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La vieja escuela

Desde hace siete años, Gregorio trabaja como contable en la asesoría de Andrés. La asesoría está ubicada en un barrio humilde de Madrid. Sus puertas de madera y el felpudo de la entrada recuerdan a las barberías de los tiempos "galdosianos". Ana es compañera de Gregorio; ronda los cuarenta. Comenzó a trabajar en la asesoría recién salida de FP y, desde entonces, no ha conocido más mundo que las cuatro paredes de Andrés. A lado de su ordenador – la tortuga, como así le llama – está la foto de Inés, su hija. Para Ana, Andrés ha sido – y es – algo más que su jefe. A él, le debe todo lo que tiene: el piso de protección oficial, el Chevrolet del noventa y uno, y hasta ¡los pañales de Inés! Andrés está "chapado a la antigua". Es – como dice Gregorio – un patrón de "la vieja escuela". Le gusta que le traten de usted y, si no es mucho pedir, hasta que le besen los pies. Gregorio le llama a sus espaldas "Mauricio Colmenero", no por su parecido físico con el actor, sino por cómo trata a sus "obreros". Para Andrés sus empleados son "obreros", o mejor dicho, "muertos de hambre" que no serían nadie sino fuera por él. 

Gregorio y Ana se parecen físicamente. Ambos llevan gafas, son pálidos y poco habladores. Mientras Ana se encarga de los temas contables, Gregorio se dedica a lo laboral. A las ocho y media comienzan su jornada. Ana es la primera en llegar. Sube las persianas, enciende las "tortugas" y barre la oficina. Hace un año que Juana – la mujer de la limpieza -dejó de ir por allí. Andrés no le pagó los últimos tres meses, y no les quedó otra – a Ana y Gregorio – que barrer todos los días la oficina si no quieren – como dice Ana – que "nos coma la mierda". Andrés dice que cuando gobernaba Aznar vivíamos mejor: "Gracias al Pepé hoy tengo riñones para mantener a mis obreros; pagar los impuestos y los caprichos de mi señora".  Los sueldos de Ana y Gregorio no son para tirar cohetes. Ana es la que más cobra. Empezó con un contrato en prácticas; después continuó con otro temporal y, por fin, ahora es "fija"; fija, cierto, pero a tiempo parcial. Está, como dice ella, a "años luz" lo que pone en el papel con las horas que trabaja. Su salario neto son mil euros redondos. Mil euros, de los cuales: cuatrocientos cincuenta son para pagar la hipoteca; tres cientos para vestido y comida; cien para gastos de agua y luz;  treinta para el móvil; setenta para gasolina, y cien para imprevistos.

Andrés se aprovecha de los miedos de sus "obreros". Sabe que Ana y Gregorio tienen bocas que alimentar; sabe que como están las cosas en la calle, les costaría muchísimo encontrar otro trabajo; y sabe que les puede "exprimir", porque ni siquiera van a protestar. Son, como diría mi cuñado, mano de obra barata y carne de explotación. "A estos jefecillos sacados del Cuéntame, se les llena la boca cuando hablan de la crisis. Se les llena la boca, cierto, cuando son ellos, ellos los que se están aprovechando de la sangre del trabajo. ¿Dónde está la unión de las hormigas para derrotar a la gigante cucaracha? En la basura", cuánta razón llevas "cuñao". Hoy, a diferencia de ayer, el capitalismo ha destruido la conciencia cívica de antaño. ¿Apoyaría Gregorio a Ana si ésta decidiese no barrer, ni un solo día más, la oficina? Probablemente no. En este "puto" país – en palabras de mi cuñado – nos gusta mucho hablar en las barras de los bares pero, queridísimos amigos, cuando decimos al otro: "vamos allá", estamos – como dicen en mi pueblo – "más solos que la una". En tiempos de crisis – suele decir Ana – no nos queda otra que "tragar, tragar y apechugar".

Gregorio trabaja nueve y hasta diez horas diarias. El otro día cumplió los cuarenta y tres; cobra novecientos ochenta euros al mes. Su mujer trabaja media jornada en Carrefour como cajera. Entre los dos alcanzan los mil seiscientos euros. No está nada mal, le decía el otro día Gregorio a Ana, si no fuera porque tenemos que pagar la hipoteca y el coche de María. Tienen lo justo para vivir, pero como le dice María – su mujer-: "no nos podemos quejar porque siempre hay alguien que está peor que nosotros. Al menos tenemos trabajo y, hoy en día, a más de un uno le gustaría llorar con nuestros ojos".

