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Ovejas negras

En la mayoría de los partidos políticos siempre han existido, y existen, voces discordantes con el discurso de sus siglas. Son, como diría aquél, versos, huérfanos de rima, en búsqueda de una estrofa que les devuelva su melodía. El otro día, sin ir más lejos, Risto Mejide – exjurado de los "triunfitos"- entrevistó en los cojines de su Chester a Cristina Cifuentes – Delegada del Gobierno del PP en Madrid y personaje de actualidad, por el grave accidente de moto sufrido el pasado agosto -.  Decía esta "oveja negra" del rebaño pepero que se consideraba agnóstica, republicana y defensora del matrimonio homosexual. Agnóstica, en contraste con la etiqueta de "liberalismo cristiano" de su partido; republicana, en contra de la tradición monárquica de la derecha y, defensora de los matrimonios homosexuales, en discordancia con el recurso que interpuso su organización contra tales convenciones. Son, precisamente, estas desviaciones entre las ideas de una militante "importante" y el pedigrí de su partido, las que invitan a la crítica a reflexionar sobre las líneas que separan a la izquierda de la derecha.

Decía José – un rojo del treinta y uno – que no hay nada más absurdo que ser obrero y de derechas. Lo decía porque las escobas del burgués nunca han barrido el polvo que se esconde en las alfombras del mileurista. La derecha – la de toda la vida, la que ustedes y yo conocemos – siempre ha coqueteado con los perfumes del dinero. En el cielo de las gaviotas han volado juntas: las barrigas del fraguismo; los nostálgicos de la Falange; las sotanas de Varela y, la banca de Botín. Los lectores de ABC; los incondicionales de Marhuenda; las pijas de la noche y, los ejecutivos de Marbella. Los terratenientes de Sevilla; los que miran por encima; los que viajan en Mercedes y las rubias de la Católica. Los que brindan con Chandon; las que abortan a escondidas y los que peinan a lo Conde. Los que visten con lagartos; los que viven en Las Rozas; los clientes del Gourmet y, los bigotes del franquismo. Los incondicionales de Rajoy; las monjas de Francisco; los que van a la privada y, los que izan la bandera. Los que viajan en primera; los desencantados de ZP, y los imputados de la Gürtel.

En los bares de la izquierda suelen tomar café: los nostálgicos de Felipe; los rojos del ayer; los emigrantes del franquismo y, las hijas del mileurista. Los que viajan en segunda; los que visten del Primark; las cuñadas del barrendero y, los que estudian en la pública. Los desahuciados del Sabadell; los que portan las pancartas; los seguidores de Wyoming y, las hermanas de mi mujer. Los nietos del camarada; los empleados de la Citroën; los parados del INEM y, los jubilados de Rajoy. Los devotos de Almodóvar; las morenas de Vallecas; los gais de ZP y los militantes de UGT. Las canciones de Sabina; las Nanas de Miguel; y los lectores de Sopena. Los pacientes de la pública; las migajas del burgués; el Seat de Jacinto, y los sueños del mendigo. Los minijobs de Rosell; los emigrantes de Fátima y, los becarios de Wert. Los ateos de mi pueblo; las abortistas de Zapatero y, los contratados del Plan E. Los currantes del andamio; los beneficiarios del PER; los lectores de Revilla y, la suegra de José. Los intelectuales de la "ceja"; los artículos de Boris y las baladas de Bosé.

Son, precisamente, estas líneas entre la izquierda y la derecha, dibujadas en los párrafos de arriba, las que marcan la bisagra social entre las dos Españas coexistentes en los lagos democráticos. Por ello, queridos lectores y lectoras, me sorprende, y mucho, cuando señoras como Cifuentes – pepera de pura cepa – vende su "discurso progresista" desde el Chester de Mejie. El mismo discurso – les decía –  que años atrás vendió un tal Gallardón a la mayoría de los españoles y, una vez empuñado el cetro del ministerio, mostró para los suyos: el auténtico pedigrí de sus ladridos. La Ley del Aborto, cocinada por Alberto, ha situado a la "oveja negra" de las gaviotas entre las "claras" de Génova. ¿Dónde está aquel político, de tintes moderados, que consiguió, con los "mimbres de Cifuentes", el voto de miles de jóvenes adolfinos? En la basura, respondió la cuñada. Gracias al discurso ambiguo de Alberto y Cristina, el "analfabetismo político" de este país ha caído presa de su retórica. Son muchos, los filósofos, que han vendido libros mediante el discurso de "el fin de las ideologías". Los han vendido – les decía – por la ceguera de su intelecto en visionar las fronteras entre: "ser de izquierdas" o "de derechas". Mientras para muchos la izquierda y la derecha forman parte de una misma entelequia, para otros, sin embargo, existen indicios suficientes para detectar el color que se esconde tras el polvo de las ovejas.

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