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Recordando a María

Mientras ordenaba los cajones del armario, encontré una fotografía de mis años juveniles. Años de cigarrillos, mujeres y borracheras. En esa foto aparezco abrazado a María, una joven que conocí en la Trébol, una discoteca ubicada en las tripas de mi pueblo. Eran tiempos donde no había Internet, ni teléfonos móviles. Tiempos donde lo único que existía era el teléfono fijo y el  cortejo de toda la vida. Rondaba el año ochenta y ocho. Un año donde Julio Anguita era nombrado secretario general del partido comunista, la banda terrorista ETA secuestraba a Emiliano Revilla y Perico Delgado ganaba el Tour de Francia. Año donde tres españoles coronaban el Everest. Y año donde millones de ciudadanos secuenciaban una Huelga General. Fue el año que repetí octavo de EGB. Y el año que Peter abrió El Capri.

Durante meses, María y yo quedábamos por las tardes en el garito. Allí, nos pasábamos las horas muertas. Horas, manchadas de tequila e inundadas de amoríos clandestinos. Eran conversaciones profundas entre dos novatos del camino. María miraba mis silencios. Silencios bañados de fracasos, de vergüenzas y manías. Peter gastaba bromas con nosotros. Se convirtió, como diría mi abuelo, en aquel rayo que siempre aparece en los momentos de tormenta. El olor a tabaco envolvía de secretos el sudor de mi camisa. Una camisa que regresaba a casa manchada de carmín. En la soledad de mi cuarto, soñaba con el sábado. El sábado era sagrado. Tan sagrado que cualquier dolor de cabeza se curaba con la llegaba de la noche. Noches locas. Noches de desenfreno en los rincones oscuros de la Trébol. Allí, aprendí que las mayores mentiras se dicen en la intimidad. Aprendí que los seres son duales. Y aprendí que el amor es una lucha de egos. De tiras y aflojas; de cercanías y lejanías.

María se casó. Se casó con Aurelio, el hijo del chatarrero. A su boda fui con Peter y varios conocidos del garito. Fue el primer día que me puse una corbata. Una corbata a rayas que encontré moribunda en el armario de mi padre. María estaba feliz y yo, más que ella. Me alegraba que sus sueños, aquellos que me contaba en el taburete de El Capri, por fin se cumplieran. María se fue a vivir, por circunstancias de la vida, a Granada. De vez en cuando, nos escribíamos por wasap. Eran mensajes fríos, apagados como lo hace una vela en la procesión de Jueves Santo. Sus ojos ya no eran los mismos. Ya no existía ese brillo que inundaba su cara cada vez que nos besábamos. La última vez que supe de ella fue el día de su entierro. Sin pensarlo ni un minuto, Peter y yo nos plantamos en Granada. Allí estaban sus hijos, su Alberto y su José. Aurelio y unos cuantos conocidos. No quise verla. Mi abuelo decía que todos los muertos son feos. Por las calles del Albaicín, con el ataúd en nuestros hombros trasladamos a María. Mientras andaba, me acordaba de aquellas tardes en los taburetes de El Capri. Me acordaba de aquella joven guapa y hermosa. La misma que hoy veo a través de la fotografía.

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