• Categorías

  • Suscríbete

    Escribe tu correo electrónico:

  • Comentarios recientes

  • Archivos

Entrada anterior
Entrada siguiente

Amores tóxicos

Todos los domingos, Alejandro acude al cementerio a cambiar las flores de su esposa. Su mujer – Antonia – falleció hace cuatro meses tras una larga lucha contra el cáncer. Aún recuerda el olor a silencio que desprendían las salas de espera al acecho del "veneno". El "bicho" – como así llamaba Antonia al secuestrador de su vida – había elegido su cuerpo para hacerle daño a ella y a los suyos. ¿Por qué he sido yo la elegida?, ¿por qué mi castigo no puede pagarse con dinero?, ¿qué le he hecho a mis "malditas" células para que decidan atacarme?, se preguntaba Antonia, una y otra vez, en las noches de enero. En la enfermedad – decía la hermana de Alejandro – no hay distinciones entre nobles y plebeyos. En el dolor, no existen jerarquías, ni poderes, ni tan siquiera nadie que pueda enfermar por nosotros. Tampoco existen relojes que paren sus agujas para frenar la agonía. Solamente – querido hermano – durante la enfermedad estamos desnudos, los unos a los otros. Estamos unidos: sin ningún bien material que nos aleje y sin ninguna varita mágica que nos sane. El amor es la única inyección que sirve a los pacientes para aliviar su tristeza ante la impotencia que supone la soledad de su cárcel. Sin amor – concluía la cuñada – hasta los perros de Ernesto morirían a las puertas de Mercadona.

Artículo completo en Levante-EMV

Deja un comentario

1 COMENTARIO

  1. Excelente artículo, que sabe tratar un tema muy complicado…el amor “tóxico”….

    Saludos
    Mark de Zabaleta

    Responder

Deja un comentario