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Elogio a Forges

Tras enterarme del fallecimiento de Forges, me acorde de Antonio, toda una institución en El Capri. Todas las tardes, a eso de las cinco, tomaba su copa de Ricard mientras leía El País en los taburetes del fondo, el lugar elegido por las mujeres a deshoras y los aficionados a las máquinas tragaperras. De vez en cuando se dejaba querer por La Juana, una prostituta de las tripas de mi pueblo. Tras recorrer las páginas del vertedero, solía recortar la viñeta de Forges para regalársela a Francisco, un viejo conocido del barrio. Gracias a él, la verdad sea dicha, adquirir mi afición por el humor gráfico. Durante un tiempo estuve enganchado a Máximo, un viñetista que dibujaba para ABC. Y, desde hace más de un año, estoy suscrito al Jueves, una revista que ha sido censurada un par de veces por los caprichos del poder.

Aunque lo mío sea la escritura, tengo que reconocer el talento que se esconde detrás de unos cuantos garabatos. Mi fascinación por Forges no era tanto por su dibujo, de trazo fácil y astuto, sino por su mensaje. Sabia, como la mayoría de los artistas, mirar al mundo desde un prisma diferente. Un prisma que nos hacía reflexionar sobre los detalles invisibles que marcan la fugacidad de las noticias. Forges supo juntar creatividad y crítica en su obra; algo muy difícil para el común de los mortales. Supo, como les digo, escapar del qué dirán y volar, como lo hacen las palomas durante los días de sol. Esa grandeza de ser libre es la que más admiro de Forges. La admiro, queridísimos lectores, porque quienes nos desnudamos a través del arte hemos sentido, en más de una ocasión, el miedo a que nuestra obra se convierta en enemiga. Forges supo incomodar desde al humor. Supo sacarle los trapos sucios al poder, ruborizar a la corrupción y, denunciar la demagogia que se esconde en la sociedad.

Cuando estudiaba la EGB, recuerdo que colaboré en la realización de una pancarta para el día de la Paz. En ella, no se me ocurrió otra cosa que dibujar una viñeta con los rostros de varios maestros. Era una viñeta que reflejaba el sentir general de las aulas de los ochenta. Aulas donde a los profesores se les trataba de "Don"; donde el humo del Ducados impregnaba las explicaciones y donde – y disculpen por la redundancia – existía mucho abuso de poder. En este contexto de rombos postfranquistas y barrigas fraguistas, la crítica era observada desde los campanarios del sistema. Aquella mañana de enero aprendí más que ocho años de escuela. Aprendí que una cosa es la democracia de puertas hacia afuera y otra, muy distinta, el despotismo ilustrado que reina en la mayoría de las instituciones. Aquella mañana, los maestros de mi viñeta se rebelaron contra mí, como si yo fuera un enemigo o un garbanzo negro en el seno de sus cocidos. Aquellos maestros no valoraron la libertad de expresión, la tolerancia y todos los valores que impregnaban a la España Juancarlista de la época.

Hoy, treinta años después, miro por el retrovisor de mi vida y siento la misma vergüenza que ayer. Una vergüenza por querer ser libre y no poder. Vergüenza por vivir en un país acomplejado por la losa de su pasado. Un país de intelectuales blandos, más próximos a las pseudodemocracias venezolanas que a los avances de la postmodernidad. Por ello siento admiración por Forges. Por Forges y por todos aquellos seres que transmiten su mensaje desde la independencia de su juicio. Me preocupa que nuestra masa lectora opte más por la ficción que por el ensayo. Un país que no lee ensayos desemboca, tarde o temprano, en la irreflexión. Hace falta más Quevedos y Unamunos; más escritores y dibujantes fieles a sus ideas. Hace falta, queridísimos lectores, más crítica constructiva para vehicular soluciones a la complejidad del presente. Una crítica alejada del columnismo de literatos, del periodismo polarizado y de los debates encorsetados. Una crítica forgiana, de pinceladas creativas y contrastes ácidos. Una crítica que ponga en solfa a la industria de la cultura, sin caer en la demagogia ni en el insulto barato.

