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La pseudolibertad

El aburrimiento, le comentaba el otro día a mi hija, forma parte de la vida. Te aburrirás, le decía, cuando mueran tus sueños, fantasías e ilusiones. Y te aburrirás cuando conviertas tu vida en un catálogo de roles repetidos. Hoy, tras tres semanas de cuarentena, no entiendo a quienes claman libertad en medio del encierro. Y no lo entiendo, queridísimos amigos, porque el Covid-19 ha servido de paréntesis a la esclavitud de nuestros días. La cuarentena ha parado, por un instante, el reloj de la pelea. Un reloj que despierta, determina y dirige el sino de la rutina. Ese reloj, parado desde hace días, nos ha liberado de la jaula de hierro; de aquella que hablaba Weber. Estamos ante un reloj sin tiempo. Un tiempo que estructura nuestras vidas con los mimbres del trabajo. Y un tiempo que nos convierte en un rebaño de esclavos. En un rebaño, como diría Nietzsche, que neutraliza el talento y lo conjura contra los poderosos. Así, con las agujas paradas, el ciudadano ha ganado en libertad negativa.

Al trasluz de las cortinas, los ciudadanos gozan de auténtica libertad. Una libertad que se vive con angustia y que, a toda costa, pide a gritos el candado de las cadenas. Un candado en forma de obligaciones laborales, compromisos informales y normas morales. Esa libertad que tanto clamamos no es otra que la pseudolibertad. Queremos ser pseudolibres porque es el estado que nos devuelve la seguridad. El Covid-19 nos ha condenado al estado de naturaleza. Un estado, como diría Hobbes, donde la deriva genética determina la supervivencia. Y en ese estado, donde nuestra figura maquilla el león o ratón que todos llevamos dentro, es donde luchamos. Una lucha contra el temor a la enfermedad. Y una lucha por querer y no poder ser pseuudolibres. En nuestra libertad negativa hallamos la verdad de nuestra vida. Una verdad que no es otra que nuestra prisión social. Una prisión que nos ha convertido en presos uniformados sin oportunidad para crear. Y es, precisamente, en esa ausencia de creatividad donde radica lo aburrido. Más allá del aplauso de las ocho, el reloj ha dejado de marcar la hora del despertador, la agenda laboral, la clase de pilates y las cervezas con Andrés.

Estamos aburridos. Aburridos de libertad. Y ese aburrimiento nos inyecta dentro de nosotros una creencia falsa. Nos inyecta un anhelo de pseudolibertad. Un deseo de volver al patio de la prisión y vislumbrar la sombra de los barrotes. Ya lo dijo Schopenhauer, estamos condenados a vivir en libertad. Una libertad entendida como liberación del sufrimiento que supone la vida en sociedad, la pseudolibertad. Y esa libertad se debe manifestar mediante creatividad, meditación y culto interior. Es el momento de mirar hacia dentro y gozar del pensamiento. Un pensamiento que nadie nos lo puede secuestrar, ni nadie – salvo que lo queramos expresar – nos lo puede adivinar. El aburrimiento se convierte en el síntoma de nuestra enfermedad. Una enfermedad que ha dado la cara gracias a la detección de un virus que ameneza nuestra falsa libertad. Un virus que nos ha ampliado nuestros espacios de reflexión. Y un virus que algún día pasará y nos ubicará, de una vez por todas, en la pseudolibertad.

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