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Las sombras del estribillo

Este año se cumplen diez años del 15-M. Diez desde que escribí las primeras letras en los pergaminos de este blog. Y diez, y valga la redundancia, desde que ETA anunciara su final. Han pasado diez años desde que Camps dimitiera como Presidente de la Comunidad Valenciana. Y diez, aunque cueste horrores recordarlo, desde que Lorca tembló y sembró el miedo en su población. Diez desde que Rajoy conquistó La Moncloa. Y diez, y disculpen por la pesadez, desde que las cafeterías – por fin – huelen a café. Diez desde que la "prima de riesgo" ocupó los discursos callejeros. Y diez desde el famoso decretazo de ZP y los recortes del PP. Diez desde los desahucios un día sí, y otro también. Y diez, y no me cansaré, desde que los españoles no pudimos pasar de ciento diez en las autovías del ayer. Diez desde el cierre de Público y CNN+. Y diez desde que asomaran las primeras manchas en las solapas de la Zarzuela.

Una década, me decía – el otro día – Enrique, es el tiempo suficiente para cambiar de párrafo en cualquier biografía. Durante una década ocurren rupturas y vínculos sentimentales, despidos y cambios laborales. E incluso cambios físicos que recuerdan el desgaste de la vida a su paso por el prado. Cambios, al fin y al cabo, que explican nuestro espacio presente. Y cambios que ponen en valor el producto de las propias decisiones. En los países ocurre algo parecido. Hay países que en una década se convierten en referentes internacionales. Y otros que, por hache o por be, descienden de categoría. Hay países que escriben transiciones democráticas. Y otros que construyen muros dictatoriales. Hay décadas que pasan desapercibidas. Y décadas que escriben en diez años lo que no escribieron en un siglo. En España, sin ir más lejos, esta década – del 2011 al 2021 – no pasará invisible para los ojos de la historia.

Durante esta década, el paisaje sociopolítico ha cambiado. Y ha cambiado por muchísimas razones. Ha cambiado porque la política nacional ya no es una cuestión de rodillos, ni de turnismos galdosianos; sino un asunto de pactos y consensos adolfinos. Durante esta década, Hispania ha cambiado porque su Corona ya no brilla como en los tiempos juancarlistas. Y ha cambiado porque un maldito virus ha robado su calor mediterráneo. Ahora España es un país frío. Frío como las noches de enero. Y frío como las relaciones bipolares en plena Guerra Fría. Frío porque enfermaron, de sospecha, sus barras y terrazas. Y frío porque las mascarillas impididieron ver las dentaduras. En el 2011, el grito de los indignados invadía de amarillo el asfalto de las plazas. Las mismas plazas que hoy, diez años después, amanecen tristes y apagadas. Hemos perdido el ruido adolescente que nos identificaba. El bicho nos ha robado las fiestas y el folclore, la espontaneidad de la calle y, por si fuera poco, las sombras del estribillo.

2020, año histórico y filosófico

Mientras paseo, por las calles del vertedero, leo cientos de noticias al unísono. Noticias relacionadas con el año 2020. Y noticias con el sesgo de la pandemia. Parece como si nada más hubiese ocurrido en el año que nos deja. Un año, la verdad se dicha, malo para la mayoría. Y un año que se podría catalogar de histórico y filosófico. Histórico porque ha puesto en valor el péndulo de Foucault. Y filosófico porque ha supuesto un punto de inflexión en el ideario colectivo. El 2020 nos ha recordado la fragilidad de los tiempos olvidados. Tiempos donde la gente moría por virus y pandemias. Tiempos donde la medicina llegaba tarde para combatir al enemigo. Y tiempos, maldita sea, donde lo real superaba la ficción. Hoy, siento en mi interior traición e ingenuidad. Traición porque creía que la historia no se repetía. Ingenuidad porque pensaba que la globalización era un tema de frikis y hamburguesas.

