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Miseria moral

Decía Weber, sociólogo alemán, que el Estado tiene el monopolio legítimo de la violencia. Un monopolio otorgado, como diría Hobbes, por el pueblo. Esa violencia, faltaría más, no es absoluta sino limitada por un cordón sanitario que se llama Estado de Derecho. Dentro de ese cordón, el Gobierno – a través de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad de Estado –  vela para que la paz social rija la vida en las sociedades democráticas. Esa "Paz Perpetua", que pronosticó Kant, no se cumple en los prados del ahora. El progreso tecnológico no ha dado lugar al progreso moral soñado. Los valores de libertad, igualdad y fraternidad. Valores defendidos por la Revolución Francesa han fracasado. Hoy, tenemos miseria moral. Mucha miseria moral. El credo del "sálvese quien pueda" prevalece sobre el altruismo, la solidaridad y la empatía. Y ese credo americano, que reina nuestras vidas, nos convierte en seres egoístas, materialistas y psicópatas.

La sociedad de clases, aquella que surgió a finales del siglo XVIII como consecuencia de la Revolución Industrial, sirvió para revestir de bondad el "sálvese quien pueda" que decíamos atrás. El mérito y el esfuerzo, tan tarareado por la ideología neoliberal, sirve para justificar el fracaso moral que nos ha traído la razón capitalista. La desigualdad social se explica desde el prisma individual. Un prisma que aleja – de un plumazo – la explicación estructural que defendía Marx. Así las cosas, expresiones tales como "cada uno recibe lo que se merece", "el tiempo pone a cada uno en su sitio" y otras por el estilo; nos sitúan ante una racionalización falsa de la pobreza. Falsa porque, más allá del mérito y el esfuerzo, existe la suerte. Una suerte – o cruce entre oportunidad y mérito – que explica por qué no, siempre, se cumple la ecuación inteligencia igual a dinero. Aparte de la suerte, existen fuerzas mayores – como por ejemplo una pandemia u otras catástrofes naturales – que ubican en la pobreza, más absoluta, a miles de hosteleros y empresarios, por ejemplo.

Estamos ante un mundo inundado de miseria moral. Hemos conseguido inventar móviles de última generación, trenes de alta velocidad y aviones sofisticados pero, amigas y amigos, no hemos avanzado casi nada en lo que se refiere a la moral. Seguimos siendo los mismos españoles que protagonizaron El Buscón de Quevedo. Somos el mismo país de envidiosos y celosos que doscientos años atrás deambularon por nuestras calles y avenidas. Hemos cambiado las ruedas del carro por los neumáticos del coche pero "nada más". Y ese "nada más" lo hemos demostrado con las vacunas. Muchos concejales y gente de renombre han actuado como lo hizo el Lazarillo de Tormes. Vergüenza sería la palabra que mejor nos define. Vergüenza por ser una sociedad de dimes y diretes. Y vergüenza porque, aunque todos no estemos metidos en el mismo saco, la vida de muchos transcurre en una lucha de egos. Esa lucha se manifiesta en la partidocracia. En una partidocracia de zancadillas, bulos, postverdades y vuelvo bajo. Estamos ante una España de pandereta, que diría Gasset. Ante un país de hermanos enfrentados en un barco fragmentado.

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1 COMENTARIO

  1. Juan Antonio Luque

     /  21 febrero, 2021

    Y lo peor es que no tiene visos de mejorar a medio plazo.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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