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La incoherencia separatista

El otro día decía en twitter que no entendía por qué diputados del ala separatista seguían ocupando escaños en las filas del hemiciclo. No entendía por qué señores, como Tardà y Rufián, seguían "chupando del bote" de un Estado – en este caso España – que desde el pasado viernes ya no era el suyo. Tras la Declaración Unilateral de Independencia – y siguiendo con la hoja de ruta de la desconexión – la República Catalana se halla inmersa – según Puigdemont – en un proceso constituyente. Ahora lo que toca es la elaboración de una Constitución que establezca las semillas de su hipotético ordenamiento jurídico. Junto a esta escenificación del interés privado por encima del general, también resulta incoherente que las fuerzas independentistas se presenten el próximo veintiuno de diciembre a las elecciones convocadas por Rajoy.

Resulta incoherente, como les digo, porque a día de hoy, Catalunya – según el relato independentista – ya no depende de España. Por tanto, la presentación de ERC y otras fuerzas similares a las elecciones del 21-D sería lo mismo que un partido como el PSOE se presentara a las elecciones francesas, por ejemplo. Lo coherente sería que tales fuerzas políticas continuasen con su "proceso constituyente" y se olvidasen, de una vez por todas, del Estado de Derecho español; el mismo que, según ellos, les oprime y no les deja ser independientes. La concurrencia a las elecciones convocadas por Rajoy tira por la borda los "éxitos" cosechados hasta ahora. Las elecciones catalanas, convocadas por "Madrid", contradicen al supuesto proceso constituyente que se construye en la República Imaginaria de Catalunya. Es precisamente esta indeterminación de las élites catalanas, la que sitúa a su discurso en las orillas de la incredulidad e ingenuidad.

Al margen de lo dicho, lo más correcto sería que Rajoy hubiese convocado elecciones nacionales y catalanas al mismo tiempo. Hubiese sido lo más correcto porque los hechos del último mes rompen la lógica representativa del Congreso de los Diputados. No es de recibo que en el hemiciclo haya diputados que, desde el viernes, no pertenezcan a nuestro Estado. Tales escaños no son representativos y esta condición es suficiente para que se extinga la legislatura y se convoquen elecciones. Aparte de esta obviedad, la simultaneidad de elecciones serviría para saber, a ciencia cierta, si existe o no una uniformidad de los discursos en partidos, tales como Podemos y Podem o el PSOE y el PSC, por ejemplo. La concurrencia de elecciones serviría, entre otras cosas, para conocer el discurso de ERC en Madrid y Barcelona. Servirían para observar cómo se pueden defender los intereses de Catalunya en un supuesto país extranjero como es España.

La estancia de Puigdemont en Bélgica – decía ayer en mi cuenta de twitter – es algo más que la petición de asilo político. Es algo más, estimados lectores, porque – tal y como ha dicho Iceta en una entrevista de radio – es poco usual que se pida asilo entre países miembros de la Unión Europea. La "huida" del artífice de la República Imaginaria de Catalunya forma parte de la estrategia independentista. Es una táctica para alterar la secuencia lógica de los hechos. No olvidemos que desde el pasado viernes, el Govern está bajo los efectos de la aplicación del artículo 155. Una consecuencia que impide a Puigdemont pilotar un barco con "piratas" en cubierta. Así las cosas, la estancia en Bélgica tiene que ver más con una manera de internacionalizar la cuestión catalana. La presencia de Puigdemont da pie para que su figura tome relevancia europea, y da pie para que se recobren apoyos hacia la causa separatista. Llegados a este punto, lo que está claro – clarísimo – que el catalanismo no tiene pinta de retroceder en su intento.

