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Los rojos de Aljariz

Después del Nodo, a eso de las diez, se reúnen en la taberna de Andrés los rojos de Aljariz,  un pueblecito de medio millar de habitantes situado en la provincia de Almería. La reunión tiene lugar en el cuarto donde Andrés almacena los botellines de cerveza; las sillas de la terraza y, los útiles de limpieza. A la cita de hoy han acudido "el rata"; "el pintao"; Claudio – "el avispa" y, don Manolo – el maestro -. "El rata" acaba de cumplir treinta y dos; está casado con Pepa;  cuando tenía cinco años falleció su padre. Cuenta este señor de sangre republicana que los tricornios del régimen mataron a su padre por cuestiones ideológicas. "El pintao" es un señor de dientes amarillos; amarillos de tanto fumar Ducados y beber carajillos en las barras de Aljariz. Es de gesto serio, de voz ronca y gran admirador de Lerroux. Claudio – "el avispa" – vive a unos cincuenta metros de la taberna. Acude a la reunión con una camisa gris oscuro y barba de tres días. "Mientras en París  – en palabras de Manolo, el maestro – la gente viste con colores llamativos, en esta España fascistoide, nadie viste a lo francés, por el miedo al qué dirán los curas y monaguillos". Manolo, la verdad sea dicha,  es el más ilustrado de los tres; en su casa esconde algunos números de la revista "Realidad" – revista del Partido Comunista Español (PCE), publicada en Roma – y,  dos ejemplares de la "Tribuna Democrática Española" – publicada en París -. Es un lector voraz de Aranguren y Galván. Del primero ha leído "Sobre ética social y función moral del Estado" y, del segundo "Costa y el Regeneracionismo". 

"El rata" cree  en la fuerza obrera y el ruido de los maquis para vencer al Caudillo. Siente una gran admiración por el mito ruso y sueña con vivir algún día en una "España soviética" gobernada por Carrillo. Debajo de una losa -en su casa – conserva varios números de la revista "Nueva España". "Nueva España" fue un semanario de izquierdas donde se divulgaban las ideas socialistas en los tiempos de República. "El rata" critica sin pudor – pero siempre en voz bajita – a Ortega y Gasset por codearse con el régimen. Dice de él que es "un socialista vestido de burgués, al igual que Pablo Iglesias y todos los sociofascitas". Manolo, sin embargo, se identifica con el reformismo defendido por los primeros socialistas. Mira con admiración las apuestas de Iglesias, Jaime Vera, Antonio García Quejido y Juan José Morato. En una ocasión dijo que veía con buenos ojos que en la dictadura  franquista hubiese una posición oficial del socialismo obrerista, tal y como defendió Largo Caballero en la era "primorriverista". "Queridos camaradas debemos combatir al franquismo desde dentro. Nosotros – los rojos –  seremos el caballo de Troya que incendie al nacionalcatolicismo con las antorchas republicanas", son palabras típicas de Manolo. Entre las doce y la una de la madrugada pasa por la calle de la taberna el camión de la basura. Los basureros son hijos de militares que se han decantado por la escoba al no valer para el ejército. Algunos ponen la oreja detrás de la persiana para saber lo que se cuece de puertas para adentro. Son – como dice "el pintao" – "los chivatos de Aljariz, los mismos que levantan la ceja para saludarte y cuando te das media vuelta, van y le cuentan al alcalde cualquier chisme para que seas el elegido". "Ser el elegido" significa ser candidato al "paseillo".

Al hermano de Claudio – "el avispa" – lo hallaron muerto en el huerto de "Corrales". De vez en cuando solía ir por la taberna para liberar, por unas horas, a los presos de sus barrotes. "los presos" eran sus pensamientos reprimidos; pensamientos condenados a la pena del silencio por el ordeno y mando de Franco. Luchó contra su enfermedad – "la homosexualidad" -hasta que descubrió que el síndrome que padecía no era nada grave, ni tan siquiera una gripe pasajera. El hermano de Claudio – que en paz descanse – era un adicto a los poemas de Federico. En la tertulia de la taberna solía recitar, en los días de luna llena, alguna que otra estrofa de "la casada infiel"; "la muerte de Antoñito, el camborio" o, "el martirio de Santa Olalla". Un día, dicen las malas lenguas de Aljariz, vieron al hermano de Claudio andando con otro hombre por el huerto de "Corrales". Corrales es un señor conocido por sus grandes fincas de olivos y limoneros. En Aljariz tiene un huerto sin vallas donde las parejas atrevidas se esconden entre los árboles para pecar como católicos a espaldas de los curas. Algunos  "maricones", como así se llamaba a los gais del franquismo, eran condenados como asesinos a  los psiquiátricos del régimen. Otros, los que eran pillados "in fraganti"  – como es el caso del hermano de Claudio – eran carne trémula para los tricornios de la noche. En su funeral, el cura habló de los pecados de la carne y de las ovejas descarriadas de Cristo. 