De mujeres y talento

Mientras limpiaba mis penas con las burbujas de la Coca Cola, llegó al Capri una señora trajeada con una bolsa en la mano. Pidió un carajillo y, mientras se lo bebía, se puso a leer el periódico de la barra. Por su acento supe que no era de la zona; pronunciaba muy bien las eses, cosa muy rara en la gente de mi pueblo. Me preguntó cómo ir a Torrevieja y, ni corto ni perezoso, le dibujé en una servilleta el itinerario más idóneo. Rompimos el hielo, y hablamos durante más de una hora sobre Cataluña y otros temas del candelero. Me dijo que iba a Torrevieja a presentar su libro; un libro sobre el paso del tiempo, las rupturas familiares y la ausencia de los hijos. Tras leer la contraportada supe que se trataba de una obra autoeditada. Tras arriesgar cuatro mil euros de sus ahorros, por fin había cumplido su sueño. Por fin, como dirían algunos, esta señora había escrito un libro. Ahora solo le faltaba plantar un árbol y montar en globo.

Le conté que mi experiencia con El Pensamiento Atrapado – un ensayo que publiqué hace cuatro años – no fue un camino de rosas. Le dije que nunca lo presenté, a pesar de haber apostado una editorial por mí. Actualmente no sé los ejemplares que se vendieron, ni siquiera tengo la curiosidad por saberlo. Y no la tengo porque ser escritor es algo más que vender libros. Si quisiera vender libros hubiese escrito una obra distinta; una novela o un texto independiente de partidos, ideologías y demás temas comprometidos. Por curiosidad, le pregunté si estaba contento con sus ventas; me dijo que no. Desde que publicó el libro, hace tres meses, solo había vendido veinte ejemplares; de los cuales, la mayoría había sido para familiares y conocidos. Le dije que en este país, sin padrino es muy difícil que te bauticen. Y es muy difícil porque el talento por sí mismo no es condición suficiente para sobrevivir en el mercado. Le conté que el año pasado, un editor rechazo mi propuesta porque, según él, el público objetivo de la misma era tan pequeño que no interesaba editarla.

Tras llegar a casa, me perdí por los laberintos de Twitter. Necesitaba, por un instante, desperdiciar unos minutos de mi vida en lecturas improductivas. Mientras lo hacía, leí la declaración que hacía María Jesús Botella, cuñada de José María Aznar y concejal del Pepé en el Ayuntamiento de Córdoba. Según esta señora, la brecha salarial es debido a la "falta de formación" de las mujeres. Esta declaración fue realizada, en sesión plenaria, con ocasión del debate en torno al apoyo, o no, de la huelga feminista que tendrá lugar el próximo ocho de marzo. Dicha moción fue rechazada por la derecha y aprobada gracias a los votos de IU, Ganemos y PSOE. Según la hermana de Botella: "Lo que genera la brecha salarial es la falta de preparación (de las mujeres), la falta de formación, para acceder a un puesto de trabajo". Tales declaraciones, como saben, no se corresponden con los datos mostrados por el Instituto Nacional de Estadística y otros organismos similares. Así las cosas, y dicho en palabras llanas, es por culpa de ellas – por no estudiar lo suficiente – la razón que justifica la inferioridad de la mujer en el mercado laboral.