Aunque se hallan marchado casi dos mil empresas,  aunque la brecha social sea insostenible,  aunque varios artífices sean enjuiciados, y aunque más de un millón de personas salieran a la calle para decir "Basta Ya" de locuras de otros siglos; lo cierto y verdad es que tenemos Catalunya para rato. Hoy, sin ir más lejos, las encuestas arrojan una fotografía nada halagüeña para el discurso anticatalanista. El brote independentista – lejos de parecer lo contrario – ha incrementado sus seguidores y esto, puede significar que de cara a los próximos comicios, las elecciones solo sirvan para fortalecer las mayorías que se pretenden disolver. Estamos ante un discurso muy complicado de romper. Los independentistas tienen muy movilizado al subconsciente colectivo. Su propaganda política tiene los elementos necesarios para afianzar su poder tras el 21-D. El discurso del separatismo se compone de eslóganes cortos y emocionales, repetición hasta la saciedad y el soporte de medios parciales y entregados a la causa separatista. Un plato muy difícil de destruir con la retórica abstracta y, por tanto, racional del artículo 155. No olvidemos que cuando el corazón no atiende a razones, los enamorados comenten locuras.

Segundo asalto: del 23-F al 27-O

Tras la DUII (la Declaración Unilateral Ilegal de Independencia), por parte de las fuerzas separatistas, he escrito un tuit preguntándome en voz alta sobre las diferencias entre el 23-F y el 27-O. Me lo he preguntado, estimados lectores, porque ambos acontecimientos son primos hermanos del concepto "golpe de Estado". Entiéndase por éste, según la comunidad politológica, a la toma de poder político, de modo violento y repentino, vulnerando la legitimidad institucional del Estado. A lo largo de la historia, líderes como Teodoro Obiang, Yoweri Museveni, Idriss Déby, entre otros, han asumido el poder mediante un golpe de Estado. En España se produjo un intento de golpe de Estado fallido el 23 de febrero de 1981. Un golpe – y disculpen por la redundancia – liderado por Antonio Tejero. Aquella "puñalada trapera" a nuestra débil democracia fue denunciada con firmeza por el ex rey don Juan Carlos y por Margaret Thatcher, Primera Ministra del Reino Unido. Estados Unidos, por su parte, se mantuvo neutral con respecto a nuestro problema. Tanto es así que Alexander Haig, Secretario de Estado norteamericano, dijo: "el asalto al Congreso de los Diputados es un asunto interno de los Españoles". "El Vaticano – en palabras de Santiago Carrillo – también sabía lo que iba a pasar" y, sin embargo, no se pronunció hasta el día después del golpe.

Esta mirada atrás por el retrovisor de la historia, nos ayuda a analizar lo ocurrido en Catalunya. Nos ayuda a comparar los apoyos que tuvo España antes y ahora. Y nos ayuda a dilucidar si lo ocurrido en el Parlament merece el calificativo de golpe, o no. A diferencia del 23-F, el 27-O no es la consecuencia de un acto súbito y violento sino el efecto de un acto gradual y, según algunos, "pacífico", en cuanto a su articulación política. La DUII ha sido la materialización de la desconexión puesta en marcha desde que los separatistas obtuvieron mayoría en el Parlament. Desde aquel "maldito" instante, España ha ido "desangrándose" por la herida abierta en la "frontera". Una herida que, según parte de la crítica, no ha recibido los cuidados paliativos para evitar la hemorragia. Así las cosas, lo ocurrido hoy en el Parlament no se puede calificar de golpe de Estado sino de un pulso entre un discurso pseudodemocrático y el ordenamiento jurídico. Discurso pseudodemocrático, queridísimos lectores, porque los catalanes han edificado un concepto de democracia ajustado a sus intereses. Un discurso donde el libertinaje ha eclipsado a la libertad. Toda una retórica de la postverdad que al final ha contribuido a que se crean su mentira. Si la DUII fuera verdad, si el resto de España se la creyera, sería cuando el "corralito"; y otros efectos colaterales pondrían en jaque a la Comunidad Internacional.

