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Las lecciones de Suárez

En el verano del 2012 escribí un post en el Rincón. Se titulaba: "Hombres de Estado". En él reflexionaba sobre las diferencias que existen entre: "los hombres de Estado" y "los hombres de gobierno". Los primeros son reconocidos por la historia por su forma de hacer política. Una forma basada en el establecimiento de alianzas y consensos entre partidos de distinto signo como medicamento necesario para conservar la salud democrática. Los segundos – los hombres de gobierno – pasan a la historia por la parcialidad de sus políticas. Políticas basadas en la satisfacción de los intereses del partido por encima del interés general. Mientras los países dirigidos por “hombres de Estado" desembocan en más igualdad social y menos asperezas ideológicas, los Estados pilotados por “hombres de gobierno" provocan desigualdad y grietas ideológicas. A lo largo de nuestra democracia ha habido tanto estadistas como políticos. Sin ir más lejos, Rajoy glosa el paradigma de "hombre de gobierno". Desde que llegó a la Moncloa con el respaldo de la mayoría absoluta, la escoba de su partido ha barrido para los suyos sin acordarse de las migajas del lazarillo. Ha ayudado a los bancos a cuadrar sus endémicos balances; ha tejido una Ley del Aborto con las agujas de los obispos; ha diseñado una Ley de Educación al servicio de los pudientes; ha confeccionado una Reforma Laboral con las telas de la patronal; ha empobrecido a los pensionistas con el copago y otras tropelías; ha congelado el Salario Mínimo Interprofesional; ha roto la paridad del gobierno, tan defendida por Zapatero; ha recortado la prestación por desempleo. En fin, Rajoy ha desmantelado el Estado del Bienestar; ha gobernado – y gobierna – para los suyos y se ha olvidado de los pactos y las alianzas que tan bien definen a los "hombres de Estado".

A pesar de que ayer falleció Adolfo Suárez – vaya por delante mi pésame a sus familiares y allegados -, el "suarismo" murió hace más de treinta años. Digo que el "suarismo" se marchitó hace más de tres décadas – y digo bien – porque desde los tiempos adolfinos en este país han sobrado "presidentes de Gobierno" y han faltado "hombres de Estado". Adolfo – a diferencia de Rajoy – glosa para la historia el paradigma de un estadista. El elegido de Juan Carlos edificó una democracia basada en el diálogo y el consenso. Los cuarenta años de dictadura sirvieron al hijo de Hipólito para saber lo que "no era bueno" para España. Él – Adolfo – fue el artífice de nuestro marco constitucional. Gracias a él, hoy podemos hablar sin el miedo a ser escuchados por tricornios de Francisco. Gracias a él, hoy podemos votar y elegir al gobierno que queremos. Gracias a él, hoy podemos criticar sin ser censurados. Gracias a él, hoy tenemos un Estado Democrático, Social y de Derecho. Un Estado que Adolfo construyó con los cinceles de la negociación. Una negociación por encima de las ideologías en unos tiempos marcados por el fervor de los partidos y la radicalización de los discursos.  El "anticomunista inteligente" como así lo llamaba Carrillo, por su capacidad para encontrar entendimientos entre las orillas alejadas, cambió los valores dictatoriales basados en la intolerancia y la censura por los mimbres democráticos. Mimbres basados en la participación y el efecto de las sinergias. El "suarismo" cultivó con las semillas del diálogo los frutos de los Pactos de la Moncloa y la Constitución negociada. El "suarismo" ejerció una clase magistral sobre el arte de gobernar. Una clase magistral – les decía – que treinta y tantos años después ha sido difuminada y olvidada por los "hombres de gobierno".

En días como hoy, los tiempos marianistas están a años luz de los tiempos adolfinos. La Reforma Laboral, elaborada por Fátima, se cocinó – valga la metáfora – sin contar con las recomendaciones de los chefs sindicales. La Reforma Educativa, o dicho de otro modo, la Ley Wert se aprobó sin tomar en consideración las voces críticas de la bancada progresista y las mareas ciudadanas. Los recortes en la Administración Pública se realizaron – y se realizan- por el ordeno y mando de las "élites tóxicas" que nos gobiernan, sin tener en cuenta el daño causado – y que causan – a los más necesitados. Si se dan cuenta, queridísimos lectores – “el ejercicio del poder" ha olvidado que estamos en democracia. Los "hombres de gobierno" han olvidado que su mayoría absoluta es compatible con la "opción negociada” para resolver los principales problemas de nuestro Estado. Tanto es así, que a pocos meses vista para las elecciones europeas, el Partido Popular sigue sin poner la cabeza al cartel que lo representa.  Es, precisamente, esa dejadez y forma de hacer política, la que invita a los encuestados a "poner a parir" a la "casta" que los representa. Esta forma de hacer política – les decía – ha suscitado una polarización del discurso político entre quienes ostentan el poder de la tribuna y los que están – estamos – en el patio de butacas. Este enfrentamiento social entre políticos y ciudadanos es la manifestación, o el síntoma, de una democracia enferma. Una democracia basada en un uso abusivo del poder, orientado al clientelismo de partido y muy alejado de los tiempos adolfinos. La muerte de Adolfo debe servir para recuperar su memoria y devolver a la palestra algunas de sus clases magistrales.

Tratándose de España, un país donde todo se politiza, la muerte de Adolfo servirá a muchos partidos para levantar de su letargo a miles de nostálgicos y hambrientos de "suarismo". Tanto es así que el otro día, en un mitin "precampaña" del PP se aludió a la figura de Suárez para "sacar tajada" de la actualidad del personaje. Tanto al pepé como al partido de Rubalcaba les interesa resucitar los valores democráticos construidos por Adolfo. Les interesa – les decía – porque aprovechar las "sensibilidades del pasado" es un mecanismo efectivo para crear en los ciudadanos nuevas identidades de partido. Ahora bien, queridos amigos y amigos, no se equivoquen: ni los tiempos son los mismos, ni los personajes tampoco. Mientras que en los tiempos actuales reina el escepticismo y el hastío por la "clase política", a finales de los setenta existían uno deseos enormes por recuperar los derechos de participación de los tiempos republicanos. Eran, como diría mi abuelo, "otros tiempos". Hoy, treinta y tantos años de la muerte del "suarismo" es el momento de que aprendamos las lecciones de Suárez. Aprendamos, por favor, de un "hombre de Estado". Un hombre que dimitió cuando la democracia perdió su diálogo.

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