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De Zapatero, el Estatut y el referéndum

El otro día, me preguntaba Alejandro sobre la cuestión catalana. Quería saber, este lector de las tripas andaluzas, cómo repercutiría el conflicto independista, si hoy se celebraran elecciones generales. En la primera legislatura de Rodríguez Zapatero, como recordarán, Mariano Rajoy politizó hasta la médula el terrorismo de ETA. Los atentados de Atocha, y lo que ustedes y yo sabemos, trajo consigo el fin del aznarismo. Esta "hostia política", y perdonen por el término, llevó a ZP por la calle de la amargura. Lo llevó, como les digo, porque su supuesta negociación con los terroristas fue utilizada por el Pepé como arma arrojadiza. Un arma, valga decirlo, insuficiente para reconquistar La Moncloa, pero eficiente desde el punto de vista mediático. Gracias a la omnipresencia de aquel agrio debate, Mariano Rajoy consiguió pasar de puntillas por otros temas más peliagudos para sus fines electorales.

La segunda legislatura de ZP estuvo marcada, como saben, por el Estatut Catalán y el "modelo de país". En aquellos momentos, el presidente del Gobierno defendió lo que hoy defiende Sánchez: una España quasifederal enmarcada en el concepto constitucional de "Estado de las Autonomías". La aprobación del nuevo Estatut avivó la llama entre unionistas y federalistas. Así las cosas, el Pepé – unionista – impugnó el texto ante el Tribunal Constitucional y firmó, como saben, su sentencia de muerte como fuerza electoral en las tierras catalanas. En aquel momento el debate no era el derecho de autodeterminación, sino el agravio comparativo que suponía la aprobación de estatutos desiguales para regiones iguales. Hoy, tras diez años de aquellos lodos, muchos pensadores ponen en perspectiva la decisión de ZP. Muchos se preguntan, y yo entre ellos, si la concesión de aquellos privilegios han condicionado, de alguna forma, la progresión de las élites catalanas hacia la independencia.

El Pepé, valga la obviedad, está sacando tajada electoral de la cuestión catalana. La está sacando, queridísimos lectores, porque ha encontrado en el conflicto nacionalista su hecho diferencial. Gracias al brote independentista, Mariano Rajoy ha conseguido acentuar su discurso unionista de los tiempos de Zapatero. La incertidumbre sobre el desenlace del referéndum, el miedo social a una hipotética contienda civil e intervención del ejército, el deterioro de la marca España en el entorno internacional, y la turbulencia que todo esto supone para la economía nacional; sitúa a Rajoy en los tiempos del rescate. Un rescate ahora geopolítico que refuerza la función del socio mayoritario del Gobierno en detrimento del PSOE y Ciudadanos. La defensa a ultranza del Estado de Derecho fue lo mismo que hizo Mariano en la primera legislatura de Zapatero. Una defensa, como saben, que no sirvió para combatir la lacra del terrorismo etarra. Solamente la "supuesta negociación" – el cauce informal – contribuyó para que en los últimos días de Zapatero, ETA anunciara su final.

Así las cosas, Rajoy está cometiendo el mismo error que ayer. La insistencia en el Estado de Derecho es un recurso necesario pero no suficiente para frenar "el caballo desbocado" de la desobediencia civil. Hoy, más que nunca, hace falta negociación y la intervención de la Comunidad Internacional. Negociación – tal y como ha insinuado Sánchez – para que Catalunya acepte de una vez por todas una quasi independencia dentro, eso sí, del Estado de las Autonomías. Esta negociación – nada fácil – conlleva la agudización del "agravio comparativo" que tanto denunció el Pepé. Un agravio que se solucionaría con más competencias al resto de comunidades. En resumen, más independencia interna con el objeto de equilibrar la balanza interregional y evitar, por tanto, un mal mayor. Por otro lado, es urgente que la Comunidad Internacional se pronuncie sin ambigüedades sobre el conflicto catalán. Un conflicto que, de alguna manera, interesa a unos países más que a otros. Países, como les digo, que analizan con entusiasmo cómo harán leña del árbol caído.