Tanto el 23-F como el 27-O pasarán a la historia por ser asaltos contra la legitimidad del Estado. Ambos asaltos pretenden, de una manera u otra, dinamitar las reglas de juego. Ambos utilizaron sus armas – el 23-F, las pistolas y el 27-O, la propaganda política – para cambiar la configuración del Estado. Y a ese cambio – rupturista – se le conoce – en términos históricos – como revolución. Ambos acontecimientos guardan paralelismos con la revolución francesa, inglesa y bolchevique. Todas las revoluciones trajeron consigo inestabilidad política, división social y penurias económicas. El 27-O, sea o no un golpe de Estado, se le puede etiquetar como de revolución catalana. Una revolución ilegal – como lo fueron todas las anteriores – y con consecuencias más negativas que positivas para el orden interno. Ante este caballo de Troya que se aloja en nuestros intramuros es necesario pedir auxilio institucional. Auxilio, queridísimos lectores, para evitar que Catalunya haga su "guerrilla" y que, el enfrentamiento parlamentario se traduzca en una batalla campal entre hermanos. No olvidemos que la convocatoria de elecciones, anunciada por Rajoy, corre el riesgo de legitimar y aumentar, todavía más, la mayoría separatista; algo nefasto para el unionismo. Esperemos que el 27-O pase a la historia como pasó el 23-F. Que pase a la historia, como les digo, como un segundo intento fallido de asalto democrático.

De aulas y política

En días como hoy, los políticos están muy nerviosos por la politización de los discursos académicos. Tanto es así que Ciudadanos ha registrado – según reza el titular de un digital conocido – una ley para crear una agencia contra el adoctrinamiento en las aulas. Adoctrinar significa – en palabras del filósofo – inculcar a los alumnos ideologías afines con las élites gobernantes. Esta práctica se consigue, como saben, mediante el trato parcial de los discursos históricos, la prelación de ciertos valores éticos y religiosos sobre otros y, los comentarios del maestro en su libre ejercicio de cátedra. Don Tierno Galván decía que la sociedad se podía cambiar desde las aulas. Una sociedad – la suya – enmarcada, como saben, en el régimen de Franco. El profesor actual – y sobre todo de enseñanzas medias – acompaña a los adolescentes en un momento  crucial en sus vidas. Una etapa distinguida por la búsqueda de la indepedencia. Una independencia de juicio, que debería conseguirse mediante una formación objetiva y libre de valores.

El tabú de la política en las aulas trae consigo que los docentes caminen de puntillas sobre temas comprometidos como: la objeción de conciencia, el aborto, el uso de armas y la eutanasia; por ejemplo. Los alumnos de enseñanzas medias obtienen sus títulos sin saber, con precisión, la lógica del Estado social, Democrático y de Derecho. Algo tan esencial, como estas tres vocales juntas, son obviadas por la mayoría de normas que regulan el sistema educativo. Lo son, queridísimos lectores, porque las tres son necesarias para que los alumnos entiendan la lógica de la política. Una lógica, a su vez, imprescindible para el desarrollo del sentido crítico. El Estado de Derecho es el resultado del Estado Democrático y éste, a su vez, determina el Estado Social. Los tres son los lados de un triángulo; un triángulo, la mayoría de las veces, más isósceles que escaleno. Este déficit educativo arroja ventajas a los políticos y los medios de comunicación. Gracias a él, los medios – afines a los partidos – construyen una opinión pública alienada. Una opinión sin el sentido crítico necesario para juzgar, desde la lejanía, el trasfondo de las noticias.

Los medios de comunicación tienen el deber – otra cosa es que lo cumplan – de informar, formar y entretener a la gente. De estos tres cometidos, el entretenimiento atesora la mayoría de los espacios televisivos. Programas de cotilleo – de separaciones, infidelidades, de dimes y diretes – abundan en detrimento de espacios informativos – en forma de debates, entrevistas y análisis de datos -. A esta asimetría entre "lo serio" y "lo frívolo" habría que sumarle la escasez de programas formativos. Programas que expliquen a la gente los conceptos olvidados por el sistema educativo. Esta laguna de formación política trae como consecuencia un analfabetismo político que sacude a grandes esferas de la población. Los partidos, queridísimos lectores, utilizan este sesgo del conocimiento en beneficio propio. Este déficit – característico de España – explica por qué, las "legislaciones paralelas" y otros disparates políticos son bien acogidos por una masa alienada.

