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De PSOE y «wasapeo»

Ayer, tomé café en El Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, una bocanada de aire fresco ante los avatares de la vida. Allí, en la barra, estaba Gregorio. Gregorio, por si no lo saben, es un viejo conocido de mi pueblo. A sus ochenta y ocho años sabe de qué habla, cuando habla de la vida. "Cuando tenía tu edad – me decía – fui testigo de la mayor crisis que sufrió este país. Viví la España del Caudillo. Una Hispania en blanco y negro, de rombos y grapas en la boca. Durante aquella época aprendí que somos esclavos de nuestras palabras. Entonces no existía el botón del arrepentimiento – en referencia al último invento de wasap – ni la presunción de inocencia. Una palabra mal dicha, en el lugar equivocado, podía suponer veinte años de castigo en celdas tercermundistas". Preso en Foncalent, todavía recuerda el grito amargo de quienes morían a latigazos en el patio de la cárcel.

Socialista de pedigrí, Gregorio tiene muy claro que votará a Pedro Sánchez. Lo tiene muy claro, me decía, porque "más vale pájaro en mano que cientos volando". De los tres candidatos, el voto útil es el "no es no". Lo es porque supone una apuesta segura para esquivar a la derecha. Aunque sea socialista de corazón, Gregorio hace autocrítica cuando habla de los suyos. Critica hasta decir basta "la derechización de Zapatero" y siente repulsa por la figura de Felipe. La siente, queridísimos lectores, porque "ciertos jarrones chinos" deberían mantenerse al margen de los enredos actuales. No olvidemos que González sigue siendo un Dios en los paraísos de Ferraz. Un "ser" omnipresente que convence, aunque su discurso sea una foto obsoleta de la España postfranquista. Así las cosas, gracias al aval de Felipe y Zapatero; la "rubia de Andalucía" juega con ventaja, por mucho que sus rivales viajen por España para captar "compradores"

A pesar de tales mimbres, el pluralismo moderado, que actualmente configura el hemiciclo, juega en contra de los candidatos que defienden el "sí es sí" y "lo mejor para España". Juega en contra, como les digo, porque el votante racional no cuenta con la información perfecta para actuar en consecuencia. En la época de los rodillos, mayorías absolutas, bipartidismos y gobiernos hegemónicos; el "votante de cabeza" analizaba con acierto los costes y beneficios de su acción electoral. Sabía, con alta probabilidad, qué efectos políticos tenía su papeleta para el bienestar de su vida. Lo sabía, porque antes de tomar la decisión, ponía en una balanza los aciertos y errores del gobierno saliente. Ahora, queridísimos lectores, las tornas han cambiado. El juego de las alianzas, pactos antinatura y lucha por los sillones; hace que el votante racional se encuentre bloqueado. Bloqueado porque no sabe a ciencia cierta cuál será el sino de su papeleta. Bloqueado porque teme a la frustración que supondría una decisión equivocada.

Siguiendo con el razonamiento de arriba, de cara a las próximas elecciones, es muy probable que el PSOE se convierta en un cadáver político. Es muy probable que ello suceda, si el ganador del próximo Congreso es Patxi López o Susana Díaz, líderes, como saben, desideologizados y defensores, por tanto, de posibles pactos con la derecha. Si ello sucediera – si ganaran ellos -, el votante racional, ante la incertidumbre de su decisión, elegiría un partido que representara, y no traicionara, sus principios ideológicos. El éxodo, por tanto, de votantes socialistas hacia las orillas de Podemos y el aumento de la abstención estarían garantizados. Tanto es así que el "sorpasso" de antaño sería una realidad posible en el escenario a medio plazo. Si ganara Pedro Sánchez, algo poco probable por cuestiones de aparato, el PSOE recuperaría las alas de la reconquista. No olvidemos que en democracia existe, desde hace siglos, el "botón del arrepentimiento". El mismo que quiere insertar "wasap" para los indecisos del "wasapeo".