 

Detrás del referéndum

Ayer, tras un verano alojado en Torrevieja, tomé café en El Capri. Necesitaba hablar con Peter sobre la cuestión catalana. Peter, por si no lo saben, nació en Sevilla pero, por cuestiones laborales, emigró a Catalunya. Tras varias décadas de camarero en un garito de Barcelona, decidió abrir un bar en los intramuros de mi pueblo. De su estancia en las tierras de Pujol, me contaba que siempre se sintió como un bárbaro en tierra de romanos. Se sentía así, queridísimos lectores, porque muchos catalanes le miraraban por encima del hombro por su acento andaluz. Tanto es así, que algunos ni siquiera frecuentaban el garito porque les incomodaba horrores – según Peter – que un español les sirviera el carajillo. Me contaba que Catalunya era un mundo aparte, una tierra distinta al folklore de Sevilla, al buen vino, al jamón y a la peineta.

Ese carácter diferente de los vascos y catalanes ha sido, como saben, objeto de brotes separatistas desde los tiempos republicanos. Brotes, como les digo, que de alguna manera han sido apagados por Aznar y González mediante prerrogativas territoriales a cambio de alianzas parlamentarias. Hoy, las circunstancias han cambiado; la aritmética del hemiciclo impide a los nacionalistas fortalecer sus muros con el cemento de sus vecinos. Desde los tiempos de Artur Mas, el catalanismo ha pasado de ser una cuestión de despacho a un problema de la calle. Un problema, queridísimos lectores, fomentado desde arriba para consolidar las fuerzas independentistas en detrimento de los partidos unitarios. A día de hoy, el objetivo – para bien o para mal – se está consiguiendo. Hoy, me decía Peter, hay más catalanes de pedigrí que en sus tiempos de garito. Más catalanes, como les digo, que creen en la utopía de una Catalunya libre e indepediente.

Digo utopía, estimadas señoras y señores, porque nuestra Constitución es tan rígida que el corazón social es poco probable que venza a la razón legal. El Estado de Derecho tiene instrumentos suficientes para impedir que el sueño de Puigdemont se haga realidad. Ahora bien, aunque Catalunya choque de manera frontal con "el muro de Madrid", lo cierto y verdad, es que la construcción del sentimiento es casi imposible de frenar. El odio de los de dentro hacia los de fuera estimula, cada vez más, el populismo catalán. Un populismo, similar al de Trump, que sirve a las élites separatistas para conseguir "clientelismo electoral", a costa de tapar los "problemas de verdad". Se realice o no el referéndum, lo cierto y verdad, es que el armamento legal está siendo cada vez menos eficaz para frenar el "Irma" catalán. Así las cosas, los argumentos de Rajoy, Sánchez y demás caen en un saco roto. Caen en saco roto, como les digo, porque detrás de las posibles sanciones el día después del 1-O se esconde la construcción de una emoción.

Ante esta situación, más política que jurídica, solo cabe la "erosión" del sentimiento independentista. Erosionar la "nacionalidad" no es tarea fácil. No lo es porque tras la frustración del "querer y no poder" viene la tensión, el odio y la agresividad. Una tensión que recuerda a los conflictos interculturales que padecen, desde hace medio siglo, algunos países del Este. Por ello, queridísimos lectores, aunque tengamos la tranquilidad que nos proporciona un Estado de Derecho fuerte, nadie puede frenar el odio, el amor, la tristeza y, por qué no, el sentimiento de pertenencia a una tierra, a un lugar. Por ello, hoy por hoy, el separatismo está más vivo que nunca. Lo está porque Puigdemont ha ido más allá que Artur Mas y lo está, auque a muchos nos moleste, porque el Brexit, el Trumpismo y el Lepenismo han avivado la llama del nacionalismo. Estamos ante un problema que no se soluciona con penas y sanciones económicas sino con pedagogía y sentido común. Algo, hoy por hoy, difícil de conseguir.

La pisada del elefante

Tras un mes fuera de combate, ayer decidí comprar el periódico. Estaba mucho tiempo sin deambular por las calles del vertedero y, la verdad sea dicha, necesitaba una dosis de veneno para despertar el intelecto. Aparte del referéndum catalán y los ecos del atentado de Barcelona, el "producto" que más me llamó la atención fue la portada de "El País Semanal". Me llamo la atención, queridísimos lectores, porque abrió las heridas que yacen en mi interior. La portada, por si ustedes no la han visto, ilustraba una entrevista a Javier Marías con motivo de su reciente novela. Me molestó que el articulista de dicha revista ocupase parte de la misma para la promoción de su libro. Y me molesto, claro que sí,  por el agravio comparativo que supone el elitismo cultural. Un elitismo, que juega con ventaja en un mundo – el nuestro – de talentos invisibles.