"El pintao" es el hijo del tornero. Fuma más que un carretero. Su vicio son las cartas y las mujeres. Dicen por la taberna que suele frecuentar el bar de lucecitas que hay en dirección a Almería, el bar de Lola. Su mujer se llama Juana, es la hija de "los García". Todas las mañanas pasa por la puerta de la taberna para comprar el pan en la panadería de Rodríguez. Iba para solterona pero por un arreglillo entre "los torneros" y "los García" se casó con "el pintao". "El pintao" estudió hasta los trece años en un colegio de monjas. El sueño de su padre era que su hijo llegara a ser alguien en la vida pero, verdad de las grandes,  nunca aprovechó para los libros. "¡Cuántos huevos y conejos le regalé a don Gregorio para que aprobara a mi pintao!", solía decir el tío Paco, el padre de nuestro amigo. A pesar de su incultura, "el pintao" sabe de qué habla cuando habla de política. Cuando habla con Manolo no se sabe cuál de los dos es el maestro. "El pintao" dice que algún día Franco  morirá y España resucitará de su castigo. "Algún día, querido Manolo, seremos la Hispania que soñaron Costa, Maeztu y Unamuno. Una España europeizada y democrática como en tiempos de república", sabias palabras. El primo de "el pintao" emigró a París hace cuatro años. De vez en cuando le llama por teléfono para contarle cómo le va  por las tierras vecinas. Allí trabaja de operario en la Citroën y su señora de empleada en la casa de Dómine, un alto cargo militar del ejército francés. Ayer "el pintao" recibió una carta de su primo, "¡su primo de París!";  se le llena la boca cuando habla de él. El sobre llegó abierto, algo muy normal en la España de hoy. La carta contenía una fotografía de su primo y su mujer. Su primo lleva puesto un jersey rojo y, su señora – Maribel – un chaquetón con  rayas negras y blancas. "¡Vaya, Manolo tiene razón! Mientras en París visten con colores llamativos, aquí lo hacemos de gris". Es hora de dormir.

Repensar Europa

Mientras Rajoy anuncia a bombo y platillo el "España va bien" de los tiempos aznarianos, los inspectores de Europa y los empresarios de Hispania piden a don Mariano más tijeretazos para agilizar la "salida de la crisis". Es, precisamente, esta contradicción entre la euforia nacional – por las previsiones optimistas del PIB – y el pesimismo europeo – por el embudo del paro y las cifras de la deuda – la que sitúa a la derecha en los prados de la inmoralidad. Inmoralidad, les decía, en referencia a la ética utilitarista empleada por Rajoy para gobernar a los "suyos" sin considerar la brecha de desigualdad y descontento social que ocasionan sus políticas al resto de los ciudadanos. Desigualdad manifestada por el aumento de la pobreza infantil; la precariedad laboral; el deterioro de lo público y, el tesoro de los bancos. Descontento social por la pérdida de fe en la búsqueda de empleo; por el horizonte negro que les espera a nuestros hijos cuando lleguen a la veintena. Descontento por el "querer y no poder" comprar una vivienda, por el miedo a ser desahuciado; por ver como los Amancios y Botines de este país son cada vez más ricos y nosotros – los "proles" – cada mes más pobres. España va bien para algunos, señor Rajoy. Va bien para los bancos que gracias a las arcas públicas han conseguido sanear sus balances. Va bien para el clero que no han sufrido en sus sotanas las angustias de millones de parados. Va bien para los empresarios que gracias a la reforma de Báñez han conseguido despedir más, y más barato. Va bien para la clase política que sigue con sus chóferes, sus dietas y sus trajes encorbatados. Va bien para los "listos", los "chorizos de cuello blanco" y, para quienes han hecho de la política la razón de sus manjares.

España va bien para algunos y mal para muchos. Va mal para seis millones de parados que hacen malabarismo para encontrar un empleo. Va mal para millones de mujeres que han sido expulsadas del mercado de trabajo y devueltas a los barrotes del patriarcado. España no va tan bien para miles de universitarios que han truncado sus carreras, por no disponer de los mil y pico que les cuesta la matrícula y, no tener el cinco y medio para optar a una beca. Este país va mal, señor Rajoy, para miles de pacientes que aguardan su turno en las eternas listas de espera. España no va bien para el mundo de la cultura, que desde que ustedes subieron el IVA han visto como las salas de cine se han convertido en un artículo de lujo para una minoría. Hispania va mal para millones de pensionistas que sufragan, con parte de sus bolsillos, el pago de sus medicamentos.

No va bien este país, no, para la clase mileurista que desde hace más de diez años sigue cobrando lo mismo, mientras el coste de la vida corre por otros derroteros. España no va bien para miles de funcionarios que han visto como sus sueldos se han recortado desde el "mayo" de Zapatero. Este país no va bien para los honestos; para quienes se ganan honradamente el pan con el sudor de su frente. Para aquellos que consiguieron que el socialismo parase los pies a los abusos del capital y ahora, cien años después aquellas hazañas sociales, recogen del suelo los naipes de su castillo. 

A las puertas de las elecciones europeas es momento de que nos preguntemos si vale la pena votar el 25 de mayo para que nos sigan castigando con recortes y sacrificios. Votar a la derecha implica darle alas a don Mariano para que separe, todavía más, a las capas de la nobleza de las migajas plebeyas. Votar a Cañete es lo mismo que pedir a gritos "más mercado y menos Estado". Votar a la izquierda, por su parte, es lo mismo que votar utopía. Utopía entendida como un conjunto de medidas keynesianas; defendidas en los mítines de campaña, pero difíciles de llevar a cabo en la praxis de Bruselas. Llegados a este punto es momento de repensar Europa. Solicitar, con pancartas si hace falta, un marco que otorgue a la izquierda el pedigrí de su ideología. Una Europa política que sirva a los elegidos para llevar a cabo cada renglón de sus programas, sin la censura de los mercados y, sin los miedos a la troika, el FMI y toda esa parafernalia. Solamente así, enfrentándonos a la utopía, conseguiremos que el discurso progresista consiga la coherencia necesaria para ilusionar a los suyos. Un discurso que invite a votar por una Europa tolerante con las ideologías progresistas.

