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Tramabuses y postverdades

Hace varios meses, escribí un artículo que versaba sobre comunicación política. En él, elogiaba a Podemos por su visibilidad mediática. Pablo Iglesias fue monaguillo antes de fraile en el oficio de los medios. Antes de salir en la Sexta, ya había hecho sus pinitos en las tertulias de la Tuerka. Sabía, como dicen por ahí, los intríngulis de la tele. La veteranía, en palabras del filósofo, es un grado: aquí, en Pekín y en cualquier lugar del mundo. Aparte de sus dotes oratorias, Pablo y su formación siempre han sido hábiles en la confección de titulares. Por ello, entre otras ocurrencias: Carolina Bescansa fue noticia por amamantar a su bebé en los escaños del Congreso; Pablo Iglesias por besar a Domènech y regalar "Juego de Tronos" al Rey, y Rita Maestre por asaltar la capilla de la Complutense. Gracias a estos momentos y otros, Podemos mantiene viva su popularidad, a pesar del fracaso del sorpasso y las aguas turbias de los casos Errejón, Echenique y Monedero.

Esta semana, la organización morada ha sido noticia con mayúsculas. Gracias al "Tramabus", el líder de Podemos ha conseguido introducir, una vez más, su marca política en la opinión pública de este país. Lo ha hecho, como saben, con un autobús azul, rotulado con las imágenes de Aznar, Blesa, Pujol, González, Cebrián y Díaz Ferrán, entre otros. Según Podemos, todos ellos forman parte de la "trama" política, empresarial y mediática que ha "saqueado" España durante las últimas décadas. Aunque como estrategia publicitaria sea una ocurrencia genial, el contenido y propósito de la misma no lo son tanto. El propósito de la idea es, si me lo permiten, "maquiavélico". Lo es, queridísimos lectores, porque la finalidad de la campaña no es otra que despertar el odio entre la sociedad civil y las élites del poder; algo perjudicial para la salud democrática de cualquier país. El contenido de la campaña – las imágenes del "Tramabus" – vulnera el derecho al honor y la imagen personal, reconocido en el artículo 18 de la Constitución.

No existe una conexión clara que justifique una "trama" corrupta entre los personajes del "Tramabus". Aunque todos hayan sido, en algún que otro momento, cuestionados en sus carreras profesionales; tal condición no resulta suficiente para crear un "vínculo acusador" entre los mismos. No hay un "lazo de corrupción" entre Felipe González y Luis Bárcenas. Como tampoco se aprecia ningún vínculo aparente entre Aznar y Pujol. O entre Inda y Blesa, por poner algunos ejemplos. Por tales razones, esta ocurrencia podemita no realiza una crítica veraz y responsable acerca de lo denunciado, sino una construcción demagógica del discurso de la "postverdad". Un discurso utilizado para fines partidistas, y alejado de una praxis elegante del quehacer parlamentario. Tales prácticas, aparte de incitar al odio, crean prejuicios y estereotipos hacia las élites del país. No es bueno, que la "marca España" sea portada en los rotatorios internacionales por supuestas "tramas" corruptas, alejadas de la verdad.

El uso de un autobús para fines partidistas es lícito y moral, faltaría más. Lo es porque en este país existe libertad de expresión. Y lo es, estimados lectores, porque aparte de los medios de comunicación, hay más canales para la difusión de mensajes. De hecho, los taxis y autobuses han sido utilizados, como instrumentos eficaces para fines publicitarios, desde los tiempos del franquismo. Aún así, a lo largo de este tiempo, varias campañas publicitarias han sido censuradas por dañar o herir sensibilidades. Sin ir más lejos, el autobús de "Hazte oír" fue detenido por atentar contra el transgénero. Por ir en contra derechos fundamentales, reconocidos en la Constitución. Así las cosas, el autobús de Podemos, aparte de su dudosa constitucionalidad, abre el debate sobre el "todo vale" en la lucha por el poder. No sería de extrañar que próximamente veamos, por las calles de nuestras ciudades, autobuses rojos y naranjas. Autobuses, como les digo, rotulados con los rostros, por ejemplo, de Errejón, Zapata, Tania Sánchez, Echenique y Rufián. 

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