El 2020 pasará a la historia como el año que aprendimos a valorar lo intangible. El año donde el sujeto estuvo por encima del objeto. Y el año donde el riesgo de enfermedad se convirtió en inminente. Un año, el 2020, que por mucho que queramos arrojar a la basura siempre nos quedará lo aprendido. Decía Gabriel, un tipo que frecuentaba El Capri, que "nunca sabremos como terminará el día". Una incertidumbre que nos condena a vivir el presente. A disfrutar de los pequeños detalles que nos ofrece la vida. A disfrutar de la ducha matutina, de la buena compañía y del sol del mediodía. Disfrutar del ahora, nos convierte en seres agradecidos con los regalos del instante. No sirve de nada mirar más allá de media hora. Y no sirve, me comentaba Gabriel, porque somos seres finitos. Finitos como el coche que termina en el desguace. Y finitos como esa flor que perece en una fría mañana de enero. Por ello, hay que vivir cada minuto como si fuera el último de nuestra vida. Un pensamiento que nos insufla vitalidad ante el trágico final.

Este año, que agoniza, ha puesto en valor las tesis de Sastre. Tanto que algunos creyentes se preguntan aquello de "dónde está Dios cuando más lo necesitamos". Y tanto que la vida son dos días. Uno para vivirla y otro para disfrutarla. Somos cuerpo, como diría Nietzsche. Somos un amasijo de carne y huesos. De huesos frágiles como las copas de la vitrina. Pero duros, muy duros, gracias al vitalismo que los mueve. Sin ese vitalismo que tanto despreció Schopenhauer, la vida se convertiría en una mochila llena de piedras en la mitad del desierto. Gracias a la moral de amos, la esperanza por salir del agujero es la última que se pierde. Hoy, con la vacuna en nuestras manos, la ciencia gana la partida. Y es la ciencia, queridísimos amigos, la principal noticia del año que nos deja. Una ciencia que triunfa y pone freno a las fuerzas de la naturalaza. Que ha luchado, a su vez, contra el juicio de los escépticos. Y una ciencia, la verdad sea dicha, que ha convertido el año 2020 en histórico y filosófico.

Dianas equivocadas

El otro día, en su mensaje de Nochebuena, el Rey habló de los males del 2020. Pasó de puntillas por los asuntos de su padre. Fue, la verdad sea dicha, un discurso previsible, moderado y, si me apuran, aburrido. Cada año que pasa, aguanto menos los tradicionalismos. Y los soporto menos, queridísimos amigos, porque son como jarrones chinos. Jarrones que permanecen inmóviles ante el desgaste de la vida. Hay quienes, desde las trincheras mediáticas, dedican tiempo y energía a la defensa de lo tradicional. Dedican tiempo a conservar – y de ahí el término "conservador" – lo que antes fue y ya no es. Ese afán por conservar, entorpece el tránsito del progreso. Aunque quisiéramos que el reloj se detuviera. Aunque quisiéramos ser eternamente jóvenes, las canas nos recuerdan que todo cambia en el devenir de la vida.

En los cimientos de nuestra Constitución hay, aunque cueste reconocerlo, un cierto cemento conservador. Hay, la verdad sea dicha, ciertos jarrones en las vitrinas de su articulado. Jarrones custodiados por los defensores de lo tradicional. Defensores del pasado. Nostálgicos que miran por el retrovisor de las décadas. Y miran con la esperanza. Con la esperanza de que algún día resuciten los cadáveres del ayer. Son contrarios a los virajes políticos, a las pancartas y a todo aquello que suponga, en términos políticos, revolución social. Así las cosas, se proclaman defensores de la familia tradicional, de la moral católica y la monarquía. Si por ellos fuera, seríamos – todavía – la España del "Cuéntame". Una España donde los pobres no sabían leer. Y una España donde el ascensor social permaneció parado durante cuarenta años de Nodos, curas y tricornios. Un ascensor que dejó en el sótano a miles de vidas truncadas por el "querer" y "no poder".

Hoy, la caverna mediática lanza sus dardos envenenados contra los socios del Gobierno. Dardos contra Podemos y los partidos nacionalistas. Dardos contra los "comunistas" y "separatistas". Dardos contra los "bolivarianos", “leninistas” y  "chavistas". Y dardos contra los "rupturistas" y "terroristas". Dardos contra dianas equivocadas. Equivocadas porque, en España, tanto Unidas Podemos como Bildu y ERC, entre otros, son partidos legítimos. Partidos, al fin y al cabo, con sus militantes, simpatizantes y detractores. Y partidos tan legales como el PP, Vox o Ciudadanos, por ejemplo. Dentro del sistema de partidos hay, como en todos los corrales, ideologías dispares. Y esa disparidad forma parte de la democracia. Por ello, aunque todos los partidos sean legales, no todos son tan demócratas como parece. Y no lo son, queridísimos lectores, porque los insultos y descalificaciones personales son síntomas de inmadurez democrática. Síntomas de un país que necesita altitud de miras para que resurja la cultura. Y síntomas de una partidocracia que entiende la política como un juego de suma cero.

