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El «efecto Illa», luces y sombras

El otro día, recibí un correo de Josep, un periodista afincado en Cataluña. Me preguntaba acerca del 14-F y, sobre todo, del "efecto Illa". Me contaba que en las tierras catalanas, los candidatos no determinan, en grado sumo, los resultados electorales. Y no los determinan porque existe una base electoral ideológicamente inmóvil. Tanto es así que diputado arriba, diputado abajo, las urnas arrojan recuentos similares desde hace varios años. En Cataluña existe una sociología electoral de corte independentista – o separatista – como lo queramos llamar, que vota independencia. Y vota así, queridísimos lectores, más allá del sino económico de sus vidas. Y más allá de que el adversario de turno haya sido ministro de Sanidad o un "latin lover" en las Vegas. Esta creencia, arraigada en el ideario colectivo, no es tan descabellada como parece. Y no lo es porque PSC y Catalunya en Comú-Podem no salen agraciados en las últimas encuestas.

Las últimas instantáneas demoscópicas dejan a las fuerzas progresistas muy lejos del cetro catalán. Ambas fuerzas políticas – PSOE y Catalunya en Comú-Podem – no suman los 68 diputados necesarios para atesorar el ansiado rodillo.Y no suman porque la "base electoral inmóvil independentista", que decíamos atrás, está todavía bajo los efectos anestesiantes del procés. Un procés que, aunque algunos piensen lo contrario, todavía quema combustible en una gran parte del ideario social de Cataluña. Todavía hay quienes sueñan con la República Independiente de Cataluña. Existe, por tanto, una masa ciudadana que mira, con nostalgia, a los tiempos de Puigdemont. Una masa, como les digo, que todavía vota con la venda en los ojos. Una venda – separatista – que les impide visionar, con claridad, otros problemas de su tierra. Hay, por tanto, un sector de la población catalana que no ve más allá de un hipotético "Brexit catalán". Y esa falta de miras; esa mirada fija en el separatismo, les impide que otros discursos calen en sus fueros ideológicos.

Esta ceguera separatista arroja por la borda la estrategia de Illa. Una estrategia que pasa por dos ejes principales. Primero, construir un relato social que eclipse, de una vez por todas, el discurso separatista. Un relato que ponga en valor el deterioro económico de Cataluña y la necesidad de aplicar políticas sociales. Segundo, acercar a las dos Cataluñas mediante un discurso que ponga en solfa la paz social en detrimento del enfrentamiento civil acostumbrado. Este discurso  – de unión y conciliación entre catalanes – sería similiar al que empleó Biden para acercar posturas entre republicanos y socialdemócratas. La elección de Illa como candidato del PSC podría beneficiar, en un futuro no muy lejano, al PP. Y lo podría porque su elección se ha producido en el momento más crítico de la pandemia. Si Illa salvara el barco socialista del naufragio catalán, Pedro amortiguaría, de alguna manera, las críticas de Casado. Si fracasara, aumentarían los nubarrones en el tejado la Moncloa.

Sobre Hobbes, Darwin y vacunas

Decía Thomas Hobbes, pensador del siglo XVII, que "el hombre es un lobo para el hombre". El hombre, como el resto de animales, tiene necesidades fisiológicas. Necesidades como la sed, el hambre, el sueño y el sexo que afectan a su supervivencia. Y esa supervivencia pone en valor la Teoría de la Selección Natural de Charles Darwin. De tal modo que la ley del más fuerte interfiere en la satisfacción de las necesidades más bajas de la pirámide de Maslow. La especie homo pertenece al reino de los animales. Somos más listos, por el proceso de humanización, que la serpiente o el ratón, por ejemplo. Pero no podemos escapar de nuestros instintos primitivos. Somos tan esclavos de los mismos que tuvimos que renunciar a una parte de nuestra libertad a cambio de una convivencia pacífica. Tanto es así, queridísimos homos, que vivimos en cautividad. Y esa cautividad que para el león podría ser un zoológico para nosotros es el Estado de Derecho. Un Estado, como les digo, que nos protege de la adversidad.