Hoy, sin ir más lejos, la cocina del CIS ha puesto sobre la mesa los resultados de la Encuesta para las Elecciones Europeas. Según el sondeo demoscópico, si las elecciones se celebrasen hoy, las ganaría el PP con un tres por ciento de diferencia con respecto al PSOE. Mientras las siglas de Cañete y Valenciano bajan con respecto a los últimos comicios, los partidos minoritarios – Izquierda Plural, UPyD y la agrupación Primavera Europea, entre otros – ganan peso en los aposentos "merkelianos". La interpretación de los datos – en palabras del sociólogo – pone el acento en la caída suave del PP como consecuencia del desgaste en el gobierno y, sobre todo, las políticas antipopulistas llevadas a cabo durante los últimos años; en la caída del PSOE por la herida cicatrizante del "decretazo" de Zapatero y, en la subida de los partidos minoritarios por el deterioro de los otros. Una vez más, los sondeos demuestran un tímido avance del pluralismo en detrimento del bipartidismo acostumbrado. Un pluralismo que otorga voz a partidos incipientes, sin experiencia de gobierno y huérfanos de padrinos. Partidos, líderes en barrer para sus siglas los "escombros" de los otros; hasta que algún día se conviertan en las bisagras de la parrilla.

Jarrones chinos

Todos los domingos suelo comprar El País.  Lo compro, la verdad sea dicha, para leer los artículos del suplemento semanal. Entre sus firmas destacan: Javier Cercas, Rosa Montero, Almudena Grandes y, el que más me gusta de todos: Javier Marías. A pesar de no ser politólogos ni sociólogos o, dicho de otra manera, expertos en la materia, escriben sobre temas actuales: Cataluña, Cañete, Valenciano, paro, desahucios y demás. Sus textos adolecen del valor periodístico o técnico que tienen las columnas de Juan Cruz; Vicenç Navarro; Miguel Ángel Aguilar; entre otros. Muchos intelectuales han criticado a tales escritores por la superficialidad de sus discursos, o sea, la falta de rigor en el planteamiento de los mismos. Dicen que para escribir sobre algo es necesario primero documentarse e informarse, antes de opinar y criticar. En fin que para hablar u escribir con "fundamento", como diría Arguiñano, lo más importante es saber de qué hablamos. El suplemento de El País también lo suelo leer por las entrevistas. Normalmente el entrevistado suele ser un personaje de renombre perteneciente al mundo del cine, de la literatura o, incluso de la política. 

Hace dos semanas, el entrevistado fue el expresidente, José María Aznar. A través de diez páginas, el "padrino" de Rajoy alardeó de su "importante" vida desde que dejó La Moncloa, allá por el año 2004. Dijo que le "costaba mucho ganarse honradamente la vida", a pesar de ingresar, según sus propias palabras: 200.000 euros por asesoría; 40.000 por conferencia y, 75.000 como expresidente. Fazmatella, empresa que gestiona junto a su esposa, Ana Botella, tiene un patrimonio neto de 2.5 millones de euros. Y para "envidia de millones de parados y mileuristas" se acaba de comprar una "casa" en Marbella, valorada en dos millones de euros. Aznar también habló de su "espléndida figura". Para conseguir ese "cuerpo Danone": corre 14 kilómetros y realiza dos mil abdominales diarios; necesarios para lucir "tableta de chocolate” en las playas de Cerdeña. El expresidente contestó con evasivas a las preguntas referentes a la continuidad de su legado. A la pregunta: "si el partido sigue el proyecto que él inició", contestó: "hablemos de otra cosa". También pasó de puntillas por la corrupción de su partido y, por supuesto, no dijo ni "mu" acerca de su demanda contra El País. Así las cosas, la entrevista sirvió para que José María rompiese el silencio con El País, tras catorce años de guerra fría con las tropas de Polanco. 

Esta semana, sin ir más lejos, A-Z-N-A-R ha sido el protagonista de la parrilla. Lo ha sido, les decía, por el rifirrafe mantenido con sus colegas de partido acerca de las elecciones europeas. El "jarrón de la derecha" se quejó, en el foro de ABC, de que no se hubiera contado con él para compartir tribuna mitininera con su amigo Cañete. Tanto es así, que los peones de Génova se pusieron manos a la obra para que el "Dios" de su partido estuviera con los suyos. Después de arreglar el entuerto, Aznar alegó cuestiones de agenda para no estar presente en la campaña electoral. El orgullo del expresidente – dicen las malas lenguas de la gaviota – es el causante del "donde dije digo ahora digo Diego". Por fin y, tras un sinfín de suplicas y rogaciones, Aznar compartirá tribuna con su amigo Cañete en las próximas semanas. Una vez más, el fundador de FAES ha conseguido salirse con la suya; demostrar quién manda en el partido y, acaparar el sumario de todos los informativos.

Desde la crítica debemos repensar la funcionalidad de los expresidentes en la democracia de nuestros días. Mientras Suárez se apartó de la política cuando abandonó La Moncloa, otros sacan tajada de su estancia en la palestra. Cuando digo: "Otros", me refiero – claro está – a Aznar y a Felipe. Ambos han aprovechado su paso por la política para lucrarse en lo privado. Tanto uno como otro han sido consejeros de grandes compañías; han vendido libros con el sello de sus nombres y, han obtenido – y obtienen – "golosas" cantidades por impartir conferencias en foros y paraninfos. O sea, que su periplo por la política, les ha venido como anillo al dedo para vivir entre algodones el resto de sus vidas. Así las cosas, el discurso de los "ex" sirve de "historia viva" para sus discípulos de partido. A pesar de no tener autoridad formal en el seno de sus filas gozan de un liderazgo informal que les sitúa en las portadas cada vez que abren la boca. Es, precisamente, esta forma de trato privilegiado a los expresidentes de España, la que hace que los mismos sean "sagrados" para el común de los mortales. Son como aquellos "jarrones chinos" que heredé de mi bisabuela María; reliquias del pasado con un altísimo valor histórico pero discordantes, a su vez, con los muebles de Ikea.

