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Resanchismo

El Peugeot de Pedro Sánchez ha surtido sus efectos. Como saben, el recorrido por las Casas del Pueblo – a lo largo y ancho de este país – ha tenido su merecido. El "secretario electo" – en palabras de Susana – ha ganado, por segunda vez consecutiva, las primarias de su partido. Las claves del éxito han sido, entre otras: la fidelidad de sus votantes anteriores, el enojo de la militancia con la Gran Coalición a la alemana y, el cabreo de los afiliados con la intromisión de ciertos "jarrones chinos" en la democracia interna de su partido. Hoy, tras la victoria de Pedro yacen, en las calderas de Ferraz, los cadáveres políticos de sus rivales; rueda por el suelo la cabeza del ex portavoz socialista y calla como una tumba el ex presidente del Gobierno, el mismo que – supuestamente – decapitó a Pedro Sánchez y lo defenestró de su escaño.

La victoria de Pedro no es un brindis al sol aunque su espejismo lo parezca. No lo es, queridísimos lectores, porque una cosa es atesorar el aplauso de los suyos – la mayoría de los afiliados – y otra, bien distinta, ganar unas elecciones generales. No olvidemos que Sánchez las ha perdido por dos veces consecutivas; ha llevado al partido socialista al peor resultado de su historia y se ha granjeado la enemistad de los peces gordos de su partido. Aún así, Pedro – y esto hay que reconocérselo – ha evitado el "sorpasso" de Podemos. El "no es no" de su canción, ha servido para devolver, al PSOE, "la pintura desgastada" de los tiempos felipistas. En días como hoy, Pedro cuenta con el apoyo de los incondicionales de su partido; de aquellos votantes de corazón que votan por el PSOE aunque se presentara Popeye o "el vecino de mi Jacinto". Por ello, el triunfo del pasado domingo no es determinante para saber si Pedro resucitará a la "rosa", o la marchitará para siempre.

El triunfo de Sánchez llega justo en el momento en que Podemos anda entretenido con su Moción de Censura, una "bobada política", como argumenté en el pasado post, que servirá como arma arrojadiza para dilucidar quién manda en la Izquierda. A día de hoy, el PSOE se encuentra en una bicefalia política. Existe, como saben, un secretario general que dirige desde afuera a los diputados socialistas. Unos diputados que en su día se casaron con la derecha y hoy, varios meses después, se encuentran con una hoja de ruta equivocada. Con la patata caliente en su tejado, Pedro debería mover ficha para demostrar que el "no es no" de su campaña se podría materializar mediante un pacto a la valenciana. Si Sánchez presentara su moción de censura y Podemos, por su parte, archivara la suya; estaríamos muy cerca de cumplir la utopía. Digo: "estaríamos muy cerca", porque las tornas parlamentarias no son las mismas desde los tiempos veraniegos.

Para que prosperara una moción de censura, ya sea del PSOE o de Podemos, se deberían cumplir con dos condiciones necesarias: una, la prevalencia de la disciplina de voto y otra, el contento a las fuerzas nacionalistas. Sendos requisitos son difíciles de cumplir en la práctica. El primero, porque los diputados del grupo parlamentario están divididos entre “pro sanchistas” y viceversa. El segundo, porque Podemos probablemente pondría, otra vez, su línea roja sobre la mesa. Una vez más estaríamos ante el kilómetro cero de las pasadas elecciones. El carro no tiraría "ni palante, ni patrás" y el único beneficiario sería, como saben, el señor Rajoy y los suyos. Por ello, antes de que las prisas traigan consigo malos resultados; sería conveniente que se ataran bien los hilos. Primero, sería conveniente que Pedro consolidara su liderazgo. Lo sería para evitar, otra vez, que fuera ninguneado por los pesos pesados de su partido. Segundo, sería aconsejable que Podemos "reculara" en cuanto al referéndum catalán. Salvados estos escollos; estaríamos en condiciones de hablar, de forma seria y coherente, sobre un cambio de Gobierno.

