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De trincheras y venenos

Desde que comenzó la cuarentena, he leído todo tipo de lecturas acerca de la correlación entre enfermedad y globalización. Tanto que algunos, románticos del comunismo, han visto – en el coronavirus – luz al final del túnel. También, en las páginas del vertedero, he leído sobre las miserias del liberalismo y los efectos comunitarios del Covid-19. Y también, y disculpen por la redundancia, he leído todo tipo de críticas al gobierno y al monarca. Críticas al Ejecutivo por sus supuestos errores – consentimiento de la manifestación del 8-M, el mitin de Vox, la asistencia de Pablo Iglesias al Consejo de Ministros y el confinamiento tardío -. Y críticas a Felipe VI por pasar de puntillas, en su discurso televisivo, por las vergüenzas de la Zarzuela. Aparte de todo esto se suma, más allá de los datos oficiales, miles de noticias y desmentidos que confunden a la gente.

Desde la ciencia política, los efectos nefastos del coronavirus son susceptibles de un análisis comparado. Si observamos, el bicho que azota nuestras vidas se combate desde diversas trincheras y venenos. Entre las trincheras: la autocracia China, la socialdemocracia europea y el liberalismo estadounidense. Y entre los venenos: la confinación de la población, los test detectores y la investigación. Estas trincheras y venenos tienen como objetivo común derrotar al enemigo; el único que ha sido capaz de desintegrar la conexión global y apagar, por un instante, la contienda internacional. Si analizamos los datos, China tiene controlada la curva de propagación, Italia ha superado, en número de muertes a China y Corea del Sur ha reducido bajo mínimos el número de infectados. En Estados Unidos, por su parte, se prevé que la pandemia durará, al menos, de doce a dieciocho meses. De los tres venenos – detección precoz, confinamiento e investigación – parece que el primero es el más efectivo.

Las medias de confinamiento calman pero no curan la herida. Y no la curan porque la ausencia de síntomas, en muchos, casos hace que el bicho se propague como la pólvora. Y esa propagación genera repuntes en la curva de afectados que entorpece su descenso. Por ello, aparte de esta medida y mientras dure el Estado de Alarma, es necesario que los ayuntamientos se conviertan en agentes detectores. Es preciso que en todas las ciudades, grandes y pequeñas, se coloquen – por barrios o por zonas – carpas con profesionales sanitarios para la detección precoz del Covid19. Se debería hacer un triage local que calificara a los detectados en leves, graves y muy graves. Solo así, con los números reales sobre la mesa, sería cuando se podría armar una estrategia eficaz para combatir al enemigo. El confinamiento, sin detección precoz, se convierte, en muchas ocasiones, en palos de ciego. Así las cosas Corea del Sur ha apostado por este camino – el descubrimiento incipiente – y sus resultados saltan a la vista. El encierro en los hogares se convierte en una condición necesaria pero no suficiente para atajar el problema.

La investigación y consecución de una vacuna, con la cantidad de contagiados en el mundo, se convierte en una utopía por la urgencia del momento. Por ello, aunque los chinos hayan dado con la tecla se necesita, queridísimos lectores, tiempo para que el experimento en los ratones corrobore las hipótesis. Por ello, esta medida – necesaria para evitar nuevos brotes en los años venideros – no sirve para atajar la sangría. Por mucho dinero que se invierta, en estos momentos, en I+D+I es tarde para recoger los frutos de las semillas. Eso sí, cuando pase la epidemia, la investigación será algo más que un jarrón bonito de cara a la galería. Paralelo a las medidas sanitarias, la socialdemocracia tiene un papel decisivo. Gracias al coronavirus, la necesidad de un Estado de Bienestar se convierte en un ejército fuerte ante posibles invasiones. Y se hace fuerte y necesario porque sin las medidas aprobadas por el Ejecutivo – salvando los matices y las discrepancias partidistas – hoy, millones de familias estarían al borde del precipicio.

