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De neohabla y plurinacionalidad

El otro día, mientras escuchaba a Pedro Sánchez hablar del Estado plurinacional, me vino a la mente "El ministerio de la Verdad", una institución de la obra de George Orwell que leí hace cuatro años. En aquella novela (1984), su autor acuñaba el concepto de la "Neohabla" para criticar el discurso retórico, y a veces ridículo, de la política. Un discurso, como saben, cargado de eufemismos para salvar al político de los riesgos del tabú. Tanto es así que a la subida del IVA, se le ha llamado, como recordarán, "gravamen adicional"; a la autodeterminación, "el proceso de desconexión"; a la crisis, "crecimiento negativo"; a la emigración forzosa, la "movilidad exterior"; a los recortes, "reformas estructurales" y, para más inri, a la bajada de sueldos, "devaluación competitiva de los salarios". Son, como les digo, eufemismos, palabras que intentan de alguna manera parchear la cruda realidad.

La nación de naciones, anunciada a bombo y platillo por el líder socialista, no es otra cosa que el reconocimiento constitucional de la diversidad cultural. Una diversidad que existe en nuestro país desde los tiempos de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. La plurinacionalidad, a la que se refiere Sánchez, no tiene nada que ver con el Estado Federal que algunos creen. A diferencia de éste, la "nación de naciones" es, para sorpresa de algunos, un ornamento para endulzar el Estado de las Autonomías.  Gracias a esta nueva nomenclatura, el texto constitucional reconocería de forma expresa – sin ningún efecto institucional, por cierto – la diversidad de lenguas y rasgos distintivos que componen el lienzo nacional. La "nación de naciones" aludiría a la acepción cultural de los "nacionalismos" regionales.

La propuesta de Sánchez hay que enmarcarla en el contexto de la cuestión catalana. No olvidemos que el derecho a la independencia, reivindicado por Cataluña, ha abierto el debate territorial existente en nuestro país desde los tiempos de la República. Un debate que enfrenta a unionistas y federalistas y, un debate, que divide a quienes están a favor y en contra del referéndum separatista. Como saben, el encuadramiento del PSOE en este tema se sitúa en el lado de los unionistas y de los escépticos con el referéndum. La plurinacionalidad, anunciada por Pedro, no altera la posición del partido socialista en torno a la cuestión en sí. No la altera, estimados lectores, porque la pluriculturalidad española es condición necesaria, pero no suficiente, para la constitución de un Estado Federal.

La plurinacionalidad, aunque aparentemente no serviría para nada, sí tendría un trasfondo y beneficio electoral para Sánchez. La "nación de naciones" sería la antesala del Estado Federal; un Estado que anhelan muchos vascos y catalanes, y que servirá de pretexto legal para sus avances independentistas. Así las cosas, la plurinacionalidad calma pero no cura la herida entre el PSC y el PSOE; una herida abierta desde la España prefranquista. La plurinacionalidad es compatible con el modelo de Estado defendido por Podemos y Ciudadanos. Lo es porque el reconocimiento de una obviedad social, como es la diversidad cultural española, no altera las posiciones del debate. Así las cosas, el PSOE debería dar un paso al frente y defender abiertamente su modelo territorial, más allá de los eufemismos políticos. Si no lo hace, si sigue jugando a la ambigüedad conceptual, confundirá a la opinión pública. A una opinión pública harta de tanta retórica y discusión territorial.

Pasatiempos políticos

Como saben, el otro día escribí "efectos de una moción de fracasada", un artículo donde analicé el debate parlamentario y critiqué, entre otras cosas, a Pablo Iglesias. Ayer, sin ir más lejos, recibí varios correos de lectores enfadados conmigo. Lectores, como les digo, que no entendían por qué había exigido la dimisión del líder de Podemos, y por qué me había puesto de lado de la derecha. Este blog tiene como fin la construcción de una crítica libre, plural e independiente. Una crítica desideologizada que juzga la actualidad, sin el sesgo de la publicidad y los intereses partidistas que caracterizan al modelo mediático mediterráneo. Tras la moción de censura, el líder del morado anunció, a bombo y platillo, que antes de Navidad tendremos una nueva moción. Una hipotética moción construida con los votos a favor y las abstenciones de ésta. Para ello, Pablo Iglesias necesitaría para su investidura como candidato alternativo, los apoyos de Ciudadanos y PSOE; un escenario difícil ante las dificultades de entendimiento entre el naranja y el morado.