Bobadas políticas

Hace unas semanas, escribí: "Cuestión de Confianza", un artículo que versaba sobre el "Tramabus", la corrupción del Pepé y la crítica a "¿Quién será el próximo?", un artículo de Casimiro García Abadillo para el Independiente. Tras descartar la moción de censura por su indiscutible fracaso, puse en valor la cuestión de confianza, como opción menos mala para ilustrar el descontento del Parlamento con la praxis del Ejecutivo. Tras escribir el post, Podemos anunciaba a bombo y platillo su "moción de censura". Una moción, según ellos, que serviría para escenificar el rechazo político de la izquierda ante las corruptelas de la derecha. En España, como saben, se han producido dos mociones en el Congreso de los Diputados: una, en 1980, contra Adolfo Suárez y otra, en 1987, contra Felipe González. Ambas fracasadas.

Desde que Pablo Iglesias anunció su fechoría, los escribas del "vertedero" han derramado litros de tinta, a favor y en contra de la misma. Para unos – los "pro censura" -, la idea es una estrategia política de Podemos para polarizar a la izquierda contra la Triple Alianza del hemiciclo. Una maniobra clara – cla-rí-si-ma – para que el "sorpasso" al PSOE se haga realidad tras la frustración electoral. Al mismo tiempo, la moción es un recurso perfecto para que la organización morada recupere parte de la popularidad perdida desde los tiempos de la "casta" y el espejismo europeo. Para otros – los "contra censura" -, la idea no es más que una estrategia de "oportunismo político", por parte de Podemos, para condicionar, de alguna manera, el sino de las primarias socialistas. Gracias a la moción, el hipotético triunfo del "no es no" de Pedro Sánchez se convertiría, a "toro pasado", en dinamita podemita para fogotizar a los sanchistas.

Narrados los hechos – y hasta aquí la función del periodista – es cuando entra en juego el juicio de la crítica. No olvidemos que una crítica constructiva es aquella que establece soluciones y alternativas; más allá del sesgo ideológico de algunas cabeceras. La moción de censura, propuesta por Podemos, nace muerta desde el minuto número uno de su ocurrencia. Nace muerta – y disculpen los lectores de Podemos – porque no contará – ojalá me equivoque – con los apoyos necesarios para salir airosa del combate. Luego, por mucho entusiasmo que suscite a la bancada Pablista, la moción solamente servirá para generar ruido mediático y malestar en los mercados; dos efectos negativos que mancharían nuestra imagen exterior y crisparían el "gallinero". Por ello, queridísimos lectores, sería más grave el remedio que la enfermedad. Un remedio – la moción – que aliviaría pero no curaría el malestar social contra la corrupción galopante, que azota nuestro país desde los tiempos felipistas.

Así las cosas, la cuestión de confianza – tal y como expresé en el histórico de este blog – sería la mejor solución para poner contra las cuerdas a Rajoy y los suyos. Mientras la moción arroja todo el protagonismo sobre el partido que la plantea – en este caso Podemos -, la cuestión pone el ojo de la crítica en el Jefe del Ejecutivo. Sería precisamente Rajoy quien rindiera cuentas ante el Parlamento por la corrupción de su partido. La cuestión serviría para dividir al hemiciclo entre quienes apoyan al Pepé – y por tanto, la corrupción – y quienes vetan su gestión. La cuestión de confianza situaría a Podemos en una más de la parrilla. Un papel secundario, y nada bienvenido, para quienes buscan el primer plano a lo largo de la película. Tanto la cuestión como la moción están condenadas al fracaso. La primera porque el Presidente solo necesitaría más síes que noes para salirse de "rositas". La segunda porque no tendría sentido que tras dos elecciones electorales, ahora se articulara una alternativa de gobierno.