De liderazgos, Schröeder y Zapatero

El otro día, mientras estudiaba la historia de Alemania, me vino a la mente Rodríguez Zapatero. Como saben, Gerhard Schröeder presidió la república germana durante el periodo 1998 a 2005. La presidió, como les digo, en coalición con Los Verdes. Su oposición a la segunda guerra de Irak, la debilidad de la oposición democristiana y su buena gestión durante las inundaciones del Este; le valieron la reválida de su gobierno. Zapatero, al igual que Schröeder, también se opuso a la guerra de Irak y también – y valga la redundancia -, tuvo una oposición debilitada tras el final del aznarismo. Durante su segundo mandato, Gerhard llevó a cabo políticas neoliberales, más propias del conservadurismo democristiano que de sus prismas ideológicos. Los sindicatos consideraron tales medidas como un ataque a los derechos laborales y al Estado Social. La derechización de Schröeder supuso varias derrotas regionales para las siglas de su partido. En mayo del 2010, Zapatero hizo lo mismo que Schröeder, "traicionó" a su credo ideológico y llevó a cabo recortes sociales, más propios de un partido de derechas que de un socialdemócrata. Tales medidas, justificadas por la crisis económica y las presiones del stablishment europeo, desencadenaron el principio del fin del zapaterismo.

Tras el fracaso de la moción de confianza, las elecciones alemanas del año 2005 dieron como resultado una gran coalición entre SPD – sin Schröeder a la cabeza – y la CDU, el partido de Merkel. Desde entonces, recortes y más recortes, al más puro estilo thatcherista, han llevado a "la perdición" a los países periféricos. En España, la historia se repite. Tras cuatro años de rodillo azul, la gran coalición ha llegado a nuestro puerto. Tanto PSOE, PP y Ciudadanos gobiernan el país como si fueran alemanes. Digo como si fueran, porque en política comparada hay que llevar mucho cuidado con los paralelismos históricos. Hay que llevar cuidado, como les digo, para no caer en reduccionismos explicativos. Dicho esto, lo cierto y verdad, es que si; tanto Schröeder como Zapatero no hubiesen "traicionado" sus intereses partidistas; hoy el "no es no" de Pedro Sánchez sería más respetado por la oligarquía de su partido. Como agua pasada no mueve molinos, la crítica debe mirar hacia el futuro con la carga del pasado. Y la carga del pasado no es otra que la derechización del partido socialista, en contraste con una oposición de corte nacionalista y populista. Así las cosas, el PSOE es muy probable que no levante cabeza a medio plazo. Aparte de la alianza con el Pepé y Ciudadanos, el partido socialista se enfrenta a las grietas del liderazgo. Un liderazgo que se debate a tres bandas entre el "no es no" – de Pedro Sánchez -, "lo mejor para España" – de Susana Díaz – y el "sí es sí", de Patxi López.

De los tres jinetes socialistas, Susana Díaz será, muy probablemente, quien se lleve el gato al agua. Será ella,  "la rubia de Andalucía", porque su liderazgo representa a los pesos fuertes del aparato. No olvidemos que una cosa es la macrodemocracia – las elecciones generales y los debates parlamentarios – y otra, muy distinta, la "democracia interna" de los partidos. Una democracia – con letras en minúsculas – determinada, en parte, por las recomendaciones, influencias y las opiniones de los "jarrones chinos", las glorias pasadas de los partidos. Susana, a diferencia de Sánchez, ha ganado unas lecciones regionales. Su liderazgo en Andalucía ha pasado – como dicen en mi pueblo – la prueba del algodón. Pedro ha cosechado para los suyos el peor resultado de su historia durante dos comicios consecutivos. Es cierto que ahora la tarta está más repartida por la irrupción de Podemos y Ciudadanos; pero este argumento alivia, pero no cura, la herida socialista. Susana, a diferencia de Patxi, no es una presidenta "fracasada". No olvidemos que López gobernó con la derecha, un pacto antinatura que terminó, como saben, peor que "el rosario de la Aurora". Así las cosas, Susana se convierte en un buen activo para conquistar La Moncloa. Una conquista difícil, si tenemos en cuenta que la derechización de su partido es un hecho, y que ella gobierna gracias al beneplácito de Ciudadanos. Así las cosas, el PSOE se ha convertido en un rehén de la derecha; en un partido que falleció, desde que Zapatero tropezó con la misma piedra que Schröeder.

