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La cuestión nacionalista

Esta mañana, he leído en el New York que las grandes empresas de Silicon Valley (Google, Facebook y Twitter) han presentado un escrito judicial contra el decreto de Trump. Según tales firmas, la medida del magnate viola, valga el verbo, sus intereses comerciales con los inmigrantes. Al leer esta noticia, me han venido a la mente las palabras de don Antonio, un viejo profesor que conocí en El Capri. Decía este señor, de acento andaluz y cabeza despoblada, que los nacionalismos volverían algún día a escribir los interlineados de la historia. Decía que el ser humano es egoísta desde la cuna y, que la protección del interés ha causado guerras desde los tiempos de Siracusa.

Antes de Internet, la vuelta a los nacionalismos era una tarea fácil para cualquier proteccionista. Lo era, queridísimos lectores, porque la libertad de comunicación entre polos antagónicos era más tímida que ahora. En días como hoy, las redes sociales han eliminado los relieves políticos que separan a banderas y naciones. Por ello, por mucho que Trump levantara un muro de tres metros en las frontera de México, lo cierto y verdad, es que su veto no podrá cerrar; el diálogo intercultural que se produce por medio de Twitter y Facebook. Es precisamente esta paradoja entre el muro medieval y la libertad virtual, la que invita a la crítica a reflexionar sobre el asunto. La seguridad internacional, aparte de ser una responsabilidad de cualquier Estado, no debería ser un juego de suma cero, sino una estrategia de "ganar – ganar" entre Estados y mercados.

Hoy, en España, también se habla, y mucho, de nacionalismos. Como saben, Artur Mas y otros peces gordos de su partido comparecen ante el juez por la causa catalana. Se enfrentan a penas de inhabilitación a cargo público por ordenar, supuestamente, la consulta independista del 9-N. Una consulta ilegal que puede costarle caro a los líderes del momento. Lo que une a Cataluña con el republicanismo de Trump es, precisamente, el levantamiento de muros políticos contra los otros. Mientras el magnate defiende un país puro – libre de inmigrantes -, Puigdemont persigue una Cataluña independiente, libre de "españoles". Una Cataluña y una América, alejada de intereses compartidos, que ponga en solfa el establishment internacional. Lo mismo que recientemente ha hecho Gran Bretaña con el "Brexit" y que programa Le Pen con el "Francexit".

Lo preocupante del populismo de ultraderecha no es la vuelta a los nacionalismos, sino la amputación ideológica que ello supone. Un hipotético mundo basado en la pureza cultural va en contra de las ventajas alcanzadas con la globalización. Va en contra, como les digo, de los valores del respeto y la tolerancia. Valores basados en el relativismo cultural que ayudan a edificar sociedades multiculturales. Sociedades ricas en conocimiento, ante la sinergia que supone la mezcla de tradiciones, costumbres y religiones. Las amenazas internacionales no deberían ser tratadas con medidas basadas en falacias. Falacias consistentes en asignar al "todo" – el país en cuestión – la responsabilidad de la "parte" – grupos terroristas y otras amenazas – . Internet se convierte, llegado a este punto, en el arma indiscutible para parar el auge de los nacionalismos. Nacionalismos, y valga el recuerdo, que durante el siglo XX escribieron los episodios más negros de nuestra historia. Cuánta razón tenía don Antonio.

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