El valor de las autonomías

La Constitución Española, más allá de reconocer la Monarquía Parlamentaria como forma de Estado. Más allá de hablar de la separación de poderes. Y más allá de tratar los Derechos Fundamentales. Más allá de todo eso, habla del Estado de las Autonomías y de la pluralidad lingüística. Parece ser, según cuenta la historia reciente de este país, que la Carta Magna fue consensuada. Un consenso que supuso la superación de ciertas discrepancias ideológicas. Y un consenso que hizo posible la Transición Democrática. Aún así, hoy – cuarenta y tantos años después – algunos no lo tienen claro. Y por no tenerlo claro, queridísimos lectores, critican al Gobierno por poner en práctica el articulado constitucional. Una crítica, y disculpen por mi enfando,  basada en la demagogia. Y una crítica que se traduce en una falta de respeto a nuestras semillas del Derecho.

La pandemia, como saben, ha puesto en valor el Estado de las Autonomías. Algo que no sucedió en la primera ola y que supuso una ineficiencia en la gestión de los recursos públicos y privados. Deficiencia porque la asimetría territorial del Covid-19 hizo que comunidades como Murcia, por ejemplo, permanecieran confinadas, a cal y canto, a pesar de sus índices bajísimos de incidencia. Este confinamiento, orquestado desde arriba, no tuvo en cuenta la flexibilidad política que supone la delegación "ex lege" del poder ejecutivo. En esta segunda ola, el Gobierno ha gestionado la pandemia desde la comodidad que implica la configuración del poder territorial. Así las cosas, se ha evitado el confinamiento total de la población. Se han evitado los desequilibrios económicos innecesarios y se ha dotado a los poderes autonómicos de márgenes de maniobra. Esta actuación ha sido, duramente, criticada por las derechas. Las mismas que, en tiempos de Suárez, pactaron la Constitución. Y las mismas que confunden – en pleno siglo XXI – gobernanza con falta de gobierno.

Aparte de la pandemia, la Ley Celaá también ha puesto en valor el mandato constitucional. El Estado de las Autonomías trajo consigo el debate de las lenguas. Al parecer, la Constitución Española – consensuada por la mayoría de partidos hoy presentes, no me cansaré de repetirlo – destacó que en España, más allá de hablar Español, también hay otras lenguas arraigadas al territorio. Lenguas que vienen de antaño y que no se pueden silenciar de un plumazo. Son lenguas como el catalán o el euskera, por ejemplo, que forman parte de nuestra realidad geopolítica. Y son lenguas que la Carta Magna otorga el rango de cooficiales. Son por tanto, lenguas vivas y legítimas. Lenguas reconocidas "ex lege" y que, por tanto, suponen un derecho de la ciudadanía. Y lenguas que no son subordinadas o inferiores al español, sino que gozan del mismo estatus legal que este. Dado que la Carta Magna no reconoce la supremacía del castellano con respecto a las "otras". Resulta legítimo, y coherente, que el ciudadano elija la lengua que vehicule sus estudios.

La Transición supuso el paso de una España unionista a una España semifederal. Una España, la de ahora, vertebrada en diecisiete ejecutivos autonómicos. Diecisiete ejecutivos, como les digo, que deben actuar en lo local desde un guión general. Esta estructura territorial permite abordar, con mayor precisión, las diferencias, peculiaridades y controversias de cada territorio. Permite, como dijimos atrás, márgenes de maniobra que no se conseguirían actuando desde el "ordeno y mando" de arriba. Por ello, no resulta muy criticable que cada Comunidad gestione la Navidad con autonomía. Y no lo resulta, queridísimos amigos, porque la virulencia de la pandemia no es igual en Canarias que en Valencia, por ejemplo. Así las cosas, por cuestiones éticas, sería injusto que pagasen justos por pecadores. Y sería muy injusto que comunidades, con pocos casos de Covid-19, tuvieran las mismas restricciones que otras con muchos casos. Los mismos políticos que claman una España unionista, o mejor dicho, sin autonomías deberían mirar a Europa. A una Europa, como saben, a dos velocidades que desde Bruselas aplica el mismo rasero a países diferentes.