Lo que la verdad esconde

El miedo es, entre otros, un rasgo distintivo de las dictaduras. Me contaba Jacinto, un octogenario de mi pueblo, que en tiempos de Franco, por las calles de Torrevieja había correveidiles del Régimen. La prensa era un instrumento de propaganda política para difundir las "glorias" del generalísimo. La gente vivía con grapas en la boca ante el temor a ser encarcelados. Era una sociedad dócil y pasiva; falsa de puertas para afuera y sincera de cerrojos para adentro. Con la llegada de la democracia, el periodismo salió de su silencio para convertirse en una prensa de partidos. Cada cabecera dibujó su nicho de mercado; de tal forma que los lectores de periódico se convirtieron en átomos ideológicos. Tanto es así, que los lectores de Marhuenda – por poner un ejemplo – nunca leerían El Plural de Sopena. El día que esto suceda, estaremos ante un periodismo al unísono como existe en los países anglosajones.

Desde los tiempos de Suárez, el modelo periodístico refleja los discursos del multipartidismo galopante. En días como hoy tenemos una prensa dividida entre la izquierda y la derecha. Una prensa ajena a los prismas filosóficos y cercana a las corrientes emocionales. Aunque la información sea veraz – faltaría más -, su interpretación es acorde con el perfil ideológico de los consumidores. Si hiciéramos una investigación rigurosa, sobre periodistas despedidos por "traicionar" a sus líneas editoriales, comprobaríamos que todavía existen los rombos y cerrojos de los tiempos caudillistas. Es por ello, queridísimos lectores, por lo que no escribo para nadie. Prefiero ser pobre y honesto que no falso y con dinero. Lo prefiero porque, en mi escala de valores, la libertad está por encima del dinero. Aquí en mi blog, aunque lo lean "cuatro gatos", escribo lo que quiero. Escribo, como les digo, sin necesidad de que mis escritos, obtengan el visto bueno de jefes de sección, redacción y todo el cuadro junto.

Las supuestas amenazas de Podemos a periodistas críticos con su discurso, pone en evidencia las miserias del sistema. La crítica, aunque sea incómoda para las élites, es necesaria en democracia. El periodista tiene el deber de controlar al poder; de decir lo que los demás no se atreven a decir. Si existiera una prensa libre, plural e independiente; otro gallo cantaría en los patios de la corrupción y el clientelismo. La APM ha denunciado, a medias tintas, presuntas amenazas sin nombre ni apellidos. Ha tirado, como dicen en mi pueblo, la piedra y escondido la mano. Lo ha hecho así, queridísimos lectores, por el miedo que hay detrás de los denunciantes; jóvenes periodistas recién salidos de la Facultad. Es importante, por salud democrática, que tales afectados salgan del anonimato. Es importante que pongan las pruebas sobre la mesa aunque les cueste su trabajo. Gracias a ese gesto de valentía, sabremos lo que la verdad esconde tras la cortina de Podemos.

La falacia comunista

Tras varios años sin saber de él. Ayer, mientras tomaba café en El Capri, coincidí con Marx. Marx, como saben, escribió El Capital y fue el artífice teórico de la praxis comunista. Aunque ambos pertenezcamos a épocas diferentes, lo cierto y verdad, es que la desigualdad y la libertad son conceptos atemporales. Lo son, como les digo, porque sendas categorías nacen de un tronco común: la propiedad. La propiedad, como diría un liberal, es la cuna de libertad. El hombre, en palabras de Jacinto, es un animal que defiende su territorio. Un territorio que sirve para diferenciar entre ricos y pobres, y que explica cientos de guerras entre "los de dentro" y "los de fuera". Sin propiedad privada, me decía Marx, el "tanto tienes, tanto vales" se convertiría en "tanto eres, tanto vales". Nadie seria más que nadie, y en lugar de consumismo hablaríamos de consumo. Aún así, el comunismo fracasó en Rusia y mantuvo en jaque a Oriente y Occidente durante cuarenta años de Guerra Fría.

Marx me preguntó sobre el Partido Comunista en la Hispania del ahora; quería saber cómo había evolucionado su ideología, tras casi doscientos años desde su nacimiento. Le dije que el comunismo se ha convertido en un cadáver político. En días como hoy, querido Karl, nadie habla de dictadura del proletariado, ni de cambio de sistema; ni de nada que se aproxime a la Rusia bolchevique. Sorprendido por mi respuesta, Marx no entendía cómo el capitalismo salvaje y el precariado laboral, entre otros sinsabores, no han reavivado todavía la llama de la revolución. Resulta incongruente que un partido antisistema – como lo es el Partido Comunista – coexista en el fango de su crítica. Cómo es posible que haya ciudadanos con la hoz y el martillo en los escaños del hemiciclo. La llegada del Estado Social calmó las aguas del lago del camarada. Gracias al Estado del Bienestar – le dije a Karl – el proletariado ha silenciado su protesta. Mientras exista Salario Mínimo Profesional y prestaciones de la Seguridad Social, no habrá ni dictadura del proletariado, ni una segunda parte de la Rusia leninista. No la habrá, le dije, porque la comodidad existencial es amiga del inmovilismo social.

