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Sobre África y España

Hace años, cuando estudiaba sociología, tuve un especial interés por el anticolonialismo y postcolonialismo africano. Tanto es así que leí a grandes autores clave como Gandhi, Marcus Garvey, Edward Said y Franz Fanon, entre otros. De todos, me llamó la atención el pensamiento de Fanon. Según este pensador francés, nacido en la Martinica, el instrumento principal de la lucha anticolonial debía ser la violencia. Sin violencia, África seguiría sometida a sus metrópolis, sin salir jamás de su "secuestro". Para ello, para iniciar el proceso de "liberación" se debía tomar conciencia de clase. Tanto es así que Marcus Garvey, pensador y activista político jamaicano, destacó el "orgullo negro" y dirigió el movimiento "vuelta al África". Como ven, se trataba de inyectar a los colonos identidad patriótica. Una identidad necesaria para cultivar un "nacionalismo excluyente", que marcara las líneas entre los de dentro y los de fuera.

Edward Said, critico literario estadounidense, elaboró una crítica humanista a la ilustración occidental. Según este pensador, nacido en Jerusalén, el liberalismo europeo representaba las "narrativas de opresión", una idea marxista sobre el viejo discurso entre opresores y oprimidos. El pueblo africano optó por un postcolonialismo socialista basado en el marxismo. Tras la colonización, África se convirtió en un continente de regímenes presidencialistas, pseudodemocráticos, corruptos, clientelares y con residuos feudales. Regímenes gobernados por el interés de las élites y con marcos económicos sesgados por los excesos proteccionistas. Tanto es así que en el año 2011, la olla a presión de la indignación dijo basta al absolutismo africano. En días como hoy, y tras seis años desde aquel entonces, África continúa incrustada en el subdesarrollo económico y científico, la superpoblación y el drama de la emigración. África se ha convertido, desde la descolonización, en "el vertedero del capitalismo".

La vergüenza del primer mundo no es otra que la mirada de reojo a los problemas de África. Esta mirada de reojo podría sufrirla España si sigue siendo la telonera de Europa. Desde la caída de las grúas – de la España va bien de los tiempos aznarianos -, este país se está convirtiendo en una economía periférica al servicio de los grandes. Un país, que salvo la alegría del turismo, se ha debilitado en cuanto a su modelo productivo. Un modelo, como saben, atornillado a la nostalgia de la burbuja inmobiliaria e incapaz de reinventarse. A día de hoy, la economía despega pero no como muchos desearían. La economía despega con unos motores de empleo precarios en comparación con otros países semejantes. La Tasa de Paro ha bajado pero lo ha hecho, como saben, con la firma de contratos basura. Contratos con salarios insuficientes para arrancar, de una vez por todas, las turbinas del consumo pesado. Así las cosas, la alegría que se percibe no es otra, que el contento que sufren los lazarillos cuando su amo les obsequia con migajas.

La razón de los salarios bajos no es otra que los efectos del capitalismo en países como el nuestro. La subcontratación de mano de obra barata en otros lugares del mundo, el éxodo de talento y la estructura demográfica ilustran el argumento. La política internacional de precios bajos deja poco margen para subir los salarios. No olvidemos que la interconexión de las economías determina los ajustes entre la oferta y la demanda. Solamente las grandes marcas, aquellas que luchan por el prestigio y no por costes, son las que mejor viven en la jungla del XXI. Por ello, la subida de salarios se convierte en una utopía, por mucho que los sindicatos presionen al unísono. La fortaleza de los tigres asiáticos – fortaleza basada en la explotación del derecho laboral – impide que los otros rujan como ellos. Por ello es necesario que España cultive la diferencia – las marcas y patentes – y que fomente la innovación y el desarrollo. Y para ello se necesita, más que nunca, la mano del Estado.

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1 COMENTARIO

  1. Rafael Angón Fortea

     /  8 julio, 2017

    Efectivamente, el gran problema de España es su modelo productivo. Formamos grandes talentos que no tienen más remedio que emigrar porque el sistema productivo español no está hecho para utilizar ese talento. La inversión en innovación y desarrollo es imprescindible en España, pero los políticos solo ven el corto plazo y sus intereses más immediatos.

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