Tiempos de guerra

El sábado por la tarde, horas antes de que Sánchez declarara el Estado de Alarma, fui al Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, saludar a Peter. Allí, a un taburete del mío, estaba Gregorio. Gregorio es un octogenario, de las tripas de mi pueblo, que luchó como ninguno contra las tropas de Paco. Tras hablar del coronavirus, del bicho que azota al mundo y pone en jaque nuestras vidas, me comentaba que la cuarentena abriría las heridas de la guerra. Y las abriría, me decía, porque – aunque sea por causas diferentes – se reproducen emociones y escenarios similares. Se reproduce el miedo a salir a la calle y la falta de libertad. Se reviven las angustias de vivir entre los barrotes de las celdas. Y se recrean, claro que sí, paisajes paralelos a los sistemas militarizados. La represión de las libertades y la presencia del ejército ponen en cuarentena los estribillos democráticos.

En tiempos de guerra, me decía Gregorio mientras fumaba su Ducados, los ciudadanos temían al enemigo. Temían a que, el día menos pensado, amanecieran maniatados en las cunetas de sus pueblos. Ese temor al otro es el mismo que hoy, millones de españoles, tememos ante el coronavirus. Un enemigo que amenaza nuestras vidas, limita nuestras libertades y atenta contra nuestra integridad física y psíquica. En la contienda civil se produjo una especie de desconfianza y guerra fría entre civiles. Se produjo, me decía este señor, un lubricante de sospecha que infectaba de tensión las relaciones callejeras. Una sospecha parecida a la que hoy transmitimos cuando alguien tose cerca de nosotros. Sospechas basadas en la alianza del vecino con el credo del enemigo. Una alianza que convertía a las personas en transportadoras de maleza. Una maleza, como les digo, que destruía las relaciones e infectaba los hogares de asco, dolor y miedo. Eran tiempos de guerra. Tiempos de bandos y repulsa al enemigo.

"En aquellos tiempos – en palabras de Gregorio – los Estados de Alarma destruyeron la democracia y la transformaron en dictadura. Fue tanto lo que duró la cuarentena que hoy, casi medio siglo después, revivo con dolor aquellos meses encerrado en el patio de mi casa. Encierros sin Internet, sin móviles ni wasap. Encierros sin comida. Encierros de millones de analfabetos sin un mendrugo de pan que llevarnos a la boca. El llanto desesperado de los niños inundaba de tensión el paseo silencioso de los uniformados. Fueron meses duros. Durísimos para los míos. Meses donde las cuarentenas se interrumpían por la irrupción del paseíllo". Hoy, España está en cuarentena. Una cuarentena por causas bien distintas a los tiempos de guerra. Pero una cuarentena que revive las angustias del pasado. Angustias en forma de incertidumbre, de problemas económicos y temeridad ante el enemigo. En tiempos de guerra, la gente contaba los minutos al calor de sus hogueras. Minutos de diálogo, de riñas familiares y gemidos clandestinos.

Nosofobia

Aparte de profesor de filosofía, en el instituto también imparto psicología, una asignatura optativa de segundo de bachillerato. Durante las dos últimas semanas, hemos abordado los trastornos emocionales y de la conducta. Entre ellos, la depresión, ansiedad, esquizofrenia, anorexia y bulimia. Por defecto profesional, suelo relacionar los problemas psicológicos con los filosóficos. Pienso que el ser humano es una realidad muy compleja. Tan compleja que su conocimiento requiere la integración de todos sus determinantes. Determinantes fisiológicos, culturales, espaciales y temporales convierten al Homo en un animal cautivo. Cautivo porque a pesar de nacer libre, necesita aprenderlo todo para sobrevivir. Y ese aprendizaje lo convierte en un híbrido formado por temperamento y carácter. Un híbrido, a su vez, único e irrepetible. Único porque no hay dos personas idénticas en el mundo. Irrepetible porque la deriva genética, como diría Motoo Kimura, es muy poco probable que se repita.

Más allá de esa diversidad, que nos hace dignos en la jungla de los humanos, compartimos una universalidad. Dicha universalidad no es otra que las emociones. Y entre ellas, está el miedo. El ser humano, como dirían los existencialistas, es arrojado al mundo. No somos, por tanto, responsables de vivir sino el producto de una decisión ajena a nuestra voluntad. Pero una vez arrojados a la vida no nos queda otra que vivirla. Vivir un cúmulo de momentos. Unos buenos y otros malos. Unos, agradables como una comida entre amigos, la obtención de un título universitario o un ascenso en el trabajo. Otros, amargos como la pérdida de nuestros padres y abuelos. Es, precisamente, ese juego entre palos y zanahorias; el que inunda a la vida de magia y misterio. Por un lado queremos vivir el placer de los estímulos. Por otro, tenemos miedo a las hostias de la vida. Y ese miedo, no es otro, que el miedo a perderla. El miedo a enfermar, morir o a volverse loco hace que el Homo sufra de ansiedad. Una ansiedad que, en dosis permisibles, no es perjudicial sino sinónimo de prudencia y solemnidad.