Sin escrúpulos

Una de cal y otra de arena. La de arena: "El banco de España – según reza el titular de El Mundo – estima que el PIB ha vuelto a crecer en tasa interanual tras dos años de caídas". La de cal: los resultados de la encuesta del Erobarómetro, publicada por la Comisión Europea, sobre cómo ha afectado la crisis a la calidad del trabajo; "mientras 86 de cada 100 españoles considera que sus condiciones laborales han empeorado, el 94% de los encuestados, en países como Dinamarca, dicen estar satisfechos con las mismas". Son, precisamente estas cifras, y no otras, las que tiran por la borda el discurso triunfalista de la derecha, a pocas semanas para las elecciones europeas. En palabras Rajoy: "el PIB crecerá este año más del 1% y por encima del 1.5% en 2015". El crecimiento económico, queridísimo presidente, no es condición suficiente para garantizar la calidad de vida. China crecerá – según previsiones para el 2014 – por encima del 7%. ¿Implica este dato que el bienestar de los chinos aumentará de forma paralela? No, lamentablemente no; la explotación laboral y sus endémicas libertades, indican que crecimiento y bienestar no andan cogidos de la mano.

Es cierto que estamos, como diría aquél, "saliendo del agujero". Es verdad que estuvimos a punto de ser rescatados y no lo fuimos. Es real – tan real como la Catedral de Burgos – que Merkel y el FMI han aplaudido las reformas llevadas a cabo por Mariano durante su periplo en La Moncloa. Es afirmativo que estamos "eco-nó-mi-ca-men-te" mejor que durante los últimos meses del "zapaterismo". Es cierto – ciertísimo – que el paro ha descendido desde que gobierna la derecha. Ahora bien, lo que no podemos negar es que "so-ci-al-men-te" nunca hemos estado tan mal en casi cuarenta años de democracia. En la Hispania de Rajoy hay más desigualdad que en la España de ZP. En la primera legislatura de Zapatero se aprobaron: la ley integral para la violencia de género; la ley de dependencia; la ley de igualdad; la ley que permite la unión entre personas del mismo sexo; la ley que permite el cambio registral de nombre y sexo de las personas transexuales; la aprobación de la Lengua de Signos Española como lengua oficial; el Plan de Acción para las mujeres con discapacidad; la creación del Ministerio de Igualdad; la ley de plazos sobre el aborto, entre otras.

Probablemente, Rajoy pasará a los renglones de la historia por ser el artífice que sacó a España de la crisis, pero también – pasará a la historia – por ser el principal demoledor del Estado del Bienestar. Con Mariano en la Moncloa: hay más gente buscando comida en los contenedores de la basura; más enfermos en las listas de espera; menos médicos, policías y maestros; más trabas para conseguir una beca; menos medicamentos subvencionados por el Estado. Somos – en palabras de Cáritas – “el segundo país de la UE con más pobreza infantil". En esta legislatura hemos retrocedido en derechos laborales: se ha creado un contrato para "emprendedores" con "un año de prueba" o, dicho de otra manera, despido libre y gratuito durante los primeros doce meses; se ha abaratado el despido – hemos pasado de una indemnización de "45 días salario por año de servicio" a otra de "20 días". Se ha recortado, en un diez por ciento, el segundo tramo de la prestación por desempleo. Han aumentado, aunque sea tétrico decirlo, el número de suicidios. Ha aumentado el IVA, luego compramos menos con el mismo dinero. Ha caído la cultura hasta límites vergonzosos. Vamos menos al cine, no porque las películas sean malas, sino porque ir a las salas implica, para algunos, gastar el salario de un día de trabajo. 

Hace dos años entrevisté, en las páginas de este blog, a José Antonio Griñán, expresidente de Junta de Andalucía. En una de sus respuestas dijo que: "el gobierno de Rajoy no está haciendo economía sino contabilidad". Se refería a que la derecha está "implantando su modelo ideológico – neoliberal – con la excusa de la crisis". Un modelo basado en el crecimiento económico – cierto – pero, un crecimiento desigual; donde los ricos son cada vez más ricos y, los pobres cada vez más pobres. Un crecimiento alejado de la sostenibilidad y la universalidad. Un modelo que mima a los mercados y se olvida de los más necesitados: los pensionistas, los parados, los estudiantes, las amas de casa, los enfermos, entre otros. Estamos ante una derecha que gobierna sin escrúpulos; sin importarle – lo más mínimo – las angustias que se esconden tras la puerta de los hogares. Una derecha – y valga la redundancia – a la que solo le preocupan los datos macroeconómicos; las cifras del PIB, el IPC, la prima… y todos esos tecnicismos a que nos tienen acostumbrados. Y yo me pregunto: ¿tan "psicópata" es este gobierno que no se da cuenta del dolor ajeno que provocan sus políticas en el seno de la izquierda?, ¿tan poco le importa a Rajoy la igualdad social que, su escoba solo barre para el lado del dinero?