Hoy ha bajado el paro, cierto, pero como decía esta mañana un señor del sindicato: "a este ritmo pasarán 20 años para volver al nivel anterior a la crisis". El dato es positivo, según como lo miremos. Si nos fijamos en el número es una buena noticia pero, queridos amigos, si lo rascamos un poquito nos daremos cuenta que no todo es oro en los manjares del día. Más empleo, sí, pero de la "vieja escuela", o dicho en otras palabras, más contratos basura, precarios, o como ustedes lo quieran llamar. También se crea mucho empleo en China – decía esta mañana el panadero – pero a costa de qué. A costa de la vulneración de los derechos de los trabajadores. Los mismos que vulneran Andrés y miles de "negreros" como él. Los vulneran, les decía, para que otros – Montoro y compañía – nos digan que estamos saliendo de la crisis; que lo peor ya pasó y que pronto, muy pronto, volveremos al ¡España va bien! de los tiempos aznarianos.

Amores tóxicos

Todos los domingos, Alejandro acude al cementerio a cambiar las flores de su esposa. Su mujer – Antonia – falleció hace cuatro meses tras una larga lucha contra el cáncer. Aún recuerda el olor a silencio que desprendían las salas de espera al acecho del "veneno". El "bicho" – como así llamaba Antonia al secuestrador de su vida – había elegido su cuerpo para hacerle daño a ella y a los suyos. ¿Por qué he sido yo la elegida?, ¿por qué mi castigo no puede pagarse con dinero?, ¿qué le he hecho a mis "malditas" células para que decidan atacarme?, se preguntaba Antonia, una y otra vez, en las noches de enero. En la enfermedad – decía la hermana de Alejandro – no hay distinciones entre nobles y plebeyos. En el dolor, no existen jerarquías, ni poderes, ni tan siquiera nadie que pueda enfermar por nosotros. Tampoco existen relojes que paren sus agujas para frenar la agonía. Solamente – querido hermano – durante la enfermedad estamos desnudos, los unos a los otros. Estamos unidos: sin ningún bien material que nos aleje y sin ninguna varita mágica que nos sane. El amor es la única inyección que sirve a los pacientes para aliviar su tristeza ante la impotencia que supone la soledad de su cárcel. Sin amor – concluía la cuñada – hasta los perros de Ernesto morirían a las puertas de Mercadona.

Artículo completo en Levante-EMV

Las lecciones de Suárez

En el verano del 2012 escribí un post en el Rincón. Se titulaba: "Hombres de Estado". En él reflexionaba sobre las diferencias que existen entre: "los hombres de Estado" y "los hombres de gobierno". Los primeros son reconocidos por la historia por su forma de hacer política. Una forma basada en el establecimiento de alianzas y consensos entre partidos de distinto signo como medicamento necesario para conservar la salud democrática. Los segundos – los hombres de gobierno – pasan a la historia por la parcialidad de sus políticas. Políticas basadas en la satisfacción de los intereses del partido por encima del interés general. Mientras los países dirigidos por “hombres de Estado" desembocan en más igualdad social y menos asperezas ideológicas, los Estados pilotados por “hombres de gobierno" provocan desigualdad y grietas ideológicas. A lo largo de nuestra democracia ha habido tanto estadistas como políticos. Sin ir más lejos, Rajoy glosa el paradigma de "hombre de gobierno". Desde que llegó a la Moncloa con el respaldo de la mayoría absoluta, la escoba de su partido ha barrido para los suyos sin acordarse de las migajas del lazarillo. Ha ayudado a los bancos a cuadrar sus endémicos balances; ha tejido una Ley del Aborto con las agujas de los obispos; ha diseñado una Ley de Educación al servicio de los pudientes; ha confeccionado una Reforma Laboral con las telas de la patronal; ha empobrecido a los pensionistas con el copago y otras tropelías; ha congelado el Salario Mínimo Interprofesional; ha roto la paridad del gobierno, tan defendida por Zapatero; ha recortado la prestación por desempleo. En fin, Rajoy ha desmantelado el Estado del Bienestar; ha gobernado – y gobierna – para los suyos y se ha olvidado de los pactos y las alianzas que tan bien definen a los "hombres de Estado".