Tales miedos no entienden ni de libertades ni jerarquías. La muerte y la enfermedad no distinguen entre ricos y pobres. Ante una amenaza vital, las lágrimas de los de arriba valen lo mismo que las lágrimas de los de abajo. Las amenazas desnudan a la fiera o al cordero que todos llevamos dentro. Una fiera o un cordero que desde la humildad o el orgullo teme a la incertidumbre que supone las posibilidades de enfermar y morir. El coronavirus – un virus inusual, resistente y mortal – ha puesto al descubierto la fragilidad del ser humano. Una fragilidad que hasta ahora había estado acorazada con los muros del dinero y la razón. Hoy, el Primer Mundo mira con respeto a la deriva del Tercer Mundo. Un Tercer Mundo que resiste ante el depredador occidental. Un depredador, invisible y poderoso, que ha despertado la misma fobia que sienten los ratones ante la sombra del león. Un depredador, sin juicio ni razón, que ha puesto al descubierto el estado natural que tanto denunció Hobbes. Un estado de nosofobia social que destruye las relaciones de producción y nos condena a la igualdad. Una igualdad de seres despojados de su posición social, y unidos por la temeridad.

Sociedad y coronavirus

Tras un mes refugiado en los intramuros de mi mente, ayer fui al Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, una inyección de diálogo callejero. Una inyección de energía que encendiera, de una vez por todas, el apagón de mis bombillas. A dos taburetes del mío, estaba Martina, la mujer de Jacinto. En nuestros tiempos adolescentes, nos tiramos los tejos. Tejos que cayeron en el saco roto de los amores frustrados. Mientras hablaba con ella, miré más allá de su fachada. Y tras mirar, descubrí que en su interior colgaban piedras. Piedras en forma de sueños rotos, deseos reprimidos y secretos oscuros. Hablamos de la vida, de los hijos y del coronavirus. Me preguntó si tenía miedo. Le dije que más que miedo sentía indignación. Indignación por la incertidumbre que suscita cualquier problema hasta que se soluciona.

Más allá de los datos oficiales, me comentaba Martina, hay miles de enfermos clandestinos. Enfermos, sobre todo americanos, que por falta de dinero no son conscientes, a ciencia cierta, si padecen, o no, el coronavirus. Esta situación suscita brotes de agorafobia, nosofobia y xenofobia colectiva. Brotes que se manifiestan mediante conductas de evitación y rechazo social. El maldito bicho provoca cierta repulsa a lo chino y lo italiano. Tanto es así que cualquier tos, por insignificante que sea, suscita miradas de recelo entre los salvados del momento. Estas miradas de rechazo alimentan el miedo ciudadano a ser estigmatizados por parte de sus círculos. El Covid-19 ha puesto en jaque la utopía de la globalización. La idea de una sociedad conectada no es el mejor escenario para erradicar, de una vez por todas, el dichoso virus. Así las cosas, el cierre de fronteras – y la vuelta temporal al mercantilismo – se convierte en una de las posibles soluciones.

Aparte del aislamiento, y de recetas antiglobalización, la lucha contra el virus necesita otros armamentos. Necesita que los ciudadanos lleven cuidado con lo que tocan. Y ese cuidado con "lo que tocan" es tan complicado de llevar a la práctica que se convierte en fantasía. El contacto con el dinero, el manejo de monedas y billetes se convierte en un factor importante de contagio. Tanto es así que sería recomendable que la mayoría de las compras se hicieran con tarjeta. Es importante, como les digo, que los ayuntamientos apliquen desinfectantes en el mobiliario urbano. Y es necesario que los centros comerciales desinfecten – a diario – mostradores, probadores y barandillas. Aparte de todo ello, se deben restringir y, si es posible, cancelar la asistencia a eventos multitudinarios. Mientras tanto, el Gobierno debería poner todos los recursos necesarios para que la investigación fluya sin obstáculos añadidos. Es importante que, a pesar de las medidas locales, no se rompan los lazos internacionales. Y es urgente que los medios, más allá del relato amarillo, pongan el foco en los vencedores del momento.

