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Sobre heridas y cicatrices

Cansado del ahora, decidí viajar a la Segunda República. Necesitaba, la verdad sea dicha, desintoxicar mis neuronas de tanto coronavirus y pesimismo moral. Tras dos días de vuelo, aterricé en "el Madrid de 1933". Mientras caminaba por las callejuelas de la capital, los carteles de La Barraca – grupo de teatro dirigido por Federico – anunciaban La Vida es Sueño de Calderón de la Barca. La misma obra que leí en mis años de instituto por, ordeno y mando, de "El Divino", mi profesor de literatura. En la acera, mendigos y niños limpiabotas contrastaban con los sombreros de la nobleza. Tras comprar El Heraldo de Madrid, me fui al hostal. Allí, solo y sin ningún perro que me ladrara, quedé con Manolo, un periodista afincando en Aranjuez. Le pregunté por la reforma agraria y la cuestión religiosa. Me dijo que la República no pintaba bien. Que la Iglesia y la nobleza estaban de uñas con la izquierda. Y lo estaban porque veían peligrar sus intereses de clase. Los primeros porque los terratenientes se convertían en un asunto del pasado. Los segundos porque la educación dejaba de ser un feudo de las sotanas.

Me comentó que Primo de Rivera y Alfonso XIII habían dejado una población analfabeta. Tanto que casi nadie sabía ni leer, ni escribir. Y tanto que casi no existía la cultura. Le dije que en la España del 2021, una pandemia nos había robado los besos y los abrazos. Que los bares estaban cerrados y que la gente tenía miedo. Miedo a enfermar y temor a morir. Le conté que habíamos perdido la sonrisa por culpa de las mascarillas. También hablamos de política. Le dije que la derecha estaba rota. Rota por la irrupción de nuevos partidos. Y rota por su resultado catastrófico en las elecciones catalanas. Me dijo que allí, la derecha también estaba dividida. Dividida entre los nostálgicos de la monarquía, los que miraban al fascismo y los afines al ejército. Un ejército monárquico – a pesar de su juramento por la República – y despechado por las reformas de Azaña. Las derechas contaban con una militancia adinerada, contactos financieros e influencia mediática. Las izquierdas, por su parte, contaban con bocas hambrientas y mentes analfabetas. Esta era, sin duda alguna, la herencia recibida de una dictadura con alma de corona.

Tras varios días en el año 1933, viajé al 1938. Necesita saber el devenir la República. Después de dos horas de vuelo, aterricé en el fuego de una olla a presión. El miedo de la CEDA a la insurrección obrera, la fallida reforma agraria, la secularización de la educación y el rencor del ejército sembraban las semillas de la guerra. De una guerra entre religiosos y seculares, patronos y obreros, jornaleros y terratenientes. De una contienda entre civiles y militares,  republicanos y monárquicos. Y entre rojos y azules. Una guerra, y disculpen la redundancia, entre quienes defendían la democracia y quienes soñaban con el orden que garantizaba la dictadura. Ese escenario, de amor y odio entre hermanos, sepultó un proyecto con sus luces y sus sombras. Un proyecto que hoy se vislumbra como un haz de luz – una democracia – entre dos oscuridades, dos dictaduras. Hoy, en la soledad de mi despacho recuerdo las anécdotas del viaje. Recuerdo aquel niño que limpiaba las botas a las capas de la nobleza. Y recuerdo aquellas heridas sangrantes ante la ausencia de cicatrices. Heridas, como les digo, por el fracaso de la libertad, la igualdad y la fraternidad; las tres proclamas de la República.

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1 COMENTARIO

  1. Juan Antonio Luque

     /  4 marzo, 2021

    Paralelismos inquietantes. El golpe nos vendrá en las próximas elecciones.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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