Hoy, queridísimos lectores, volvemos a la misma España ingobernable que presenciamos durante las dos últimas elecciones generales. Una España, como les digo, con serias dificultades para construir un pacto de gorbierno de tintes valencianos. Dificultades por la atracción fatal entre Podemos y Ciudadanos. Y, dificultades por las líneas rojas trazadas en torno al modelo de Estado. No olvidemos que el escollo del referéndum catalán, apoyado por Iglesias, encasquilló las negociaciones desde el minuto número uno de la contienda postelectoral. Así las cosas, la nueva moción de censura recuerda al estribillo rancio que acompañó durante un año al cadáver de la izquierda. Una izquierda hegemónica pero rota por la irrupción de fuerzas incipientes de corte populista, y por la escisión del partido socialista. En días como hoy continúo atornillado al pesimismo. Continúo viendo el vaso medio vacío porque estamos ante un corral con más "gallos" que "gallinas". No es normal que terceras fuerzas políticas abanderen censuras al gobierno, lideren la parrilla mediática y al mismo tiempo pidan su apoyo a sus principales enemigos.

El modelo de Estado – separatista para podemos y unionista para los socialistas – hace imposible la construcción de la utopía. No olvidemos que los nacionalistas han sido las muletas de gobiernos antagónicos a lo largo de la democracia. En días como hoy, con el hemiciclo vertebrado por el pluralismo moderado, las fuerzas nacionalistas han perdido su poder en la construcción de gobiernos. Por ello, dicen las malas lenguas, que tanto el PNV como el PDeCAT se han abstenido en la moción de censura. Lo han hecho, según Peter – el dueño de El Capri -, porque no se fían de las intenciones de Podemos. No se fían, estimados lectores, porque la organización morada, aunque aparente cohesión y unidad en su discurso, en el fondo está dividida entre quienes defienden un referéndum pactado y quienes lo proclaman unilateral. Aún así, la abstención de tales fuerzas también debe entenderse en clave local.

Por mucho que se empeñara Pablo Iglesias en tejer una nueva moción, Ciudadanos votaría, otra vez, muy probablemente en contra de Podemos. Votaría en contra porque su credo ideológico está en las antípodas del morado. La formación naranja no comulga, como saben, con el discurso podemita. Cabe recordar, para bien o para mal, que en las aguas de Rivera hay miles de votantes provenientes de UPyD, desengañados de Rajoy y ex votantes socialistas. Así las cosas, la nueva moción anunciada por Iglesias tendría todas las papeletas de quedarse en la cuneta. Las tendría, como les digo, porque sin el consentimiento de Ciudadanos es prácticamente imposible que Mariano desalojara La Moncloa. Por ello, lo más sensato sería esperar a las elecciones generales. Lo sería para evitar la frivolidad política de utilizar, otra vez, la moción de censura con fines partidistas. Un uso legítimo, faltaría más, para conseguir popularidad de cara a los próximos comicios; lo mismo que hizo Felipe González cuando perdió su moción contra Suárez.

Efectos de una moción fracasada

Como saben, hace un mes escribí "bobadas políticas", un artículo que criticaba la moción de censura presentada por Podemos. La criticaba porque nacía muerta desde el minuto número uno de su registro. Y, la criticaba, queridísimos lectores, porque su fin no era otro que recuperar la maltrecha popularidad de la organización morada. Hoy, tras visionar la escenificación de la misma, la figura de Pablo Iglesias me ha recordado a la de Rajoy hace seis años. Las palabras del líder de Podemos han retratado la misma España negra que le sirvió a don Mariano para conquistar La Moncloa; un país azotado por la crisis y las torpezas de Zapatero. Hoy, sin ir más lejos, hemos vuelto a los tiempos de don Quijote y Sancho Panza. Tiempos, como les digo, donde el vaso yace medio lleno o medio vacío, según sea el estado de ánimo del ojo que lo examina.