A pesar de que ayer falleció Adolfo Suárez – vaya por delante mi pésame a sus familiares y allegados -, el "suarismo" murió hace más de treinta años. Digo que el "suarismo" se marchitó hace más de tres décadas – y digo bien – porque desde los tiempos adolfinos en este país han sobrado "presidentes de Gobierno" y han faltado "hombres de Estado". Adolfo – a diferencia de Rajoy – glosa para la historia el paradigma de un estadista. El elegido de Juan Carlos edificó una democracia basada en el diálogo y el consenso. Los cuarenta años de dictadura sirvieron al hijo de Hipólito para saber lo que "no era bueno" para España. Él – Adolfo – fue el artífice de nuestro marco constitucional. Gracias a él, hoy podemos hablar sin el miedo a ser escuchados por tricornios de Francisco. Gracias a él, hoy podemos votar y elegir al gobierno que queremos. Gracias a él, hoy podemos criticar sin ser censurados. Gracias a él, hoy tenemos un Estado Democrático, Social y de Derecho. Un Estado que Adolfo construyó con los cinceles de la negociación. Una negociación por encima de las ideologías en unos tiempos marcados por el fervor de los partidos y la radicalización de los discursos.  El "anticomunista inteligente" como así lo llamaba Carrillo, por su capacidad para encontrar entendimientos entre las orillas alejadas, cambió los valores dictatoriales basados en la intolerancia y la censura por los mimbres democráticos. Mimbres basados en la participación y el efecto de las sinergias. El "suarismo" cultivó con las semillas del diálogo los frutos de los Pactos de la Moncloa y la Constitución negociada. El "suarismo" ejerció una clase magistral sobre el arte de gobernar. Una clase magistral – les decía – que treinta y tantos años después ha sido difuminada y olvidada por los "hombres de gobierno".

En días como hoy, los tiempos marianistas están a años luz de los tiempos adolfinos. La Reforma Laboral, elaborada por Fátima, se cocinó – valga la metáfora – sin contar con las recomendaciones de los chefs sindicales. La Reforma Educativa, o dicho de otro modo, la Ley Wert se aprobó sin tomar en consideración las voces críticas de la bancada progresista y las mareas ciudadanas. Los recortes en la Administración Pública se realizaron – y se realizan- por el ordeno y mando de las "élites tóxicas" que nos gobiernan, sin tener en cuenta el daño causado – y que causan – a los más necesitados. Si se dan cuenta, queridísimos lectores – “el ejercicio del poder" ha olvidado que estamos en democracia. Los "hombres de gobierno" han olvidado que su mayoría absoluta es compatible con la "opción negociada” para resolver los principales problemas de nuestro Estado. Tanto es así, que a pocos meses vista para las elecciones europeas, el Partido Popular sigue sin poner la cabeza al cartel que lo representa.  Es, precisamente, esa dejadez y forma de hacer política, la que invita a los encuestados a "poner a parir" a la "casta" que los representa. Esta forma de hacer política – les decía – ha suscitado una polarización del discurso político entre quienes ostentan el poder de la tribuna y los que están – estamos – en el patio de butacas. Este enfrentamiento social entre políticos y ciudadanos es la manifestación, o el síntoma, de una democracia enferma. Una democracia basada en un uso abusivo del poder, orientado al clientelismo de partido y muy alejado de los tiempos adolfinos. La muerte de Adolfo debe servir para recuperar su memoria y devolver a la palestra algunas de sus clases magistrales.

Tratándose de España, un país donde todo se politiza, la muerte de Adolfo servirá a muchos partidos para levantar de su letargo a miles de nostálgicos y hambrientos de "suarismo". Tanto es así que el otro día, en un mitin "precampaña" del PP se aludió a la figura de Suárez para "sacar tajada" de la actualidad del personaje. Tanto al pepé como al partido de Rubalcaba les interesa resucitar los valores democráticos construidos por Adolfo. Les interesa – les decía – porque aprovechar las "sensibilidades del pasado" es un mecanismo efectivo para crear en los ciudadanos nuevas identidades de partido. Ahora bien, queridos amigos y amigos, no se equivoquen: ni los tiempos son los mismos, ni los personajes tampoco. Mientras que en los tiempos actuales reina el escepticismo y el hastío por la "clase política", a finales de los setenta existían uno deseos enormes por recuperar los derechos de participación de los tiempos republicanos. Eran, como diría mi abuelo, "otros tiempos". Hoy, treinta y tantos años de la muerte del "suarismo" es el momento de que aprendamos las lecciones de Suárez. Aprendamos, por favor, de un "hombre de Estado". Un hombre que dimitió cuando la democracia perdió su diálogo.

Sobre política y literatura

Como sabéis no vivo de la escritura. Me gustaría, cierto, pero en este país es muy complicado abrirse camino en el mundo de la cultura. Es muy complicado, les decía, porque en época de vacas flacas, las editoriales se lo piensan "dos veces" antes de apostar por los noveles. Prefieren, la verdad sea dicha, un escritor de renombre que cien anónimos con el talento de Cervantes. Lo prefieren porque, los libros que se venden en España son las cuatro novelas de Reverte y las novedades de Allende. Son, precisamente, ellos – "los grandes de la cultura" – quienes se pueden permitir el lujo de vivir de la escritura. Los demás, los escritores de segunda, tienen – tenemos- que hacer malabarismo para demostrar lo que valemos. Un caso ejemplar de lucha contra la adversidad lo tenemos en Eloy Moreno. Este joven informático consiguió vender más de tres mil ejemplares de su primera novela: el bolígrafo de gel verde. Los consiguió vender gracias a su pasión y tesón en la autopromoción de su obra. Tras este logro personal, la editorial Espasa apostó por él. Hoy, su obra ha sido traducida a varios idiomas y cuenta con más de 10.000 ejemplares vendidos. ¿Qué habría sido de Eloy Moreno si no hubiese tenido la constancia y energía para demostrar su talento? Nada, sería un fracasado más de tantos y tantos escritores que deambulan por los rincones de las librerías. A pesar de todas esas ventas, ¡10.000 ejemplares!, Eloy tampoco vive de la escritura. 