Hace años cuando salió a la luz "El Pensamiento Atrapado", mi primer y posiblemente último libro, supe cómo se movían los hilos en la industria de la cultura. Antes, el velo de la ignorancia – como diría John Rawls si viviera -, me impedía ver más allá de las entrevistas publicadas a escritores de renombre. Tras la publicación de mi ensayo entendí por qué las hormigas son incapaces de sobrevivir ante la pisada del elefante. Por muchos ejemplares que envíe a los tigres de papel, ninguno hizo caso a mis peticiones de visibilidad. Ninguno contestó a las solicitudes de reseñas. Y ninguno – y perdonen por la redundancia – se molestó en el cumplimiento de mi sueño. Este "vacío cultural" hacia los débiles de la manada es la tónica que sufren cada día los anónimos de la escritura. Anónimos, huérfanos de padrinos, que son incapaces de vender sus ediciones y obtener el reconocimiento de su talento. Así las cosas, la mayoría de las editoriales prefieren escritores mediáticos que "manuscritos sin nombre".

Ante esta injusticia cultural, la crítica no puede pasar de puntillas. No puede, como les digo, porque sino se corre el riesgo de caer en los precipicios del Medievo. Precipicios, como saben, donde la Iglesia ostentaba las llaves del saber ante la ceguera de los súbditos. Una Iglesia – una "élite cultural" como diríamos hoy – que impedía a los otros – "los científicos", el talento de hoy – demostrar su valía. Para evitar este peligro – el oligopolio de la cultura – es necesario que se tome "la Bastilla". Para ello, la prensa debería – y lo llevo reivindicando desde hace años – rotar a sus firmas de opinión. Firmas que, como saben, llevan décadas "amarradas" a sus columnas semanales. Es necesario, por el bien de todos, que tales literatos y periodistas pasen el testigo a plumas emergentes. Por otro lado, sería conveniente un periodismo estatal – sin caer en el nacionalismo mediático – que corrija los fallos del mercado. Un periódico estatal que abra sus pergaminos al "rebaño de los anónimos".

El año pasado escribí "el vertedero", una crítica ácida al periodismo que nos envuelve. Harto de censuras y trabajos mal pagados, decidí encarcelarme en las celdas de mi blog. Decidí el "aislamiento" – como diría Heidegger – para ser libre de las ataduras del sistema. Una libertad, claro está, necesaria para la "autenticidad". Hoy, tras doce meses de carrera en solitario, me encuentro en el kilómetro cero. Un punto incómodo para cualquier ave que desea volar con sus alas malheridas. A pesar de ello sigo aquí, escribiendo con la frustración de "querer y no poder". Querer llegar a más lectores y no poder por la falta de recursos. Unas condiciones – las mías – que entorpecen el disfrute de un viaje apasionante. Sigo escribiendo – y lo he reiterado en varias ocasiones – porque las pocas satisfacciones que recibo compensan la navegación contracorriente. Ojalá algún día, la sombra de las hormigas detenga la pisada del elefante. Incrédulo.

Tras la lectura de Rorty

El otro día terminé de leer la obra de Richard Rorty, un filósofo estadounidense de corte postmodernista. La lectura, aparte de la retórica y dificultad de su prosa, ha sido una experiencia apasionante. La ha sido, queridísimos lectores, porque mis pensamientos han empatizado con los suyos. Hace años – y valga la anécdota que les cuento – mientras tomaba café en El Capri, conocí a un tipo de aspecto desaliñado y cultura refinada. Aquel tipo me regaló un libro escrito por él a cambio de un carajillo. Licenciado en filosofía por la Universidad de Murcia hablamos largo y tendido sobre el Manifiesto Comunista y el fin de su ideología. Me dijo que si Dickens hubiese tomado una caña con Marx en un garito londinense, Oliver Twist sería algo más que una novela por entregas.