Tiempos de Macron

Ayer, recibí un correo de Dominique, un seguidor de las tierras vecinas. Lector infatigable de Le Figaro y afiliado a Les Republicains – la antigua UMP -, no entendía por qué había ganado Emmanuel en lugar de Fillon. No entendía, como les digo, por qué el partido de Sarkozy – el bastión de centro derecha francés – había sido adelantado por Le Pen. En Francia, le dije a este periodista – jubilado y afincado en París-, ha sucedido algo similar a lo que ocurrió en la Bretaña de Brown. Como recordarán, la aparición de los Liberales Demócratas rompió la tradición bipartidista entre laboristas y conservadores. Tanto es así que Cameron y Clegg contrajeron "matrimonio"; algo que no sucedía en el Reino Unido desde la Segunda Guerra Mundial. En las recientes elecciones francesas, Macron – al igual que Nick Clegg – ha roto el tándem legendario entre socialistas y republicanos.

La victoria de En Marche!, el partido de Macron, se debe – entre otras causas – al desengaño francés con el "reinado" de Hollande. Un reinado manchado por la subida del paro, el caso Leonarda, la evasión fiscal de Cahuzac; la polémica sobre la nacionalidad a los condenados por terrorismo, los líos de faldas y, por último la publicación de: "Lo que un presidente no debería decir", un libro indiscreto y comprometido con la seguridad nacional. Aparte de todo esto, Hollande pasará a la historia por su servilismo a Merkel y su repliegue a las políticas neoliberales, una "traición" en toda regla al credo socialdemócrata. Otra causa fundamental, a tener en cuenta, ha sido la histórica abstención. No olvidemos que un cuarto de los franceses, con derecho a voto, han preferido la comodidad del sofá al compromiso con las urnas; un gesto que perjudica a la izquierda y beneficia a la derecha. Y, por último, la victoria de Macron se explica por la confección de un discurso a dos aguas entre liberalismo y socialdemocracia.

El fracaso de Le Pen, me decía el otro día Jacinto – un conocido del Capri -, alivia pero no cura la herida de los resultados franceses. No olvidemos que Macron representa a una derecha "descafeinada", pero al fin y al cabo derecha de toda la vida. Una ideología, como saben, defensora del libre mercado, los recortes sociales y las sanciones. Una ideología, y disculpen la redundancia, que trae consigo desigualdad territorial y social entre pobres y pudientes. Si hubiera ganado Le Pen, estaríamos ante una réplica de Trump a la francesa. Estaríamos ante una Francia euroescéptica, proteccionista y xenófoba. Algo nefasto para la estabilidad de la Unión Europea. Los tiempos de Macron alejan, por tanto, el fantasma de los populismos, aunque seguirán vivas las políticas de Hollande. Digo que seguirán vivas, porque el ex presidente francés hizo poco por cambiar las tornas en Europa. No luchó lo suficiente para conseguir más Estado y menos mercado. Y, no supo conquistar a los comunistas como, en su día, lo hizo Mitterrand.

Cuestión de confianza

Hoy, mientras deambulaba por las calles del vertedero, he tropezado con "¿Quién será el próximo?", un artículo de Casimiro García Abadillo para El Independiente. Tras realizar un inventario sobre los casos de corrupción que azotan al Pepé, el ex director de El Mundo se muestra pesimista ante sus posibles soluciones. Tanto es así, que concluye el texto con la siguiente reflexión: "En el horizonte no se ve ninguna salida. No parece que haya condiciones para una moción de censura y el calendario electoral beneficia al gobierno. Los ciudadanos viven en vilo los últimos acontecimientos y no salen de su asombro ante la incapacidad del propio sistema para ofrecer una respuesta. El daño – concluye – ya no afecta solo al PP, sino a la democracia". Tras leer el artículo, he bajado al Capri a tomar un café. Necesitaba, la verdad sea dicha, tomar conciencia sobre el pesimismo moral de Casimiro y su repercusión en la opinión pública.

