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Sobre notas y mercados

Más del noventa por ciento, de los presentados, aprueban la PAU. Llegados a este punto, nos debemos preguntar si es necesaria la selectividad. Si es necesaria, como les digo, que miles de adolescentes pasen por el trance que supone esta prueba que condiciona, de alguna manera, su futuro laboral. Desde la crítica, criticamos su existencia. La nota media del bachillerato serviría, por sí sola, como condición necesaria para entrar a la universidad. Una universidad que, si la analizamos bien, no ofrece las mismas plazas en todas las carreras, sino que existe una desigualdad entre las mismas. El número de plazas equivale al precio de un producto en el mercado. No significa que lo "caro" o "barato" sea una cuestión de calidad sino de la confluencia entre la oferta y la demanda. De tal forma que el precio no siempre guarda relación con el valor de uso. Existen carreras que, por su baja acogida, "valen poco" en el mercado educativo. Y otras, como Medicina o Matemáticas, que por su elevada nota están mejor valoradas.

Debemos romper, de una vez por todas, el sesgo entre carreras "buenas" y "malas" en función de la nota de corte. La nota, como decimos, está supeditada a la intermediación entre oferta y demanda. Desgraciadamente, el número de plazas determina el futuro laboral de nuestros jóventes. A más plazas de medicina, por ejemplo, más oportunidades para aquellos alumnos que quieren, pero no pueden estudiar la carrera de sus sueños. Alumnos que, de otra forma y siendo brillantes en lo suyo, terminan – por cuestión de centésimas – en carreras supletorias como Fisioterapia, Podología o Enfermería, entre otras. Son carreras ni mejores ni peores sino distintas a la preferente. Ante esta realidad, miles de estudiantes frustrados estudian "las sobras" que le otorga un sistema estatal basado en una lógica de mercado. Ante esta "injusticia" o falta de equidad en el reparto, muchos alumnos deciden estudiar en universidades privadas ante el sesgo de plazas en la pública.

Estamos, queridísimos lectores, ante un darwinismo educativo que entorpece el desarrollo del talento, frustra vocaciones y merma la salud mental de nuestros jóvenes. Las universidades privadas juegan en una liga diferente. Tienen sus propios criterios de selección. Criterios, faltaría más, legales y que responden a los fundamentos de la libertad de empresa y el derecho de admisión. En ellas, el factor económico determina – entre otros criterios – la criba entre los posibles aspirantes. Un factor que favorece a las rentas altas y perjudica, sin duda alguna, a los estudiantes pobres y talentosos. De tal manera que gente con dinero, pero mediocre en el bachillerato, ocupa la plaza de alguien brillante pero escaso en lo económico. Así las cosas, miles de jóvenes no consiguen el sueño de sus vidas. Ni su esfuerzo académico consigue su recompensa por culpa de un déficit de plazas en la pública. Ni su capacidad económica, les permite acceder a la privada. Esta situación tira por la borda el mantra de "si quieres, puedes", "si puedes soñarlo, puedes conseguirlo" y otras frases motivadoras carentes de sentido. 

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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