La España de Gasset

Desde hace años tengo un especial interés por la Generación del 14. Las obras de aquellos intelectuales retrataron una Hispania muy similar a la de hoy. En su obra: "España en el Crisol", Luis Araquistáin describe la patología del alma española. Un país – decía este ilustre escritor- con una enorme falta de espíritu público; con una mezquina búsqueda de interés personal; con un odio al pensamiento y la cultura; con un altísimo escepticismo político y, con una hostilidad a todo esfuerzo que no merezca rendimiento inmediato. Ortega – su compañero de café, en el Atneo de Madrid – criticó al periodismo de partidos y luchó por instaurar un modelo basado en la pedagogía social. El periódico, decía el autor de "las masas", debía ser un maestro de papel para adiestrar a sus alumnos – los lectores – en las artes democráticas. Las élites intelectuales eran las únicas capaces de llevar a cabo reformas en el seno de los cetros. Estos señores, en discrepancia con Marx, no defendían una revolución desde abajo sino, todo lo contrario: un cambio social desde arriba; desde los cuellos blancos y los taquígrafos del conocimiento. La transformación consistía en "europeizar a España". Europa era la panacea a todos nuestros males; lo mejor, decían, para salir del agujero.

Artículo completo en Diario Información

Las urgencias de Rodríguez

El pasado día 1 de abril, leí un reportaje, en el suplemento "Vida & Artes" de El País, titulado: "el abuso de urgencias se paga". El texto, a dos páginas, versaba sobre la polémica suscitada por el presidente de la Organización Médica Colegial, don Juan José Rodríguez Sendín. Decía este "pez gordo" de las tripas sanitarias que: "pondría un pago por utilizar mal los servicios sanitarios, al igual que multan por ir por carretera cuando se pasa de 120 kilómetros por hora. Hay gente que va a urgencias no por miedo o porque esté preocupado, sino por saltarse la lista de espera, y así lo que se consigue es saturar los servicios de urgencias para quienes de verdad lo necesitan". También decía – pido disculpas por la extensión de la cita – que: "muchas cosas que se ven en urgencias podrían tratarse en primaria. El sistema hay que protegerlo con protocolos, y una parte de estos es que se pase por primaria antes". Si no he entendido mal a don Juan José Rodríguez, lo que ha querido decir con sus palabras es que se pague por consumir los servicios de urgencias hospitalarios cuando se "sospeche" que el paciente está haciendo un uso indebido de los mismos. Uso indebido consistente en acudir al hospital sin haber pasado antes por el médico de cabecera. Estas declaraciones se hicieron en el Foro de la Nueva Economía y en presencia de Ana Mato, ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

Si  algún día esta medida se aplicara – no me extrañaría nada – probablemente yo – el que escribe – sería uno de sus principales infractores. Lo sería y les voy a decir el porqué. Hace unos meses, concretamente estas navidades, asistí a mi médico de cabecera por un dolor punzante en el pecho. Me dolía justo en el esternón. Tras el reconocimiento protocolario, el doctor me diagnóstico ERGE. Era la primera vez en mi vida que oía semejante tecnicismo. Cuando llegué a casa,  lo primero que hice fue teclear "ERGE" en el Google. Las siglas correspondían a:  "Enfermedad por Reflujo Gástrico Esofágico". La sintomatología que leí en Internet, la verdad sea dicha, estaba a "años luz" de la mía. A pesar de la desconfianza con el diagnóstico del facultativo seguí el tratamiento prescrito: Omeprazol y Levogastrol, durante dos semanas. Transcurridos quince días,  volví a a mi médico de cabecera. Tras un nuevo reconocimiento  – ¡donde dijo digo dijo Diego! – el ERGE que, supuestamente padecía, se había convertido en una "costocondritis". Volví a casa y, ni corto ni perezoso,  hice lo mismo que la vez anterior. Tecleé "cos-to-con-dri-tis" en el portátil y zas: "inflamación de los cartílagos que unen el esternón con las costillas". Después de otras dos semanas con el maldito dolor decidí "plantarme" en el hospital. Recuerdo que era un viernes. Llegué -llegamos, me acompañó mi mujer-,  a las ocho de la tarde y salí – salimos- a las tres de la madrugada. El diagnóstico: "gastritis aguda".

Lunes por la mañana volví a la consulta de mi médico de cabecera. Por la expresión de su cara, percibí que no le había sentado nada bien que hubiese acudido al hospital. Me dijo que: "mi médico era él y que no debía ir – se refería a mí – por ahí consumiendo servicios de urgencias y saltándome los protocolos de cabecera". También dijo que la "ciencia era un arte" y que ellos trabajaban con "suposiciones"; luego no compartía, en absoluto, el diagnostico hospitalario. Le dije que por favor me derivase a un traumatólogo o al especialista que estimase oportuno. Después de estar otras dos semanas tomando Ibuprofeno para la supuesta dolencia, decidió enviarme al "Internista". De eso han pasado cinco semanas y todavía estoy esperando que me llamen. Sigo con el dolor en el pecho; tomando antiinflamatorios y sin apenas mejoría. Si no me llaman pronto – por mucho que diga el señor don Rodríguez – volveré a urgencias del hospital; me saltaré los protocolos de cabecera, y lucharé hasta que solucionen mi problema. Seré un "infractor sanitario" – un caradura de lo público –  pero, ustedes, en mi lugar, qué harían: ¿esperarían meses y meses, con un dolor punzante en el pecho, para no alterar las larguísimas listas de espera o acudirían al hospital más cercano para aliviar su dolencia?