Tributo a Galdós

Hace unas semanas leí, en El País, el rifirrafe entre Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas acerca de Galdós. Mientras uno defendía con pasión al autor de Fortunata, otro lo bajaba del pedestal. Tras seguir la contienda, recordé a Antonio, mi profesor de literatura de mis años de instituto. Recuerdo que el primer día de clase, nos pidió que hiciéramos una redacción sobre nuestro escritor preferido. El mío, sin duda alguna, fue Galdós. Y lo fue, queridísimos lectores, porque a través de su obra descubrí mi vocación por la sociología. Las lecturas de Torquemada en la Hoguera, Marianela y, sobre todo, Miau fueron una ventana abierta a una sociedad con tintes similares a la nuestra. Una sociedad marcada por la doble moral, el clientelismo político, la desigualdad laboral, los males del bipartidismo, el tráfico de influencias y la importancia del "qué dirán".

Aparte de despertar mi vocación de sociólogo, Benito despertó mi amor por la literatura. A través de su obra, aprendí el arte de la narración. Un arte que necesita el poder de la observación. El poder de mirar, con detalle, los interlineados de la calle. Y el poder, y disculpen por la redundancia, de la escucha activa, el silencio incómodo y los surcos de los rostros. Sin esa mirada profunda a los vertederos de la vida sería difícil escribir como Galdós. Benito supo sacar la instantánea de una sociedad maloliente, miserable y cruel. Galdós supo plasmar los discursos familiares, la retórica de las élites y las reflexiones más profundas. Fue precisamente esa combinación entre los refranes de la plebe y los cultismos de los nobles quien hizo de Benito un escritor transversal. Hoy, más allá de Cercas y Muñoz, muchos juntaletras critican a Benito su influencia cervantina. Critican que Galdós no fue un escritor de pedigrí sino un discípulo de Saavedra.

La presencia cervantina en la obra de Galdós no se puede considerar motivo de reproche. Y no se debe considerar porque detrás de cada escritor hay una experiencia lectora que determina, de alguna manera, el sino de su pluma. Cada obra literaria es una consecuencia entre lo vivido y lo leído. La imaginación, como dirían Locke o Hume si vivieran, no es otra cosa que la cocina de tales ingredientes. Es precisamente ese plato resultante, el que distingue a un autor del resto. Por ello, por mucho que un escritor beba de la fuente de otro, el resultado será diferente. Y lo será, queridísimos amigos, porque aunque las fuentes sean las mismas, los autores – los artistas – son únicos e irrepetibles. Y Benito era único y valiente en sus descripciones. Único en el retrato de lo feo y las vergüenzas del sistema. Valiente en su osadía por desnudar las cosas de palacio, los secretos familiares y las heridas del dinero. Por ello, sin entrar en matices. Sin entrar al debate con Antonio y Javier, la obra de Galdós goza de dignidad literaria. Y dicha dignidad es la que deberíamos respetar para que la figura de Benito sea objeto de tributo.

De virus y razones

Decía Nietzsche que estamos ante una sociedad de "niños miedicas". Niños que desde el siglo V, antes de Cristo, han edificado la razón para protegerse de la realidad. Como seguidor de Heráclito, el autor de Zaratustra tiraba por la borda los universales de Sócrates, el mundo inteligible de Platón, el "cogito ergo sum" de Descartes y los "a priori" de Immanuel. La razón, diría Nietzsche, ha fracasado. Y ha fracasado, queridísimos lectores, porque hay más miseria moral e injusticia social. Hoy, en pleno siglo XXI, el asesino de Dios tiene razón. Y la tiene porque el coronavirus demuestra, una vez más, que el progreso técnico y el moral no van cogidos de la mano. El virus que azota China, y que amenaza con propagarse por todos los rincones del planeta, está destapando los brotes esquizofrénicos de la cultura occidental.