La socialdemocracia ha puesto el freno al fervor comunista de los tiempos bolcheviques. Tanto es así que a más Estado Social, menos acción colectiva y viceversa. Son, precisamente, los recortes sociales, los que alimentan el grito del camarada y causan, por tanto, la conciencia de clase de los tiempos olvidados. Una conciencia que no llegará a la dictadura del proletariado, mientras el Estado garantice un mínimo de bienestar a los ciudadanos. Por ello, queridísimo Karl, no tiene sentido hablar de comunismo en una economía híbrida, basada en el juego del mercado y el Estado. El Manifiesto Comunista fue una solución de "suma cero" al problema de un Estado Liberal. Un Estado Liberal puro, sin grises por en medio, o mejor dicho, sin la dosis socialdemócrata de los sistemas actuales. En días como hoy, el Partido Comunista de los tiempos marxistas se ha convertido en un partido reformista similar a los otros de la parrilla.

Marx no daba crédito a lo que oía. No entendía por qué su partido bebía de las tesis orteguianas. No entendía, queridísimos lectores, por qué la revolución desde abajo se ha convertido en reforma desde arriba. El Partido Comunista ha evolucionado hacia las tesis orteguianas. No olvidemos, le dije a Karl, que Ortega y Gasset fue un intelectual elitista. Despreciaba el talento "analfabeto" de las masas para conquistar el poder, y creía firmemente en los cambios oligárquicos. Marx quería saber más acerca de Podemos y del auge de los populismos. Los populismos de izquierda y el Partido Comunista representan la falacia comunista. Ambas ideologías son, por razones sistémicas, socialdemócratas. Tanto es así que Pablo Iglesias acuñó el término "la nueva socialdemocracia" durante las pasadas elecciones. Un concepto que sirvió, como saben, para distinguir su marca, del Partido Comunista y del partido socialista. Una estrategia política que contradice el fervor anticapitalista, o sea comunista, de Vistalegre II.

De justicia y logaritmos

Ayer, Peter estaba indignado. Le molestaba que el cuñado del rey estuviera de rositas en Ginebra y que, su amigo Alberto – toda una institución en El Capri – se hallara entre barrotes por robar cinco gallinas. Resulta inadmisible que el dinero y las influencias sociales manden tanta romana en la Hispania del ahora. No es normal que un jurista – en referencia a Manuel López Bernal, ex fiscal saliente de Murcia – denuncie haber sufrido "intimidaciones" en la defensa de su toga. No es normal que este señor dijera que ha sufrido "presiones" como "las de la mafia de los años 20". Y es mucha casualidad – me decía Peter – que este señor, haya sido sustituido por otro fiscal tras la imputación de Pedro Antonio Sánchez, presidente de la Región de Murcia. ¿Dónde está la separación de poderes?, en la mente de millones de idiotas, que ignoran cómo se mueven los hilos en las altas esferas.

Aunque el suegro de Iñaki dijera que "la ley es igual para todos", a veces pienso que en este país hay dos varas de medir; una para "los de abajo" y otra para "los de arriba". Ya lo sé que no soy jurista pero, como crítico de a pie, no considero "ejemplarizante" – por mucho que indignara a Rajoy esta expresión en su entrevista con Piqueras – que Diego Torres e Iñaki anden sueltos por la calle. A pesar de mi respeto por las decisiones judiciales, faltaría más, lo que me preocupa de este asunto es la fiabilidad judicial. Entiéndase por "fiabilidad" a la probabilidad de que cualquier investigación arroje los mismos resultados sea cual fuere los investigadores. Dicho en términos sanitarios, la fiabilidad de un "análisis de sangre" sería que los resultados fueran los mismos, con independencia de quien hiciera la analítica. Así las cosas, la fiabilidad de la justicia reside en la probabilidad de que un fallo judicial sea el mismo con independencia de la toga.