Desde la crítica, la moción de censura – aunque haya nacido muerta y por tanto fracasada – no ha sido tan mala como algunos la relatan. No lo ha sido, como les digo, porque la misma ha servido para sacar los trapos sucios que infectan las heridas del Parlamento. Heridas, como saben, causadas por la supuesta "trama" corrupta que azota al Partido Popular desde los tiempos de Rato y la burbuja inmobiliaria. Una trama que preocupa a la opinión pública y, que sitúa a la marca España a niveles similares de pseudodemocracias paralelas. La moción, sin embargo, ha reforzado la figura de Pablo Iglesias – el protagonista del debate – como líder de la izquierda. Una izquierda que, por cuestiones de protocolo, ha permanecido pasiva en los escaños del hemiciclo. Por primera vez, desde el fracaso del sorpasso, el líder de la coleta ha escenificado el “cara a cara” tan esperado contra el jefe del Ejecutivo; una estrategia perfecta para dejar por debajo al partido socialista, el más votado de la izquierda.

Gracias a la moción, lo que resta de semana y parte de la siguiente, Podemos – el fracasado de la misma – acaparará buena parte de la agenda setting. No olvidemos, estimados lectores, que la televisión y los partidos van cogidos de la mano. La visibilidad mediática de los segundones, les hace fuerte ante los dinosaurios de la democracia representativa. Ahora bien, el incremento de la popularidad del líder podemita contrasta con el fortalecimiento de la gran coalición a la alemana. Tras la moción fracasada, la "triple A", nombre acuñado por Iglesias, coge fuelle de cara al resto de legislatura. Coge fuelle, como les digo, porque la moraleja de la moción, no es otra que: el candidato propuesto no ha conseguido los apoyos suficientes para destruir el pacto de gobierno. Y no lo ha conseguido, a pesar del relato de una España negra, negrísima, azotada por sinfín de casos de casos de corrupción, crisis económica y desmantelamiento del Estado del Bienestar.

La moción de censura pasará a la historia por ser la tercera fracasada en lo que llevamos de democracia. Una noticia nada halagüeña para el currículum del líder podemita. Tras el fracaso de la misma, el señor Pablo Iglesias debería, por ética política, dimitir como líder de Podemos. Debería dimitir, como les digo, porque su proyecto político no ha servido para construir una alternativa. Sin la dimisión de Pablo – algo muy improbable – la moción de hoy se convierte en un pasatiempo barato de palabras malsonantes, reproches y descalificaciones. Una pérdida de tiempo – como dirían algunos – que mantiene activas las turbinas mediáticas, y que frustra a quienes confiaban en las palabras de su mesías. Por ello, queridísimos lectores, siempre he estado en contra de la moción. Lo he estado, con independencia de quien la hubiese presentado, porque el mal uso de la misma perjudica a nuestra marca en los ecos internacionales. No es estético, como diría el filósofo, que los instrumentos de control parlamentario se utilicen por capricho, a sabiendas de su fracaso.

De amnistía y dignidad

Un tipo que conocí en El Capri, me enseñó que para entender el mundo solamente hace falta sentido común. El sentido común sirve a los listos para sintetizar lo complejo y obtener soluciones. Los intelectuales, sin embargo, solemos buscarle – como dicen en mi pueblo – las tres patas al gato. Solemos, y la verdad sea dicha, analizar tantos detalles que al final nos paralizamos. Eso es precisamente lo que diferencia al listo del inteligente. Mientras el primero mira desde arriba – y conoce el todo del problema -, el segundo, por su parte, se pierde entre los árboles – luego solo ve la parte del problema -. Pues bien, en ocasiones hace falta subirse a lo alto del campanario para darnos cuenta que todo tiene solución salvo la muerte. Hoy tras leer, en un periódico del vertedero, que el Tribunal Constitucional ha anulado la amnistía fiscal, me ha venido a la mente las palabras de aquel tipo.