El otro día, sin ir más lejos, leí que en España había "presos políticos". Me llamó la atención como algunos partidos y medios arrojaban este dardo envenedado a la opinión pública. Lo arrojaban para que a fuerza de repetirse – y compartirse por las redes – se convirtiera en postverdad. En España, que sepamos, nadie está entre rejas sin cometer delito alguno. Y, no lo está, queridísimos lectores porque sino estaríamos hablando de otra cosa diferente. Estaríamos hablando de un régimen autoritario, donde los derechos – ya sean naturales o positivos – son jarrones chinos en las vitrinas del Derecho. Resulta paradójico que los vecinos catalanes defiendan el "Estado Democrático" y, sin embargo, no acepten sus efectos (el Estado de Derecho). Toda esta incultura política abre la puerta para que los elegidos se conviertan en seres maquiavélicos. Es necesario, por tanto, que los ciudadanos aprendan, aunque sea de forma autodidacta, la lógica del sistema. Es necesario – y valga la redundancia – porque si no lo hacen, su ignorancia se convertirá en dinamita de calidad, para que las élites acaben con la democracia.

De política y felicidad

Aunque no lo crean, soy muy vago para conservar las amistades. Lo soy, como les digo, porque no suelo llamar a casi nadie por teléfono, tampoco me gustan las comidas con viejos conocidos y, ni siquiera los acontecimientos familiares. Siempre he pensado que el sentimiento y el espacio van cogidos de la mano. Tanto es así que cuando se rompe el accidente – el sino que unió a personas desconocidas bajo una causa común: un aula o un viaje, por ejemplo -, se termina evaporando el adhesivo de la emoción. Por ello, queridísimos lectores, suelo vivir con intensidad el presente; el instante de cada momento por muy trivial que parezca. Hay personas que no llevan bien la frustración del desapego. No lo llevan bien, como les digo, porque sufren en silencio la imposibilidad de revivir las viejas glorias del pasado. Gente, y valga el ejemplo, que vive enjaulada en etapas de la vida sin darse cuenta que son únicas e irrepetibles.

No me gusta, la verdad sea dicha, ojear fotografías. No me gusta, maldita sea, porque a través de las mismas tomo conciencia de lo injusta que es la vida. Es injusta porque, a diferencia de los gatos, los humanos solo tenemos una. Una para aprender dónde están las piedras, y una para apartarlas del camino sin morir en el intento. Por ello, le decía a Peter, que lo justo sería tener dos vidas: una para la teoría y otra para la praxis. Aparte del dinero – que nos da tranquilidad y alegría -, la felicidad es algo más que una colección de billetes arrugados. Lo es, queridísimos ricos, porque hay pobres que ríen como si atesoraran millones de quilates, y ricos que lloran como si no tuvieran un mendrugo de pan que echarse a la boca. Por ello, a veces me pregunto: ¿dónde demonios está la fórmula de la felicidad? La felicidad tiene que ver, y mucho, con la mirada atrás. Una mirada que a unos horroriza y a otros reconforta.

La felicidad, me decía un tipo que conocí en El Capri, sería algo así como beber birras en un garito de Palermo. Una definición nada convincente para aquellos que odian el alcohol y los bares a deshoras. La felicidad no puede ser relativa. No puede ser, como les digo, porque si no habría tantas felicidades como personas en el mundo. Felicidades determinadas por la cultura y el contexto y, felicidades débiles por la imprecisión de su concepto. La mirada hacia el frente – como dicen los optimistas y cientos de escritores de libros de autoayuda – evita que las heridas del pasado ataquen al presente. Esa actitud ante la vida siempre la critiqué por su dosis de cobardía. Solamente aquellos que miran atrás toman conciencia de su dosis de felicidad. Mirar atrás, queridísimos lectores, nos sirve para hacer balance sobre nuestros éxitos y fracasos. Solamente cuando el saldo es positivo; cuando los logros han sido más abundantes que los abandonos, es cuando nuestra estima sale fortalecida y podemos decir, a boca llena, que seguimos en el camino.

Las crisis existenciales, aquellas que sufren algunas personas a su paso por la vida, son causadas por el balance vital que antes les decía. La factura del tiempo es precisamente el coste que pagamos por los trenes no cogidos. No olvidemos que la suerte, tal y como la conocemos, no es otra cosa que el cruce entre talento y oportunidad. Un cruce necesario para que los invisibles sean recompensados por su verdad. Sin la oportunidad, el talento se convierte en desolación, tristeza y depresión. Sin el esfuerzo, la oportunidad se convierte en fantasía. Los acontecimientos políticos, sociales y económicos no deberían desenfocar nuestra mirada interna. Una mirada hacia el esfuerzo y la esperanza de que algún día llegue nuestra oportunidad. A veces, sin saberlo, somos las figuras fantasmagóricas que deambulan por los sueños de las élites. No dejemos que el sueño de los otros haga que seamos víctimas de conflictos. No dejemos, maldita sea, que la independencia eclipse nuestra suerte.