Hace más de veinte años, allá por el 1993, la España de Felipe se parecía bastante a la Hispania del ahora. Eran los tiempos de Roldán, Vera y Barrionuevo. Recuerdo que Antonio Herrero, periodista de la COPE, no era raro el día que abría La Mañana con algún nuevo caso de corrupción. Por su parte, el Diario 16 destapaba la Operación Galaxia y el caso GAL. El terrorismo de ETA estaba en su punto efervescente y la corrupción – hasta el momento – era un tema esporádico que gustaba, pero no enamoraba, a la prensa de entonces. El Pepé fue muy hábil al respecto. Lo fue, queridísimos lectores, porque supo adherir en el ideario colectivo, la ecuación: "corrupción igual a PSOE". Aznar, como les digo, supo sacar tajada de aquel episodio negro de nuestra historia reciente. Tanto es así que su eslogan "Váyase señor González" le sirvió para conquistar La Moncloa. Una conquista, nada fácil, si tenemos en cuenta que Felipe; supo capotear la crisis económica del 92, y salir airoso en su sometimiento a una cuestión de confianza.

Hoy, a pesar del pesimismo de Casimiro, la democracia tiene mecanismos suficientes para derrotar al Pepé. Los tiene, queridísimos lectores, porque más allá de los instrumentos formales – moción de censura y anticipo de elecciones – existen otras herramientas para debilitar al Gobierno. Para ello, se necesita la colaboración de los medios. Medios como el de Abadillo – por poner un ejemplo – que atesoren las lecciones de antaño; las lecciones del fallecido Diario 16 y del "martilleo" constante de la COPE. Aparte de la presión mediática – alejada del pesimismo moral de Casimiro – se debería aprender del Pepé de los años aznarianos. Se debería, por tanto, reconstruir aquella ecuación que tanto le sirvió a la derecha. La nueva ecuación sería: "corrupción igual a Pepé". Y finalmente se debería reescribir la partitura y entonar hasta la saciedad el "Váyase señor Rajoy". Un "váyase" gritado, desde los escaños, con la misma fuerza y repercusión que en los tiempos felipistas.

Aparte de las lecciones del pasado, sería conveniente romper el silencio de las plazas. Una vez más, la España del 15-M debería resurgir de las cenizas para manifestar, una vez más, su descontento social contra el “establishment”. Un “establishment” manchado por el ácido de la corrupción y, a su vez, causante de la mala reputación del país en el escenario internacional. El llamamiento a declarar de Rajoy – PRESIDENTE del GOBIERNO -, la imputación de Pedro Antonio Sánchez – PRESIDENTE de la Región de Murcia -, la detención de Ignacio González – EX PRESIDENTE de la Comunidad de Madrid -, la dimisión de Esperanza Aguirre – EX PRESIDENTA de la Comunidad de Madrid – son motivos, más que suficientes, para que comparezca el Presidente del Gobierno ante el Congreso de los Diputados. Una comparecencia, urgente y necesaria, por razones de higiene democrática y ética histórica. No olvidemos que Felipe González también lo hizo en su día. Y no olvidemos que se sometió a una cuestión de confianza. Un mecanismo que no ha citado Casimiro y que sería, sin duda alguna, imprescindible para la estabilidad parlamentaria.

Tramabuses y postverdades

Hace varios meses, escribí un artículo que versaba sobre comunicación política. En él, elogiaba a Podemos por su visibilidad mediática. Pablo Iglesias fue monaguillo antes de fraile en el oficio de los medios. Antes de salir en la Sexta, ya había hecho sus pinitos en las tertulias de la Tuerka. Sabía, como dicen por ahí, los intríngulis de la tele. La veteranía, en palabras del filósofo, es un grado: aquí, en Pekín y en cualquier lugar del mundo. Aparte de sus dotes oratorias, Pablo y su formación siempre han sido hábiles en la confección de titulares. Por ello, entre otras ocurrencias: Carolina Bescansa fue noticia por amamantar a su bebé en los escaños del Congreso; Pablo Iglesias por besar a Domènech y regalar "Juego de Tronos" al Rey, y Rita Maestre por asaltar la capilla de la Complutense. Gracias a estos momentos y otros, Podemos mantiene viva su popularidad, a pesar del fracaso del sorpasso y las aguas turbias de los casos Errejón, Echenique y Monedero.