Hace años recibí un correo electrónico de un lector. Un correo que todavía conservo en las vitrinas de mi memoria. Decía este lector de las tierras extremeñas, en referencia a mi forma de escribir, que: "o cambiaba el estilo de escribir o mi blog, El Rincón de la Crítica, no pasaría del primer año de vida". Entre sus razones destacaba que muchos artistas, a lo largo de la historia, han fracaso o incluso se han suicidado, no porque fuesen malos en el arte de su oficio, sino porque eran incomprendidos por los coetáneos de su tiempo. A renglón seguido, decía este crítico de mi blog, que en España lo que vendía era una literatura al estilo de Reverte. Una literatura, decía, que utilizase el lenguaje de la calle. Un lenguaje llano como el que habla el señor de la taberna o el cuñado de Manolo. Solamente, quienes escriben con "rock and roll" triunfan en "la cultura de lo inútil". Apostar por la "no ficción" – decía este señor – era tiempo perdido, sobre todo en un país donde los lectores de ensayo son una clara minoría y los intelectuales son vistos como bichos incómodos en las junglas del sistema.

Al leer el correo de mi lector recordé un fragmento que leí en el libro de Garzón. En el capítulo I de "El hombre que veía amanecer", Baltasar cuenta a Pilar Urbano su paso por la política. En un pasaje, el exjuez reflexiona sobre la hipocresía de los políticos y las miserias que esconden en el seno de los partidos. Decía Baltasar que durante su campaña electoral: "vi y oí a políticos que a sí mismo se tomaban muy en serio pero se reían de la gente, menospreciaban a los que asistían a los mítines". Tanto es así, decía Garzón, que un compañero de partido, a las puertas de un mitin, le adiestró en el arte mitinero. Este fue su consejo: "Ésos – en referencia a los militantes y simpatizantes – no tienen ni zorra idea de lo que es la separación de poderes, Baltasar, no le metas ese rollo. Tú pega cuatro gritos contra Aznar y verás como les va la marcha. Tú diles que Felipe es cojonudo y notarás cómo se calientan. Tu suelta una burrada bien gorda y oirás la ovación que te llevas". Concluye Garzón con la siguiente reflexión: "En los mítines se iba a tocar la víscera. ¿Mensaje inteligente?, ¡cero! Demagogia, discurso fácil, manipulación de las masas. El ciudadano tratado como un imbécil".

Tanto los consejos que le dio el "político" a Garzón, como las recomendaciones de mi lector, invitan a la crítica a reflexionar sobre la cultura que creamos. El mensaje positivo de todo este desaguisado es que sabemos, o al menos somos conscientes, de lo que gusta y no gusta a la gente. Si lo que deseamos es que nos lean y ser escritores de "renombre" es conveniente que colguemos los "intelectualismos" y nos convirtamos en “animales mitineros". Si, por el contrario, lo que buscamos es ser escritores libres, plurales e independientes, entonces, amigos míos, pagaremos el precio de ser "bichos raros" e "idiotas incomprendidos". De las dos opciones: "animales mitineros" o "idiotas incomprendidos", siempre tuve claro cuál era mi camino. Desde que comencé con el blog opté por el segundo. Decidí no convertirme en un escritor populista al estilo de Revilla. Decidí escribir, únicamente, como mecanismo de protesta contra todo aquello que me molestaba -y molesta-. El crítico, como ustedes saben bien, es silenciado por los tentáculos del sistema. Tanto es así, que a día de hoy, recibo insultos a diario de lectores y lectoras intolerantes con los renglones de mis escritos. Lectores, les decía, que se sienten defraudados porque no escribo lo que quieren leer. Lectores que aún no se han dado cuenta que si escribiera para ellos, me convertiría en un rehén de sus pensamientos.