El contagio de los bostezos

Aquella noche, El Capri estaba repleto. Nunca, la verdad sea dicha, había visto tanta gente en el garito. La música de Loquillo se convertía en el estribillo del pecado. Allí, casados y casadas hacían juegos de manos por debajo de las mesas. En la barra estaba Lola. Estaba sola, sin ningún perro que le ladrara y sin ningún gato que le maullara. Me gustaba la mujer que se escondía tras la máscara del maquillaje. Me gustaba porque detrás de esos potingues, se hallaba la niña que jugaba al ahorcado en los tiempos de colegio. Peter estaba pletórico. El negocio iba viento en popa. Tanto que se compró un Golf. Un coche que, en aquellos tiempos, era sinónimo de juventud y dinero. En las máquinas tragaperras estaba Fermín, el marido de Gabriela. Allí pegado a la suerte de la ranura, arrojaba el salario que ganaba como peón de jardinero. Eran tiempos difíciles. Tiempos donde los sindicatos estaban de uñas con Felipe González. Y tiempos donde el terrorismo se convertía en el pan nuestro de cada día.

Solo en la barra, me venían pensamientos a la mente. Pensaba cómo sería mi vida el día de mañana. Y pensaba si algún día sería ese hombre viejo y con barriga. Un hombre de esos que cotizan poco en los puestos del mercado. Me preocupaba el futuro. Tanto que mientras pensaba, envolvía mis angustias con la espuma de la cerveza. Con la misma cerveza que disimulaba el rostro del fracaso. Un rostro pálido, con gafas empañadas por el humo del tabaco. Y, un rostro adolescente, con acné y pelo descuidado. Mientras leía el Marca, una mujer forastera se sentó a mi vera. Era una mujer madura. Una señora de esas que saben de la vida, huelen a Chanel y fuman tabaco caro. Me preguntó por la hora. "Perdona, ¿llevas hora?". Le dije que no hacía falta que me pidiera "perdón" para preguntarme la hora. Era una hora prohibida. Una hora de esas donde el alcohol da rienda suelta a las pulsiones y deseos. Me dijo que iba de camino a Almería. De camino al entierro de su tía, la hermana de su madre. Le dije que lo sentía y, sin pensármelo dos veces, le di un beso en la mejilla. En una mejilla fría. Fría como los cubitos que yacían en los vasos de la barra.

Me preguntó por mis estudios. Le dije que los había abandonado. Que no quería saber nada ni de profesores ni de libros. Le dije que me encontraba enfadado. Enfadado con la vida y todos sus adornos. Le dije que soñaba despierto y vivía dormido. Que soñaba con ese día que, por las suerte de la vida, me tocara la lotería. Detrás de nosotros, en los sillones del lado oscuro, Mario engañaba a su señora con Manuela, la hija del chatarrero. Peter barría las colillas y servilletas que deambulaban por el suelo. Colillas manchadas de carmín. Y colillas arrugadas por la presión de las últimas caladas. En la calle, los gatos disfrutaban de los restos de pescado. Restos que asomaban por las bolsas de basura. La música de Alaska ensuciaba los lamentos del garito. Un garito de gente maloliente. De gente que trabajaba para vivir. Que trabajaba para comer un plato de fideos y disfrutar del bailoteo los fines de semana. El contagio de los bostezos encendía los sueños en las penumbras del secreto.

Sobre medios y vacunas

El otro día, asistí a un debate sobre la pandemia. El debate versaba sobre la obligatoriedad, o no, de la vacuna contra el Covid-19. Asistí en caridad de profesor de Filosofía. Y asistí, como les digo, con los argumentos de la Ética en el seno de mi mochila. Gregorio, un médico de las tripas madrileñas, esgrimió razones a favor de que la vacuna fuera obligatoria. A favor de que los ciudadanos tendiesen el brazo y se les suministrase, sí o sí, la dosis reglamentaria. Entre sus razones, apeló a la supremacía de la salud pública. Una salud necesaria para el funcionamiento de la locomotora económica, cultural y educativa. Y una salud, pública, como garantía de tranquilidad social. Otro participante, abogado de profesión, se proclamó en contra de la obligatoriedad.  El Estado, decía, no debería atentar contra la libertad individual. El cuidado de la salud pertenece a la esfera privada del ciudadano. El Gobierno puede sugerir, recomendar y sensibilizar a la población, pero nunca – faltaría más – obligar a la inyección.