Esta semana, la organización morada ha sido noticia con mayúsculas. Gracias al "Tramabus", el líder de Podemos ha conseguido introducir, una vez más, su marca política en la opinión pública de este país. Lo ha hecho, como saben, con un autobús azul, rotulado con las imágenes de Aznar, Blesa, Pujol, González, Cebrián y Díaz Ferrán, entre otros. Según Podemos, todos ellos forman parte de la "trama" política, empresarial y mediática que ha "saqueado" España durante las últimas décadas. Aunque como estrategia publicitaria sea una ocurrencia genial, el contenido y propósito de la misma no lo son tanto. El propósito de la idea es, si me lo permiten, "maquiavélico". Lo es, queridísimos lectores, porque la finalidad de la campaña no es otra que despertar el odio entre la sociedad civil y las élites del poder; algo perjudicial para la salud democrática de cualquier país. El contenido de la campaña – las imágenes del "Tramabus" – vulnera el derecho al honor y la imagen personal, reconocido en el artículo 18 de la Constitución.

No existe una conexión clara que justifique una "trama" corrupta entre los personajes del "Tramabus". Aunque todos hayan sido, en algún que otro momento, cuestionados en sus carreras profesionales; tal condición no resulta suficiente para crear un "vínculo acusador" entre los mismos. No hay un "lazo de corrupción" entre Felipe González y Luis Bárcenas. Como tampoco se aprecia ningún vínculo aparente entre Aznar y Pujol. O entre Inda y Blesa, por poner algunos ejemplos. Por tales razones, esta ocurrencia podemita no realiza una crítica veraz y responsable acerca de lo denunciado, sino una construcción demagógica del discurso de la "postverdad". Un discurso utilizado para fines partidistas, y alejado de una praxis elegante del quehacer parlamentario. Tales prácticas, aparte de incitar al odio, crean prejuicios y estereotipos hacia las élites del país. No es bueno, que la "marca España" sea portada en los rotatorios internacionales por supuestas "tramas" corruptas, alejadas de la verdad.

El uso de un autobús para fines partidistas es lícito y moral, faltaría más. Lo es porque en este país existe libertad de expresión. Y lo es, estimados lectores, porque aparte de los medios de comunicación, hay más canales para la difusión de mensajes. De hecho, los taxis y autobuses han sido utilizados, como instrumentos eficaces para fines publicitarios, desde los tiempos del franquismo. Aún así, a lo largo de este tiempo, varias campañas publicitarias han sido censuradas por dañar o herir sensibilidades. Sin ir más lejos, el autobús de "Hazte oír" fue detenido por atentar contra el transgénero. Por ir en contra derechos fundamentales, reconocidos en la Constitución. Así las cosas, el autobús de Podemos, aparte de su dudosa constitucionalidad, abre el debate sobre el "todo vale" en la lucha por el poder. No sería de extrañar que próximamente veamos, por las calles de nuestras ciudades, autobuses rojos y naranjas. Autobuses, como les digo, rotulados con los rostros, por ejemplo, de Errejón, Zapata, Tania Sánchez, Echenique y Rufián. 

La miopía educativa

Como saben, los artículos del Rincón son seguidos por docentes de diferentes niveles educativos. Ayer, sin ir más lejos, recibí un correo de Javier, un veterano profesor de las tripas aragonesas. Me comentaba, que el otro día tuvo un rifirrafe en su instituto acerca del Pacto Educativo. Mientras unos defendían más carga horaria en asignaturas de humanidades, otros, por su parte, criticaban este enfoque. Para los primeros – me decía – las "letras" son imprescindibles para la vida. Lo son, porque desarrollan el pensamiento crítico. Un pensamiento necesario para la lucha contra los argumentos de autoridad, los dogmatismos y la manipulación mediática. Para los segundos, las humanidades son el medio para transmitir valores culturales, reforzar los nacionalismos y crear, de forma indirecta, ciudadanos etnocéntricos.

