Entrada siguiente

De “Isidoro” y Puigdemont

Puigdemont / Flickr / CDC

El 11 de octubre de 1974 fue un día señalado para la historia del PSOE. Tal día como aquel, el Congreso de Suresnes elegía a "Isidoro" – Felipe González – como líder del partido; un hombre joven y carismático, en contraste con las cabezas despobladas, las gafas de pasta y las barrigas del fraguismo. Desde la clandestinidad, "Isidoro" – como así se le conocía en las tertulias de Toulouse – ejerció el liderazgo de su partido. Un partido ilegal desde los tiempos republicanos, pero organizado – de manera informal – en la esfera internacional. Ocho años después de aquel congreso histórico, y en plena campaña electoral, Fernando Jáuregui y Pedro Vega escribieron "El día en que "Isidoro" se hizo con el PSOE", un reportaje para El País sobre la consolidación del felipismo. La palabra "cambio" se convirtió en el eslogan de la campaña. Un eslogan indiscutible para ilustrar las dos Españas postfranquistas: la España conservadora y retrógrada, por un lado, y la España progresista y moderna, por otro. Desde aquella campaña, otros partidos – como por ejemplo el Pepé – han utilizado la palabra mágica – "cambio" – para convencer a los suyos.

Aunque las circunstancias históricas no sean las mismas, lo sé; encuentro ciertos paralelismos entre el liderazgo de Isidoro y Puigdemont. Ambos han movido los hilos de sus partidos desde el extranjero y, ambos han utilizado argumentos similares para movilizar a los suyos. En plena efervescencia del referéndum ilegal, Fidel Masreal – periodista del Periódico – publicó "Puigdemont compara reiteradamente al Estado con el franquismo", un Estado, según los separatistas, autoritario e inhibidor de las voluntades democráticas. Felipe González apeló, durante años, al fantasma del franquismo. Un fantasma reencarnado en una derecha de exministros y jefecillos de la etapa del caudillo. Con el titular "Felipe González afirma que la derecha es la única alternativa, pero ha sido y será un desastre", El País recogía el estribillo del PSOE, a un año de la victoria del Partido Popular. Un estribillo marcado, desde el Congreso de Suresnes, por el miedo a una segunda parte de la España negra, del Nodo, los rombos y las sotanas. En días como hoy, el líder catalán apela al Estado como si fuera Felipe apelando contra el franquismo. Ambos han jugado con las ventajas del discurso dual; un discurso marcado por los de fuera – los que defienden la libertad – y los de dentro – los guardianes del establishment.

Hace años, escribí "Secretos, simplemente secretos", un artículo que recogía parte del pensamiento de Georg Simmel, filósofo del siglo XIX. Decía este señor, en su teoría del secreto, que la lejanía contribuye a la construcción del liderazgo. A más cercanía entre líderes y electores, menos valor. Valoramos, decía, aquello que nos cuesta alcanzar con las manos. Es precisamente esa lejanía, la que siembra de lágrimas a los amores imposibles entre plebeyos y famosos. La lejanía de "Isidoro", antes, y Puigdemont, ahora, contribuye al fortalecimiento del carisma. Atendiendo al razonamiento de Simmel, Puigdemont no sería un traidor sino todo lo contrario, un mártir; un icono idealizado de la política presente; como lo fue Felipe González en los tiempos de Suresnes. A pocas semanas para el 21-D, la internacionalización de la cuestión catalana está dando los frutos deseados. Hoy, sin ir más lejos, 45.000 personas se han manifestado en Bruselas a favor de la independencia. Una manifestación encabezada por Puigdemont; cabeza de ratón para unos, cola de león para otros. Una manifestación que pone en jaque al Gobierno; el mismo que casi cuarenta años atrás, temía que los líderes del exilio conquistasen la Moncloa.

Deja un comentario

1 COMENTARIO

  1. Gran artículo …

    Responder

Deja un comentario