Mareando la perdiz

A día de hoy, el presidente del Gobierno – o sea Mariano Rajoy – no sabe, a ciencia cierta, si  Puigdemont ha declarado, o no, la independencia unilateral de Catalunya. No lo sabe, queridísimos lectores, porque el líder separatista hizo un discurso tan ambiguo y opaco, que ni Dios sabe si su intervención fue un éxito o un fracaso. Tras un análisis detallado del discurso, creo entender – y así lo subrayaron varios medios internacionales – que Puigdemont declaró la independencia, y acto seguido la suspendió; luego, como dicen en mi pueblo: "arrancada de caballo y parada de burro". Si aplicamos el sentido común, solo se puede suspender aquello – un contrato, un curso académico o el ruido de un motor – que previamente ha comenzado. Sin una Declaración Unilateral de Independencia previa, la palabra "suspensión" no tendría cabida en el discurso de Puigdemont. Así las cosas, a día de hoy – señor Rajoy – no nos cabe otra que admitir la "independencia unilateral de Catalunya", aunque se halle suspendida.

Tras la apelación al sentido común, solo cabe que nos preguntemos: ¿hasta cuándo la suspensión? Es precisamente esta imprecisión, la que sirve a Puigdemont para ganar tiempo, tranquilizar a los mercados y frenar, por tanto, el éxodo catalán. Con la suspensión mediante, el discurso del líder catalán consigue acallar las voces radicales del independentismo y, por otra parte, busca apoyos internacionales y "nacionales" para que el "remedio" – la independencia -, no sea peor que la enfermedad – la dependencia -. Sorprende, me decía esta mañana Peter – que los vascos no digan ni pío del conflicto catalán. Vascos que a lo largo de los años han sido, como saben, los pioneros de los "brotes separatistas". Tanto sorprende y "asusta" su silencio, que no sería descabellado pensar que existan contactos vasco-catalanes para articular una independencia conjunta de conformidad con "legislaciones paralelas". No olvidemos que Catalunya necesita apoyos externos e internos para que su aventura no se convierta en un suicidio sin sentido. Así las cosas, "la suspensión” es un arma muy peligrosa para la integridad del Estado, y la fortaleza de sus instituciones.

El final de este "calvario" sería – en palabras de algunos tertulianos – convocar elecciones catalanas. El "borrón y cuenta nueva" de toda la vida, queridísimos lectores, no serviría para solucionar este "desaguisado". No serviría, como les digo, porque en Catalunya se ha forjado una mayoría independentista; más fuerte y ruidosa que en los tiempos de Artur Mas. Una mayoría que admira a su Mesías y que, a estas alturas del combate, no estaría por la labor de tirar la toalla. Si se convocasen elecciones a nivel nacional sucedería exactamente lo contrario; ganaría el Partido Popular. Las ganaría, como argumenté en el pasado post, porque en el resto del país sí existe una mayoría que grita contra "quienes quieren romper la unidad de España". Una mayoría representada por el Pepé, el único partido – aunque nos cueste reconocerlo – que lleva en su ADN el pedigrí patriótico de los tiempos olvidados. Así las cosas, nos encontramos con un Estado dividido entre separatistas y unionistas. Un país que nos recuerda a aquellos que luchan contra la diversidad en el seno de sus fronteras. El diálogo es la única herramienta que tienen los políticos. La única herramienta para que las aguas vuelvan a sus ríos, cuando se han pisado las líneas rojas que atraviesan el Estado de Derecho.