Las declaraciones de esta señora, me recuerdan a miles de mujeres que cada día luchan, a través de su esfuerzo, por demostrar lo que valen en el patriarcado del mercado. Mujeres – como la señora del Capri – que estudian y escriben para romper el estereotipo social de la "inferioridad femenina". Parece mentira que en pleno siglo XXI, una concejala de "renombre" haga demagogia con la formación de las mujeres. Resulta inadmisible, como les digo, que la inmoralidad de nuestros políticos llegue hasta niveles tan ridículos. Una inmoralidad basada en el poder del argumento de autoridad y su difusión, en muchos casos, por una prensa cómplice de la postverdad. Por tales motivos, algunos políticos deberían dimitir – aunque sea una utopía – tan solo por mentir. Estamos cada día más cerca del libertinaje democrático, un libertinaje basado en la falta de respeto a las leyes, en la tergiversación de los datos y en lanzar cortinas de humo a la opinión pública. Estamos ante una clase política decadente y atrevida, que utiliza las enseñanzas de Maquiavelo para pescar en mares revueltos.

Recuerdos ridículos

A los catorce años abandoné los estudios. Tras repetir octavo, mi vida se convirtió en una senda de juergas, drogas y amoríos. Una senda de placeres y excesos, como diría Epicuro si viviera. En aquellos años descubrí El Capri, un garito de mujeres a deshoras, de borrachos sin camiseta y de vidas sin sentido. Allí conocí a Peter, el dueño del local; a Lola, la cuñada del carpintero; a Enrique, el barrendero de mi pueblo y a Jacinto, un enamorado del comunismo. Eran los años noventa, los años del felipismo, de las películas de Esteso y de Luz Roja, el programa que presentaba la doctora Elena Ochoa. Tiempos donde España quería ser europea, y donde González gobernaba con los votos catalanes. Recuerdo que a mis padres los llevé por el camino de la amargura. Tanto que mi relación con ellos se redujo a frases como: "¿qué haces hoy de comer?" o "dame dinero para salir". Hoy, siento vergüenza de aquella conducta hacia quienes no se lo merecían.

En El Capri conocí a Vicente, un profesor que daba clases de Formación Profesional en un instituto de mi pueblo. Todos los viernes, a eso de las diez de la noche, quedábamos para tomar copas. Después, nos íbamos a la Trébol, una discoteca a escasos metros del Capri. Allí, en la oscuridad de los sillones, la gente inundaba sus penas con las burbujas del gintonic. Era gente inofensiva, gente cuya única ambición en la vida era despertar la mirada de las rubias que entraban al aseo. Allí, en los sillones, las busconas encontraban plato para el fin de semana. Eran sillones cómodos, acolchados, tapizados de cuero, y con agujeros en los lados por las quemaduras de los cigarrillos. Hoy, muchos de los líderes de aquellos rincones oscuros, yacen en los nichos de varios cementerios. Muchos, como les digo, murieron por sobredosis; por cánceres de hígado o infectados de SIDA. Recuerdo a Manuel, tras pasar por varios centros de desintoxicación, murió como un perro abandonado. Murió sin mujer, sin hijos y sin nadie que lo despidiera el día de su entierro. Una muerte solitaria, sin consuelo y todo, valga la licencia, por los efectos destructivos de los porros y las pastillas.

Los sillones de la Trébol eran, podríamos decirlo así, el trampolín para los malos rollos. Allí, muchos adolescentes daban sus primeras caladas al Fortuna, otros probaban el hachís y, los más aventurados, escalaban puestos en la jerarquía de la droga. Una jerarquía que finalizaba con la heroína, un veneno que sembraba el pánico en muchas familias. Mi educación fue tan férrea que nunca caí en la tentación. Y no caí porque, desde muy pequeño, mis padres me inculcaron una ética egoísta. Una ética kantiana consistente en no hagas aquello que te pueda perjudicar. Así, cada vez que alguien me decía "toma, dale una calada al petardo", decía no. No, y no hasta tal punto que esa determinación llegó a que muchos colegas, me trataran de gallina. Sí que es cierto que fumaba tabaco, fumaba poco, pero fumaba. Y lo hacía para impresionar a las nenas. Para reafirmar mi hombría en una sociedad machista como era la España de los noventa. En aquella pandilla no había ningún erudito, solo se hablaba de juergas, drogas y mujeres. Recuerdo que en casa, a escondidas, leía el periódico que se compraba mi padre. A través de aquellas lecturas ocultas, aprendía algo del mundo; más allá de las charlas superficiales que surgían en El Capri. Transcurridos los años, a los dieciocho, retomé los estudios; estudié tres carreras y terminé de profesor de instituto. Y todo, gracias a aquellos recuerdos ridículos.

