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El postmarianismo

Hace tres años, escribí "la España ingobernable", un artículo que reflexionaba sobre el fin de los rodillos y la llegada del pluralismo a la jaula de los leones. En este país, decía en aquel pergamino, se necesita una nueva cultura política, más allá del tablero galdosiano. Hoy, la "Triple A", en términos podemitas, ha hecho aguas en los escaños del hemiciclo. La victoria de una alternativa a la portuguesa ha puesto el punto y final al marianismo. Aún así, seguimos en el kilómetro cero del "tiempo nuevo", anunciado por S.M. en su discurso de investidura. Un tiempo nuevo, distinguido por una amalgama de fuerzas políticas – socialdemócratas, nacionalistas y populistas -, condenadas a entenderse. La caída de Rajoy simboliza las cenizas del Pepé; un partido enfermo de corrupción hasta las cejas, que necesita, hoy más que nunca, la restauración de su dignidad democrática.

Esta moción de censura pasará a los mentideros de la historia por el "no a Rajoy", más allá del "sí a Sánchez". El objetivo de la misma ha tenido, como saben, un trasfondo más ético que ideológico. En la argumentación de la misma, no se ha hablado de proyectos programáticos sino de echar, de una vez por todas, al Pepé de La Moncloa. Estamos, como decíamos ayer, ante una nueva Hispania de "Roldanes, Veras y Barrionuevos". Una Hispania similar a la decadencia del felipismo, allá por los noventa, pero esta vez con la derecha por bandera. El argumento ético de la moción ha sido condición necesaria para desahuciar a Rajoy, pero no suficiente para garantizar la estabilidad del chiringuito. No olvidemos que Sánchez gobernará, por imperativo del PNV, con los presupuestos de su antecesor. Unos presupuestos de corte liberal para un gobierno de tintes socialdemócratas.

Aparte de la paradoja presupuestaria, el "sanchismo" nace con otras contradicciones. La más importante, sin duda alguna, es la paradoja territorial. No olvidemos que el nuevo presidente – Pedro Sánchez – dijo sí a la aplicación del artículo 155. Un artículo que ilustraba la victoria de Madrid contra la Declaración Unilateral de Independencia. Hoy, el nuevo presidente viaja en el mismo vagón que las fuerzas de Puigdemont. La “catalanización” del hemiciclo tira por la borda la indeterminación, que en su día tuvo el PSOE ante los guiños de Podemos. Estamos, como diría Jacinto si levantara la cabeza, ante una situación de "todo vale" con tal de pasar a las vitrinas de la historia. El nuevo gobierno se convierte en el patrón de un barco suicida. Un barco repleto de pasajeros, que fueron cuestionados en su día. Por ello, el "sanchismo" gusta, pero no enamora, por sus incoherencias de partida. Ante esta tesitura, lo más sensato hubiese sido, por ética y estética democrática, la dimisión de Rajoy.

Tras la moción de censura, el postmarianismo se vislumbra con un horizonte negro para el vuelo de la gaviota. El fantasma de la corrupción y la crisis de liderazgo, nos traerá a la memoria las penurias del PSOE, tras la muerte del felipismo. Mientras tanto, el pacto a la portuguesa se convierte en una oportunidad de oro para el reencuentro de la izquierda. Una izquierda unida, reconciliada con su pasado, supondría un aliento de esperanza de cara a los próximos comicios. Con estos mimbres, Pedro Sánchez deberá conducir el caballo, con la sensibilidad de los jinetes holandeses. Ante este panorama, Ciudadanos tiene un papel crucial desde el ostracismo de la bancada. Albert Rivera se convierte en el director del hospital de la derecha. Un hospital de heridos procedentes del marianismo, que buscarán refugio en tierras similares a las suyas. Ante ello, la cura de Rivera no será otra que vender honestidad ante un mercado de pillos; defender la coherencia ante un océano de paradojas y, finalmente; criticar al gobierno, sin mirar a las encuestas.

De política y traiciones

Esta mañana, mientras tomaba café en El Capri, he leído en el rotativo de Márius Carol que Alfonso Guerra, el "poli" malo del felipismo, se ha hecho fan de Ciudadanos. En palabras de toda la vida, como diría Jacinto si viviera, el socio de González se ha cambiado de chaqueta. Aparte de Alfonso, hay miles de votantes fluctuantes que cambian de voto, sin atender a sentimientos ni tradicionalismos familiares. Así las cosas, el "cleavage", o dicho en términos menos técnicos, las identidades de partido ya no gozan de la fidelidad de antaño. Hoy, queridísimos lectores, ser madrileño y domiciliado en Vallecas; ya no es una garantía para conquistar al votante de Podemos. Y no lo es, en palabras de la flaca, porque los principios ideológicos de la izquierda están siendo dilapidados por sus mismos anfitriones. 