Si yo fuera Rajoy no perdería el tiempo con aclaraciones innecesarias. Si yo fuera él, estimados lectores, haría un referéndum nacional – a toda España – para que el país decidiera sobre el sino de Catalunya. Un plebiscito, como el que se hizo para la Constitución o la OTAN. Una participación popular para que se pusiera fin a "legislaciones paralelas", "referéndums de hojalata" y "Declaraciones Unilaterales de Independencia", sacadas de la chistera y cocinadas desde arriba. Es necesario, señores del Gobierno, que este malestar entre "hermanos" termine cuanto antes. No podemos seguir con "declaraciones suspendidas". Declaraciones basadas en premisas inconstitucionales, que suscitan malestar entre quienes defienden las garantías de un Estado de Derecho. Por ello, no nos queda otra que solicitar la aplicación de los artículos necesarios para deconstruir las "legislaciones paralelas". Tras la deconstrucción es cuando se debería otorgar la voz al pueblo. Una voz determinante para que decidiera si Catalunya se convierte en "la Grecia de Europa", o en la "Alemania de España".

El efecto catalán

Echo de menos, lo decía en twitter, sondeos de opinión sobre qué partido ganaría en caso de que se celebraran hoy elecciones generales. El otro día, sin ir más lejos, Aznar tocó con el dedo en la llaga. Dijo el expresidente del Gobierno que Rajoy debía actuar de inmediato o convocar elecciones. Unas elecciones ahora, justo en medio de la tormenta catalana, favorecería al Partido Popular. Lo favorecería, y no me cabe ninguna duda, porque la crisis abierta por Puigdemont despierta dos sentimientos antagónicos. Unos, el separatismo; dos, el unionismo. Los efectos nefastos de la posible Declaración de Unilateral de Independencia (DUI), para los intereses económicos de las empresas afincadas en Catalunya, está suponiendo un éxodo de las mismas hacia otros lugares seguros. Un éxodo ante el miedo a un inmediato corralito al estilo argentino o de Chipre, por ejemplo. Así las cosas, hoy más que nunca, los grandes bastiones catalanes quieren ser español, y Catalunya está a las puertas de consagrarse como "la nueva Grecia de Europa".

La determinación de Rajoy de no cesión ante el desafío independentista; le coloca como cabeza visible y "representante" de la Triple Alianza. Una alianza – la gran coalición a la alemana – donde el PSOE y Ciudadanos han pasado de ser protagonistas de un peliculón a personajes secundarios. Rajoy, pese a su perfil bajo, se ha convertido – fruto de la crisis de Estado que estamos padeciendo – en aquel alcalde americano, que ganó las elecciones gracias a las "botas verdes" que se calzó, con motivo de unas inundaciones previas a las mismas. Así las cosas, Rajoy es muy probable que pase a la historia como el presidente que evitó la declaración unilateral de independencia. Una declaración, como saben, paralizada por la fortaleza del Estado de Derecho. Si quien gobernara fuera Podemos – me decía Peter desde la barra de El Capri – otro gallo cantaría. Aunque la carga policial haya sido sobreactuada, aunque la imagen que se ha proyectado de España a nivel internacional haya sido nefasta; lo cierto y verdad, es que la DUI no está siendo tan fácil como algunos suponían.

En caso de que los catalanes "recularan", como ya están haciendo algunos pesos pesados como Artur Mas, por ejemplo, la iniciación de una probable negociación favorecería enormemente a Rajoy. Le favorecería, queridísimos lectores, porque seguiría siendo él – y no sus socios de gobierno – el interlocutor mediático del conflicto. Don Mariano se convertiría en un estadista, en un estadista que vela por la unidad de España, como en su día hicieron "los imprevisibles": Suárez y don Juan Carlos. Se celebrasen o no ahora elecciones, el Pepé tendría todas las fichas de cara en el tablero. Si se celebrasen comicios – tal y como ha insinuado Aznar – Rajoy ganaría ante la inseguridad que provocaría la victoria de partidos afines al separatismo. Inseguridad ante la incertidumbre que supondría la victoria del "sí a la catalexix" en un hipotético referéndum pactado, de conformidad con las pretensiones de Podemos. No olvidemos que el Brexit fue el resultado del consentimiento político a un plebiscito legal. Por ello, por el miedo a una situación peor que la presente, muchos simpatizantes de partidos afines a una democracia "sin barreras", preferirían quedarse en el sofá que ir a votar el día de las urnas.

