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La miopía televisiva

En su obra: "Regulación y crisis del capitalismo", Michel Aglietta habla de la "norma de consumo de masas". Según este pensador, se entiende por tal patrón, al modo característico de consumo de las sociedades capitalistas. Modelo alejado de los tradicionales modos de consumo campesino y próximo a las nuevas formas de organización del trabajo. Decía Aglietta que las relaciones de producción capitalista estructuraban el modo de consumir de las clases trabajadoras, dicho en términos coloquiales, que el salario determinaba las compras de los "nuevos obreros" emergentes. Las prácticas de consumo, en palabras de Michel, se producen fuera del tiempo de trabajo y en el ámbito de lo privado, en el hogar. El fordismo, también conocido como producción en cadena, mediante la intensificación del trabajo y la compresión sistemática de los tiempos muertos, conseguía la estricta separación entre "tiempo de trabajo" y “tiempo de no trabajo", necesaria para arrancar la maquinaria del consumo.  Las mercancías básicas de esta "norma" son: la vivienda y el automóvil. Las vivienda era – y es – por excelencia el lugar del consumo individual; bien de uso duradero; procura salubridad, seguridad y, constituye el acceso para el consumo de otros bienes de uso duradero, electrodomésticos. El automóvil, por su parte, era – y es – un medio de transporte compatible con la separación de la vivienda y el lugar de trabajo; mercancía de uso privado. En sendas mercancías, el precio de adquisición es superior al salario corriente. Ello permitió el desarrollo de un sistema crediticio necesario, a su vez., para garantizar la disciplina de la clase obrera al frente de sus compromisos financieros.

En España, esta "norma de Consumo", de tintes americanos, tuvo su génesis en las políticas sociales que se llevaron a cabo durante la dictadura de Primo de Rivera y resurgió, tras el paréntesis del franquismo temprano, a partir de los años sesenta, durante "el desarrollismo". Desde entonces, la maquinaria de la publicidad no ha parado de engrasar un sistema de representaciones para asegurar la reproducción del modelo postmoderno de acumulación. Un modelo basado en el consumo masivo de los bienes fabricados en serie. La publicidad de los sesenta instauró las ecuaciones: "consumo igual a forma de vida y expresión social" y "consumo igual a ruptura con la tradición". Las ansias de consumo sirvieron a los españoles de los sesenta como vía de escape para evadirse de las frustraciones y tensiones de una sociedad española, encorsetada en los "valores tradicionales" y dirigida por los cetros dictatoriales del régimen. Desde la llegada de la democracia, las nuevas tecnologías y el cambio de valores han cambiado el discurso ideológico de la publicidad. El consumo exacerbado de viviendas; automóviles y nuevas tecnologías, han dibujado el lienzo de los noventa hasta la caída del Lehman Brothers, punto de inflexión en las pautas de consumo.

Hoy, seis años después de las subprime y la crisis de la eurozona, el discurso ideológico de la publicidad continúa por otros caminos ajenos a la realidad. La "utopía publicitaria", como así se conoce en los foros sociológicos de la crítica, no ha retratado el realismo que Galdós narró en sus Episodios Nacionales. La miopía televisiva impide a los "señores de la tele" visionar las angustias civiles que cada día emergen en los cubos de la basura. Estamos, en palabras del filósofo, ante una televisión que no empatiza con los valores de la calle. Una televisión inmersa en la frivolidad como arma arrojadiza ante una sociedad frustrada por la incompetencia de sus políticos y la impotencia de los mercados. Una sociedad de consumo, con seis millones de parados que compran por necesidad en coherencia con los nuevos valores del ahorro y la seguridad. Estamos, y no me cansaré de denunciarlo, ante una nueva era de la sociedad de consumo. Una nueva era donde el títere civil ha despertado de su letargo para rebelarse contra los hilos que han movido la mentira consumista. Una mentira, les decía, orquestada por un discurso ideológico de la publicidad para mantener el credo americano de la movilidad social mediante el simbolismo de las marcas.

El argumento de autoridad, o dicho de otro modo: otorgar fe de verdad a lo dicho por los medios de comunicación, ha sido la principal carencia del "analfabetismo callejero", para alimentar el mensaje publicitario. Gracias a esta falta de espíritu crítico social, el publicista del ahora ha conseguido crear corrientes maquiavélicas de opinión pública. Corrientes, les decía, capaces de mover al rebaño civil hacia los intereses del capitalismo salvaje. Un capitalismo salvaje caracterizado por un consumo irresponsable sostenido por los pilares de un mercado de trabajo abanderado por el precariado. "Si hubiéramos tenido más cabeza – decía el tarado de Andrés – hoy no estaríamos tan endeudados. Han sido nuestras compras precipitadas y el dejarnos llevar por nuestra seguridad pasajera, los que han hecho que hoy nos encontremos en paro y metidos en el agujero". Mientras no desarrollemos el sentido crítico y cuestionemos el argumento de autoridad de la publicidad, nos seguirán metiendo goles como el que Évole nos metió con la "Operación Palace", y si no: ¡que se lo pregunten a Talegón!

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