En días como hoy, ser obrero y de derechas o, pudiente y de izquierdas no es una falacia para el mortal de los creyentes. Estamos, por si alguien no se ha percatado, ante una crisis de la coherencia filosófica. Una coherencia necesaria para curar los males que sufren las democracias actuales. La traición, y disculpen por el término, ha determinado el sino de la historia desde los tiempos olvidados. A lo largo de la evolución, el devenir de los pueblos ha sido escrito por traidores. Traidores, como Hitler, Stalin o Mussolini – por poner algún ejemplo -, que utilizaron el populismo para edificar su profecía. En España, sin ir más lejos, el sino del franquismo cambió gracias a la incoherencia de don Juan Carlos. Una incoherencia positiva, que supuso la ruptura con cuarenta años de Nodos, de tricornios y monaguillos. Esta disonancia política entre los dichos y los hechos ha explicado el giro de varias campañas electorales. Sin ir más lejos, la victoria de Rajoy, allá por el 2011, no fue más que el castigo de los coherentes a la derechización de Zapatero.

En la "tierra de conejos", como diría un fenicio si leyera el estribillo, hace falta un traidor que devuelva la cordura a la jungla de los locos. Hace falta un líder, como les digo, que reconduzca a la derecha por los cauces de la izquierda. Ese "traidor" – en términos literarios – podría ser, sin duda alguna, Albert Rivera. Un político, que ha conseguido que Alfonso Guerra se cambie de chaqueta, se convierte en el mejor troyano para engañar a la derecha. La traición de Rivera a sus votantes – los cabreados con Mariano y los desengañados de Pedro – serviría para que se repitiera, de alguna manera, la "traición" que don Juan Carlos le hizo al generalísimo. Si Albert no lo hace, si su posible victoria no es más que una segunda parte del "marianismo" depurado; estaremos, otra vez, ante un liberalismo retrógrado de corte thatcheriano. Estaremos ante la "nueva derecha", un recambio, en toda regla, entre lo nuevo y lo viejo. Solamente, el engaño de Rivera serviría para que la derecha volviese a los tiempos del fraguismo.

El PP, a la deriva

Ayer, tras ver la imagen de Eduardo Zaplana en el coche de la Guardia Civil, me vino a la mente la Hispania de Roldán, Vera y Barrionuevo. Una España gris donde el felipismo se hundía en medio de un océano de casos de corrupción y desprestigio internacional. Hoy, un cuarto de siglo después de aquel desaguisado, el péndulo histórico se ha inclinado hacia los barros del Pepé. Barros procedentes de la "España va bien" de los noventa. Una España rosa, que vivía por encima de sus posibilidades; a costa de préstamos fáciles, intereses irrisorios y un modelo desequilibrado por el peso de los ladrillos. Hoy, los barros aznaristas son los lodos de Rajoy. La herencia de los felices años aznarianos ruboriza a su discípulo en los aposentos de La Moncloa. Los estribillos del ayer, el "váyase señor González" vuelven a sonar con fuerza en la orquesta del ahora. Una orquesta envejecida, que recuerda con enojo cuando la derecha ponía a parir al PSOE, por las vergüenzas de su partido.

A pesar de aquel desfile de casos de corrupción, Felipe González superó la cuestión de confianza. Una cuestión difícil ante la presión mediática y los dardos envenenados de la derecha. Hoy, la pelota está en el tejado de Rajoy. Zaplana, Barcenas y Correas, aunque sean viejas del pasado, forman parte del folclore pepero. Por ello, por ética histórica, Mariano no debería pasar de puntillas por los fregados de su partido. Hoy, el Pepé ha sido condenado por saltarse el semáforo en rojo; el mismo que otros respetaron en la pugna por el cetro. Ante este panorama, – de coches de la Benemérita, con políticos cabizbajos, de camino hacia la cárcel -, es de recibo entonar el estribillo del pasado. Es preciso, como les digo, tatarear el "váyase señor Rajoy". Un váyase en concordancia con los argumentos, que Aznar esgrimió para justificar el "váyase señor González".  Ante la resistencia de Mariano, atrincherado en La Moncloa por el síndrome del poder, el Estado de Derecho no cuenta con instrumentos eficaces, más allá de la moción de censura.