Si en lugar del juez A, hubiese sido el B: ¿qué habría sido del futuro de Diego e Iñaki hasta que el Tribunal Suprema hiciera firme la sentencia? Es, precisamente, esta cuestión y no otra, la que pone en jaque a la "fiabilidad judicial". Un fiabilidad en bancarrota, si tenemos en cuenta que los jueces aplican e interpretan la ley. Aplican leyes políticas e interpretan las mismas con los ojos que las miran. Así las cosas, queridísimo Peter, la justicia es subjetiva. Lo es por mucho que los jueces actúen con principios y evidencias disponibles. Lo es, porque detrás de cualquier toga existen ideas religiosas, progresistas, conservadoras, feministas y futboleras. Las hay porque las interpretaciones son opiniones y, opiniones hay tantas como estrellas en el cielo. Por todo ello, hay jueces que sufren en silencio "presiones" e "intimidaciones" por parte de poderes económicos, políticos y sociales.

Para evitar este sesgo, la justicia debería ser objetiva; algo totalmente imposible si tenemos en cuenta que el leguaje jurídico no es científico y que "el hecho" va antes que "el derecho". Por ello, por mucho que algunos jueces saquen pecho y digan que son objetivos, lo cierto y verdad, es que la lógica del sistema invita a lo contrario. Este mal inevitable hace que muchos ciudadanos tengan una actitud negativa ante la praxis judicial. Para evitar el sesgo de la fiabilidad, el sistema judicial establece la "casación de sentencias por parte del Tribunal Supremo, la recusación y la denuncia por prevaricación. Mecanismos, todos ellos, que tienen como fin evitar los abusos de poder y el clientelismo judicial. Aún así, la subjetividad judicial deja márgenes a la duda. La solución ideal sería un poder judicial inhumano; un poder orquestado por logaritmos matemáticos. Aún así, la justicia sería subjetiva. No olvidemos que el logaritmo judicial sería una invención de los humanos.

Horas muertas

Cada día estoy más harto de las redes sociales. Durante los últimos meses, he publicado, de forma frecuente, en Facebook y Twitter. Lo he hecho por cuestiones de visibilidad o, como dicen en mi pueblo, para estar vivo en los barrios del más allá. A partir de hoy, he decidido desparecer del combate. He decidido escribir solo en mi blog, sin preocuparme lo más mínimo de la repercusión social de mis escritos. Necesito apartarme del ruido; salirme del estruendo que invade la vida de millones de mortales. Un estruendo que secuestra el tiempo de quienes se consideran leones en las selvas digitales. Esta mañana, sin ir más lejos, he hablado sobre el tema con Jacinto, un viejo conocido del Capri. Me decía este noctámbulo de los bares, y amigo de mujeres a deshoras, que su móvil es un Nokia de los tiempos aznarianos. Un móvil sin Internet, de esos que usan los abuelos y nostálgicos del franquismo.

Estamos, en palabras del filósofo, ante un paisaje de cabizbajos; de seres que deambulan por el metro, como si fueran soldados derrotados en las tierras de Siberia. Las redes sociales, en muchos casos, son adictivas. Lo son porque en ellas, muchos encuentran el "psicólogo" que les falta en la sequedad de sus vidas. Encuentran, el reconocimiento que necesitan para sentirse importantes de puertas para adentro. Hace meses, os comenté que El Capri se había convertido en un bar de "sordomudos digitales"; un lugar donde el teléfono móvil ha sustituido la tertulia inteligente de los tiempos galdosianos. Ahora, el café se bebe acompañado de emoticonos y toques de wasap. Me comentaba Gregorio – el marido de Carmela – que su hijo, de quince, se pasa las horas muertas enganchado al wasap. Me decía, que su Manuel no puede vivir sin el móvil. No puede porque cuando se lo prohíbe, reproduce los mismos síntomas que sufren los drogadictos cuando les falta la cocaína. Es una pena que los artefactos del presente sean el tabaco de los tiempos de mi abuela.