El trastero

Ayer compré El País. Necesitaba, la verdad sea dicha, papel para limpiar los cristales de mi despacho y, como saben, no hay nada mejor como el papel de periódico. Tras dos horas de limpieza profunda, subí al trastero a dejar unos libros que no leía desde mis años de instituto. Años en los que no sabía lo que quería; en los que la vida era un cine apagado, y en los que el hastío guiaba la sinrazón de mis alegrías. Entre aquellos libros polvorientos, se hallaban "El buscón" de Quevedo, "San Manuel Bueno Mártir", "El Quijote", "La Colmena", "La vida es sueño", "Cien años de soledad" y "El perfume", entre otros. Mientras subía por las escaleras, me sentía culpable por desterrar tanta sabiduría a la oscuridad del trastero. Un trastero de escasos metros, donde se amontonaban apuntes de la universidad con temarios de oposiciones y trastos de todo tipo. Allí, como el que abandona un perro en medio de una carretera, abandoné a mis maestros; aquellos que despertaron en mí, la afición por la escritura.

Tras aquella puñalada trapera a quienes no se lo merecían, decidí coger el coche. Necesitaba huir, olvidarme por unas horas de  Puigdemones, corruptos y vividores. Mientras conducía, me puse un viejo cedé de mis tiempos golfos. Tiempos en los que el sábado era una institución en mi vida, y los estudios una pesadilla. Puse la música y dejé que los pensamientos fluyeran por detrás de mi frente. Que fluyeran los recuerdos, las risas con viejos conocidos; las conversaciones profundas con maestros de la vida y, las palabras de los que hoy ya no viven. Pasé por varias rotondas, por avenidas repletas de gente; de gente solitaria cuyo único aliado es el wasap de su móvil. Encontré mujeres a deshoras; de esas que te guiñan el ojo para que te cuestes con ellas. Observé la indeferencia de hombres encorbatados ante el llanto del mendigo. Y escuché el ruido de tacones, que desprenden las ricas cuando salen a la calle. Después del paseo, decidí tomar algo en El Capri. Allí estaba Peter, desgreñado como siempre y leyendo el Marca; el único bálsamo que le cura las heridas de la vida.

Tras llegar a casa, entré al despacho; miré a la estantería y noté la ausencia de los libros. La estantería estaba vacía de talento, de sabiduría clásica, como dirían algunos. Un vacío que me dolía como si me hubiesen dado tres patadas en el culo. En la mesa yacían los restos del periódico que me sobraron tras limpiar los cristales. Allí estaba Puigdemont, Rajoy y la encuesta del CIS; la ganadora de OT, las nevadas a lo largo y ancho del país y, algunos apuntes sobre el Pacto Educativo. Cogí el periódico y lo convertí una pelota de papel. Me importaba un bledo que Ciudadanos desbancara al Pepé, que se celebrasen – otra vez – elecciones en Catalunya o que Amaia ganara OT. Necesitaba leer a los clásicos; ganas de sentarme en la soledad de mi despacho, junto a una buena taza de café, y leer un pasaje del Quijote. Tantas ganas tenía de leer que, ni corto ni perezoso, subí al trastero. Subí, a pesar de estar lloviendo a cántaros, y allí estaba él. Allí, tirado como una lombriz, en medio de montones de trastos polvorientos. Lo cogí, lo abrí y cayó en mis manos la ínsula Barataria. Mientras leía aquella gloria del pasado, me vino a la mente la pelota de papel que había hecho minutos antes con El País.

