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Calles sin nombre

Tras una tarde corrigiendo exámenes de filosofía, cogí un par de galletas, y dos onzas de chocolate, y salí a la calle. Recuerdo que Manolo, un psicólogo de mi pueblo, decía que la calle es terapéutica. Si has discutido con tu pareja, ¡sal a la calle! Si estás pasando por una mala racha, ¡sal a la calle! La calle, decía este viejo conocido, es la universidad de la vida. La calle, cuánta razón tenía, te enseña cosas que no están escritas en los pergaminos de los libros. Cosas como la mirada del mendigo, la insinuación de las putas y el maullido de los gatos. Durante el paseo, visité a Gregorio; un amigo de mis años de colegio. Divorciado desde hace seis meses, sin apenas dientes y sin un centavo en los bolsillos; aún guarda la mirada de gangster de sus años juveniles. Años donde su presencia era una institución en El Capri. Años en los que bebía copas de Ricard. Y años donde su verborrea era muy cotizada por las busconas del barrio.

Sentado en el taburete del fondo, con la mirada cabizbaja, y el Ducados entre los dedos; lo saludé. Le pregunté cómo estaba y le regalé una bolsa con naranjas. Hablamos de la vida, del mérito y el esfuerzo. Le dije que el esfuerzo, por si solo, no es suficiente para tener éxito en la vida. Hay gente que se ha esforzado muchísimo y, sin embargo, no han conseguido ser alguien importante en el curso de sus sueños. Y gente que, por ser hijos de abogados y de señores de renombre, sin apenas esfuerzo han llegado y besado el santo. Por ello, no compro la teoría del sueño americano. Creo que no siempre los golpes a una piedra acaban por romperla. A veces, no es cuestión de  cinceles y martillos sino de la elección de la presa. Si fuera así, si todo fuera consecuencia del mérito y el esfuerzo, los mendigos tendrían la culpa de su sino. Y la tendrían, como le dije a Gregorio, porque – según muchos liberales – no se habrían esforzado lo suficiente. Así, por mucho que hablemos de sociedad de clases, todavía hay mucha estructura estamental en pleno siglo XXI.

Sin la calle por en medio, hoy no entenderíamos muchos hechos históricos. No entenderíamos, por ejemplo, la Toma de la Bastilla, la Revolución Bolchevique, el Mayo del 68, la Revolución de los Claveles, el Movimiento 15-M, los chalecos amarillos, la Primavera Árabe y, muy recientemente, las Revueltas en Chile. Fenómenos atados a la calle y, fenómenos que sin cristales rotos no serían atendidos. En la calle, me contaba Gregorio, mataron a su padre. Lo mataron por ser rojo y por pensar distinto a los correveidiles del caudillo. Lo mataron por hacer ruido en los tiempos de República. Por salir a la calle y gritar "curas de mierda" en la puerta de los templos. Las sotanas, le dije, siempre han mandado mucha romana en los asuntos de la calle. Tanto que, durante los siglos medievales, sometieron la razón a la fe. Y tanto que crearon la Inquisición para reprimir a los listos del momento. En la calle se cuecen las propuestas indecentes, los pagos sin factura y las miserias del saludo. En la calle se levantan iglesias, museos y rascacielos. En la calle duermen, sin techo, personas y perros abandonados.

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