De pactos y sillones

Ayer, escribía en Facebook un "plis plas" acerca del sino de Sánchez. Decía que Pedro no debería ceder a las peticiones de Podemos. Y no debería por varias razones. La primera de ellas porque Pablo Iglesias siempre quiso ser el líder de la izquierda. Lo quiso cuando su partido hizo el agosto a costa del 15-M y de las cenizas de Zapatero. Y lo quiso, y valga la redundancia, cuando en tiempos marianistas luchó, hasta la médula, por el sorpasso al partido socialista. La condición de un sillón – la cartera de Asuntos Sociales – podría entenderse como un atentado contra la separación de poderes. No olvidemos, queridísimos lectores, que las reglas de juego son distintas para la constitución de sendos organismos. Mientras el Congreso se rige por la aritmética parlamentaria, el Gobierno se nutre de la confianza. Es el Presidente, electo en el hemiciclo, quien debe elegir quienes forman parte de su séquito. Luego no procede que se soliciten prendas para juegos diferentes.

Si Pablo Iglesias tomara posesión de una cartera social. Esta cartera sería un suicidio para Sánchez. Y lo sería porque su proyecto político quedaría huérfano de discurso. El giro a la izquierda, logrado por Pedro en este último año, tiraría por la borda la resurrección de Zapatero. Por ello, Podemos – que de tontos no tienen un pelo – piden Asuntos Sociales, una cartera residual – según ellos – para entrar como troyanos en los intramuros de Moncloa. Por estas razones, por el miedo a que el supuesto "ministro Pablo Iglesias" barra para los suyos, Sánchez no tiene claro si morder en el anzuelo. Si Pedro no pasara por el aro, si no cediera a la condición de Podemos, el encaje de bolillos no sería tan fácil como parecía. Y no lo sería porque las derechas – Casado y Rivera – han cerrado el grifo, a cal y canto, a una posible abstención para que arranque la legislatura. Ante este panorama, Sánchez lo tiene crudo para sacar cuerpo en el Congreso. Y lo tiene difícil, maldita sea, porque cualquier pacto posible se atisba como enemigo.

Ante este panorama – de cerrojos y líneas rojas – quien pierde es la democracia. Pierde la soberanía popular y gana la desafección por la política. Una vez más, el mantra del "volver a votar" vuela nuestro cielo. Y vuela porque nuestros políticos han demostrado que sus luces no alumbran más allá de los intereses de partido. Por ello se ha creado una amalgama de términos insultantes – golpistas, fascistas, franquistas, bolivarianos, populistas y etarras, entre otros – para torpedear la senda del pluralismo y reinstaurar el bipartidismo. Si nuestros elegidos tuvieran altitud de miras y sentido de Estado, arrimarían el hombro para que Sánchez – el más votado – fuera investido como nuevo Presidente. Algo difícil, por desgracia, porque en este país se ha instaurado la inestabilidad como bandera. Una inestabilidad como síntoma de nuestra inferioridad para el diálogo, de nuestros prejuicios ideológicos, de los rencores del pasado y, lo más importante de todo, del hambre de sillones. Son tantas piezas defectuosas, tantos cantos y aristas rotas, que por mucho que hagamos y deshagamos el puzzle, nunca lo acabaremos.

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