De noticias y mentiras

El otro día, leí en las páginas del vertedero que el Gobierno británico ha creado un organismo para combatir las noticias falsas. Tras su lectura, me vinieron a la mente las palabras de Susana, una mujer que frecuentaba El Capri los viernes de madrugada. Según aquella señora "la vida es una mentira". Una mentira – me decía – que termina con la muerte, la gran verdad de los humanos. Aunque no estoy de acuerdo con ella, lo cierto es que la mentira forma parte de nuestras vidas. Tanto es así, que todos – alguna vez – hemos mentido. Mienten los infieles cuando se acuestan con la otra, los adolescentes cuando llegan tarde a casa, los ricos cuando hablan de dinero y los niños cuando suspenden un examen. Mienten los asesinos, los delincuentes y los violadores. Mienten los padres a sus hijos, los hijos a sus padres, los trabajadores a sus jefes y las putas cuando dicen "te quiero".

Miente la gente, miente. Mienten los humanos cuando escriben su curriculum, cuando no te miran a los ojos y, cuando se tapan la boca como hacen los niños tras experimentar la mentira. Es tanta la mentira que nos envuelve, tanta la hipocresía que nos rodea que resulta complicado separar el grano de la paja. Hay gente que prefiere la mentira. La prefieren algunos enamorados cuando no son correspondidos, algunos enfermos cuando visitan al oncólogo, y algunos hombres buenos cuando hacen tonterías. Sin lenguaje no existiría la mentira. No existiría, como les digo, porque las palabras son las principales culpables que justifican la hipocresía. Sin palabras, la cara se desnuda a la vista de los otros. Sin palabras, el rostro es el lago que refleja nuestros verdaderos pensamientos. Sin palabras, y disculpen la redundancia, se distingue el verdadero llanto de las lágrimas fingidas. Sin mentiras, la sinceridad se convertiría en algo más hiriente que cien patadas en el culo.

La mentira es la regla, como dirían algunos. Mienten los políticos en las campañas electorales y, mienten los testigos en los juicios aunque juren decir "la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad". Es tanta la mentira, tanta la falsedad que envuelve nuestras vidas; que mentir se ha convertido en el pan nuestro de cada día. Un pan envenenado que enferma de desconfianza a la mayoría de sus comensales. Un pan – la mentira – que se sirve en casi todas las panaderías del siglo XXI. Se sirve desde los partidos políticos, los periódicos, las instituciones y organismos internacionales. Un pan que algunos llaman postverdad y que se ha extendido por las redes sociales, como lo hizo la peste durante los siglos XIV y XVIII. ¿Cómo podemos distinguir la verdad de la mentira?, se preguntarán algunos. Hace falta guardianes de la mentira, organismos como el que ha creado el Reino Unido para que fabrique desmentidos. Organismos que obliguen a los políticos, periodistas y demás oficios que juegan con la mentira a tratar los hechos como cosas. Hechos desprovistos – en la mayoría de lo posible – de los valores, tal y como defendieron los positivistas del Círculo de Viena.

Decía Susana – y cuánta razón tenía – que para mentir hay que tener memoria. Memoria para que el interlocutor no descubra la contradicción en diálogos posteriores. Y memoria para que el oyente no descubra que cuando sus elegidos dijeron digo, ahora dicen Diego. Para que la verdad sea la regla es necesario que los medios muestren sus hemerotecas, que rebobinen los discursos y descubran la mentira. Esta tarea sería posible si el modelo mediático fuera imparcial e independiente; si las redes sociales no existieran y, si la moral universal censurara la mentira. Tales soluciones rozan la utopía. La rozan, queridísimos lectores, porque la prensa que tenemos es fiel a sus partidos, las redes sociales están nutridas de millones de bocas difíciles de callar y, porque la cultura maquiavélica gobierna nuestras vidas. Aún así, es posible ganar la batalla a la mentira. Aunque la mentira tenga las patas muy cortas y su reproducción sea infinita; la verdad es lenta y duradera como una tortuga. La tortuga puede vivir largas temporadas debajo de la arena. Ahora bien, cuando todos creen que esta muerta – cuando nadie da nada por ella – entonces, y solo entonces, saca la cabeza y vence a la mentira.