Son, precisamente, la lentitud de las listas de espera y  la burocratización ineficiente del sistema sanitario, las que invitan al paciente a acudir a los hospitales para que les solucionen sus dolores. La masificación de las urgencias no se puede reducir al sumatorio de casos como el mío; no. Hablar en esos términos es hacer demagogia para regalar los oídos a la ministra de turno. Las urgencias – querido Rodríguez – están masificadadas – entre otras razones – por la falta de médicos;  de recursos técnicos y, por qué no decirlo, por la derivación, desde hace dos años, de los "sin papeles" a los hospitales. Cuando estuve en el hospital, la inmensa mayoría de los que aguardaban en la cola eran extranjeros. No digo que fuesen "sin papeles", puesto que no les leí la cartilla pero, lo cierto y verdad, es que  eran inmigrantes; que libremente habían optado por ir al hospital, en lugar de a su médico de cabecera. Cobrar por acudir al hospital supondría un hachazo más al endémico Estado del Bienestar. Mientras Obama lucha contra la Tea Party para emular nuestro modelo de Seguridad Social; aquí, sin embargo, los tiros apuntan hacia una "americanización" de la sanidad, al más puro estilo "republicano" -neoliberal-. Con esta medida arreglaríamos un roto para crear un descosido. Por un lado habría menos gente en los hospitales – ¡chapeau por Rodríguez! – pero por otro "volverían – como dijo Gustavo – las oscuras  golondrinas/ en tu balcón sus nidos a colgar,/ y, otra vez, con el ala de sus cristales/ jugando llamarán/…". En suma, si ahora las listas van lentas como tortugas; con el "pago de urgencias", las listas se alargarán hasta el hastío. Una  vez más, unos pocos; los que más dinero tienen  pagarían el servicio de urgencias y podrían permitirse el lujo de no esperar eternamente la llamada del especialista. El Gobierno obtendría, por esa vía,  más dinero,  proveniente de los bolsillos de pacientes vip  y,  los mercados verían con buenos ojos la medida, por el éxodo de algunos pacientes hacia las arcas de lo privado. También, por qué no decirlo, subiría el precio del Paracetamol. Subiría por el incremento de su demanda. Los pacientes, desesperados por la lentitud de la llamada, recurrirían a él para calmar sus dolores. ¡Bravo por Rodríguez!

Desde que Rajoy empuñó el cetro de La Moncloa, la sanidad pública – la de todos – ha ido para atrás como los cangrejos de Torrevieja. Se han incrementado las listas de espera, las mismas que tanto criticó José María Aznar a Felipe González en los tiempos de Roldán; hay menos médicos en los hospitales, fruto del desmantelamiento del Estado del Bienestar; hay más enfermos en los pasillos, sobre todo en las tierras de Cospedal; se ha institucionalizado el "copago farmacéutico" o, mejor dicho, el "repago sanitario"; se ha incrementado el ratio médico – paciente. En fin, la calidad del servicio público sanitario ha disminuido considerablemente. A todo esto hemos de añadir una serie de factores de riesgo que agravan al problema: el envejecimiento de la población, producto de la vejez del baby boom de los sesenta; el aumento de casos oncológicos, sobre todo de mama y pulmón; el incremento de enfermedades neurodegenerativas; el aumento de la esperanza de la vida; el incremento de patologías psicológicas, depresión y ansiedad. También abundan los problemas de obesidad infantil; los infartos; los dolores articulares y, un sinfín de problemas sanitarios, producto de la sociedad moderna de nuestros días. Por todo ello, el Gobierno debería contratar más facultativos; construir más hospitales e,  invertir más en I+D. Seguir estas recomendaciones supondría incrementar el gasto público; aumentar, por tanto, el déficit y, ser vistos como derrochadores por los ojos de Merkel.

Elecciones mudas

Faltan pocas semanas para las elecciones europeas y el Pepé todavía no ha dicho quién será su cabeza de cártel para las mismas. Ayer, sin ir más lejos, en la tertulia de Al Rojo Vivo se hablo, y mucho, sobre este tema. En la mesa de invitados estaban: Paco Marhuenda, Antonio Miguel Carmona y Jesús Maraña. Decía el director de La Razón que la "ausencia de candidato" formaba parte de la estrategia política de Rajoy; que la demora en la presentación del candidato estaba dentro de los plazos legales y, por tanto, no era criticable. Jesús Maraña, por su parte, aludió a los argumentos esgrimidos, el otro día, por Elena Valenciano; "el PP no tiene candidato porque no hay nadie que quiera dar la cara por el partido" y, también, que lo que está haciendo el partido de Rajoy atentaba contra la salud democrática. Lo cierto y verdad, aunque no soy para nada "admirador" de Marhuenda, es que la demora del candidato está dentro de la legalidad. Otra cosa es el debate ético que suscita la polémica. Desde la crítica debemos ir más allá del titular y analizar los porqués que hay detrás de la "estrategia política de Rajoy". Como ustedes saben bien, a nuestro Presidente le gusta aquello de "manejar los tiempos". En política, en palabras del sociólogo, no es tan importante "lo que se dice", que lo es, sino el "cuándo y dónde se dice". Hace años, no sé si lo recordarán, los guiñoles franceses ironizaron sobre nuestros deportistas y el dopaje. Rajoy contestó a tales críticas con estas palabras: "el mayor desprecio es no hacer aprecio" o, dicho en otras palabras, lo mejor es no contestar a las críticas hasta que el temporal amaine.