Aunque a muchos socialdemócratas no nos guste el escenario, es muy probable que el Pepé recuperara su mayoría absoluta, en caso de que hoy se celebraran elecciones. Por ello, estimados lectores, no es decabellado pensar que las declaraciones de Aznar fueron lanzadas en un doble sentido. El mensaje de S.M.  – la llamada al unionismo y el fortalecimiento institucional -, es idéntico al argumentario del Partido Popular. Un comunicado de tranquilidad para una sociedad, que todavía recuerda a la España de rojos y azules que instauró la contienda nacional. Gracias a este mensaje de unidad, el Pepé hace suya la batalla de unionistas contra separatistas. No olvidemos que dentro de los unionistas se halla todo un espectro ideológico, que va desde el centro-izquierda hasta el centro-derecha. Por su parte, en la orilla del separatismo se congregan las fuerzas nacionalistas y populistas, o sea una minoría en clave nacional. Por ello, sería conveniente que el PSOE alejara su discurso del Partido Popular. Si no lo hace, si sigue por la senda de Rajoy corre el riesgo de ser castigado el día de las urnas. Es necesario que el partido socialista se proclame, de una vez por todas, a favor o en contra del artículo 155 y se aleje de la ambigüedad. No olvidemos que Ciudadanos defiende la aplicación del precepto; el Pepé, la confianza en el Estado de Derecho, y el PSOE: no sabe, no contesta.

El Estado sin Derecho

El pasado lunes – tras la celebración del referéndum – recibí un correo de Jesús, un periodista español afincado en Canadá. Quería saber, cuál era mi opinión acerca de la contienda catalana. Me decía que necesitaba escribir un post sobre Quebec y Catalunya. Un artículo, como les digo, que comparara ambas realidades dentro del marco de la globalización y el populismo. Me comentaba que la prensa de su país había puesto a parir a Rajoy. Lo había puesto, queridísimos lectores, por los actos de violencia que se vivieron contra los "pseudodemócratas". Digo "pseudos” porque el "querer votar" es condición necesaria, pero no suficiente para la legitimidad democrática.

Catalunya – aparte del sentimiento nacionalista y las ansias separatistas de una parte de la población – se rige por la Constitución y el Estatut. Dos marcos jurídicos, "similares" en todas las comunidades, que regulan el carácter híbrido de nuestro sistema: unionista, por un lado, y autonómico por otro. Con tales reglas de juego sobre la mesa, ninguna región está legitimada para convocar un referéndum; salvo que se reformara la Carta Magna y donde "dije digo, ahora digo Diego". Algo tan sencillo de entender se ha convertido, a día de hoy, en la caja de Pandora. Tanto es así que algunos intelectuales de renombre han confundido libertad con libertinaje. Han confundido, como les digo, la democracia con un "Estado sin Derecho", donde el ejercicio del sufragio prevalece sobre los determinismos legales.

El Gobierno, como decía Weber – sociólogo alemán – ostenta el uso legítimo de la violencia. Un uso, consentido por los hombres, para garantizar la paz ante las amenazas del entorno. Sin esta herramienta, el Estado no tendría la fuerza necesaria para apagar los troncos que arden dentro y fuera de sus fronteras. Así las cosas, las Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado son las responsables de usar y administrar la violencia; en proporción a la gravedad delictiva y dentro, faltaría más, de los cauces legales. Es precisamente, la dosis de violencia administrada a una situación determinada, la que pone en solfa la actuación policial del pasado domingo. Una actuación para unos abusiva – los que critican la sobreactuación de la Guardia Civil y la Policía Nacional – y para otros pasiva – los que critican la “actuación blanda” de los Mossos d'Esquadra -.

