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Mudanzas

Aquella noche, conocí a Juana, una mujer de unos cincuenta y pocos que frecuentaba El Capri los viernes a deshora. Corría el año 1993, un año terrible para los míos. El cierre de la empresa familiar, las deudas y las lágrimas se convirtieron el estribillo de los días. En aquellos tiempos, mi autoestima estaba en números rojos. Tanto que los espejos sobraban en los muros del hogar. Y tanto que el patito más feo del lago era un esfinge al lado de mi cuerpo de hojalata. De un cuerpo delgaducho, miope y desaliñado. El Capri se convirtió en mi segunda casa. Gracias a Peter, aprendí que los días sabemos como empiezan pero nunca como acaban. Aprendí que somos únicos e irrepetibles. Tanto que nuestro valor – nuestra dignidad – es superior al dinero. Recuerdo una frase que me dijo el tío Paco, el padre de Peter: "Riega tu huerto, cuida los árboles". Y acto seguido, añadió: "porque si no lo haces, no recogerás la cosecha".

Juana, me comentó que estaba de mudanza. Me dijo que Alberto – su marido – la había dejado por otra. Por otra más joven que ella. Por otra con mejores tacones y potingues en la cara. Necesitaba cambiar de aires y olvidar aquella casa. Olvidar, maldita sea, sus rincones y olores. Olvidar ese sofá que fue testigo de sus gemidos a media noche. Y olvidar el sabor amargo que sentía cuando estiraba sus piernas en la colcha de la cama. Mientras hablaba, la miraba a los ojos. Quería medir el dolor que yacía en los intramuros de su cuerpo. De un cuerpo castigado por los azotes de la vida. Dentro encontré vacío. Encontré un pozo sin luz, sin aire y sin aliento. Estaba ante una mujer rota. Una mujer deshecha por la traición de su marido. Le dije que el pasado podemos taparlo. Taparlo como el que tapa un hoyo con ladrillos y cemento. Pero el hoyo seguirá siempre ahí. Seguirá  en nuestro interior porque ese agujero forma parte de nuestro feudo.

Me dijo que no podía más. Que necesitaba abrir nuevas cortinas en las ventanas de su vida. Ventanas hacia nuevos parques y jardines. Y ventanas – le contesté – hacia nuevos patios interiores. Por mucho que cambies un árbol de sitio, no podrás cambiar su raza. Podrás realizar injertos pero, amiga mía,  el árbol que nace pino: "pino vive, pino muere". Así de cruda es la vida. Las mudanzas no nos libran de las piedras de la mochila. No borran las huellas del pasado. De un pasado sujeto a otras circunstancias, a otros momentos de la vida, cierto. Pero, al fin y al cabo, un apunte autobiográfico. Pasado que nos sirve para entender nuestro presente. Y pasado que nos enseña el camino para caminar hacia el futuro. Hoy, mientras recordaba a Juana, oigo en la radio la noticia de "Génova – 13". Oigo que el Partido Popular cambia de sede. Cambia de sede, cierto, pero siempre llevará consigo su historia, su pasado.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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