De Puigdemont, Tabarnia y otros surrealismos

Durante una semana, he estado aislado del mundanal ruido. Necesitaba, la verdad sea dicha, inundar mi vida de silencio; olvidarme por un instante de Puigdemont, Tabarnia y otros surrealismos. Necesitaba, y disculpen por la redundancia, más literatura y menos lecturas del vertedero. Hoy, sin quererlo ni beberlo, he caído en la tentación; la misma que caen los alcohólicos cuando, tras varios meses de abstinencia, vuelven a la taberna a por su chato de vino. Esta mañana, he leído las declaraciones de Marlene Wind – politóloga de renombre internacional – acerca de Catalunya. Según Marlene: "el circo de Puigdemont consiste en presentarse como víctima de Rajoy". Aunque estas palabras representen buena parte del pensamiento de muchos españoles, sinceramente pienso que la víctima no es Puigdemont sino Rajoy.

La víctima es Rajoy, queridísimos lectores, por dos razones principales. La primera, Puigdemont se ha convertido en un hombre incómodo para el Gobierno. La segunda, la convocatoria precipitada de elecciones fue "comida para hoy y hambre para mañana". A día de hoy, la probable convocatoria de nuevas elecciones es un secreto a voces. Y lo es porque sin candidato presente – sin la presencia in situ de señor Puigdemont – no hay investidura y, sin investidura no se puede arrancar legislatura alguna. Así las cosas, la convocatoria de elecciones – con todo el gasto que supusieron – no fue una decisión acertada por parte de Rajoy. El presidente del Gobierno ha demostrado su torpeza en la gestión de la crisis Catalana. La aplicación del artículo 155 era condición necesaria pero no suficiente para frenar el caballo desbocado del nacionalismo catalán. Ahora bien, aparte de esta medida, lo más eficaz hubiese sido apagar el ruido mediático de Catalunya. ¿Cómo?, no convocando elecciones en el horizonte temprano, deteniendo a Puigdemont y restaurando el establishment socioeconómico.

A día de hoy, como las cosas se han hecho mal, Puigdemont ha conseguido lo que quería, la internacionalización de su causa. Gracias a su periplo por Europa, el líder separatista ha ganado popularidad; ha consolidado su discurso, y se ha hecho visible en las principales portadas internacionales. Por otro lado, como las cosas se han hecho mal, el Pepé ha sido la víctima de su propia decisión. El PP ha perdido las elecciones catalanas y, a reglón seguido, ha perdido – según las encuestas – el liderazgo nacional. Gracias a la torpeza de Rajoy, Ciudadanos ha ganado fuelle en su conquista por el poder. Un partido que consiguió derribar a UPyD, y que ahora se proclama como la nueva derecha. Como las cosas se han hecho mal, la causa catalana ha dado lugar a la institucionalización de su brecha a través de Tabarnia. Así las cosas, Catalunya se presenta como una tierra de conflictos, una tierra dividida sociológica y políticamente por el discurso del nacionalismo.

Llegados a este punto, la solución al problema pasaría por tocar teclas distintas. Y por teclas distintas se entiende; ir más allá de la aplicación del artículo 155, y de la probable convocatoria de nuevas elecciones. Aunque tales medidas sean correctas en el presente, no lo son en el largo plazo. La aplicación perenne del 155, no es bueno para los mercados, ni para la marca España. La convocatoria intermitente de elecciones, tampoco es bueno para la estabilidad democrática. Por ello, tales medidas morirían por su desgaste, crearían malestar social y toxicidad mediática. Es necesario que la solución pase por la creatividad. Una creatividad que ponga grises a la Catalunya en blanco y negro del presente. Y una creatividad que abra paso a nuevos interlocutores sociales, mediadores nacionales y amplitud de miras. Una amplitud de miras, como les digo, para que el surrealismo del ahora se transforme en un poquito de cordura.