Ovejas negras

En la mayoría de los partidos políticos siempre han existido, y existen, voces discordantes con el discurso de sus siglas. Son, como diría aquél, versos, huérfanos de rima, en búsqueda de una estrofa que les devuelva su melodía. El otro día, sin ir más lejos, Risto Mejide – exjurado de los "triunfitos"- entrevistó en los cojines de su Chester a Cristina Cifuentes – Delegada del Gobierno del PP en Madrid y personaje de actualidad, por el grave accidente de moto sufrido el pasado agosto -.  Decía esta "oveja negra" del rebaño pepero que se consideraba agnóstica, republicana y defensora del matrimonio homosexual. Agnóstica, en contraste con la etiqueta de "liberalismo cristiano" de su partido; republicana, en contra de la tradición monárquica de la derecha y, defensora de los matrimonios homosexuales, en discordancia con el recurso que interpuso su organización contra tales convenciones. Son, precisamente, estas desviaciones entre las ideas de una militante "importante" y el pedigrí de su partido, las que invitan a la crítica a reflexionar sobre las líneas que separan a la izquierda de la derecha.

Decía José – un rojo del treinta y uno – que no hay nada más absurdo que ser obrero y de derechas. Lo decía porque las escobas del burgués nunca han barrido el polvo que se esconde en las alfombras del mileurista. La derecha – la de toda la vida, la que ustedes y yo conocemos – siempre ha coqueteado con los perfumes del dinero. En el cielo de las gaviotas han volado juntas: las barrigas del fraguismo; los nostálgicos de la Falange; las sotanas de Varela y, la banca de Botín. Los lectores de ABC; los incondicionales de Marhuenda; las pijas de la noche y, los ejecutivos de Marbella. Los terratenientes de Sevilla; los que miran por encima; los que viajan en Mercedes y las rubias de la Católica. Los que brindan con Chandon; las que abortan a escondidas y los que peinan a lo Conde. Los que visten con lagartos; los que viven en Las Rozas; los clientes del Gourmet y, los bigotes del franquismo. Los incondicionales de Rajoy; las monjas de Francisco; los que van a la privada y, los que izan la bandera. Los que viajan en primera; los desencantados de ZP, y los imputados de la Gürtel.

En los bares de la izquierda suelen tomar café: los nostálgicos de Felipe; los rojos del ayer; los emigrantes del franquismo y, las hijas del mileurista. Los que viajan en segunda; los que visten del Primark; las cuñadas del barrendero y, los que estudian en la pública. Los desahuciados del Sabadell; los que portan las pancartas; los seguidores de Wyoming y, las hermanas de mi mujer. Los nietos del camarada; los empleados de la Citroën; los parados del INEM y, los jubilados de Rajoy. Los devotos de Almodóvar; las morenas de Vallecas; los gais de ZP y los militantes de UGT. Las canciones de Sabina; las Nanas de Miguel; y los lectores de Sopena. Los pacientes de la pública; las migajas del burgués; el Seat de Jacinto, y los sueños del mendigo. Los minijobs de Rosell; los emigrantes de Fátima y, los becarios de Wert. Los ateos de mi pueblo; las abortistas de Zapatero y, los contratados del Plan E. Los currantes del andamio; los beneficiarios del PER; los lectores de Revilla y, la suegra de José. Los intelectuales de la "ceja"; los artículos de Boris y las baladas de Bosé.

Son, precisamente, estas líneas entre la izquierda y la derecha, dibujadas en los párrafos de arriba, las que marcan la bisagra social entre las dos Españas coexistentes en los lagos democráticos. Por ello, queridos lectores y lectoras, me sorprende, y mucho, cuando señoras como Cifuentes – pepera de pura cepa – vende su "discurso progresista" desde el Chester de Mejie. El mismo discurso – les decía –  que años atrás vendió un tal Gallardón a la mayoría de los españoles y, una vez empuñado el cetro del ministerio, mostró para los suyos: el auténtico pedigrí de sus ladridos. La Ley del Aborto, cocinada por Alberto, ha situado a la "oveja negra" de las gaviotas entre las "claras" de Génova. ¿Dónde está aquel político, de tintes moderados, que consiguió, con los "mimbres de Cifuentes", el voto de miles de jóvenes adolfinos? En la basura, respondió la cuñada. Gracias al discurso ambiguo de Alberto y Cristina, el "analfabetismo político" de este país ha caído presa de su retórica. Son muchos, los filósofos, que han vendido libros mediante el discurso de "el fin de las ideologías". Los han vendido – les decía – por la ceguera de su intelecto en visionar las fronteras entre: "ser de izquierdas" o "de derechas". Mientras para muchos la izquierda y la derecha forman parte de una misma entelequia, para otros, sin embargo, existen indicios suficientes para detectar el color que se esconde tras el polvo de las ovejas.