Los principales miedos de todo ser humano son, como saben, enfermar y morir. Más allá de las preocupaciones cotidianas, la salud se convierte en el cimiento de nuestras vidas. Por mucho dinero que tengamos en las cartillas, cualquier virus – por insignificante que sea – no distingue entre los de arriba y los de abajo. Y no distingue porque el género homo está hecho de la misma pasta tanto en España como en Pekín. Por ello, el miedo a enfermar se hace viral. Y esa viralidad – propiciada por las redes sociales y la globalización mediática – pone al descubierto los sesgos de la razón. Sesgos en forma de "todos vamos a morir" o de "esta no vamos a salir" conllevan a la histeria social. Una histeria que sin el progreso tecnológico no sería de tanta envergadura. Y no lo sería porque la actitud ante la enfermedad está determinada por un cúmulo de probabilidades. Y las probabilidades de morir por el coronavirus, sin historiales médicos agravantes, no son tan alarmantes.

Ante esta situación de temeridad internacional, los sistemas políticos se ponen a prueba. Se hace necesario la correcta articulación de los mensajes sanitarios, el intervencionismo estatal y la colaboración de los mercados. La comunicación, en estos casos, debería estar basada en estudios comparativos sobre otras epidemias y enfermedades similares. Aparte, de tales estudios, se hace urgente la divulgación de campañas preventivas y protocolos de actuación. En segundo plano, el intervencionismo estatal. El Ejecutivo debe dotar los recursos, técnicos y humanos, necesarios para combatir la enfermedad. Así como las medidas oportunas para minimizar los riesgos de la propagación. Y finalmente, los mercados – la industria farmacéutica – deben colaborar en el suministro, en caso de que fuera necesario, de medicamentos y mascarillas suficientes. Más allá de tales recomendaciones, la gran amenaza no es otra que la histeria derivada de la viralidad digital. No dejemos que suceda.

El pseudoperiodismo

Después de nueve años juntando letras en los pergaminos de este blog, siento que el esfuerzo ha merecido la pena. Desde siempre, he sido una persona rebelde y crítica con el poder. Con trece años, fui un alumno disruptivo. Un niño problemático, de esos que hablan alto y alteran el gallinero. Tanto que los profesores me expulsaban al pasillo y ninguneaban mi presencia delante de los otros. Nadie, absolutamente nadie, daba un duro por mí. Tras repetir octavo, abandoné los estudios. Me tiré cuatro años sabáticos. Cuatro años donde lo único importante era la manera de borrar los granos de mi cara. Aún así, me gustaba escribir. Recuerdo que enviaba cartas a los periódicos. Cartas llenas de faltas de ortografía, mal redactadas y carentes de interés. Cartas que caían en los precipicios de las papeleras y mermaban mi autoestima. Una autoestima de hormiga en una selva de gusanos.

Tras retomar los estudios, decidí reinventar el personaje que deambulaba por mi vida. Tenía hambre de saber cómo funcionaban los motores del sistema. Tenía la herida abierta de cientos de rechazos laborales. Tanto que estudié tres carreras, entre ellas Sociología y Ciencia Política. Envié curriculums a todos los periódicos habidos y por haber. Me convertí en un mendigo de reconocimiento en la puerta de una Iglesia. Tocado pero no hundido, decidí crear este blog. Decidí tirar a la cuneta las piedras de mi mochila. Necesitaba contar historias, sacar de mis adentros la vocación de periodista. Durante dos años, aprendí a escribir. Aprendí que lo que puedes decir en dos palabras no lo digas en tres. Descubrí que los lectores no son tontos. Averigüé que saben distinguir la esencia de la paja, la verdad de la mentira y la valentía de la cobardía.

Opté por ser el mismo alumno disruptivo de los años de colegio. Y a partir de ahí, comencé a notar las mismas vibraciones. Sentí la soledad de la incomprensión, la indignación de la injusticia y la burla de los envidiosos. Me sentí desnudo ante un mundo de postureo, hipocresía y clientelismo. Aún así, seguí juntando letras. Seguí soñando en convertirme en alguien de renombre. Un sueño que se evaporó tras la publicación de "El Pensamiento Atrapado", mi primer libro. Todo un fracaso editorial. Con el libro, me di cuenta que en la industria de la cultura: “tanto vendes, tanto vales”. Cinco años más tarde, tropecé con la misma piedra y publiqué "Desde la Crítica". Lo presenté en el pueblo que me vio nacer. Una presentación austera, con muy pocos en la sala. Noté, una vez más, que era un escritor del montón, un friki de los mentideros callejeros. Hoy, con el manto caído, sigo aquí juntando letras ante un mar embravecido. Un mar donde sobramos los románticos, los desnudos del teatro.