De marxismo y actualidad

Aunque el comunismo fracasó y el marxismo se haya convertido en una ideología residual en las democracias occidentales, lo cierto y verdad es que El Capital – la obra de Marx – sigue vigente en la actualidad. Sigue vigente, como les digo, porque vivimos en una sociedad de clases con alma estamental. Una sociedad estancada por la comodidad del Estado del Bienestar, la decadencia del poder sindical y la transformación de las relaciones laborales. En días como hoy, el movimiento obrero está muerto. Y lo está, queridísimos lectores, por la cultura individualista de la postmodernidad. En días como hoy, las luces que se vislumbran al final del túnel – los brotes verdes, como diría Zapatero – son las ráfagas de la postverdad; un cúmulo de datos estadísticos que esconden la involución de la clase media. Una clase que sueña con el credo americano, y mira al futuro con ojos africanos.

Decía Gramsci – filósofo marxista – que la transformación del capitalismo era una cuestión de la intelectualidad. Los intelectuales – y no las manos marrones del capital – debían vehicular el cambio social desde el consentimiento. Un marxismo blando, en palabras del crítico, que olvidara el historicismo y las brisas revolucionarias. En días como hoy, Gramsci se equivocó. Se equivocó – queridísimos lectores – porque el economicismo es la turbina que mueve la lógica social. El dinero mueve la industria de la cultura y determina, de alguna manera, el pensamiento de las élites. Los intelectuales, salvo casos contados, sirven al dinero. Y lo sirven, por mucho que cueste afirmarlo, porque sus nóminas están sujetas a líneas editoriales; líneas que a su vez dan cuenta al poder empresarial. Así las cosas, el intelectual es un alienado más del capital, un trabajador del ejército de reserva que escribe para contentar al opresor. El miedo explica la cultura de la falsedad, una cultura que hace visible los intereses del capital.

España ya no es aquel país analfabeto de los tiempos franquistas. Hoy, España sabe leer;  es un país informado con bajos índices de analfabetismo. Un país, claro que sí, que puede, y debe, reinventarse sin la dependencia de las élites. No hace falta un cambio desde arriba, como dirían Gramsci o Gasset. Hace falta que los españoles dejen atrás sus complejos históricos y que, de una vez por todas, recuperen la autoestima. Una autoestima necesaria para ganar el respeto internacional, más allá del clima, los toros y el jamón. Hace falta más. Más indignación salarial, más cabreo institucional, más exigencia a los de arriba y, más asociacionismo civil. Es importante, por responsabilidad futura, que se rompa el velo de la postverdad. Para ello es necesario: más filosofía en las aulas, más contraste de lecturas periodísticas, y más diálogo social con quienes piensan diferente. Es urgente que el pueblo hable, que manifieste lo que sabe. Un pueblo callado, es un pueblo vacío de cara a los párrafos de su historia.

Según el Informe Evolución Salarial 2007-2017, elaborado por la escuela de negocios EADA, los salarios siguen estancados pese al crecimiento económico de los últimos tres años. Este dato corrobora lo denunciado en los párrafos anteriores. La brecha entre los de arriba y los de abajo es cada más grande. Y lo es, queridísimos lectores, por el desmantelamiento del Estado del Bienestar, y la herencia que nos ha dejado la derecha tras cuatro años de mayoría absoluta. Es necesario, por el bien de la economía, que los salarios suban. Que suban – como diría Henry Ford – para que los trabajadores muevan la maquinaria del consumo. Y que suban – en palabras del experto – para que aumente la productividad. Con salarios bajos, España se convierte en un país menos consumista, productivo y motivado. Por ello, por cuestión de higiene económica, se debería cambiar la política salarial. Es necesario que Gobierno, sindicatos y empresarios hagan una nueva reforma laboral. Una reforma postcrisis que otorgue al trabajador la divinidad que se merece.

