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Metafísica del fútbol

Aunque no me gusta el fútbol, reconozco que me fascina como fenómeno sociológico y filosófico. El fútbol sirve como metáfora de la vida. El campo escenifica la lucha por el éxito. Una lucha donde se muestra la ley del más fuerte que diría Darwin. En la cancha, existe un sentimiento de pertenencia al grupo. El poder de los colores maquilla las debilidades individuales. Desde la grada, Alejandro chilla como si no existiera un mañana. Y chilla porque el partido permite la liberación de las presiones sociales. En ese griterío, la gente expulsa sus sentimientos reprimidos contra la diana equivocada. Desde la grada, existe una legitimación del poder anónimo frente al enemigo. Los jugadores se convierten en los ídolos venerados. Ídolos que representan valores como la lealtad, el respeto, la educación, la tolerancia y la empatía. Sin jugadores no hay graderío y sin graderío no hay jugadores. Existe, por tanto, una sinergia donde el todo es superior a la suma de las partes.

El fútbol implica un paréntesis de lo cotidiano. En noventa minutos, la vida queda suspendida. Se desconecta de la tragedia que diría Schopenhauer. Durante el partido, los problemas individuales quedan apartados en el banquillo. Se produce un éxtasis vital que se transmite mediante júbilo. Estamos ante ese alcohólico que bebe para lavar sus penas en las burbujas del gin-tonic. Tras el partido, reaparecen las facturas y las obligaciones mundanas. La victoria se celebra desde el grupo. En la celebración se pierde la individualidad. El canto es abstracto. Nadie distingue la voz del otro sino el vocerío del nosotros. El fútbol desata pasiones. El fútbol pone en valor el alma pasional de Platón. También, por desgracia, saca el lado oscuro del ser humano. El fracaso se manifiesta en forma de frustración. Y la frustración se materializa mediante agresión al contrario. Una agresión que cursa con indignación. Indignación por el sabor amargo de la derrota. Desde la derrota, Manolo expresa la emoción de la tristeza y el asco contra el ganador.

El poder de la masa pone en valor el simbolismo de la pertenencia. Camisetas, banderas, pancartas y jerga futbolera. Tales símbolos disuelven el Yo y lo convierten en Nosotros. El fútbol, en muchas ocasiones, deriva en violencia. Violencia contra los otros. Los otros representan las amenazas de la vida. Representan nuestros miedos y temores. Y en esa temeridad, Manolo ataca con insultos a Jacinto en la barra del bar. Estamos ante un enfrentamiento cotidiano y determinado por lo extraordinario. El fútbol representa la hostilidad de la vida. Una hostilidad que sirvió a Marx para escribir El Capital. El fútbol supone la suma de las acciones por un objetivo común. En el equipo todos son indispensables. Cada uno desde su función contribuye al éxito de la operación. De ahí que todos aportan su valía hacia una causa común. El gol se enmarca en el sistema. Un sistema que establece las reglas de juego. Reglas que conllevan faltas y sanciones contra aquellos que juegan sucio en el carrusel de la vida. 

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
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