Desde que don Mariano llegó al poder, su estilo de liderazgo se ha distinguido por las siguientes características: poca visibilidad mediática para evitar el desgaste que sufrió su antecesor, Zapatero; ruedas de prensa sin preguntas y, en ocasiones, "emplasmadas" para defenderse ante la prensa; "cortinas de humo" como cortafuegos para los incendios de la corrupción, ejemplo: el recurso, este verano, a resucitar "Gibraltar" para apagar los troncos de "Bárcenas"; demorar las decisiones hasta el último momento, lo hizo en los tiempos del "rescate" y lo está haciendo ahora con el candidato a las europeas. Esta estrategia de "ganar tiempo" – aconsejada por Arriola, sociólogo del Presidente, le sirvió a Rajoy para atesorar el principal trofeo de su legado: el "no" al rescate; después de estar más de un año deshojando la margarita: "rescate sí, rescate no". Si no hubiese aguantado los caballos – decía Antonio, pepero hasta las trancas – hoy seríamos la nueva Grecia de Europa. Un país estigmatizado y mal visto por los mercados. Pues bien, algo parecido – como les decía atrás – está sucediendo con la designación del candidato a las próximas europeas. Si la estrategia sale bien, es decir, si el Pepé ganara, aunque fuese por un voto, las elecciones del próximo 25 de mayo, Rajoy será Dios ante los suyos; por haber "aguantado los caballos y demorar al candidato". Ahora bien, si por sorpresas de última hora -poco probable – ganase el PSOE, Mariano pasaría a la historia de Génova por ser el genovés que ahorcó a su partido en los patios europeos.

No se lo perdonarían los suyos. Pero no se preocupen, sea quién sea el cabeza de cartel, el PP tendrá movilizado a los suyos y, tomando nota de la debacle francesa, muy probablemente ganará las europeas. 

Con la demora en la elección del candidato, Rajoy ha pasado de la invisibilidad mediática acostumbrada a la visibilidad mitinera de antaño. Tanto es así, que el pasado sábado se celebró un mitin del PP en Valencia y, sin cabeza de cartel mediante, parecía que era el mismo Mariano, quien se presentaba a las urnas. En dicho evento, el Presidente utilizó la demagogia para calentar a los suyos. Mientras la izquierda lo acusa de desmantelar el Estado del Bienestar, para Rajoy ha sido él, el salvador de la catástrofe "causada" por las filas socialistas. Dijo que: "en España sigue habiendo un sistema de pensiones público – faltaría más – y en España no se le ha congelado las pensiones a nadie salvo con el PSOE. En España sigue habiendo prestaciones por desempleo – cierto, pero reducidas en un 10% a partir de los seis meses de prestación – sigue habiendo un sistema de educación pública – cierto, pero más desigual: con menos becas – Por tanto – concluyó – no vengan con historias quienes han llevado este país a la ruina – en referencia a la herencia de ZP-". En fin, retórica barata y demagogia mitinera para avivar los miedos e indignación que se vivieron, en este país, durante los últimos meses del zapaterismo. Es, precisamente, este afán repentino de protagonismo mediático del Presidente, el que invita a la crítica a encontrar los secretos que se hallan en la estrategia de Arriola. Ahora que las cosas bien – se preguntaba esta mañana Alberto, mi "compañero" de café – le interesa – a Rajoy – hacer campaña electoral; sacar pecho de las cifras del paro y vender a Europa el "España va bien" de "las grúas y ladrillos". ¿Por qué no habla don Mariano: del incremento de la desigualdad social; de los altos índices de pobreza; de las gallardonadas de Alberto; de las manifestaciones contra sus políticas; de los recortes en sanidad y educación; del incumplimiento de su programa?

El nombramiento tardío del cabeza de cartel tiene dos consecuencias positivas para las siglas de Rajoy. La primera: sin candidato presente, las elecciones se deciden en clave de partido. ¿Qué quiero decir con esto? Sin nombre y apellidos sobre el tapete de la contienda, el PP deja poco margen para que sea el candidato y no el partido, quien se lleve, la probable, medalla de las urnas. Así las cosas, al no existir protagonista, el protagonismo de la "película" queda diluido entre todos los personajes de la trama, o sea, el partido. La segunda consecuencia: al no existir, todavía, ningún candidato, se demora la crisis, posible, de Gobierno que suscitaría la elección de alguien del Ejecutivo. Lógicamente, la hipotética elección de Cañete supondría una reestructuración, por pequeña que sea, de la composición del equipo. La espera, por el movimiento de la ficha, es la opción menos mala, para que los medios tengan menos margen de maniobra para poner el punto de mira, en el candidato elegido y en su sustituto, que en el triunfo del partido. Ahora bien, la demora del candidato no sitúa al PP en un camino de rosas. No lo sitúa, les decía, porque el retraso en la elección del candidato, sitúa a la filas de Mariano en las salas de la hipocresía. Por un lado, Rajoy vende en el atril de la tribuna "la importancia de Europa para España", pero, si embargo, de puertas para adentro, continúa callado como tumba, sin pronunciarse acerca de quién será elegido.

Días contados

Si analizamos los resultados de las elecciones francesas, celebradas el pasado domingo, podemos extraer varios titulares. El primero: "mientras las siglas de Hollande pierden 151 ciudades, las sombras de Sarkozy ganan 142". El segundo: "la hija de Le Pen conquista 11 ciudades"; y el tercero: "el 36.3% de los galos no acudieron a las urnas". Como ustedes saben, en función del color del periódico, las balanzas de la noticia se inclinan para un lado u para el otro. Desde la crítica debemos analizar los porqués que se hay detrás de cada titular, más allá de los intereses editorialistas de algunos medios. Las razones del primer titular nos las ofreció Hollande, tras conocer la derrota: "un cambio insuficiente, demasiada lentitud, poco empleo y poca justicia social, demasiados impuestos, poca eficacia de la acción política y demasiadas dudas sobre cómo salir de esa situación". El segundo titular: la victoria de Marine Le Pen, lo explica muy bien Dominique Reynié, politólogo francés: "entre un cuarto y un tercio de la población se siente abandonada por su Estado. Muchos buscan una salida y no la encuentran en los partidos tradicionales. Les queda elegir al FN o no votar". La hija de Le Pen ha suplido con su discurso las debilidades del bipartidismo galo. Durante su campaña apeló al agotamiento del Estado del Bienestar; la desesperación de los jóvenes; los problemas del envejecimiento y, sobre todo, la inseguridad francesa. Inseguridad determinada, según ella, por las olas de inmigración irregular que azotan a Francia desde los tiempos de Mitterrand. En resumen: discurso antisistema, euroescéptico y nacionalista; son las claves para entender el ascenso de Marine. El tercer titular: "la abstención". Treinta y seis de cada cien franceses optaron por no votar. Lo hicieron, verdad de las grandes, como protesta contra la "incompetencia" de la clase política para resolver sus problemas y la desideologización de la izquierda.