Sobre Maslow y las redes sociales

Decía Abraham Maslow – psicólogo americano – que los seres humanos buscan la satisfacción de las necesidades. Tales necesidades están jerarquizadas, de tal manera que en la cúspide de la pirámide se hallan las de autorrealización y en la base, las de alimentación. El marketing, como saben, es una disciplina que se ocupa, precisamente, de diseñar estrategias – de producto, precios, distribución y promoción – para que la población, – en este caso, los consumidores -, satisfaga sus necesidades a cambio de dinero. Tanto es así, que en la selva del mercado, muchos departamentos de I+D+I inventan las necesidades. El consumo de yogures, por ejemplo, aparte de cumplir con la función tradicional de los lácteos; hoy aportan Omega3, Bífidus y otros "bio", destinados a controlar los estándares sanguíneos.

La penúltima necesidad de los humanos, según Maslow, hace referencia al  "reconocimiento". Las personas, aparte de satisfacer las necesidades de comida, vestido y seguridad; buscan confianza, respeto y éxito. Hace años, y disculpen el paréntesis, un catedrático de psicología evolutiva, me dijo que en este mundo hay dos tipos de personas: las que acuden al psicólogo y las que no. Las primeras, son aquellas que no cuentan con los mecanismos de defensa suficientes para valorarse a sí mismos. Son personas que necesitan constantemente la aprobación ajena. Necesitan, como les digo, que alguien les diga lo inteligentes, listos, guapos, simpáticos, atrevidos y estudiosos que son. Las segundas, son aquellas que cuentan con instrumentos suficientes, para quererse así mismas sin la necesidad de la aprobación del otro. La conducta de estas últimas se manifiesta por su carácter narcisista. Son, en términos coloquiales, aquellos que "no tienen abuela" porque no la necesitan.

Las redes sociales cubren, precisamente, la necesidad de reconocimiento. Cumplen tal necesidad y refutan, de alguna manera, la teoría de Maslow. Digo refutan – o echan por tierra – porque, según él, una persona no puede pasar de un rango de necesidad a otro, sin haber satisfecho la anterior. Dicho más claro: primero, la comida; segundo, la ropa; tercero, la vivienda y así sucesivamente. En Facebook o Twitter, por ejemplo, se puede obtener reconocimiento social sin tener cubiertas las necesidades previas. Gracias a las redes, un señor o señora de la clase baja, con un trabajo de "cuello azul" y con escasas posibilidades de promoción laboral; puede sentir el reconocimiento anhelado a través de un post o una frase en su perfil social. El botón "Me gusta" de Facebook – y todas sus variantes – contribuye a reforzar el ego y, por tanto, la autoestima. Es precisamente, la búsqueda del reconocimiento continuo, la clave para entender el éxito y el sesgo adictivo de las redes sociales.

El otro día, Lorenzo Silva – escritor de renombre por sus novelas policíacas – anunciaba que abandonaba Twitter. Y lo abandonaba, queridísimos lectores, a pesar de sus cien mil seguidores. Su anuncio, notición en las principales cabeceras del vertedero,  no es un adiós sino un "hasta luego". Y digo un "hasta luego", – y valga la contradicción -, porque según él, no cierra su cuenta sino que la deja operativa para la difusión de su obra. Dicha noticia la leí mientras tomaba café en El Capri. Según Peter las redes sociales son una moda pasajera, como lo fueron las patillas y los pantalones de campana. Aunque yo no soy adicto a las mismas, aunque eso sí las utilizo para difundir mis escritos, pienso – y así se lo dije a Peter – que las redes sociales han venido para quedarse. Y nunca morirán las redes, queridísimos lectores, porque el ser humano – independientemente de su condición social – busca y necesita reconocimiento. Un reconocimiento, que lo satisface cuando cuelga una foto en Facebook y recibe cientos de cumplidos.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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