La discusión sobre nuestro modelo educativo debería ir más allá del clásico dilema acerca de las humanidades. Ir más allá del viejo debate entre "números" y "letras", queridísimos lectores, implicaría reflexionar sobre la conexión entre educación y empleo; la carga horaria de idiomas, oficiales, cooficiales y extranjeros; los fondos destinados a "la pública" y a "la concertada"; el tratamiento de la "religión" y su compatibilidad con el pluralismo constitucional; la inserción de nuevas disciplinas, tales como sociología o alfabetización política; replanteamiento del acceso a la función docente; la gestión del bullyng; la educación de padres; la reestructuración de la Formación Profesional; la conexión entre enseñanza media y superior; los criterios de acceso a becas; el absentismo escolar; la atención a la diversidad; los servicios de orientación; la evaluación vinculante de la función docente; la detección precoz de altas capacidades; la dotación de pizarras digitales y ordenadores en todas las aulas y, entre otras medidas, la construcción de aulas ergonómicas, alejadas de los actuales "barracones" de algunas comunidades.

Para abordar toda la problemática planteada en el párrafo de arriba se debería contar, más allá de los partidos políticos, con los diferentes interlocutores que componen la comunidad educativa: sindicatos; consejos escolares; asociaciones de padres y madres de alumnos; expertos en materia educativa, tales como: psicólogos, pedagogos, psicopedagogos, sociólogos y trabajadores sociales; representaciones de alumnos y alumnas; organismos rectores de las diferentes universidades y finalmente, entre otros, las asociaciones empresariales. El interés común resultante de esta pluralidad discursiva daría lugar, sin lugar a dudas, a un libro blanco educativo. Libro blanco, escrito por la mayoría y, necesario para que los representantes políticos reflejaran en un texto legislativo: el sentir general de los ciudadanos. Un sentir alejado de las siete leyes educativas que surgieron de los rodillos.

Con un hemiciclo heterogéneo y un libro blanco colectivo – distinto o parecido al escrito por José Luis Marina – estaríamos muy cerca de conseguir la utopía. No olvidemos que la Lomce, al igual que otras nacidas de gobiernos mayoritarios, fue elaborada de forma unilateral por el ordeno y mando de la derecha. Un Pacto por la Educación implicaría un compromiso a largo plazo. Un horizonte de diez o veinte años para evitar que en un futuro inmediato, un cambio de mayorías supusiera "un borrón y cuenta nueva" de todo lo logrado. Por ello, el Partido Popular debería "bajarse de la burra" – valga la expresión – y colaborar en la faena. La colaboración, queridísimos lectores, implicaría una derogación legal, política y mediática de la Ley Wert. Una derogación en toda regla, alejada de la política de parcheo acostumbrada. Si no lo hacemos, si no creamos el marco necesario para la construcción de nuestro capital humano, seguiremos lastimándonos con el fracaso escolar y la fuga de cerebros.

Chaconismo

El domingo, escribí el siguiente tuit: "Came Chacón nunca fue entendida por el postzapaterismo, espero que la historia le reconozca su labor. Desde el dolor, D.E.P.". Hoy, un seguidor del blog – periodista de un diario de renombre – me escribía un correo electrónico; quería una reflexión más amplia sobre el pensamiento "enlatado" de ese tuit. Como saben, siempre defendí a Chacón en su pugna por el liderazgo socialista. Tanto es así que, tras el anuncio del adelanto electoral por parte de Zapatero, escribí en los pergaminos del Rincón: "el último error de ZP", un artículo que criticaba la "designación" de Alfredo Pérez Rubalcaba como su sucesor. La criticaba, queridísimos lectores, porque Alfredo estaba salpicado por el caso Faisán. Y la criticaba porque Alfredo formó parte de los gobiernos de la España fea del "felipismo tardío". Una España, como recordarán, salpicada de Roldanes, Veras y Barrionuevos.