Token Women

Con el título: "¿Son las mujeres una minoría?", Raquel Osborne – catedrática de la UNED – reflexiona en el número 14 de la revista Isegoría (revista de filosofía moral y política) acerca de los paralelismos existentes entre las minorías étnicas y las mujeres. El texto de Raquel hace un recorrido por las principales voces del feminismo tardío y ofrece soluciones para la redefinición del concepto de mujer. Una nueva definición desprovista de las connotaciones peyorativas que han configurado su estatus. Para Louis Wirth, un grupo minoritario es "cualquier grupo de personas que, a causa de sus características físicas o culturales, se encuentra sometido a una discriminación respecto a los demás miembros de la sociedad en la que vive, recibiendo de ésta un trato diferente e injusto". Tanto los negros como las mujeres se han encontrado históricamente en una situación social de mayoría numérica pero, sin embargo, siguiendo el razonamiento de Wirth, su condición de subordinación al sistema y al patriarcado han hecho de ellos grupos minoritarios.

Así las cosas, Gunnar Myrdal en su libro: "An American Dilemma", realiza una analogía – que no comporto en absoluto – entre el estatus de los negros y las mujeres. Según el autor: la inteligencia inferior, la naturaleza emocional infantil o primitiva, una ilusoria habilidad sexual y una propensión al engaño y a la ocultación son, entre otros, los lazos que unen a negros y mujeres. Sendas minorías han adoptado habilidades de acomodación y adaptación al grupo dominante. Es, precisamente, esta adaptación a la norma social de referencia, la que ha hecho del concepto femenino el caldo de cultivo para la estigmatización de su condición a lo largo de los siglos. Tanto es así que Philip Goldberg, Martina Horner y Mirra Komrovsky demostraron a través de sus investigaciones: la devaluación consentida por parte de las mujeres y, el miedo de las mismas a manifestar comportamientos poco femeninos en un mundo masculinizado.

En el primer experimento, Philip Goldberg mostró un mismo artículo a un grupo de mujeres para que lo valorasen. A una parte del grupo se les repartió el artículo firmado por John MacKay – nombre masculino -, y a la otra firmado por Jean MacKay – nombre femenino-. Cuando finalizó la lectura, el artículo firmado por John – el varón – recibió grandes elogios. Sin embargo, el artículo firmado por Jean -mujer – fue calificado, por parte de las lectoras, como mediocre y carente de fundamento. A través de este estudio, Goldberg quiso demostrar la devaluación con que las mujeres se autocaracterizan, fruto de la estigmatización de su concepto.

En otro experimento, Martina Horner hizo que un grupo de estudiantes femeninas escribieran una historia con los mimbres del siguiente título: "Tras los primeros exámenes finales, Anne se encuentra en el primer puesto de de su clase en la facultad de Medicina". La mayoría de las historias escritas por las estudiantes destacaron los efectos negativos del éxito: rechazo social, inseguridad e infelicidad. Cuando se hizo el experimento con el siguiente título: "Tras los exámenes finales, John se encuentra en el primer puesto en la facultad de Medicina": La mayoría de las lectoras destacaron los aspectos positivos del éxito. Finalmente, Mira Komarovsky, en un artículo publicado en 1946, mostró que la mayoría de estudiantes encuestadas afirmó que en muchas ocasiones se "habían hecho las tontas" en su cita con los chicos. Se habían hecho las tontas para no desafiar la perspectiva cultural y no resultar menos deseadas para los chicos. 

Las investigaciones anteriores demuestran – para desgracia de muchos – que a pesar de las batallas ganadas, por parte de las mujeres, todavía falta por ganar la guerra. Para ello, resulta necesario romper las connotaciones negativas que suscita el concepto de mujer, para que en todos los escenarios de la vida, las mujeres no sean vistas como "mujeres" sino como trabajadoras; políticas; "médicas"; policías; veterinarias, sin el sustantivo de: "mujer policía, mujer médico, etc.".En los años setenta se habló, y mucho, de las "token women". "Token women", en referencia a las mujeres como grupo minoritario numéricamente en entornos laborales liderados por hombres. Estas mujeres tuvieron que enfrentarse a un mercado masculinizado con su etiqueta de "mujer", o mejor dicho, trabajadoras de segunda. Gracias a su lucha contra la etiqueta social, las mujeres consiguieron cuotas de igualdad hasta el momento nunca vistas. Cuotas de igualdad que, treinta y tantos años después, siguen sin atravesar las líneas de la igualdad.

En días como hoy, todavía muchos, muchísimos, hablan de "el día de la mujer trabajadora", cuando nadie habla del "hombre trabajador", sino del "trabajador". Desde la crítica hemos de romper, de una vez por todas, los prejuicios sobre la mujer y, para ello, debemos comenzar por una reconstrucción del lenguaje sexista. Una reconstrucción, les decía, para que el pensamiento presente cambie las tornas y, las mujeres sean consideradas: diferentes en cuanto sexo pero iguales en cuanto a género. Luchemos.