Mientras leía a Rorty, me vino a la mente el diálogo que mantuve con el tipo del párrafo de arriba. Me vino a la mente, como les digo, porque el autor menciona a Dickens a lo largo de su obra. Según Richard Rorty, la literatura pone de relieve las pasiones y necesidades de la época. Unas pasiones necesarias para el surgimiento del Estado de derecho. Las escenas descritas en Oliver Twist fueron, según el propio Rorty, necesarias para el pensamiento político de la modernidad. Lo fueron porque dibujaron de forma fiel la situación de los pobres. Pobres que servirían para ilustrar la crítica que hizo Marx a la cuestión social, la desigualdad exacerbada que se vivió en Inglaterra tras la Revolución Industrial. Así las cosas, la literatura se convierte, siguiendo a Rorty, en un instrumento más pragmático que la filosofía para entender el funcionamiento del Estado. Sin literatura, y esta es la grandeza de Rorty, las élites no serían sensibles a las necesidades de la gente.

En días como hoy, el pensamiento de Rorty se convierte en inmortal en el ideario colectivo. La gente echa en falta la humanización de la política. Los políticos son vistos como gente distinta y alejada a los problemas de sus pueblos. Unos pueblos que sufren cada día los recortes, la precariedad laboral y la angustia existencial que supone el relevo generacional. Por ello, queridísimos lectores, es necesario más arte que filosofía para entender la política. Más arte – en todas sus vertientes – para que las pasiones rieguen de empatía los surcos de "los de arriba". Para ello, el cine debería retratar las emociones escondidas en las alfombras de la mayoría. Películas como Barrio, los lunes al sol y otras de temática social servirían para que los políticos se asomaran a la realidad del electorado. La literatura debería, siguiendo a Rorty, reescribir la segunda parte de Galdós. Una segunda parte, como les digo, que reflejara las penurias que sufren muchos pobres con corbata.

La arquitectura, por su parte, debería representar la discriminación por sexo, raza o religión que sufren las sociedades. Rascacielos grandes y azules en contraste con edificios feos y rosas para criticar, desde lo urbano, el desequilibrio social entre lo masculino y lo femenino. Esculturas en las grandes avenidas con los nombres de las mujeres, que cada año fallecen a manos de sus parejas. Falta, como les digo, una arquitectura de denuncia social para que los Quijotes bajen de sus caballos y vean la realidad desde la perspectiva de sus Sanchos. No podemos seguir atornillados a la ilusión del romanticismo. Un romanticismo que retrata cada día los ideales del credo americano.  Es el momento de hacer visible la miseria material que se acumula en los intramuros de muchas instituciones. Estamos, como diría Dickens si viviera, ante una sociedad enferma por el síndrome de Diógenes que padece. Una sociedad de vergüenzas reprimidas, de talentos desperdiciados y de periódicos que contribuyen a la perpetuación de la ceguera.

¿Dónde están los honrados?

Hoy, mientras visionaba noticias sobre Rajoy y su declaración como testigo por el caso Gürtel, me ha venido a la mente: "no nos representan", una frase que leí hace años en una vieja estación de tren. Aquella frase escrita con spray me impresionó porque conectaba con mi pensamiento. Desde que era niño, y de ello ha llovido bastante, siempre he creído que los políticos, no todos pero sí la mayoría, velan por sus intereses. Velan tanto por su bienestar que se olvidan de nosotros, los votantes. A veces llegan a manchar sus manos en el fango de la tentación; a manchar, como les digo, su honestidad con el ácido de la corrupción. Una corrupción que infecta las instituciones y debilita la confianza ciudadana. Corrupción que nos persigue desde los tiempos olvidados. Y, corrupción – maldita sea la redundancia – que incendia las redes con la llama de la indignación.

Decía Platón que los políticos debían ser filósofos. Platón fue, por si no los saben, el que puso la primera piedra de las "teorías" del elitismo. Los elitistas defienden que entre el pueblo – la masa como diría Gasset – y el poder debe haber distancia. Una distancia marcada por las piedras de la educación y el entendimiento. Esa distancia crea una barrera entre "los de abajo" y "los de arriba". Distancia que a su vez edifica la idealización de los gobernantes. Las redes sociales y el aumento de la educación de altos espectros de la sociedad han estrechado las orillas. Hoy, los políticos ya no son vistos como señores "sabelotodo" sino como gente que está ahí para "servir a los demás". Ese "servir a los demás" cada día que pasa está más cuestionado. Lo está, estimados lectores, porque los tribunales se han convertido en la segunda casa de la política. Ya no es noticia ver a políticos entrando y saliendo de palacios de justicia. Y ya no es noticia porque las imputaciones son tan comunes, que han perdido la extraordinariedad de los tiempos de Suárez.