El móvil se ha convertido en un contaminante para la salud de los diálogos. El móvil enfrenta cada día a parejas en los sofás de sus casas; a profesores y alumnos en las aulas y recreos. Y, a patronos y empleados en oficinas y despachos. Las redes sociales, por su parte, han prostituido nuestras vidas. Gracias a ellas, sabemos lo que se cuece en los fogones del otro; algo negativo para el Derecho a la Intimidad. Un derecho reconocido en nuestra Constitución, y que cada día está menos considerado en los suburbios de Internet. Las redes sociales insuflan el ego de millones de anónimos reales. Millones de personas que, antes de las mismas, deambulaban invisibles por la senda de sus vidas. Es, precisamente, la figura de Narciso, la que se refleja en el lago de las redes. Una fiebre narcisista que contagia las estimas; sin distinguir edad, sexo o posición social. Tanto es así que políticos como Trump utilizan Twitter – un medio global – para fines nacionalistas.

Odios políticos

Según las estadísticas, ocho de cada diez ofertas de empleo se cubren con gente conocida. Yo, como millones de españoles, pertenezco a ese veinte por ciento de ciudadanos que no tiene padrino ni agua que lo bautice. Así las cosas, todo lo que he conseguido en esta vida; ha sido gracias a mi esfuerzo. Hace doce años, me presente a una oposición para una plaza de profesor en un ayuntamiento. Era una plaza en una Escuela Taller para dos años, comida para hoy y hambre para mañana. El tribunal estaba compuesto por concejales del consistorio y personal técnico de la Consellería de Empleo. Aún así, sin conocer a nadie de los examinadores, fui seleccionado; algo anómalo en un país de "redes clientelares" como el nuestro. Después, me enteré que la mayoría de mis compañeros procedían de los "burgos podridos", como diría un inglés si me oyera. Como sabéis, aunque no milito en ningún partido, mi ideología es afín a la socialdemocracia. No soy de derechas – si por derecha se entiende la libertad por encima de la igualdad -, ni soy comunista – si por comunismo se entiende la abolición de la economía de mercado -. Aún así, respeto cualquier opinión distinta a mis principios; tengo amigos del Pepé y, para inri, suelo leer ABC.

En aquel trabajo, la mayoría de mis compañeros eran peperos de pedigrí. Militantes de rodillo; de esos que pegan carteles en las campañas electorales, y discuten apasionadamente cuando defienden a Rajoy. Recuerdo que todas las mañanas, cuando leían la prensa hacían comentarios insultantes dirigidos a ZP. A Zapatero le llamaban "zapatones"; a los socialistas "sociópatas" y a los comunistas "leninistas". No toleraban que alguien les llevara la contraria. No soportaban que alguien les dijera lo que no querían oír. Tanto es así, que defendían la intervención de España en Irak; negaban la autoría de los atentados de Atocha, y culpaban de todos los males de este mundo a ZP. Decía que Zapatero era un presidente de chiripa; que gobernaba gracias a la inercia del "España va bien" de Aznar, Rato y compañía. Aparte de su férrea ideología, aquellos compañeros llevaban en su sangre "savia nacionalista". Hablaban en valenciano y miraban mal a quienes no respondían en "su idioma". Me sentí, la verdad sea dicha, como un rojo perseguido de la España en blanco y negro del ayer.

Tras la jornada de trabajo, solía ir al Capri a tomar café. Allí, le contaba a Gregorio lo mal que me sentía. Mal, porque si decía todo lo que pensaba; quizá mi contrato no se renovara. Ellos tenían la sartén cogida por el mango y, valga el dicho, no era inteligente escupir en la olla que me daba de comer. Por ello fui discreto, me mordí la lengua y nadé contracorriente. En una ocasión, me dijo Peter – el dueño del Capri – que los comunistas odiaban a los socialistas porque los consideraban un estorbo para instaurar el comunismo. A los comunistas les "jodía" que el Estado del Bienestar tirara por la borda las páginas de "El Capital". Y, les "jodía" que la socialdemocracia impidiera la expansión del "Manifiesto comunista". Lo que no entendía Peter, ni yo, por qué tanto odio entre peperos y socialistas. Por qué tanto odio, si ambos defendían – y defienden – el libre mercado y el Estado Social. Por qué tanto odio, si ambos juegan en el terreno de la democracia. Y, por qué tanto odio, si algún día ambos polos se puedían encontrar. Son las heridas de la Guerra Civil, contestó un señor de la barra, las que explican la atracción fatal entre rojos y azules.