Una tarde de hace cinco años – allá por el 2012 -, cuando en este país solo se hablaba de Prima de Riesgo, déficit y rescate; al gobierno de turno – a Rajoy y su séquito – no se le ocurrió otra cosa que la amnistía fiscal. La amnistía, para que nos entendamos, consistía en aflorar las grandes fortunas que se escondían debajo de las alfombras. Blanquear el dinero a cambio de una tributación muy inferior a la del resto de los mortales – aquellos que hacen malabarismos para llegar a fin y que pagan religiosamente todos sus impuestos – . A esta ocurrencia de Montoro, se sumaron, como saben, Luis Bárcenas, Rodrigo Rato, Francisco Granados, los Pujol y Diego Torres, entre otros. Gracias a este blanqueo de dinero, el Gobierno hizo "sangre" y consiguió enderezar el carro moribundo de la economía. Consiguió que el rescate fuera agua pasada y que no se nos viera como la nueva Grecia de Europa. Ahora bien, todo esto  – vendido a la galería con una retórica fascinante -, no era otra cosa que una discriminación en toda regla, entre unos contribuyentes y otros.

Hoy, queridísimos lectores, el Tribunal Constitucional ha aplicado el sentido común; ha mirado desde arriba y ha dicho, en pocas palabras, que aquello que se hizo mediante decretazo fue un acto de discriminación. Ante tal argumento, el TC ha anulado la amnistía de Montoro. La ha anulado – ¡bravo!, parte alegre de la noticia – pero, sin embargo, lo ha hecho sin carácter retroactivo. Las regulaciones de Bárcenas y compañía "no son – en palabras del TC – susceptibles de ser revisadas como consecuencia de la nulidad"; luego una de cal y otra de arena. Esta sentencia, todo hay que decirlo, ha sido motivada por un recurso presentado por el PSOE, que denunciaba la vulneración del principio de igualdad constitucional. Tras conocer esta noticia, he escrito el siguiente tuit: ¿Y ahora qué? Y ahora qué va a suceder con los responsables políticos de aquella ocurrencia; cuyo fin, no era otro, que hacer la vista gorda ante el dinero procedente de lugares malolientes.

Desde la crítica, no nos cabe otra que exigir responsabilidades políticas, empezando por Montoro y acabando por Rajoy. No es ético, queridísimos señores, que estos señores sigan de rositas en sus sillones. No lo es, porque un gobernante se debe a la Constitución como principal rectora del ordenamiento jurídico. Las decisiones políticas que atentan contra el Estado de Derecho deben rendir cuentas ante el pueblo soberano. Por ello, por dignidad política – que en este país hay muy poca -, los elegidos deberían ser consecuentes con sus errores. Algo que muy, pero que muy probablemente, no sucederá. Se dejará, como ocurre de costumbre, que el titular escampe y "si te he visto, no me acuerdo". Gracias a aquel tipo del Capri aprendí que en la vida, tarde o temprano, el sentido común vence a las tergiversaciones de la razón. Hoy es cuando la expresión "Hacienda somos todos" vuelve a ser más creíble para los honestos: los tontos, los idiotas.

De marxismo y populismo

Ayer estuve en El Capri, tras una tarde corrigiendo los exámenes de final de curso, el cuerpo me pedía un café para afrontar el resto de la jornada. Allí, en la barra, estaba Jacinto, un maestro jubilado y ex concejal de Izquierda Unida. Marxista hasta a las cejas, dialogamos más de una hora sobre lo que se cuece en las calles del vertedero. Tras arreglar el país, como dicen en mi pueblo, la conversación derivó hacia un debate interesantísimo sobre el fin del marxismo como ideología. Según Jacinto, los populismos de izquierdas – como Podemos en España o el Movimiento Cinco Estrellas en Italia – suenan igual que los estribillos de los tiempos bolcheviques. Suenan igual, según él, porque ambas ideologías – marxismo y populismo – critican, del mismo modo, al establishment, la desigualdad y los fallos de la economía de mercado. Aunque las épocas sean distintas, la grandeza de Marx reside en lo atemporal de su obra: El Capital.

