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La pisada del elefante

Tras un mes fuera de combate, ayer decidí comprar el periódico. Estaba mucho tiempo sin deambular por las calles del vertedero y, la verdad sea dicha, necesitaba una dosis de veneno para despertar el intelecto. Aparte del referéndum catalán y los ecos del atentado de Barcelona, el "producto" que más me llamó la atención fue la portada de "El País Semanal". Me llamo la atención, queridísimos lectores, porque abrió las heridas que yacen en mi interior. La portada, por si ustedes no la han visto, ilustraba una entrevista a Javier Marías con motivo de su reciente novela. Me molestó que el articulista de dicha revista ocupase parte de la misma para la promoción de su libro. Y me molesto, claro que sí,  por el agravio comparativo que supone el elitismo cultural. Un elitismo, que juega con ventaja en un mundo – el nuestro – de talentos invisibles.

Hace años cuando salió a la luz "El Pensamiento Atrapado", mi primer y posiblemente último libro, supe cómo se movían los hilos en la industria de la cultura. Antes, el velo de la ignorancia – como diría John Rawls si viviera -, me impedía ver más allá de las entrevistas publicadas a escritores de renombre. Tras la publicación de mi ensayo entendí por qué las hormigas son incapaces de sobrevivir ante la pisada del elefante. Por muchos ejemplares que envíe a los tigres de papel, ninguno hizo caso a mis peticiones de visibilidad. Ninguno contestó a las solicitudes de reseñas. Y ninguno – y perdonen por la redundancia – se molestó en el cumplimiento de mi sueño. Este "vacío cultural" hacia los débiles de la manada es la tónica que sufren cada día los anónimos de la escritura. Anónimos, huérfanos de padrinos, que son incapaces de vender sus ediciones y obtener el reconocimiento de su talento. Así las cosas, la mayoría de las editoriales prefieren escritores mediáticos que "manuscritos sin nombre".

Ante esta injusticia cultural, la crítica no puede pasar de puntillas. No puede, como les digo, porque sino se corre el riesgo de caer en los precipicios del Medievo. Precipicios, como saben, donde la Iglesia ostentaba las llaves del saber ante la ceguera de los súbditos. Una Iglesia – una "élite cultural" como diríamos hoy – que impedía a los otros – "los científicos", el talento de hoy – demostrar su valía. Para evitar este peligro – el oligopolio de la cultura – es necesario que se tome "la Bastilla". Para ello, la prensa debería – y lo llevo reivindicando desde hace años – rotar a sus firmas de opinión. Firmas que, como saben, llevan décadas "amarradas" a sus columnas semanales. Es necesario, por el bien de todos, que tales literatos y periodistas pasen el testigo a plumas emergentes. Por otro lado, sería conveniente un periodismo estatal – sin caer en el nacionalismo mediático – que corrija los fallos del mercado. Un periódico estatal que abra sus pergaminos al "rebaño de los anónimos".

El año pasado escribí "el vertedero", una crítica ácida al periodismo que nos envuelve. Harto de censuras y trabajos mal pagados, decidí encarcelarme en las celdas de mi blog. Decidí el "aislamiento" – como diría Heidegger – para ser libre de las ataduras del sistema. Una libertad, claro está, necesaria para la "autenticidad". Hoy, tras doce meses de carrera en solitario, me encuentro en el kilómetro cero. Un punto incómodo para cualquier ave que desea volar con sus alas malheridas. A pesar de ello sigo aquí, escribiendo con la frustración de "querer y no poder". Querer llegar a más lectores y no poder por la falta de recursos. Unas condiciones – las mías – que entorpecen el disfrute de un viaje apasionante. Sigo escribiendo – y lo he reiterado en varias ocasiones – porque las pocas satisfacciones que recibo compensan la navegación contracorriente. Ojalá algún día, la sombra de las hormigas detenga la pisada del elefante. Incrédulo.

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4 COMENTARIOS

  1. Toda una reflexión …

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  2. Abel, nadie ni nada desmerece lo escrito por quien siendo desconocido deja huellas relevantes en alguien o diversos alguienes. Lo demás son exigencias del mercado en las que seguramente te asfixiarías. Yo no superé ni la primera que consistía en ir presentando colectivamente en plan “bolos” un libro, como quien hace demostraciones de una batidora para venderla. Por suerte, tenemos internet, hace años los anónimos no tenían más que su papel y sus borradores.

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  3. Juan José

     /  5 septiembre, 2017

    Escribir es una necesidad. Que te lean algunos, un triunfo. Que te publiquen… una quimera. El Parnaso no es para la masa de plumíferos letraheridos.

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  4. Jordi Cabezas Salmerón

     /  5 septiembre, 2017

    ánimo pues vale la pena y vales la pena!!!

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