Hoy, muchos de aquellos compañeros sentirían vergüenza por la gran coalición entre "peperos" y "sociópatas". Sentirían vergüenza – pienso para mis adentros -, porque del odio al amor no se pasa de un día para el otro. Ahora, con el matrimonio político en sus narices, callarían como tumbas en las barras de los bares. No entenderían por qué los sucesores de ZP hacen migas con los suyos. Ahora, por mucho que quisieran, no arrojarían todo su arsenal de insultos verduleros contra sus socios de gobierno. Ahora, el objeto de sus frustraciones son "los comunistas". Ahora es Podemos el centro de su diana. En días como hoy, Podemos se ha convertido en el PSOE de los tiempos de Zapatero. Ahora son ellos, los "frikis y saltimbanquis" de Arriola, quienes son sus enemigos. El pacto antinatura entre Pepé y PSOE está sirviendo para limar las asperezas de los tiempos republicanos. Asperezas, que todavía perduran en las cabezas de muchos franquistas con traje de demócratas.

El efecto Vista Alegre

En los últimos días, se ha escrito, y mucho, acerca de Vista Alegre II, el último congreso de Podemos. Como saben, Pablo Iglesias, del ala anticapitalista, ganó por goleada a Íñigo Errejón, de la corriente moderada. De todo lo que he leído – imposible leerlo todo – hay datos objetivos, interpretaciones e inferencias. Entre los datos objetivos, Pablo Iglesias obtuvo el 60% de los votos del Consejo Ciudadano frente al 37% de su número dos. Luego, es cierto y verdad, que la "corriente pablista", la más roja de las propuestas – por decirlo en la jerga callejera – predomina en la formación podemita. En cuanto a las interpretaciones, algunos comentaristas hablan de la abundancia del voto joven. Otros, del gancho mediático de Pablo y, otros – los más retorcidos – del efecto negativo de la Gran Coalición en los sectores radicales de la izquierda.

Aparte de los datos objetivos – incuestionables -, y de las interpretaciones – tantas como bocas -, he leído muchas inferencias (o intuiciones) al respecto. Inferencias, como les digo, en referencia a los efectos que tendrá este resultado en los intramuros de Podemos, y en el sistema multipartidista del Congreso. En cuanto al primer escenario, muchos analistas hablan de "la agonía errojonista". El otro día – y valga la prueba -, Pablo Iglesias, en una entrevista de radio, habló de otorgar más protagonismo a las compañeras del hemiciclo. Parece, dicen las malas lenguas, que una voz femenina sustituirá a Íñigo Errejón como portavoz de su grupo parlamentario. En cuanto al segundo escenario – los efectos de Vista Alegre II en el sistema político -, algunos columnistas, a sueldo de la Caverna, han dicho que este resultado perjudica al PSOE. Le perjudica, dicen, porque el votante podemita está más cercano a los postulados comunistas que a la socialdemocracia.

Desde la crítica, nos preguntamos: ¿cuál será el efecto Vista Alegre II? De puertas para adentro, aparte del ajuste de cuenta entre “pablistas” y “errejonistas”. Aparte del ninguneo político a Íñigo Errejón, con la probable pérdida de la portavocía del grupo parlamentario, las consecuencias pasan por la escisión del partido. Auque Pablo haya ganado con un 60%, lo cierto y verdad es que 37 de cada 100 votantes del Consejo Ciudadano de Podemos son partidarios de un partido Cacth All. Son partidarios de un partido "atrapa-todo" que expanda sus fronteras por los territorios moderados. Luego no sería descabellado pensar que en tiempos no muy lejanos, se abra una corriente separatista dentro de Podemos. O dicho más claro, que Podemos se rompa y surja otra variante moderada e independiente, liderada por Errejón. Una opción lógica y coherente para la supervivencia de Íñigo dentro de la "casta".

En cuanto al “efecto pablista” en el sistema político, el PSOE – en contra de lo que dicen los asalariados de la Caverna – sale reforzado. Si Podemos no se rompe antes de las nuevas generales, muchos “errejonistas” se verán en la tesitura entre votar por un partido de corte comunista, o depositar su papeleta en opciones socialdemócratas. Es muy probable, que algún que otro votante moderado reoriente su voto al partido socialista. No olvidemos que el PSOE fue el único partido que ganó la partida en el último barómetro del CIS. Otro efecto colateral del Congreso; es el flaco favor que este resultado hará a Pedro Sánchez en la reconquista de su silla. Una vez más, el "no es no" se convierte en el camino equivocado. El "no es no" implicaría pactar con un Podemos de mayoría comunista, una opción alejada del ideario moderado del partido socialista.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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