Hoy, como decía aquel graffiti del párrafo primero, los políticos no nos representan. No nos representan, y ello me molesta, porque los programas electorales se han convertido en papel mojado; las promesas incumplidas en el pan de cada día y, la expresión de la voluntad general – como diría Rousseau si levantara la cabeza- en pura utopía. Así las cosas, el acto de votar se ha convertido en una acción vacía para sostener, la verdad sea dicha, a quienes viven como príncipes en una isla de plebeyos. Estamos, como diría un economista, ante la generación más preparada de la historia. Una generación de jóvenes formados y capaces de sustituir a la élite que nos sonroja. Por ello mismo, "los de arriba" han perdido el valor que tenían en los tiempos de Gasset. El hemiciclo debería ser el retrato sociológico de la aritmética social. El ciudadano actual no se refleja cuando se mira en el espejo del resultado electoral. No se refleja, queridísimos lectores, porque los diputados son anónimos para la mayoría, porque los ministros – casi todos – no han pasado por las calderas de los barcos que pilotan.

La declaración de Rajoy como testigo pone en evidencia la crítica que planteo. Hoy, don Mariano Rajoy ha sido algo más que el presidente de todos los españoles. Aparte de su condición de inquilino de La Moncloa, el presidente del Gobierno se ha convertido en un político que habla sobre las supuestas corruptelas de su partido. Un represente, valga el término, de las cloacas del poder. Por mucho que haya tirado balones fuera; por mucho que haya negado la mayor, lo cierto y verdad, es que no es estético para los mentidores internacionales que el Primer Ministro de un país comparezca como testigo. Los políticos deberían ser representantes de la honradez. Honradez, como les digo, necesaria para gestionar las arcas públicas sin caer en la tentación de la codicia, y la ostentación material. Políticos honrados – aunque preparados y formados al estilo de Platón – para que la ciudadanía recupere, de una vez por todas, la ilusión por la política. Una ilusión necesaria para que la democracia sea un motivo de alegría.

Las ocurrencias de Nozick

Desde hace más de una semana no actualizaba el blog. No lo hacía, queridísimos lectores, porque necesitaba parar el reloj de la pelea. Necesitaba, como les digo, aislarme del mundanal ruido y meditar, por un instante, sobre el contorno de la figura. Así las cosas, durante este tiempo he meditado acerca de la función del Rincón en el mercado de la lectura. Un mercado, como saben, en decadencia ante el caos que supone la era de las redes sociales. Desde que inicié esta andadura, por los desiertos de la crítica, he conocido de cerca los barrotes de la censura. Tanto es así que hace casi un año decidí andar por libre. Decidí, como les digo, andar por libre que viajar en un vagón azotado por las brisas del precariado. Desde que camino solo, por las calles del vertedero, he percibido el mismo olor que sienten los perros cuando huelen a cadáver.

El otro día terminé de leer "Anarquía, Estado y utopía" de Robert Nozick. Nozick, por si no lo saben, fue un profesor de la universidad de Harvard. Fue un representante del liberalismo radical – más conocido como libertariano -. Me interesó su obra porque necesitaba indagar sobre las bases filosóficas del Thatcherismo. Nozick fue un crítico exacerbado del Estado. Tanto es así que puso a parir a Rawls por su defensa del Estado del Bienestar. A día de hoy, el pensamiento de este liberal sigue patente en algunos rasgos del merkelismo y, probablemente, en los Estados Unidos de Trump. A diferencia de sus coetáneos, Nozick ni siquiera creía en la función de seguridad del Estado. Para él, la seguridad de un país se debía llevar a cabo mediante asociaciones privadas. El Estado mínimo fue el principal argumento que abanderó el pensamiento de este radical. Un pensamiento ajeno – eso sí – a mi inclinación socialdemócrata.

Según Nozick, la conciencia social de la pobreza debería sustituir al Estado Social. Dicho más claro, el "colchón familiar", como diríamos hoy, sería suficiente para evitar la carga impositiva que supone el sostenimiento del Estado del Bienestar. Si fallara el amor al prójimo y la solidaridad social, el miedo y el temor a los disturbios sería la turbina que moviera la ayuda de los ricos a los pobres. Sin ir más lejos, en la Hispania de Rajoy se ha cumplido, en parte, la teoría de Nozick. Se ha cumplido, como les digo, porque gracias a la institución familiar, el desmantelamiento del Bienestar no ha repercutido en una visibilidad de la pobreza como ocurre, por ejemplo, en Estados Unidos. País donde, en tiempos de presidencias republicanas, la mendicidad aumenta por las grandes avenidas. Es precisamente, el dilema entre Estado y mercado el que marca el debate acalorado entre demócratas y republicanos.