Entre todas las posiciones, mis argumentos apelaron a la responsabilidad individual. Una responsabilidad que acaba cuando comienza la libertad del otro. Es justo ahí – cuando falla el comportamiento social – cuando el Estado, como garante de la seguridad nacional, debería tomar cartas en el asunto. Sería inverosímil que, tras un “año horribilis”, la mayoría de la población decidiera no asumir los riesgos de la probable solución. Si ello sucediera, si el "no" a la vacunación venciera al "sí", estaríamos ante el kilómetro cero. Estaríamos en el mismo estadio de hace un año. Y estaríamos, queridísimos lectores, condenados a guardar la distancia social, desinfección de manos y uso de mascarillas. El principal argumento esgrimido por los escépticos de la vacuna es la desconfianza. Desconfianza ante la investigación. Una investigación, que al parecer, se ha realizado desde el sesgo de la precipitación. Esa falta de garantía absoluta sobre los efectos secundarios de la vacunación impide, a un sector de la población, tomar la decisión.

Ante este problema, de desconfianza social, se necesita la colaboración – urgente y necesaria – de los medios de comunicación. Los medios se convierten en el principal agente de cambio actitudinal. Un agente imprescindible para inyectar confianza y conseguir – cuanto antes – la inmunidad de rebaño. Los medios, que basan su negocio en "la excepción a la regla", deberían abandonar, al menos en esta situación, "el amarillismo" acostumbrado. Los medios deberían eclipsar la visibilidad de casos nefastos, o fallidos. Casos, excepcionales, que arrojarían piedras contra el objetivo. Arrojarían piedras y contribuirían a la parálisis de quienes desconfían en los avances de la ciencia. Por ello, hoy más que nunca, es urgente que los medios pongan en valor los beneficios de la vacuna. Si no lo hacen, si divulgan los efectos nocivos, y probablemente residuales, de la vacuna, el Covid-19 ganará por goleada. Si lo hacen, la actitud ciudadana ante la vacuna será distinta y visualizaremos el ansiado Game Over.

Contradicción democrática

El otro día, compré ABC. Aburrido de tanto coronavirus, de tantos índices de contagios y fallecidos, decidí leer un periódico monárquico. Y lo decidí, queridísimos amigos, porque necesitaba saber cómo estaba el tema del Rey emérito – y su hijo – en pleno siglo XXI. En sus páginas, encontré las ideas predecibles que existían, en mi mente, antes de comprarlo. Encontré como los escribas de Julián Quirós (su nuevo director) arrojaban todo su arsenal de retórica aristocrática contra las brisas republicanas. Brisas que, al parecer, dividen al Ejecutivo. Y brisas que, a su vez, dividen a la población entre "afines a la Corona" y "críticos con ella". Según el PSOE, los asuntos personales – en alusión a los supuestos tejes y manejes de don Juan Carlos – no deberían mezclarse con los institucionales. Así las cosas, el juancarlismo se convertiría en una pieza del pasado. Una pieza que no mueve molinos. Y una pieza que no interfiere en las turbinas del ahora.

Más allá de si los asuntos de don Juan Carlos son monárquicos o personales. Lo cierto y verdad es que manchan nuestra imagen internacional y, de alguna manera, desgastan el concepto de Monarquía. Un concepto que, con el paso de los años, debe ser revisado. Dicho concepto tuvo su punto de inflexión en el siglo XVII. En ese siglo – de crisis religiosas, políticas y culturales – se produjo la separación entre fe y monarquía. Se rompió, de una vez por todas, la legitimación del poder por la gracia de Dios. Las monarquías abandonaron el brazo de la Iglesia y, acto seguido, reforzaron su poder para evitar, de alguna manera, el pataleo de los curas. Esa maniobra abrió, como saben, el "Absolutismo Regio".  Un absolutismo que entró en crisis, cien años después, con la Toma de la Bastilla. Fue en ese momento, tras la Revolución Francesa, cuando el concepto de Monarquía adquirió sus connotaciones actuales. Fue cuando el liberalismo irrumpió y se despojó de pooder a las monarquías europeas.