La utopía de la cultura

El otro día, Jordi Évole entrevistó a Pedro Jota. A través del diálogo, el director de El Mundo narró para la Sexta, algunos de los tejes y manejes que se cuecen en los fogones de la prensa. Decía el "señor de los tirantes" que en más de una ocasión había dudado sobre la publicación, o no, de ciertas informaciones. Había dudado -decía – por los efectos negativos que tales publicaciones podían ocasionar a sus patrocinadores de cabecera. Dicho de otro modo, aquellas noticias que corrían el riesgo de mermar los ingresos del periódico era mejor no publicarlas para proteger sus intereses económicos. Tanto es así – dijo el marido de Ágatha – que algunos patrocinadores habían retirado, alguna que otra vez, sus anuncios de El Mundo. Los habían retirado ante el enojo de los mismos por ciertas publicaciones que ponían en jaque al "qué dirán " de sus clientes. 

Son, precisamente, hechos como los planteados en el párrafo de arriba, los que invitan a la crítica a reflexionar sobre el sesgo de la cultura. Sesgo entendido como los efectos negativos que ocasionan los intereses económicos en las libertades expresivas del periodista. A lo largo de la historia, la cultura siempre ha servido al ordeno y mando del mecenazgo. Un mecenazgo, les decía, que ha marcado las directrices de las obras desde los años de Unamuno hasta los tiempos de Molina. En días como hoy, la prensa que nos informa responde a los intereses de una burguesía utilitarista al servicio del capital. Una burguesía que mueve los hilos del pensamiento civil en pro de sus intereses de clase, e impide a la mayoría de los mediocres despertar el sentido crítico en los lagos democráticos. La cultura envuelta con los lazos del consumo se convierte en una mercancía más sometida a las aguas de los mercados. La utopía de la cultura, como así se conoce en los paraninfos madrileños al sueño de los intelectuales, sería el lienzo de un tejido mediático liderado por cientos de blogs y diarios independientes, financiados por los lectores. La ruptura con el oligopolio presente serviría para que los dinosaurios de siempre – El País, El Mundo, La Razón y ABC – perdieran cuota de mercado en favor de los felinos.

De esa manera, conseguiríamos: diversificar, de una vez por todas, el Derecho a la Información, garantizado por la Constitución, y resucitar de su letargo al tejido mediático que nos informa. Para conseguir la utopía es necesario un cambio de comportamiento en las pautas de consumo por parte de los lectores. Un cambio consistente en la construcción de una cultura de suscriptores al estilo americano. Así las cosas, hoy se ha cumplido un año de InfoLibre, una publicación digital que lucha por conseguir la utopía de la cultura. Desde sus inicios, sus creadores – extrabajadores de Público y El País – han apostado por una cabecera financiada por los bolsillos de sus lectores. Gracias al poder de los suscritos, el diario consigue escapar de las garras del poderoso. 

La persecución de la utopía ha sido, y es, la llama que encendió las turbinas de este blog. El Rincón de la Crítica nació, hace tres años, como protesta al modelo periodístico europeo. La apuesta por la calidad en los escritos y la búsqueda insaciable de un público intelectual e inconformista con la “sota, caballo y rey" de la parrilla, han sembrado los huertos de la exigencia con las tintas de una pluma plural, libre e independiente. Desde hace días, el blog ha prescindido de sus banners publicitarios y ha optado por financiarse únicamente con las donaciones de sus lectores. A día de hoy, gracias a los ingresos de un público fiel y defensor de la utopía, el Rincón continúa su lucha como una hormiga en el circo de los leones. Sin banners publicitarios, el blog ha perdido su principal fuente de sus ingresos pero, sin embargo, ha ganado en libertad. Hoy, a pesar de mis discrepancias con Pedro Jota, comparto con él: el sesgo de la cultura. A lo largo de los tres años de mi periplo por los renglones de este blog, han sido muchas las empresas que han dicho "no" a su presencia en el mismo. Han dicho "no", cierto, precisamente por el miedo a perder cuota de mercado. Estamos en un país, como diría aquél, de "crítica de bares". Una crítica de cauces informales que todavía no ha encontrado medios institucionales para salir de las jaulas que la oprimen. No los ha encontrado porque a lo largo de los tiempos, los críticos nunca han estado bien considerados por las tripas del sistema. Mientras los medios sigan sin cuestionar las "manos que les dan de comer", la crítica continuará silenciada por las garras del poderoso.