Los hombres cedimos parte de nuestra libertad a cambio de paz. A cambio de minimizar los efectos de leyes naturales creamos las leyes positivas. Leyes consensuadas mediante un contrato social. Y leyes, y disculpen por la redundancia, que delegan en el Estado "el monopolio de la violencia legítima", en palabras de Max Weber. Esas normas, creadas por diversas metodologías, nos restan – como dijimos más arriba – libertad. El incumplimiento de las mismas, por muy irrisorio que sea, resulta sancionado mediante indemnizaciones económicas, penas u otras medidas correctoras. Nadie está fuera del contrato social. Y nadie, por tanto, puede sacar los dientes a Leviatán. Este andamiaje, que hemos creados los homos, nos sirve para que la vida social sea distinta a la vida en la jungla animal. Distinta a las penurias que sufren muchos animales por las consecuencias del efecto comparativo. Un efecto que apodera a los leones y deja fuera de juego al reino de los ratones. En la jungla de los homos todos somos iguales ante el Estado de Derecho. Todos somos iguales ante la tiranía de los fuertes.

El otro día, sin ir más lejos, varios integrantes de nuestras jaulas del derecho se saltaron las cláusulas elementales del contrato social. Se saltaron, como les digo, las líneas de la cautividad. De esa cautividad voluntaria, autoimpuesta, a cambio paz. Personas elegidas en las urnas. Representantes, de varias polis actuales, incumplieron las normas de las celdas correspondientes al reino sanitario. No respetaron el orden establecido en el protocolo de vacunación contra el coronavirus. Y no lo respetaron por motivos pseudojustificados. Motivos que no justifican por qué ciertos politikones obtienen beneficios por su ubicación en el zoológico. En el Estado de Derecho, faltaría más, todos deben respetar el orden establecido. No existen ni leones ni ratones. Ante ello, ciertas conductas son inadmisibles en el zoológico de los homos. Son conductas que incumplen con el contrato social. Con el mismo contrato que firmamos los humanos para evitar los privilegios naturales de ciertos ejemplares.

Carta a Galdós

Benito Pérez Galdós (1843-1920)

Estimado Benito. Hace mucho que no sé nada de ti. El otro día hablé con Clarín, me dijo que ya no frecuentabas el Ateneo. Y que tampoco acudías a la Tertulia Canaria. Aquí lo estamos pasando mal. La pandemia azota a toda a Europa y, a pesar, de que disponemos de vacuna, el virus se extiende como la pólvora. Hace un par de meses, Estados Unidos celebró sus elecciones presidenciales. A las mismas se presentó un señor llamado Trump y otro llamado Biden. Me acordé de ti. Me acordé de cuando denunciabas los pucherazos en las elecciones de Madrid. Y me acordé, querido Benito, porque la democracia más avanzada del mundo se parece, y mucho, a la que aparece en tus novelas. Se parece más de lo que crees. La gente comparte las envidias y celos del ayer. España, me duele. Me duele, Benito, porque a mi alrededor solo veo enfrentamientos. Solo veo dimes y diretes. Y muchas contradicciones. Lo sé. Sé que tú fuiste de derechas y acabaste en la izquierda. Fuiste muy contradictorio. Y en ello, te pareces a Unamuno.

El otro día, una turba entró en La Casablanca. Una turba como la que presenciaste en la terrible Noche de San Miguel. La gente, Benito, está loca. La gente ha perdido el norte. Yo tengo miedo. Miedo a que la pandemia acabe con los míos. Peter lo está pasando mal. El Capri está cerrado por los riesgos de contagio. Sus ingresos han bajado. Tanto que ha vendido su coche. Se lo ha vendido a Fermín, un cliente del garito. Aunque la Inquisición haya desaparecido. Aunque las hogueras fueron cosas de tu tiempo. Aquí hay mucha censura. En la prensa solo escriben los de siempre. Los periódicos, me recuerdan a las dos Españas de tu siglo. Ya casi no queda periodismo literario. Echo de menos tus publicaciones en La Nación. Los temas que ahora mismo están en el candelero son la pandemia y la Monarquía. De la Monarquía sabes un rato largo. Me contabas que viviste la caída de Isabel II. Que te pilló de camino a Madrid, tras tu segundo viaje a París. Y que fuiste testigo de la entrada de los generales Prim y Serrano. Aquí la cosa no pinta bien. El rey emérito no anda por aquí. España es una olla a presión. Paro, confusión y una grave crisis de comunicación.