Aparte del comportamiento policial – actitud que tendrán que juzgar los jueces y tribunales -, la lectura del 1-O es algo más que el freno estatal a un referéndum ilegal. Lo es, estimados lectores, porque más de uno – y más de dos – está confundiendo el Estado de Derecho con la intimidad de las ideologías. Digo esto, porque se está creando en la opinión pública una serie de argumentos carentes de sentido. Tanto es así que algunos identifican el respeto al Estado de Derecho con la dictadura y, votar – sin respetar la legalidad vigente – con la democracia. Votar, lo he comentado en más de una ocasión, es un derecho determinado por la legitimidad de su contexto. La votación es un derecho esencial de los sistemas democráticos. Un derecho que necesita unas condiciones legales para la garantía de su ejercicio. Sin tales condiciones, su ejercicio se convierte en una vulneración contra las reglas de juego. La misma que comete un conductor cuando, por hache o por be, se salta un stop o un semárofo en rojo.

Las arrugas de la vida

Cada día estoy más harto de las noticias que se vierten en las calles del vertedero. Lo estoy, queridísimos lectores, porque el referéndum catalán y el discurso de la independencia ha acaparado, de manera abusiva, la agenda setting de este país. Parece como si la economía, la violencia de género, la Unión Europea, y otros asuntos de altura hubiesen desaparecido del negocio del instante. Tanto me aburre la prensa que, de ahora en adelante, escribiré durante un tiempo sobre temas que, desde mis años mozos, han tambaleado mi intelecto. Hace años, conocí en El Capri a Gregorio, un tipo de frente despejada y discurso pausado. Adicto al gintónic y a las noches en vela, sabía muchísimo de filosofía. Tanto que se doctoró por la UNED mientras recolectaba limones en los huertos de mi pueblo. Todo un ejemplo a seguir, para quienes sus miedos bloquean el anhelo de sus sueños.

Aquel tipo hablaba de Heidegger como Jacinto – el vecino de la barra – de Messi y sus trapicheos con Hacienda. Un día, tras corregir los exámenes de la primera evaluación, bajé al Capri a tomar un café. Necesitaba una dosis de cafeína para mantenerme despierto hasta altas hora de la madrugada. Recuerdo que con aquel tipo hablé de Sartre, del "ser y la nada", y de cómo la vida es tan corta para unos y tan larga para otros. Hay viejos de veinte años, me decía, y jóvenes de ochenta; lo que importa no es el número sino la actitud ante la vida. La edad es una construcción social que envenena a los humanos con el síndrome de Peter Pan,  la crisis de los cuarenta, y otras afecciones similares. Según Rodrigo – como así se llamaba ese tipo – los seres humanos no deberían mostrar su edad a quienes osan saberla. No deberían, me decía, porque el número determina las percepciones que los otros tienen sobre nosotros.

En días como hoy, la gente está rompiendo, cada vez más, las barreras de la edad. La jubilación ya no es un periodo de enfermedades y lamentaciones, sino una etapa de sueños y oportunidades. A los sesenta y cinco, me comentaba Paco – un octogenario que suele tomar café en El Capri – es cuando aprendió a leer y escribir. Justo a esa edad, tras una vida de penurias económicas, Paco se matriculó en una escuela para adultos. Allí, con compañeros de su quinta, descubrió el placer por la lectura. Un placer, como les digo, que le sirvió para descubrir la historia, sentir la poesía, y entender los prospectos de los medicamentos. Gracias a la lectura, este señor de la España del Caudillo lee cada día la prensa y la última de Reverte; un logro formidable para quienes en su día no gozaron de los recursos del presente. Las arrugas son los surcos de la vida. Son, en palabras de Gregorio, las huellas de un camino tras la sequedad de la lluvia.

A los ochenta hay gente que corre maratones, estudia carreras universitarias y perfecciona sus aficiones. La edad no debería determinar nuestras decisiones. Al final del trayecto: las esquelas, las losas del cementerio y los obituarios solo muestran el segmento de la vida. Un segmento donde lo único que importa son los hechos, por encima del momento en que se hicieron. Lo importante de Cervantes – por poner un ejemplo – fue la receptividad y trascendencia del Quijote. La repercusión de su obra y valga la obviedad -, siempre será mayor que la edad de su autor en el momento de escribirla. Así las cosas, nunca es tarde – como diría Sancho Panza – si la dicha es buena. Aquel tipo del Capri, me decía que lo único cierto que tenemos es el presente. Si de algo estamos seguros es de que estamos vivos. Una condición necesaria, pero no suficiente, para saborear el instante sin los prejuicios del pasado, ni las ilusiones del futuro.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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