Aunque no sea un gran admirador de Giovanni Sartori – fallecido hace dos meses -, comparto con él sus argumentos acerca del fin del marxismo como ideología. Las experiencias de la URSS y la República de Cuba ponen en evidencia las debilidades del andamiaje. Hoy en día en la Rusia de Putin, los marxistas de pedigrí son un "Rara Avis" que vuela por las ruinas del estalinismo. Los populismos, a diferencia del marxismo, no son antisistema. Critican, eso sí, los mismos objetos pero discrepan en los medios y en los fines. Mientras que los comunistas defendían una revolución desde abajo, los populistas – como Podemos – pretenden cambios radicales desde dentro del sistema. Cambios basados en "más Estado y menos mercado", pero nunca la instauración de un régimen comunista de brotes cubanos. El populismo de izquierdas defiende – y en eso se parece al marxismo – a la masa. Una masa, como saben, ninguneada por las élites y desfavorecida por el capitalismo. Equilibrar la balanza sería una buena intención sino fuera una utopía.

Los populismos, le dije a Jacinto, son magníficos para conquistar el poder. Saben, verdad de las grandes, tocar las teclas adecuadas para enamorar a las fieras y evitar sus mordeduras; las mismas que tocó Hamelín para salvar al pueblo de sus ratas. La alusión a enemigos y amenazas (la casta, los corruptos, los banqueros, el imperialismo yanqui, los hombres de negro…), las promesas fantasiosas (la renta vitalicia para todo hijo de vecino, el aumento del gasto público de manera exacerbada, el adelanto de la edad de jubilación…), la utilización de la televisión (propaganda política, programas de debate…) y el manejo de las emociones son, entre otras, las tácticas que utilizan los populistas para alcanzar su cometido. Una vez en el poder, los "cadáveres de su verdad" flotan en sus mares. Es cuando, el cruce entre la retórica electoral y la contabilidad nacional pone en evidencia la dificultad de gobernar. Por ello, queridísimos lectores, una cosa es la conquista de amor y otra, muy distinta, la convivencia del día a día, tras el descenso de la emoción.

A pesar de todo lo argumentado, es muy probable que algún día no muy lejano, Podemos conquiste el poder. Es muy probable, como les digo, porque a lo largo de la historia los populismos, tarde o temprano, siempre han vencido. Vencieron el siglo XX en Europa, en América Latina y ahora, en pleno siglo XXI, en Grecia y en Estados Unidos. Aunque no queramos, a nadie le amarga un dulce, y al final – como dicen por ahí – las brevas maduras terminan cayendo. La Moción de Censura, propuesta por Podemos, será, sin duda alguna, un pasito más para conseguir el sorpasso en las próximas elecciones. Una vez más, Pablo y los suyos escenificarán su lucha contra el enemigo – la corrupción, las élites, la casta…-, un discurso que gusta a la masa y que divide a los civiles entre buenos y malos. Dicho discurso, con el último barómetro del CIS como telón de fondo, terminará surtiendo efecto para sorpresa de muchos. Por ello, no me extrañaría nada que con los años: Ciudadanos fuera absorbido por el Pepé, e Izquierda Unida y los partidos nacionalistas por Podemos. Pedro Sánchez, por su parte, se siente "muy próximo a los votantes de Podemos" y ello, estimados lectores, es arriesgado. Lo es porque sería caer en la trampa del populismo.