Me preguntabas por la literatura. Hoy, como sabes, se lee menos que ayer. Abundan los libros de novela histórica. Y siempre venden los mismos. Los que, por hache o por be, tienen nombre. Los otros, el rebaño de los anónimos, siguen ahí. Siguen juntando letras; letras sin nombre como diría Gabriel. La gente, Benito, ya no escribe como antes. Todavía no ha surgido otro Cervantes, ni – y permíteme el elogio – otro como tú. Por mucho que te han imitado, Los Episodios Nacionales llevan tu pedigrí. Los novelistas actuales no tienen el ojo avizor que tienes tú. Sus plumas no llegan a ser un bisturí. Faltan escritores de bisturí. Escritores que sepan diseccionar lo cotidiano. Que sepan, querido Benito, escribir desde lo feo. Desde esa ventana que deja ver la desnudez. Espero que tu sobrino y tus hermanas estén bien. El otro día nevó en Madrid. Me acordé de tu bufanda blanca. De aquella bufanda que te ponías, todas las mañanas, cuando paseabas por la calle de la Montera y frecuentabas el viejo Café de Levante. Benito, te dejo. Es hora de dormir. Cuídate mucho. Recuerdos a doña Concha y doña Carmen. Un abrazo, Abel.

Youtubers, Andorra y Robin Hood

Una  mayoría de españoles – me dijo un día Manolo, un tipo que conocí en El Capri – defiende un Estado del Bienestar fuerte pero, y esta es la pescadilla que se muerde la cola, con presión fiscal débil. Tanto es así que, en los mentidores callejeros, Hacienda se convierte en el objeto de las críticas. Y se convierte así, me decía Manolo, porque se lleva muy mal que el Total Devengado de la nómina no entre íntegro en los bolsillos. Se lleva muy mal que dos instituciones – la Agencia Tributaria y la TGSS – atesoren, en sus vitrinas, una parte del sudor de nuestras frentes. Este pensamiento de corte neoliberal atenta contra la ideología socialdemócrata. Y atenta, queridísimos lectores, porque si queremos seguir el modelo escandinavo, por ejemplo, no nos queda otra que pagar impuestos para obtener, a cambio, servicios públicos.

Si miramos al jardín, observamos que conforme ascendemos por la escalera social, aumenta la posibilidad de prescindir de "lo público". Tanto es así que muchos ricos – por no decir casi todos – consumen sanidad privada y sus hijos asisten a colegios de pago. Sin embargo, cuando bajamos por los peldaños. Cuando descendemos a la base de la escalera, encontramos con una masa social – en su mayoría mileuristas – que necesitan "lo público" para vivir. Tanto que si no hubiese un sistema de la Seguridad Social que garantizara el ejercicio de sus derechos sociales, lo tendrían crudo para costear la minuta de médicos y profesores. Pasaría, nada más ni nada menos, como ocurre a la otra orilla del charco. Una orilla – Estados Unidos – donde parte de la nómina no se evapora  por los desagües de Hacienda y la S.S. Pero una orilla donde los servicios sociales rozan la beneficencia. De tal manera que lo que no va en lágrimas, va en suspiros. Son los ricos, y no los pobres, quienes pueden prescindir de "lo público". Y son ellos, paradojas de la vida, quienes tienen que pagar más – en términos progresivos – a las arcas del Estado.

Esta percepción de Estado "Robin Hood". De un Estado donde ciertas instituciones "roban" a los ricos para dárselo a los "pobres" deteriora el concepto de la socialdemocracia. Arroja piedras contra nuestro propio tejado y, de alguna manera, justifica cierta ética neoliberal. Una ética basada en la búsqueda de otros territorios – de paraísos fiscales, por ejemplo – para pagar menos al fisco. El otro día, sin ir más lejos, youtubers e influencers españoles decidieron tributar en Andorra. Y lo decidieron, como ha ocurrido con otras grandes fortunas, para disminuir la cuantía de la factura fiscal. Una disminución que satisface sus bolsillos y perjudica, valga la palabra, a las tripas colectivas. Esta práctica abre el debate social sobre la presión fiscal. Sobre si España debería bajar, o no, los impuestos para evitar, así, el éxodo de ricos. La bajada fiscal serviría de estímulo para el retorno de grandes fortunas. Ahora bien, dicha bajada traería consigo un deterioro de la calidad de los servicios públicos y, a la postre, un empobrecimiento sanitario y educativo de la clase media. Estaríamos ante las puertas del credo americano, del "sálvese quien pueda". Y, por si fuera poco, ante el germen de nuevos populismos.