Siempre defendí a Chacón porque su trayectoria al frente de Defensa dejaba, y valga la expresión, a la "altura del betún" a su antecesor, Federico Trillo. Y la defendí, valga la redundancia, porque una catalana en La Moncloa hubiese calmado las aguas entre el centro y la periferia. Como saben, tras anunciar su intención de suceder a ZP, Chacón se apartó del camino para "no entorpecer la unidad de su partido". Un argumento nada convincente para quienes conocemos cómo se mueven los hilos en las turbinas de los aparatos. La derrota de Rubalcaba – el "dedazo" de Zapatero – sirvió, como recordarán, para que Came volviese a los campos de batalla. Con el respaldo de Tomás Gómez, la candidata socialista perdió frente a Rubalcaba por tan solo 22 votos de diferencia. Una derrota dulce y dolorosa para una mujer leal a los dictámenes del partido, y, por otra, persistente en cuanto a sus ambiciones personales. Dicen las malas lenguas que sin la "intromisión de Felipe González", otro gallo hubiese cantado en el sino de Chacón. Aunque sean habladurías de Ferraz, lo cierto y verdad, que ciertos "jarrones chinos" mandan mucha romana tras abandonar el poder.

Hoy, tras el fallecimiento de Carme, todos hablan de su valentía. Valiente porque su corazón resistió las zancadillas de los "zorros viejos" del aparato. Y valiente porque su cardiopatía fue fuerte ante la humillación y el ninguneo que supuso la retirada de su candidatura a la sucesión de Zapatero. Por ello, Chacón siempre será un ejemplo a seguir, para quienes creen en las utopías y en el "querer es poder". De ella aprendí que el liderazgo político es similar a las carreras de coches que veía, cuando era niño, en los dibujos animados. Carreras llenas de clavos, de charcos deslizantes y nieblas artificiales para impedir que el Ferrari llegase "el primero" a la línea de meta. De Carme aprendí que en la cima de los aparatos no están los mejores, sino los más apropiados para el establisment del oligopolio. Por ello, porque la política no es el terreno propicio para los buenos, Carme sufrió y resistió el dolor que le hicieron los dardos envenenados. Dardos que le lanzaron sus "compis" desde las trincheras de su tejado.

Chacón ha fallecido. Lo ha hecho como lo hacen los grandes, sin ninguna mancha en la solapa y sin piedras en la mochila. Se ha ido su físico. Su presencia sigue viva en el recuerdo de quienes, gracias a ella, hemos aprendido algo de política. Por ello, siempre será recordada por sus hechos. Por su gestión al frente de Vivienda y Defensa. Ella fue la primera mujer en liderar un terreno de medallas y galones. La primera que vistió de esmoquin para saludar a la tropa. Y la primera en calificar a Rajoy como un "pseudolíder" que practica la "pseudodemocracia". Carme fue rebelde y resistente. Rebelde porque luchó contra su corazón. Rebelde porque jugó al baloncesto, tuvo un hijo y se metió a política; tres factores de riesgo para un corazón que latió a treinta y cinco por minuto. Resistente porque supo acorazar sus latidos ante las cuchilladas de la política. Su rebeldía y resistencia, le valieron para que su nombre apareciera en la lista de líderes mundiales, publicada por el Foro Económico Mundial. Gracias maestra por tu lección.