Sobre crítica y periodismo

Hace dos semanas recibí un correo de Antoine, un viejo conocido de las tierras vecinas. Periodista de formación, se gana la vida como profesor de lengua en un instituto francés. Por casualidades de la vida, desde hace cuatro años sigue mi blog. Lo sigue, según me contó, porque es una manera de asomarse a los problemas de este país. En su correo, Antoine me sugería que me pusiera en contacto con Eloïse, una periodista independiente especializada en opinión. Al parecer, Eloïse está haciendo un doctorado sobre crítica y periodismo. Su investigación versa sobre las líneas que separan al periodista del intelectual actual; los objetivos de sendas disciplinas y los mecanismos para vehicular una crítica plural, libre e independiente para Francia. Entre las motivaciones de su trabajo se hallan, entre otras, los atentados de Charlie Hebdo, la omnipresencia del "Homo Videns" – nombre acuñado por Giovanni Sartori para criticar los efectos de la televisión sobre la opinión pública -, y la ideologización de algunos medios.

La crítica para que sea seria – y por tanto constructiva – necesita ofrecer alternativas ante el hecho denunciado. Esta variable es la que convierte a la misma en un medio para cambiar algo. Sin la alternativa, sin el planteamiento de soluciones al problema denunciado, el crítico se convierte en un contador de batallas. Un contador de historias, como les digo, sin rumbo ni beneficio por los efectos dañinos de la Revolución Digital. Así las cosas, el periodismo tiene los días contados en las democracias avanzadas. Los tiene, queridísimos lectores, porque la "cosa vista" – como diría Sartori – ha eclipsado a la "cosa leída". Cada día, la gente consume más imágenes – más televisión, más YouTube… – y menos periódicos. La sociedad de las prisas y de la inmediatez ha hecho que el dinamismo de las imágines venza al estatismo de las letras. Este consumo de televisión en detrimento de los periódicos está produciendo una desintelectualización de las masas. No olvidemos que la información escrita siempre ha sido, y será, más profunda que las noticias visionadas.

Llegados a este punto, la crítica es la única que puede ganar la batalla a la "cosa vista". Mientras la prensa se ha convertido en la tortuga que nunca alcanzará al galgo (la televisión); la crítica, sin embargo, es capaz de ofrecer algo distinto a los miles de titulares repetidos que cada día inundan nuestras ventanas. Por ello, le dije a Eloïse, los críticos tenemos la llave para enderezar el rebaño y sacarlo de su ceguera. Es necesario que la gente consuma la crítica plural, libre e independiente. Es necesario, como les digo, para que el pueblo salga de la alienación que le provoca una prensa dirigida por intereses políticos y económicos. La crítica no puede ir de la mano de los medios de comunicación. No puede porque sino caería en los dogmas y "censuras" de las líneas editoriales. Para romper esa lanza contra la prensa aburrida y predecible, es necesario que haya más blogs de crítica independiente en todas sus dimensiones.

La crítica ha de ir más allá de las seis "W" del periodismo (más allá del: qué, cómo, quién, cuándo, dónde, por qué o para qué). Aparte de tales interrogantes – los hechos -, la crítica debe ofrecer – como dije más arriba – alternativas. Así las cosas, la crítica a las élites – por poner un ejemplo – debería ofrecer alternativas para que el lector decidiera entre el antes y el después. Una alternativa al antielitismo podría ser – aunque no me guste nada y firmaría para evitarlo – el populismo. A partir de ahí es cuando la crítica comienza su andadura por la senda de la duda. Una duda necesaria para visualizar el horizonte sin el sesgo de los espejismos. La pobreza – por poner otro ejemplo – como problema mundial ha sido difundida, por activa y por pasiva, por los medios de comunicación. Un tema recurrente, que remueve las conciencias de la gente y que, sin embargo, nadie le pone solución. Para ello, para establecer soluciones – al-ter-na-ti-vas – e ir más allá de la impotencia del televidente, está la función de la crítica. Si no lo hacemos, si cada día consumimos más televisión y leemos "periódicos politizados" caeremos, tarde o temprano, en el inmovilismo que caracteriza a los regímenes autoritarios.