De pandemias y algoritmos

Si tenemos un río a punto del desborde y los troncos para evitarlo. Necesitaremos brazos y manos. Brazos y manos, como les digo, que construyan, con urgencia, muros de contención. Solo así, contra reloj, conseguiríamos que la tecnología pusiera freno a las fuerzas de la naturaleza. Algo parecido sucede con la pandemia. Tenemos un virus que amenaza con el colapso del sistema sanitario. Y disponemos, desde hace dos semanas, vacunas para frenarlo. Ahora necesitamos, valga la obviedad, el suministro eficiente y eficaz de las mismas. Necesitamos organizar el ejército sanitario para que sus soldados venzan al enemigo. Esto que parece tan fácil, no lo es. Y no lo es, queridísimos amigos, porque entran en juego dilemas morales y enfrentamientos políticos. Dilemas sobre quién se vacuna primero y quién se vacuna después. Y enfrentamientos, políticos entre Comunidades Autónomas sobre quién vacuna más y quién vacuna menos.

Tales decisiones necesitan criterios que las sustenten. En España, por ejemplo, se vacuna primero a los ancianos y sanitarios. Se vacuna a quienes, en la primera ola, sufrieron con mayor gravedad los ataques del Covid. Y, se vacuna, a quienes están en primera línea del campo de batalla. Este orden, que se muestra lógico y sensato, tiene – como todo en la vida – sus simpatizantes y detractores. Los detractores argumentan que la probabilidad de contagio afecta a toda la población de manera similar. El virus busca cuerpos para alojarse. Y los busca sin atender a su edad, sexo y cultura, por ejemplo. Tanto niños, adultos y ancianos tienen probabilidad de contagio. Es por ello que este sector, crítico, cuestione la vacunación por estratos sociales. Si queremos llegar a la inmunidad de rebaño, dicen, se debería vacunar a diestro y siniestro. Se debería vacunar por orden alfabético. Y se debería vacunar mediante un incremento exacerbado de los efectivos sanitarios.

Otras voces críticas, defienden la puesta en valor de la Inteligencia Artificial contra la Covid. La vacunación de la población se debería realizar mediante un algoritmo. Un algoritmo – como los que utilizan las redes sociales, por ejemplo – que con el registro de los datos pandémicos – incidencia y prevalencia geográfica, laboral y educativa, entre otros – determinase quiénes se vacunan cada día. Con este algoritmo, tanto las decisiones unitarias y autonómicas sobre la pandemia pasarían a un segundo plano. Si la incidencia del virus, por ejemplo, es mayor en la región de Murcia, aumentaría, por tanto, el suministro de vacunas en dicha comunidad. Si Madrid – y es otro ejemplo – la incidencia prevaleciera en la población adulta – de 25 a 45 años -, mayor dosis para ese colectivo. De esa manera, la vacuna se suministraría de una forma eficiente y flexible. Un suministro eficiente y flexible que combatiría a la pandemia en su comportamiento presente. Y la combatiría, de forma autómata, sin sesgos subjetivos más allá de los autores del algoritmo.

Sobre populismo y dignidad

Un tema que imparto a mis alumnos, de Valores Éticos, es "la dignidad". Para explicar el concepto, suelo comenzar el tema con la siguiente pregunta: "¿qué producto tiene menos valor en el mercado: las manzanas o los diamantes?" Por unanimidad, la clase suele responder "las manzanas". Y responden "las manzanas" atendiendo a la Ley de la Demanda. La abundancia de un producto infravalora su precio en el mercado. Los diamantes escasean. Y esa escasez hace que, en la subasta de su adquisición, suba el precio de los mismos. Las personas, si estuviéramos en venta, tendríamos más valor que los diamantes. Y lo tendríamos porque somos únicas e irrepetibles. Esa autenticidad que nos distingue de los otros tiene un valor. Y ese valor es la dignidad. Una dignidad que necesita ser defendida ante las posibles invasiones de los demás. Invasiones que vulneran nuestra integridad.

