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Guirnaldas de Navidad

Este año Peter no ha decorado el local con guirnaldas de Navidad. Ayer, sin ir más lejos, bajé a tomar algo. Necesitaba un café para romper la tranquilidad que me producía, la soledad de mi despacho. Hace años, un tipo que conocí en El Capri me dijo que la soledad es amiga de la libertad. Los hombres libres son aquellos que viajan sin piedras en la mochila; aquellos que no soportan el peso de las ataduras. Aquellos que gracias al dinero prescinden de las jerarquías, del qué dirán y de los lazos materiales. Sin embargo, esos mismos hombres cargan con la envidia, los celos y los miedos ante posibles robos y secuestros. La libertad, como todo en esta vida, tiene su precio. El precio que pagamos por ella a veces es tan alto, que algunos prefieren vivir entre rejas que sentirse ratones en una selva de leones. 

Estamos ante un mundo de esclavos. Esclavos de la hipoteca, del trabajo, de los hijos, de enfermedades sin cura, de las mujeres a deshoras y los cigarros sin boquilla. Hay tanto esclavo en este mundo; que los libres son los raros en el circo de la vida. Por todo ello, Peter no ha decorado el local con guirnaldas de Navidad. No lo ha hecho porque quería sentirse libre. Libre de la maldita tradición, de aquella que nos obliga a ser generosos, educados y respetuosos con los otros en la víspera de Nochebuena. Aún así, Peter no es libre. No lo es, maldita sea, porque ahora le toca soportar el barro que yace tras el aguacero. Ahora le toca ser un esclavo de su decisión. Le toca, como les digo, soportar los gestos de desaprobación que le hacen los devotos de la tradición, de lo correcto y del guión acostumbrado. Hoy dicen, las malas lenguas del pueblo, que en El Capri no es Navidad. Y no lo es, dicen y dicen, porque Peter está arruinado, amargado o porque se ha vuelto Testigo de Jehová. Sin ir más lejos, Martín – un cliente de pedigrí – dice que no tomará más su café en El Capri. Y no lo tomará, valga el enfado,  hasta que Peter no vuelva a decorar el local con guirnaldas de Navidad.

Mientras tomaba café, Francisca – la mujer de Jacinto, el carnicero del pueblo – me preguntaba, tras hablar de nuestros gustos alimenticios, dónde iba a cenar el día de Nochebuena. Me comentaba que no le hacía ni "una gota de gracia" compartir mesa con Antonio, “el bicho” de su cuñado. No le hacía gracia porque entre ellos hay una guerra fría por cuestiones de la herencia. La Nochebuena no es tan buena como dicen. No lo es para quienes le faltan seres queridos, para quienes se hallan en lugares alejados. Para quienes duermen en hospitales, para quienes duermen en el suelo y, para quienes trabajan esa noche. Sin embargo, la Nochebuena es formidable para quienes comparten langostinos con los niños en la mesa; para quienes cantan villancicos hasta altas horas de la madrugada; para quienes bailan con los suyos y, para quienes disfrutan con los regalos de los suyos. La Navidad es blanca, mentira. Mentira porque hay Navidades grises, negras y amarillas. La Navidad, como decía el mendigo de la calle, es una condición más de la vida. Para unos alegría, para otros tristeza y melancolía.

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