Desde aquel momento, la Corona occidental se convirtió en una institución huérfana de poder. En una institución representativa. Una institución encarnada en reyes que reinan y no gobiernan. Se produjo, como en algunos sitios he defendido, la "contradicción democrática". Contradicción porque las Monarquías Parlamentarias son un híbrido entre pasado y presente. Un híbrido, como les digo, entre sangre azul y plebeya. Y un híbrido, y disculpen la redundancia, entre "herencia genética" y "soberanía popular". Hay, por tanto, una incongruencia en nuestra democracia que la convierte en ambigua y difusa. Y esa ambigüedad se traduce en cierta incomodidad social entre los simpatizantes y detractores de tal contradicción. Estamos, como diríamos ayer, ante un momento histórico de transición. Un momento donde la Monarquía necesita, otra vez, ser reinventada para afrontar los retos del futuro. Y esa transición debería ser tranquila, tolerante y abierta a un debate político y social. Un debate que ponga luz en la contradicción.

Sobre Kant y periodismo

Immanuel Kant (1724-1804)

Decía Esopo, fabulista de la Antigua Grecia, que "la rueda más estropeada del carro es la que hace más ruido". Ayer, sin ir más lejos, me vino a la mente esta frase. Y me vino, queridísimos lectores, por el ruido mediático de nuestros días. Un ruido que nos recuerda las grietas de la democracia. Y, un ruido que pone en jaque a nuestra Carta Magna. Últimamente, leo noticias inundadas de adjetivos. Adjetivos peyorativos que ensucian la realidad y crispan el ambiente. Tanto es así que he dejado, otra vez, de escribir en los periódicos. A pesar de que me apasiona la prensa impresa, mi carácter – crítico e independiente – me ubica en el peldaño de bloguero. Decía Kant, un filósofo de Königsberg – que el noúmeno – o cosa en sí – nunca podremos conocerla. La realidad necesita los elementos "a priori" que proporciona la mente. Necesita, como les digo, una estructuración mental que otorgue significado a los "inputs" del mundo.

Si aplicamos la epistemología kantiana a los mimbres de la prensa, nos damos cuenta que estamos ante una subjetivación de los hechos noticiables. Una subjetividad que impide conocer la verdad. Esta subjetivación de la realidad pone en valor las teorías de Ortega y Gasset. Decía nuestro filósofo que la verdad es la suma de perspectivas. La verdad sería el resultado de miles de narrativas sobre un hecho determinado. Aún así, aún sumando todas las opiniones, tampoco estaríamos ante una verdad oficial, o absoluta. Y no lo estaríamos, estimados amigos, porque las miradas personales también evolucionan en función de las circunstancias vitales. Así las cosas, la verdad – como dirían los escépticos – no existe. Ni siquiera existiría el "cogito, ergo sum" de Descartes. Y no existiría porque hay contraejemplos donde el ser humano puede existir sin pensamiento. Este vacío existencial, que provoca la ausencia de verdad, nos conduce a un reclamo de la dignidad. Dignidad entendida como autenticidad. Una autenticidad que nos hace únicos e irrepetibles.

Estamos, otra vez, ante la duda que marcó el siglo XVII. Estamos ante una sociedad que cuestiona el argumento de autoridad. Estamos, y disculpen por la redundancia, ante una sociedad vertebrada. Ante una sociedad descosida por la crisis de la verdad. Esta crisis supone un riesgo para la convivencia civil durante las décadas venideras. La ausencia de verdad objetiva implica la necesidad de convivir, en un mismo espacio, con miles de narrativas antagónicas. Los retos de la filosofía pasan por saber gestionar esa diversidad de verdades. Es necesario, hoy más que nunca, que las humanidades recobren su función. Es necesario, como les digo, que la Historia y la Filosofía lideren el cambio de mentalidad. Es necesario que se conviertan en vehículos capaces de conducir el relativismo por los caminos del respeto y la tolerancia. El ruido mediático radica, de alguna manera, en la falta de madurez social para gestionar la pluralidad. Una pluralidad – política, ideológica y religiosa – garantizada por la Constitución y vulnerada por lo social.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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