En la Hispania de Rajoy existen paralelismos con la Galia de François. Existen, y no lo digo yo sino el último barómetro del CIS, una alta – altísima- desafección social con la política. Desafección provocada por algunas de las razones que en el párrafo de arriba, esgrimía Hollande: "demasiada lentitud, poco empleo, poca justicia social, demasiados impuestos, poca eficacia de la acción política y demasiadas dudas acerca de cómo salir de esta situación". También tenemos problemas similares a los aludidos por Marine: desmantelamiento del Estado del Bienestar; juventud desesperada por "querer y no poder trabajar"; dudas sobre la sostenibilidad futura de las pensiones; inmigración irregular, frenada por vallas afiladas y pelotas de goma; dudas, muchísimas dudas, acerca de las recetas para salir de la crisis. Y finalmente, aumento de la abstención ciudadana, fruto del cansancio ciudadano por la ineptitud de sus representantes. La principal diferencia con nuestros vecinos del Norte es que mientras ellos son gobernados por el cetro de la izquierda, nosotros lo somos con el cetro de la derecha; aunque, la verdad sea dicha, en la praxis las políticas de sendos países circulan por los mismos derroteros: más desigualdad social y falta de luces para enderezar la crisis. La elección de Manuel Valls como primer ministro francés ubica al "gobierno de combate", en palabras de Hollande, a las orillas de la derecha. Manuel Valls, para que nos entendamos, es el "Bono" español, en otras palabras, la "oveja neoliberal" de la izquierda francesa. Un político de fachada roja y verborrea "felipista" pero con alma conservadora, al más puro estilo "Sarkozy". Para equilibrar la "derechización" del Elíseo, el nuevo Ejecutivo cuenta en sus sillas con Ségolnè Royal -, expareja de Hollande – al frente de Ecología, y Montebourg a los mandos de Economía. Monteburg se define neoproteccionista y afín al discurso antiglobalizador. El nuevo Ejecutivo aglutina en sus filas a los polos opuestos de la izquierda gala. Los aglutina con objeto de frenar para las próximas elecciones: el éxodo progresista hacia las filas lepenianas y la abstención ciudadana.

La derrota de Hollande invita a la crítica a reflexionar sobre el cataclismo que está sufriendo la izquierda occidental. Un cataclismo, les decía, marcado por el contraste entre: la teoría de la calle y la praxis de las urnas. Por un lado estamos viviendo – los españoles – un lustro de movilizaciones sociales contra las políticas llevadas a cabo por el Ejecutivo. Manifestaciones en contra de los recortes; del aborto; de los desahucios, de las preferentes; de la reforma laboral; de las subidas de impuestos; de la corrupción… Movilizaciones sociales contra la "indignidad" de una "clase política"; que gobierna para los suyos y olvida en el arcén a los "votantes de la competencia". Mareas ciudadanas, verdes, blancas y amarillas, que claman en el asfalto de las plazas un Estado más intervencionista; que mire más por los ciudadanos y menos por los mercados. Un Estado del Bienestar que ofrezca a la sociedad los mínimos necesarios para garantizar unos servicios públicos de "calidad"; consistentes en: hospitales: sin camas en los pasillos, sin largas listas de espera; colegios: con instalaciones decentes, sin barracones y, juzgados: descongestionados, más rápidos y eficaces. Hasta aquí: la teoría. La praxis, queridísimos lectores, circula por otros derroteros. En la praxis de las urnas no hay una coherencia entre el mensaje de la calle y los resultados electorales. A pesar de que España, como la mayoría países, es sociológicamente de izquierdas, la derecha gana por aplastante mayoría. ¿Por qué, se pregunta Carmelo? Por las grietas de la socialdemocracia; por la desafección de los jóvenes con la política; por el incremento de la abstención y, por la desideologización las políticas nacionales; sujetas a las directrices europeas.

Hollande no ha barrido las cenizas del jarrón "Merkozy". Francia no lidera, ni liderará Europa, ni siquiera ha creado una corriente socialdemócrata que sirviera de freno a la involución social auspiciada por Ángela. La derrota de Hollande sirve a los otros – a nosotros – para vislumbrar la tendencia del voto para los próximos comicios europeos. Sabemos, valga la obviedad, que ni Francia es España, ni España es Francia, pero la empírica de los hechos demuestra que tanto François como Zapatero han sido castigados por no llevar a cabo políticas valientes; que pongan contra las cuerdas a los intereses alemanes. No las han llevado, ni las llevarán, porque el modelo político europeo impide a sus miembros gobernar con libertad en el seno de sus cabañas. Es, precisamente, la falta de libertad de Hollande y ZP, la que les ha impedido dirigir sus países con el cetro de la izquierda. Esa falta de libertad o prisión neoliberal, llamada Europa, se manifiesta en el asfalto de las plazas mediante corrientes de indignación callejera y castigo electoral, el día de las urnas. Mientras Merkel gobierne Europa solo habrá cobijo para las políticas neoliberales; las otras – las políticas socialdemócratas- tienen los días contados en este desaguisado. Atentos.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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