En España, como saben, el "marianismo" ha seguido – aunque de forma descalza – los pasos del aznarismo. Los recortes en "tizas" y "ambulancias" han dejado un paisaje desolador para los proletarios de Marx. Aún así, los más damnificados no han tomado conciencia de clase. No ha habido manifestaciones de jubilados en las calles de Madrid, pidiendo a gritos frenos al copago y la subida de sus pensiones. No ha habido – y perdonen por la redundancia – el grito al unísono de cientos de sectores afectados por la violación de sus derechos de clase. Y no lo ha habido, queridísimos lectores, porque estamos impregnados del credo americano. Un credo marcado por el "tanto tienes, tanto vales"; el "sálvese quien pueda" y el desprestigio social de la izquierda. Aún así, a pesar de estar cada día más cerca de que se cumplan las ocurrencias de Nozick, la gente sigue atornillada al sillón de la derecha. Una derecha que gana, una y otra vez, las elecciones generales; a pesar del discurso contrario que se vierte en las barras de los bares.

Sobre África y España

Hace años, cuando estudiaba sociología, tuve un especial interés por el anticolonialismo y postcolonialismo africano. Tanto es así que leí a grandes autores clave como Gandhi, Marcus Garvey, Edward Said y Franz Fanon, entre otros. De todos, me llamó la atención el pensamiento de Fanon. Según este pensador francés, nacido en la Martinica, el instrumento principal de la lucha anticolonial debía ser la violencia. Sin violencia, África seguiría sometida a sus metrópolis, sin salir jamás de su "secuestro". Para ello, para iniciar el proceso de "liberación" se debía tomar conciencia de clase. Tanto es así que Marcus Garvey, pensador y activista político jamaicano, destacó el "orgullo negro" y dirigió el movimiento "vuelta al África". Como ven, se trataba de inyectar a los colonos identidad patriótica. Una identidad necesaria para cultivar un "nacionalismo excluyente", que marcara las líneas entre los de dentro y los de fuera.

Edward Said, critico literario estadounidense, elaboró una crítica humanista a la ilustración occidental. Según este pensador, nacido en Jerusalén, el liberalismo europeo representaba las "narrativas de opresión", una idea marxista sobre el viejo discurso entre opresores y oprimidos. El pueblo africano optó por un postcolonialismo socialista basado en el marxismo. Tras la colonización, África se convirtió en un continente de regímenes presidencialistas, pseudodemocráticos, corruptos, clientelares y con residuos feudales. Regímenes gobernados por el interés de las élites y con marcos económicos sesgados por los excesos proteccionistas. Tanto es así que en el año 2011, la olla a presión de la indignación dijo basta al absolutismo africano. En días como hoy, y tras seis años desde aquel entonces, África continúa incrustada en el subdesarrollo económico y científico, la superpoblación y el drama de la emigración. África se ha convertido, desde la descolonización, en "el vertedero del capitalismo".

La vergüenza del primer mundo no es otra que la mirada de reojo a los problemas de África. Esta mirada de reojo podría sufrirla España si sigue siendo la telonera de Europa. Desde la caída de las grúas – de la España va bien de los tiempos aznarianos -, este país se está convirtiendo en una economía periférica al servicio de los grandes. Un país, que salvo la alegría del turismo, se ha debilitado en cuanto a su modelo productivo. Un modelo, como saben, atornillado a la nostalgia de la burbuja inmobiliaria e incapaz de reinventarse. A día de hoy, la economía despega pero no como muchos desearían. La economía despega con unos motores de empleo precarios en comparación con otros países semejantes. La Tasa de Paro ha bajado pero lo ha hecho, como saben, con la firma de contratos basura. Contratos con salarios insuficientes para arrancar, de una vez por todas, las turbinas del consumo pesado. Así las cosas, la alegría que se percibe no es otra, que el contento que sufren los lazarillos cuando su amo les obsequia con migajas.

