Todos los sábados, después de cenar, solía ir al Capri. Allí, me tomaba una tónica y leía el periódico del día. Sin mucha cultura en la mochila, el horóscopo se convertía en la primera lectura. A esa hora, siempre estábamos los mismos. Paco, el hijo del chatarrero, hablaba con voz grave. De cejas pobladas y aspecto descuidado, nos contaba sus experiencias como recluta en los Regulares de Melilla. Destinado en las islas Chafarinas. Allí pasó buena parte de su vida. Y allí, aprendió el valor de la compañía en momentos de adversidad. Manolo, que en paz descanse, trabajaba en una funeraria. Su discurso era un testimonio vivo sobre ataúdes y cadáveres. Tras los entierros, acudía al Capri. Se solía pedir un café con un buen chorro de coñac. "Al mal tiempo, buena cara", nos decía. Era un estoico ante la vida. Rogelio, por su parte, era un gran amigo suyo. Se conocieron en la barra del garito. Los dos eran aficionados la pesca. Todos los domingos, salvo que hubiese entierro, acudían al puerto de Torrevieja.
Hoy, delante del televisor, me vienen a la mente esos recuerdos en El Capri. Y me vienen mientras veo la foto del aparador. Allí estamos Peter y yo. Los dos sentados en los taburetes de la barra. Mirando a la cámara y brindando con dos jarras de cerveza. Eran otros tiempos. Tiempos del destape. De canciones de Hombres G y tertulias a la fresca. Han pasado más de treinta años y, la verdad sea dicha, no reconozco a ese otro que cerraba bares los sábados a deshora. En la caja tonta, llueven los titulares sobre Errejón. Titulares que dejan a la altura del betún la "ejemplaridad" en la política. En la vida, siempre he cultivado ser ejemplar. Para ello, he cuidado mis acciones y, sobre todo, el dibujo de mi identidad social. Tanto que siempre he intentado ser coherente entre mis dichos y hechos. "El valor de un hombre – me dijo un día Jacinto – se mide por la palabra". Y esa palabra hoy, queridísimos amigos, se desquebraja como si fuera un techo de cañas en un día de tormenta. Antes, la gente cerraba tratos de compra-venta mediante un apretón de manos. La palabra de "Manolo" bastaba. No hacia falta ningún contrato, ni nada por el estilo.
La palabra no tiene el valor de antaño. La gente cambia de juicio como de camiseta. Tanto que la palabra ha perdido su función. Y tanto que si nos asomamos por las hemerotecas, observamos que muchos políticos han cambiado su discurso ante nuevas circunstancias. Así las cosas, todo es impredecible. El día menos pensado, habrá muerto la sorpresa. Habrá fallecido nuestra capacidad de asombro. Y lo habrá hecho porque todos, y no se libra nadie, tenemos un lado oscuro. Todos escondemos "cadáveres en el armario". O dicho de otro modo, todos tenemos un pasado que, antes o después, sale a la palestra. De ahí que en política es imprescindible llevar una vida ejemplar. No dejar manchas en el camino y, lo más importante de todo, no dejar que tu parte emocional domine a la racional. Decía Platón que una persona justa es aquella en la que su alma racional domina al alma pasional y apetitiva. Si se rompe esa armonía, la vida nos llevará a la locura. Nos convertiremos en súbditos de nuestros vicios. Y los vicios acabaran manchando ese maniquí, que somos en el pedestal de un escaparate.