La miopía televisiva

En su obra: "Regulación y crisis del capitalismo", Michel Aglietta habla de la "norma de consumo de masas". Según este pensador, se entiende por tal patrón, al modo característico de consumo de las sociedades capitalistas. Modelo alejado de los tradicionales modos de consumo campesino y próximo a las nuevas formas de organización del trabajo. Decía Aglietta que las relaciones de producción capitalista estructuraban el modo de consumir de las clases trabajadoras, dicho en términos coloquiales, que el salario determinaba las compras de los "nuevos obreros" emergentes. Las prácticas de consumo, en palabras de Michel, se producen fuera del tiempo de trabajo y en el ámbito de lo privado, en el hogar. El fordismo, también conocido como producción en cadena, mediante la intensificación del trabajo y la compresión sistemática de los tiempos muertos, conseguía la estricta separación entre "tiempo de trabajo" y “tiempo de no trabajo", necesaria para arrancar la maquinaria del consumo.  Las mercancías básicas de esta "norma" son: la vivienda y el automóvil. Las vivienda era – y es – por excelencia el lugar del consumo individual; bien de uso duradero; procura salubridad, seguridad y, constituye el acceso para el consumo de otros bienes de uso duradero, electrodomésticos. El automóvil, por su parte, era – y es – un medio de transporte compatible con la separación de la vivienda y el lugar de trabajo; mercancía de uso privado. En sendas mercancías, el precio de adquisición es superior al salario corriente. Ello permitió el desarrollo de un sistema crediticio necesario, a su vez., para garantizar la disciplina de la clase obrera al frente de sus compromisos financieros.

En España, esta "norma de Consumo", de tintes americanos, tuvo su génesis en las políticas sociales que se llevaron a cabo durante la dictadura de Primo de Rivera y resurgió, tras el paréntesis del franquismo temprano, a partir de los años sesenta, durante "el desarrollismo". Desde entonces, la maquinaria de la publicidad no ha parado de engrasar un sistema de representaciones para asegurar la reproducción del modelo postmoderno de acumulación. Un modelo basado en el consumo masivo de los bienes fabricados en serie. La publicidad de los sesenta instauró las ecuaciones: "consumo igual a forma de vida y expresión social" y "consumo igual a ruptura con la tradición". Las ansias de consumo sirvieron a los españoles de los sesenta como vía de escape para evadirse de las frustraciones y tensiones de una sociedad española, encorsetada en los "valores tradicionales" y dirigida por los cetros dictatoriales del régimen. Desde la llegada de la democracia, las nuevas tecnologías y el cambio de valores han cambiado el discurso ideológico de la publicidad. El consumo exacerbado de viviendas; automóviles y nuevas tecnologías, han dibujado el lienzo de los noventa hasta la caída del Lehman Brothers, punto de inflexión en las pautas de consumo.

Hoy, seis años después de las subprime y la crisis de la eurozona, el discurso ideológico de la publicidad continúa por otros caminos ajenos a la realidad. La "utopía publicitaria", como así se conoce en los foros sociológicos de la crítica, no ha retratado el realismo que Galdós narró en sus Episodios Nacionales. La miopía televisiva impide a los "señores de la tele" visionar las angustias civiles que cada día emergen en los cubos de la basura. Estamos, en palabras del filósofo, ante una televisión que no empatiza con los valores de la calle. Una televisión inmersa en la frivolidad como arma arrojadiza ante una sociedad frustrada por la incompetencia de sus políticos y la impotencia de los mercados. Una sociedad de consumo, con seis millones de parados que compran por necesidad en coherencia con los nuevos valores del ahorro y la seguridad. Estamos, y no me cansaré de denunciarlo, ante una nueva era de la sociedad de consumo. Una nueva era donde el títere civil ha despertado de su letargo para rebelarse contra los hilos que han movido la mentira consumista. Una mentira, les decía, orquestada por un discurso ideológico de la publicidad para mantener el credo americano de la movilidad social mediante el simbolismo de las marcas.

El argumento de autoridad, o dicho de otro modo: otorgar fe de verdad a lo dicho por los medios de comunicación, ha sido la principal carencia del "analfabetismo callejero", para alimentar el mensaje publicitario. Gracias a esta falta de espíritu crítico social, el publicista del ahora ha conseguido crear corrientes maquiavélicas de opinión pública. Corrientes, les decía, capaces de mover al rebaño civil hacia los intereses del capitalismo salvaje. Un capitalismo salvaje caracterizado por un consumo irresponsable sostenido por los pilares de un mercado de trabajo abanderado por el precariado. "Si hubiéramos tenido más cabeza – decía el tarado de Andrés – hoy no estaríamos tan endeudados. Han sido nuestras compras precipitadas y el dejarnos llevar por nuestra seguridad pasajera, los que han hecho que hoy nos encontremos en paro y metidos en el agujero". Mientras no desarrollemos el sentido crítico y cuestionemos el argumento de autoridad de la publicidad, nos seguirán metiendo goles como el que Évole nos metió con la "Operación Palace", y si no: ¡que se lo pregunten a Talegón!

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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