De Moix, Rajoy, Echenique y otros chismes

Ayer, tras conocer la dimisión de Manuel Moix como fiscal jefe anticorrupción, escribí el siguiente tuit: "Es lamentable que la vinculación Moix-Panamá haya sido descubierta por un periodista. ¿Dónde están los mecanismos internos de los partidos?". El tuit, al parecer, no sentó muy bien a la clase periodística. No cayó muy bien, como les digo, porque entendieron que mis palabras "ninguneaban" la labor de Manuel Rico, el periodista que destapó el pastel. Lejos de mis pretensiones, el tuit fue una reflexión en voz alta acerca de la "incompetencia" del Gobierno para detectar "ciertas anomalías", en los altos cargos del Estado. Dicha incompetencia siembra de dudas los prados de la opinión pública. Los siembra, queridísimos lectores, porque a día de hoy nadie sabe a ciencia cierta; si el caso Moix es un caso aislado o la punta del iceberg.

Aunque el caso Moix no sea calificado como "corrupción", lo cierto y verdad, es que Panamá no goza de buena reputación en nuestra orilla. No olvidemos que José Manuel Soria ya estuvo señalado por los famosos "papeles de Panamá". Una vez más, España vuelve a ser noticia en el espejo internacional por las prácticas malsonantes de sus élites. La dimisión de Manuel "llega mal y tarde", tal y como ha dicho Pedro Sánchez. Aunque nunca es tarde si la dicha es buena, Moix ya es historia en la fiscalía anticorrupción de este país. Ahora bien, su dimisión no ha sido por imputación judicial, sino por una cuestión de presiones políticas y estética mediática. Dicho esto, su dimisión debería ser un referente para aquellos cargos públicos, que cada día deterioran – por su praxis – el debilitado tejido institucional. La riqueza y la ostentación de algunas élites no caen bien a millones de ciudadanos. Ciudadanos que cada día hacen – hacemos – malabarismos para llegar a fin de mes.

Por estética y por la imagen exterior de España, Rajoy debería dimitir. Debería dimitir – y digo bien – porque su citación como testigo en el caso Gürtel deja a la altura del betún el caso Moix. Resulta vergonzoso, por no decir preocupante, que el representante electo de todos los españoles declare por el pasado turbio de su partido. Como saben, Rajoy será el primer presidente, de nuestra democracia, que declarará como testigo ante la mirada crítica de cientos de periodistas; un titular tóxico que alimentará – una vez más – la fórmula: "España igual a corrupta". Aparte de estos "chismes" – palabra utilizada por Rajoy para referirse al caso Moix -, Pablo Echenique también debería dimitir. Como saben, el líder de Podemos ha sido reprobado por el Pleno municipal de Zaragoza, su ciudad. Ha sido reprobado, como les digo, por un supuesto caso de fraude a la Seguridad Social. Al perecer, dicen las malas lenguas, su asistente doméstico carecía de contrato. Un gesto feo y malsonante, que todavía duele más por tratarse de un represente de Podemos; el buque insignia en la defensa de los derechos de los trabajadores.

Así las cosas, tanto Rajoy como Echenique deberían seguir el ejemplo de Moix. Aparte del cumplimiento con las leyes, los políticos deberían rendir cuentas por todos sus actos de interés público. No basta con derivar los casos a los tribunales y "escurrir el bulto", como dirían en mi pueblo, sino que deberían rendir cuentas al pueblo por sus desviaciones morales. Desviaciones, como les digo, que sin incurrir en infracciones legales, tiran por la borda a la maltrecha clase política. Por ello, la dimisión de Moix – como consecuencia del titular periodístico y la presión de su partido – pone en duda la función y "honorabilidad" del famoso portal de la transparencia. La autenticidad de un político se debería medir por la representación impoluta de la "ejemplaridad". Una "ejemplaridad" necesaria para depurar las aguas sucias, que corren por algunas alcantarillas de renombre. El paraíso político está muy lejos de las penurias terrenales. Está tan lejos, queridísimos lectores, que quienes viven allí sueñan con la inmortalidad de su cargo.