Durante estos años, he comprendido que sin una masa lectora crítica es imposible reinventar el modelo periodístico. Estamos ante una prensa quasitotalitaria. Quasitotalitaria porque cada vez se producen más fusiones editoriales. Y cada fusión implica leones más furiosos y gatos más temerosos. Una democracia con pocos medios, grandes y al unísono, deriva en un modelo pseudoperiodístico. Un modelo que no se ajusta a la realidad sociopolítica. Una realidad que tiende hacia el multipartidismo no puede seguir con un cuarto poder quasitotalitario. Y no puede porque un periodismo polarizado no responde a las necesidades informativas de una demanda lectora, diversa y heterogénea. Por ello hacen falta más medios libres, plurales e independientes. Hacen falta versos sueltos para que el estribillo de las estrofas cambie su sentido. Si no lo hacemos, no nos quedará otra que caminar junto a la oveja. Y ello, queridísimos lectores, es lo que distingue a las autocracias de las verdaderas democracias.

La deriva democrática

Tras varios meses sin leer la prensa impresa, el domingo compré El País. En el suplemento, leí "Por qué voto a Vox"; un reportaje acerca del retrato robot de la derecha radical. Entre los motivos, la mayoría de los entrevistados aludían a cinco ejes principales: inmigración, liberalismo, desigualdad, patriotismo y desafección. El rasgo común de los perfiles no era otro que el hartazgo, o rechazo, social contra la inseguridad ciudadana, la Ley sobre la Violencia de Género, el catalanismo, el multipartidismo y la gestión del Estado del Bienestar. Hay, entre los interlineados de los entrevistados, una actitud de protección contra los diferentes enemigos que atacan nuestro sistema. Enemigos en forma de "otros" que amenazan la zona de confort social y el establishment institucional. Son precisamente, los otros – los atacantes de los logros pasados – quienes claman, desde la desesperación de sus percepciones, una España más contundente contra la injusticia social.

Detrás de tales enemigos existe un denominador común, el miedo a la deriva democrática. Un miedo que, de alguna manera, no ha sabido aliviar la partidocracia tradicional y que sirve de relato perfecto al partido de Abascal. Dicho miedo se manifiesta en forma de xenofobia, homofobia y aporofobia, entre otras fobias. Hay, por lo que pude leer en El País Semanal, un malestar latente por el incremento de la inmigración. Una inmigración "enemiga", "incontrolada" y "mal gestionada" que se traduce en consumo de "servicios públicos" y "crispación social". Aparte de este enemigo, no hay un patriotismo o sentimiento de país que haga cara a la fractura social y laboral. Una España dividida entre catalanistas y unionistas, por un lado, y provincias densas y vaciadas, por otro lado; se convierte en un agravante para afrontar, con éxito, la deriva democrática. Una deriva que se muestra impotente ante un sistema mediático, también dividido e ideologizado. Así las cosas, el votante de Vox no es otro que un ciudadano movido por la nostalgia y melancolía por un pasado idealizado.

Si vencemos a los enemigos, como diría el votante de Vox, la partida está ganada. Ahora bien, el trofeo de la victoria no sería otro que el desmantelamiento de las autonomías, la vuelta al mercantilismo, el etnocentrismo y el entretenimiento. Ingredientes que, de alguna manera, configuraron la losa del franquismo. Por ello, queridísimos amigos, ciertas narrativas son tóxicas y peligrosas para la democracia. El miedo a la deriva democrática puede traer consigo un escenario similar a los Estados Unidos de Trump. Un escenario que surgió por el miedo de la América despoblada a la integración de la inmigración y su posible empoderamiento. La ObamaCare fue percibida como una dinamita social contra el honor de "los de arriba". Un sistema económico basado en el low cost, como es el nuestro, supone también un argumento perfecto para que la gente compre el pack de la ultraderecha. Y lo supone, queridísimos lectores, porque cada día la mano de obra barata se convierte en una necesidad del mercado. Una necesidad que amenaza la supervivencia de la clase media. Una amenaza que probablemente rentabilizará Vox.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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