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Bobadas políticas

Hace unas semanas, escribí: "Cuestión de Confianza", un artículo que versaba sobre el "Tramabus", la corrupción del Pepé y la crítica a "¿Quién será el próximo?", un artículo de Casimiro García Abadillo para el Independiente. Tras descartar la moción de censura por su indiscutible fracaso, puse en valor la cuestión de confianza, como opción menos mala para ilustrar el descontento del Parlamento con la praxis del Ejecutivo. Tras escribir el post, Podemos anunciaba a bombo y platillo su "moción de censura". Una moción, según ellos, que serviría para escenificar el rechazo político de la izquierda ante las corruptelas de la derecha. En España, como saben, se han producido dos mociones en el Congreso de los Diputados: una, en 1980, contra Adolfo Suárez y otra, en 1987, contra Felipe González. Ambas fracasadas.

Desde que Pablo Iglesias anunció su fechoría, los escribas del "vertedero" han derramado litros de tinta, a favor y en contra de la misma. Para unos – los "pro censura" -, la idea es una estrategia política de Podemos para polarizar a la izquierda contra la Triple Alianza del hemiciclo. Una maniobra clara – cla-rí-si-ma – para que el "sorpasso" al PSOE se haga realidad tras la frustración electoral. Al mismo tiempo, la moción es un recurso perfecto para que la organización morada recupere parte de la popularidad perdida desde los tiempos de la "casta" y el espejismo europeo. Para otros – los "contra censura" -, la idea no es más que una estrategia de "oportunismo político", por parte de Podemos, para condicionar, de alguna manera, el sino de las primarias socialistas. Gracias a la moción, el hipotético triunfo del "no es no" de Pedro Sánchez se convertiría, a "toro pasado", en dinamita podemita para fogotizar a los sanchistas.

Narrados los hechos – y hasta aquí la función del periodista – es cuando entra en juego el juicio de la crítica. No olvidemos que una crítica constructiva es aquella que establece soluciones y alternativas; más allá del sesgo ideológico de algunas cabeceras. La moción de censura, propuesta por Podemos, nace muerta desde el minuto número uno de su ocurrencia. Nace muerta – y disculpen los lectores de Podemos – porque no contará – ojalá me equivoque – con los apoyos necesarios para salir airosa del combate. Luego, por mucho entusiasmo que suscite a la bancada Pablista, la moción solamente servirá para generar ruido mediático y malestar en los mercados; dos efectos negativos que mancharían nuestra imagen exterior y crisparían el "gallinero". Por ello, queridísimos lectores, sería más grave el remedio que la enfermedad. Un remedio – la moción – que aliviaría pero no curaría el malestar social contra la corrupción galopante, que azota nuestro país desde los tiempos felipistas.

Así las cosas, la cuestión de confianza – tal y como expresé en el histórico de este blog – sería la mejor solución para poner contra las cuerdas a Rajoy y los suyos. Mientras la moción arroja todo el protagonismo sobre el partido que la plantea – en este caso Podemos -, la cuestión pone el ojo de la crítica en el Jefe del Ejecutivo. Sería precisamente Rajoy quien rindiera cuentas ante el Parlamento por la corrupción de su partido. La cuestión serviría para dividir al hemiciclo entre quienes apoyan al Pepé – y por tanto, la corrupción – y quienes vetan su gestión. La cuestión de confianza situaría a Podemos en una más de la parrilla. Un papel secundario, y nada bienvenido, para quienes buscan el primer plano a lo largo de la película. Tanto la cuestión como la moción están condenadas al fracaso. La primera porque el Presidente solo necesitaría más síes que noes para salirse de "rositas". La segunda porque no tendría sentido que tras dos elecciones electorales, ahora se articulara una alternativa de gobierno.

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1 COMENTARIO

  1. Excelente artículo…

    Saludos
    Mark de Zabaleta

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