La filosofía adjetiva

Ayer, terminé de leer: "50 palos… y sigo soñando", de Pau Donés. Aunque la lectura no me haya aportado nada del otro mundo, lo cierto y verdad, es que ha reforzado mis creencias y principios. Como saben, mi actitud ante la vida es una posición de infelicidad y rebeldía ante la nada. El libro invita al lector a reflexionar sobre los fracasos del amor, los altibajos laborales y las hostias de la vida. Bajo un manto de pesimismo y angustia existencial hay, a lo largo de la obra, un haz de esperanza que realimenta la estima de lectores malheridos. Tras finalizar la lectura, decidí dar una vuelta por las calles del vertedero. Aparte de la corrupción, de la victoria de Pedro Sánchez y de la foto de Trump con el Papa, me encontré con el viejo estribillo de la Lomce. Al parecer, el Gobierno quiere volver a restaurar las horas de filosofía en los currículos de secundaria y bachillerato. Como saben, Wert y el rodillo azul de los suyos, tejieron una ley educativa que privilegiaba a los curas y ninguneaba a los filósofos.

Si quieren que les sea sincero, pienso que la filosofía, tal y como está enfocada en las enseñanzas medias, está desperdiciada. Tenemos el martillo y el cincel para realizar la escultura pero, sin embargo, no sabemos cómo utilizarlos. Dicho así, valga la metáfora, la enseñanza cronológica de autores – la historia de la filosofía – no desarrolla, por sí misma, el juicio crítico en los alumnos. Saber mucho de Platón no es el antídoto contra la ceguera. No lo es, estimados lectores, porque el sistema que nos envuelve es el contraejemplo de los postulados ideales de la filosofía. La corrupción que infecta las instituciones es justo lo contrario a la ética kantiana. El marxismo ha quedado reducido a los partidos antisistema. Y, por citar otra obviedad, el ateísmo no ha vencido a la religiosidad, a pesar de los avances científicos. La filosofía como asignatura pura – independiente de las otras – no sirve para despertar el ser reflexivo, que nuestros hijos llevan dentro.

La filosofía debería convertirse en adjetiva para cumplir su cometido. La filosofía como disciplina autónoma no tiene sentido en un sistema del conocimiento, donde ha perdido gran parte de su objeto de estudio. Hemos pasado de una filosofía totalizadora – germen de todas las disciplinas – a una filosofía – y perdonen por la redundancia – desprovista de saberes. Por ello, los alumnos se preguntan a menudo: "¿para qué, demonios, sirve la asignatura?". Se lo preguntan, porque no encuentran en el horizonte cercano una aplicación práctica en perspectiva comparada con el resto de materias. Por ello, sería conveniente que la reforma educativa fuera algo más que una política de parcheo. Sería conveniente que la filosofía fuera un suplemento académico de todas las asignaturas. Una filosofía adjetiva que hiciera reflexionar a los alumnos sobre sus diferentes cometidos. Así las cosas, nos encontraríamos con una filosofía de la biología, de las matemáticas, del lenguaje y de la educación física, entre otras.

La filosofía adjetiva se convertiría en una herramienta más útil que la "historia de la filosofía". Gracias a esta propuesta de "reflexión interdisciplinar", el alumno sería algo más que un espectador pasivo de los argumentos de autoridad, de los libros y "sermones" de algunos profesores. El alumno sería capaz de repensar la biología, con los mimbres de la bioética; la tecnología, con los del ecologismo; y la literatura, con las herramientas de la estética. Dicha materia – la filosofía adjetiva – se implantaría por filósofos de manera coordinada con el resto de compañeros. Así las cosas, si no hacemos nada para reinventar la función pedagógica de una disciplina moribunda – como es la filosofía -, no conseguiremos despertar la chispa motivadora hacia la misma. Una chispa, como les digo, necesaria para que exista un aprendizaje pragmático y entusiasta . Solamente así, con alumnos predispuestos a la reflexión sobre sus materias preferentes, conseguiríamos que la filosofía ostentara el lugar que se merece.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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