La razón de los salarios bajos no es otra que los efectos del capitalismo en países como el nuestro. La subcontratación de mano de obra barata en otros lugares del mundo, el éxodo de talento y la estructura demográfica ilustran el argumento. La política internacional de precios bajos deja poco margen para subir los salarios. No olvidemos que la interconexión de las economías determina los ajustes entre la oferta y la demanda. Solamente las grandes marcas, aquellas que luchan por el prestigio y no por costes, son las que mejor viven en la jungla del XXI. Por ello, la subida de salarios se convierte en una utopía, por mucho que los sindicatos presionen al unísono. La fortaleza de los tigres asiáticos – fortaleza basada en la explotación del derecho laboral – impide que los otros rujan como ellos. Por ello es necesario que España cultive la diferencia – las marcas y patentes – y que fomente la innovación y el desarrollo. Y para ello se necesita, más que nunca, la mano del Estado.

Resistencia y frustración

El otro día leí un editorial del New York Times que me llamo poderosamente la atención. El texto versaba sobre el dilema catalán y todos los adjetivos de su polémica. Al parecer, según pude entender, desde la otra orilla del charco hay un cierto escepticismo acerca del proceso separatista. Como saben, tanto Obama, en su día, como Trump, hoy, son partidarios de que nuestro modelo de país siga conforme al modelo territorial reconocido en la Constitución. Ahora bien, el editorialista del New York fue más allá y se manifestó a favor del referéndum. Se proclamó a favor del mismo, como les digo, por los efectos que supondrían su no realización. Según se desprende del artículo, el pulso entre la frustración catalana y la resistencia de Madrid no es bueno para la salud institucional del país.

El referéndum, según el New York debería celebrarse, sí o sí; aunque lo mejor sería que su resultado fuera un no. Un NO, con mayúsculas, como los noes de Escocia y Quebec. Con el no sobre la mesa, se apagaría, de una vez por todas, la hoguera que incendia la política territorial desde los tiempos olvidados. Ahora bien, si por hache o por be, el resultado fuera el "sí", entonces se tendría que actuar en consecuencia. Se tendría, por tanto, que otorgar la independencia al pueblo catalán; rezar para que los vascos no solicitaran la suya y, temblar para que la nueva España no cayera en los precipicios de la africanización. Ante esta tesitura, el referéndum – defendido por Podemos y el periódico aludido – podría desembocar en una crisis territorial que afectaría a la reestructuración de la Unión Europea, a la economía mundial y, sobre todo, a la política internacional.

Por todo lo dicho en el párrafo de arriba, el Gobierno tiene miedo. Un miedo racional ante lo desconocido y, sobre todo, un miedo – y disculpen la redundancia – ante el futuro de una "plurinacionalidad", mal gestionada, llamada España. Por ello, la mayoría de las fuerzas políticas y los ecos internacionales se proclaman unionistas. Unionistas por el pánico que supone tropezar con la misma piedra, que otros países tropezaron a finales del XIX y mediados del XX. La consulta separatista anunciada por Puigdemont para el próximo octubre pone en evidencia su intolerancia ante las reglas de juego. No olvidemos que la consulta de su predecesor fue declarada ilegal por el Tribunal Constitucional. Una consulta, como recordaran, a años luz de los requisitos mínimos de validez y fiabilidad que requiere una convocatoria democrática. Hoy, el líder catalán vuelve a incitar a la "desobediencia civil". Una "desobediencia", como les digo, basada en un referéndum al margen de la Constitución.

Lo más preocupante para el juicio de la crítica no es el debate sobre el derecho a decidir, sino el incumplimiento por parte de las élites de las reglas de juego. Un segundo referéndum sería una escenificación internacional del "papel mojado" que suponen nuestras leyes para temas tan importantes, como la cuestión territorial. Sería, como les digo, la manifestación de la ley de la selva – el estado natural de Hobbes – y, la vulneración del contrato social de Rousseau. Cualquiera que fuera el veredicto de tales urnas, su mensaje estaría sesgado por el rodillo del abuso de poder. Un rodillo manchado por los tintes de la imposición y el fracaso del ayer. Por ello, lo más sensato sería un referéndum estatal acerca de la Reforma Constitucional. Un referéndum donde los españoles – catalanes inclusive, faltaría más – expresaran su voluntad acerca del derecho a decidir. Si no se hace, si dejamos que la tensión entre resistencia y frustración aumente, la convivencia será fatal.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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