El populismo, sea de izquierdas o de derechas, atenta contra la dignidad. Y atenta porque fomenta actitudes xenófobas y racistas. Estas actitudes son edificadas mediante los ladrillos del lenguaje político. Este lenguaje construye relatos, en ocasiones pseudológicos, para conseguir fidelidades ideológicas. Estas fidelidades están elaboradas, a su vez, con falacias, bulos, fake news y demás retórica barata. Son fidelidades creadas con argumentos tóxicos y, en su mayoría, carentes de sentido. La xenofobia – por ejemplo – se convierte en admisible. Y se admite a pesar de ser un atentado, en toda regla, contra la dignidad. Esta admisión revierte los códigos éticos de ciertos sectores sociales. Tanto es así que la xenofobia se contempla, e institucionaliza, como buena. Y se contempla así porque el inmigrante es percibido como una amenaza para el bienestar de "los nuestros". Una "amenaza" que pone en riesgo el estatus social. Y una "amenza" que insufla malestar en ciertos grupos de la sociedad.

La actitud xenófoba – fomentada desde arriba y aplaudida desde abajo – se transmite y contagia a través del lenguaje. Un lenguaje que canaliza los sentimientos de odio y repulsa a través de la palabra. El inmigrante se percibe como aquel que viene a "robar el trabajo". Como aquel que viene a "consumir sanidad pública con el sudor de nuestros impuestos". Como aquel que viene a "alterar las calles de nuestros pueblos". Como aquel que viene a "educar a los suyos". Como aquel que viene a "escalar en lo social y desescalar a los de dentro". Esta temeridad transciende lo personal y enarbola lo patriótico. Tanto que deslegitima a los partidos, asociaciones y fundaciones que fomentan la integración social. Y tanto que criminaliza a las instituciones jurídicas que defienden la dignidad como garantía constitucional. De tal modo que la actitud xenófoba se convierte en un volcán en erupción. Un volcán que enfrenta a los códigos éticos de una nación. Un volcán que extiende su lava por los cimientos del Estado de Derecho. Y un volcán que destruye la dignidad.

Trump, Biden y la calidad democrática

Ayer, tras conocer la toma del Capitolio, escribí el siguiente tuit: "El buen jugador respeta las reglas de juego. El malo. El malo ve fantasmas donde no los hay. Trump no ha entendido una regla del juego. En democracia, la soberanía reside en el pueblo". Es el pueblo, y no la violencia de algunos, quien propone a sus representantes. Lo ocurrido en EEUU saca los colores al sistema democrático. Y los saca porque a estas alturas de la partida, la democracia – más segura del mundo – sufre las consecuencias del populismo. Un populismo que atenta contra la dignidad del ser humano por sus actitudes xenófobas. Y un populismo que utiliza la postverdad para construir su relato. Un relato que sirve para crear corrientes de opinión pública a su imagen y semejanza. Corrientes de indignación y repulsa contra quienes piensan diferente.

Aunque, en las pasadas elecciones, hubiese habido un supuesto pucherazo. Aunque la victoria de Biden no fuera del todo clara y distinta. Aunque Trump tuviera razón, la violencia siempre debe ser condenada. Y debe ser condenada, desde todos los rincones del planeta, porque  tales acciones no son admitidas en un Estado Democrático y de Derecho. Es el Estado de Derecho quien debe aclarar si hubo, o no, un incumplimiento de las reglas de juego. Mientras el cuerpo judicial no se pronuncie, Biden debería ostentar el cetro de La Casablanca. Un cetro, provisional, hasta que los jueces y tribunales resuelvan todos los recursos interpuestos por su el líder republicano. Si no se hace así, estaríamos ante el principio del fin de la democracia. Un sistema que con, sus aciertos y errores, se presenta como la alternativa menos mala al resto de propuestas.  Es necesario que existan sellos de calidad democrática. Sellos para que los veredictos electorales se conviertan en verdades absolutas.

Más allá de tales sellos, deberían existir pruebas que habilitaran para la política. Dichas pruebas, de índole internacional, servirían para seleccionar a futuros líderes políticos. A líderes que respetaran la dignidad humana. Una dignidad protegida por los Derechos Humanos. Y una dignidad incompatible con actitudes que atentaran contra ella. Actitudes como la homofobia, xenofobia, racismo, esclavitud y violencia de género, entre otras, no deberían fomentarse desde las tribunas. Y no debería porque atentan contra la no discriminación amparada en las constituciones de las democracias avanzadas. La selección de los líderes pasaría por escoger a los humildes en detrimento de los vanidosos. La vanidad y el poder se convierten en una mezcla corrosiva en momentos de derrota. Hacen falta más verificadores de noticias. Verificadores que saquen a la luz todo el arsenal de Fake News que corre por los medios. Si no se hace nada, es posible que algún día tengamos nuevas dictaduras.