Sobre periodismo y sociología

Los viernes por la tarde, El Capri se convierte en un Café al estilo de los tiempos de Gijón. A eso de las cinco, concurren en la mesa del fondo: Manolo, periodista de una televisión local-; Andrés, ex alcalde de un pueblo costero de las tripas alicantinas; Enrique, profesor de secundaria y Pedro, sociólogo y politólogo. Concurren, como les digo, para hablar de política y filosofía hasta altas horas de la madrugada. Ayer, sin ir más lejos, reflexionaron sobre periodismo y conocimiento. Por si no lo saben, siempre ha habido un rifirrafe entre periodistas y sociólogos. Un tira y afloja, valga el dicho, porque el periodismo es una disciplina de "lo concreto" y la sociología una ciencia de lo abstracto. Pongamos un ejemplo para entendernos. Mientras a nivel periodístico interesan los casos de corrupción concretos – Gürtel, ERE de Andalucía, Bankia, Brugal, Nóos, entre otros -, a nivel sociológico interesa la corrupción en términos generales – orígenes, localización, causas y consecuencias de la misma -. Así las cosas, el periodismo – en palabras del filósofo – es la ciencia de las excepciones y la sociología, de las generalidades.

Periodismo y sociología son la parte y el todo. Una combinación fatal donde sendas disciplinas no pueden vivir la una sin la otra. El periodismo de datos – muy de moda en los últimos tiempos – necesita los sondeos demoscópicos. Los necesita, queridísimos lectores, para construir titulares y vender ejemplares. Así las cosas, bajo una base científica – los datos cuantitativos -, los periodistas elaboran relatos afines a sus líneas editoriales. No olvidemos que en España, el modelo periodístico es el Mediterráneo. Un modelo predecible, aburrido y en sintonía con los mimbres ideológicos de los principales partidos. El lector de periódicos se ha convertido en un espectador de excepciones; de acontecimientos que normalmente no suceden y de datos acordes con intereses capitalistas. Detrás de los periódicos hay entidades financieras y un sinfín de empresas, provenientes de diferentes sectores, que mueven las aguas con el soplido de sus vientos. Un tóxico en toda regla, para cumplir con el mandato constitucional del derecho a una información veraz, plural e independiente.

Aparte de todo ello, a diferencia de la sociología, los medios de comunicación son profesionales en el arte de crear emociones. Si miramos la parrilla televisiva, la mayoría de programas buscan la emoción de las audiencias. Solamente aquellos programas que hacen reír o llorar son los que ganan la partida en la selva de los mandos. Aquellos que hacen pensar – debates, documentales y formatos de investigación – son desplazados, como saben, a altas horas de la madrugada. Así las cosas, queridísimos lectores, este país tiene la opinión pública que se merece. Sin ir más lejos, este blog – El Rincón de la Crítica – sirve de prueba de algodón como ilustración del argumento. Como saben este blog lo siguen "cuatro gatos". Cuatro gatos, y disculpen por la metáfora, que representan a la pequeñísima minoría de consumidores que prefiere la razón a la emoción. Es necesario, por tanto, que salvemos a esta sociedad de los riesgos que supone la lectura de "una prensa emocionada". Para ello, para que la gente consuma una prensa de corte "racional", es necesario recuperar la filosofía. Una filosofía desplazada por la Ley Wert; ley unilateral y ejemplo de las malas consecuencias de hemiciclos al unísono.

Solamente a través de la filosofía conseguiríamos que el lector leyera desde la distancia. Una distancia necesaria para tomar conciencia de que la parte, el periodismo, es compatible con el todo, la sociología. Distancia, estimados lectores, para saber cuántos casos de corrupción, violencia de género, accidentes de tráfico y siniestralidad laboral, entre otros, son necesarios para hablar de problemas estructurales y sesgos culturales. Distancia, claro que sí, para saber por qué ciertos asuntos son noticias de renombre y otros, sin embargo, son silenciados por intereses económicos. Es necesario que el periodismo se convierta en más estructuralista y menos individualista. Es urgente que la prensa divulgue los avances logrados por las ciencias sociales en materia de corrupción y violencia de género, por ejemplo. Aparte de concienciar, de contar las víctimas que cada año mueren a manos de sus parejas, en accidentes de tráfico o en caídas de andamios; la prensa debería analizar las causas y consecuencias de tales hechos. Y para ello necesita a sociólogos y politólogos. Profesionales competentes para establecer hipótesis, diseñar investigaciones y  llegar a conclusiones académicas. Conclusiones más allá de la mercantilización de las emociones, y de la venta de periódicos.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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