado, y la fortaleza de sus instituciones.

El final de este "calvario" sería – en palabras de algunos tertulianos – convocar elecciones catalanas. El "borrón y cuenta nueva" de toda la vida, queridísimos lectores, no serviría para solucionar este "desaguisado". No serviría, como les digo, porque en Catalunya se ha forjado una mayoría independentista; más fuerte y ruidosa que en los tiempos de Artur Mas. Una mayoría que admira a su Mesías y que, a estas alturas del combate, no estaría por la labor de tirar la toalla. Si se convocasen elecciones a nivel nacional sucedería exactamente lo contrario; ganaría el Partido Popular. Las ganaría, como argumenté en el pasado post, porque en el resto del país sí existe una mayoría que grita contra "quienes quieren romper la unidad de España". Una mayoría representada por el Pepé, el único partido – aunque nos cueste reconocerlo – que lleva en su ADN el pedigrí patriótico de los tiempos olvidados. Así las cosas, nos encontramos con un Estado dividido entre separatistas y unionistas. Un país que nos recuerda a aquellos que luchan contra la diversidad en el seno de sus fronteras. El diálogo es la única herramienta que tienen los políticos. La única herramienta para que las aguas vuelvan a sus ríos, cuando se han pisado las líneas rojas que atraviesan el Estado de Derecho.

Si yo fuera Rajoy no perdería el tiempo con aclaraciones innecesarias. Si yo fuera él, estimados lectores, haría un referéndum nacional – a toda España – para que el país decidiera sobre el sino de Catalunya. Un plebiscito, como el que se hizo para la Constitución o la OTAN. Una participación popular para que se pusiera fin a "legislaciones paralelas", "referéndums de hojalata" y "Declaraciones Unilaterales de Independencia", sacadas de la chistera y cocinadas desde arriba. Es necesario, señores del Gobierno, que este malestar entre "hermanos" termine cuanto antes. No podemos seguir con "declaraciones suspendidas". Declaraciones basadas en premisas inconstitucionales, que suscitan malestar entre quienes defienden las garantías de un Estado de Derecho. Por ello, no nos queda otra que solicitar la aplicación de los artículos necesarios para deconstruir las "legislaciones paralelas". Tras la deconstrucción es cuando se debería otorgar la voz al pueblo. Una voz determinante para que decidiera si Catalunya se convierte en "la Grecia de Europa", o en la "Alemania de España".

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1 COMENTARIO

  1. Juan José

     /  12 octubre, 2017

    Me alegra que coincidamos en opinión. Siempre pensé que todos los ciudadanos tenemos derecho a manifestarnos respecto a Cataluña, como parte que es del estado español.
    En esos foros de dios, pregunté si los que no estábamos convocados al referéndum catalán éramos ciudadanos de segunda, y la respuesta que recibí fue que los fachas éramos ciudadanos de tercera. A estas alturas de la vida….

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