Diez años de críticas

Corría el año 2011. Un año convulso a nivel social, político y económico. En lo social estallaba el 15-M, un movimiento inspirado en el librito de Hessel. En lo político, la derechización de Zapatero ante las exigencias de Merkel. Y en lo económico, la crisis sacudía a la clase media de los tiempos aznarianos. Como telón de fondo, la Primavera Árabe inundaba de noticias las portadas internacionales. En aquel año, los blogs estaban de capa caída. El auge de las redes sociales cambiaba las interacciones en los recovecos de Internet. Con treinta y seis años a mis espaldas, tenía clavada la espina del periodismo. Desde siempre, quise ser periodista. Quise, como les digo, pero no lo fui por cuestiones económicas. Mis orígenes humildes, impidieron, de alguna manera, que estudiara la carrera de mis sueños. Aún así, dirigí un programa de radio en la emisora de mi pueblo y fui alumno-trabajador de un Taller de Empleo. Un Taller donde aprendí las vocales del oficio.

En ese año, mi padre estaba pasando por un momento muy delicado de salud. El negocio familiar se desmoronaba como un castillo de naipes. Y mi vida laboral transcurría inmersa en la precariedad. Necesitaba hacer algo. Algo que insuflara aire fresco a tanta desdicha junta. Mi padre, aunque no hubiese ido a la escuela, siempre compraba El País. En mi casa, nunca faltaba la prensa. Desde muy pequeño, la actualidad nos acompañaba en los diálogos de la mesa. Esas tertulias familiares, despertaron mi curiosidad por la sociedad y la política. Tanto que cursé tres carreras, entre ellas Sociología y Ciencia Política. Recuerdo que todas las semanas, escribía cartas a los periódicos. Cartas escritas desde la indignación. Y cartas que caían en el saco roto de los sueños. Casi nunca eran publicadas. Me molestaba que tanta pasión por las letras. Que tantas noches en vela fueran arrojadas al cubo de la basura.

A pesar de que los blogs estaban en decadencia, decidí tener el mío. Y lo decidí porque encontré, en ellos, un vehículo hacia la libertad. En el blog podía ser yo. Podía escribir sin que nadie tosiera en mis escritos. Sin pasar por el "visto bueno" de los otros. Sin censuras, ni sesgos editoriales. El blog se convirtió en algo necesario en mi vida. Algo que, a voz de pronto, no comprendían ni familiares ni allegados. Algo que suscitaba burlas entre quienes no me comprendían. El blog se convirtió, durante unos años, en un amasijo de ilusiones y frustraciones. Ilusiones por querer ser un referente en el pensamiento colectivo. Frustraciones por luchar, en vano, ante una jungla de elefantes, enchufados y firmas de renombre. Aún así, el blog ha sido una fuente de satisfacciones. Satisfacciones cuando alguien deja un comentario. Y satisfacciones cuando profesores y periodistas reseñan mis artículos en sus clases y diarios.

Hoy, diez años después, sigo aquí. Sigo fiel a mis escritos. Y fiel a mi rincón. Fiel a esa energía que corre por mis venas. Energía, unas veces más fuerte y otras más débil. A lo largo de este tiempo, he estado a punto de decir  "basta". De decir "hasta aquí". Hasta aquí porque en este país la prensa está ideologizada, y los versos sueltos no sirven para nada. Y "hasta aquí" porque un bloguero no es más que un intelectual de segunda. Por ello, amigas y amigos, a veces dejo el blog por temporadas. Temporadas donde dudo si merece la pena el camino. A veces siento cobardía cuando escribo. Y otras, valentía. A veces, prefiero desnudarme ante los otros. Otras, prefiero protegerme con el escudo guerrillero. El blog cumple diez años. Diez años es demasiado tiempo para seguir en la batalla. Pero también lo indispensable para escribir el "Game Over". Seguiré hasta que juntar letras no sirva para nada.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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