La moción, planteada por Sánchez, no está tan clara como algunos pronostican. No olvidemos que hace un par de días, don Mariano gozó del beneplácito de los nacionalistas, para sacar adelante los presupuestos generales. Unos votos que ahora podrían ser decisivos para arrebatar de un plumazo el brillo de su corona. Ante esta tesitura, los votos de Ciudadanos se convierten en decisivos para conseguir el cometido. Unos votos que convertirían a Pedro en el nuevo presidente de España, tras seis años de marianismo y olvido de Zapatero. Y unos votos que supondrían, valga la retórica, el suicidio político de las filas de Rivera. Un suicidio, claro que sí, porque el preferido de las encuestas dejaría pasar el tren de la victoria. Por ello, por intereses de partido, a la formación naranja le interesa una moción instrumental, que sirva de puente entre la caída de la "vieja derecha" y la entrada de "la nueva". Lo más sensato sería, por cordura democrática, que Rajoy se sometiera a una cuestión de confianza. Una cuestión que serviría para que las distintas fuerzas se pronunciaran sobre la conveniencia, o no, de sostener a alguien; cuyo partido está cuestionado por la justicia.

Predicar con el ejemplo

Ayer, tras varias horas deambulando por las páginas del vertedero, tomé café en El Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, una inyección de discurso callejero, que alegrara, de una vez por todas, el funeral de mi vida. Allí, en el taburete de la barra estaba Miguel, un vecino de las tripas alicantinas. Lo conozco desde hace más de veinte años. Todavía recuerdo cuando, borrachos como cubas, nos paró la policía un sábado a deshoras. Tras hablar sobre Puigdemont y su vasallo; se cruzó en el camino la última de Inda: la casa que Pablo Iglesias e Irene Montero han comprado por valor de 660.000 euros. Una adquisición que pone en evidencia el dinero fácil que supone el paso por la política. Hoy, el anfitrión de Podemos, el mismo que criticaba a los "pijos de la derecha" por la ostentación de sus joyas, se ha convertido en el Sancho Panza del segundo tomo del Quijote.

Decía el filósofo de las tierras alemanas que los políticos deben ser fieles a sus principios ideológicos. El valor de los hombres se mide por sus palabras. Aquellos que donde dicen digo luego dicen Diego se convierten, tarde o temprano, en papel mojado para el mejor de sus creyentes. Hablar de pobreza con las llaves del "Mercedes", refleja una práctica suicida para el discurso de la izquierda. Un discurso incoherente, como les digo, para quienes defienden la igualdad con timbales y platillos. La mansión de Pablo Iglesias tira por la borda el relato que ha girado en torno a su figura. Un relato basado en la denuncia de las desigualdades sociales, la ostentación de los burgueses y, el enriquecimiento súbito de la casta. La misma que viaja en coches de lujo, viste con trajes de marca y vive en mansiones caras. Mansiones que cuestan más que el sumatorio de salarios, que un mileurista cobra a lo largo de su vida.

Podemos, en palabras del borracho, ya no es el partido que ilusionaba, con sus promesas, a los indignados de Zapatero. Los artífices del morado ya tienen manchas en las telas de sus solapas. La beca de Íñigo Errejón, la factura de Monedero, el empleado de hogar de Echenique, y ahora, el chalet de Pablo Iglesias; ponen en evidencia el trecho que separa los dichos de los hechos. Así las cosas, el buque insignia de la izquierda se ha convertido, con el paso de los años, en el vivo retrato del cuento de la lechera. Hoy, la "nueva socialdemocracia", en palabras de Iglesias, no es sinónimo de ejemplo. Y no lo es, queridísimos lectores, porque el discurso podemita no se percibe igual desde el césped de La Navata, que desde el balcón de Vallecas. Por ello, por esta incoherencia de estética ideológica, el líder de la coleta debería dejar su escaño. Aunque la compra del "casoplón" sea legítima y aunque todo mortal sea libre de elegir su vivienda; lo cierto y verdad, es que en política es necesario, por cordura democrática, predicar con el ejemplo.

La intelectualidad a la deriva

La entrevista de Borja Hermoso, periodista de El País, a Jürgen Habermas, filósofo y sociólogo alemán, no podía pasar de puntillas para los ojos de la crítica. La figura del intelectual está en decadencia porque "no hay lectores a los que seguir llegando con sus argumentos". Tras leer esta frase, me vino a la mente la respuesta que, hace tiempo, un sello editorial realizó sobre los pergaminos de mi manuscrito. Según aquella casa, de las tripas madrileñas, la propuesta editorial no resultaba rentable por el bajo número de lectores potenciales. Ante esta respuesta, comprendí que los escritores de pedigrí, aquellos que escriben de forma libre, plural e independiente, tienen muy poca cabida en las turbinas del mercado. El consumo abusivo de ficción en detrimento del ensayo; impide que los "bichos raros" muestren sus encantos en la jungla de las letras.

El intelectual de Siracusa ha perdido su sino, más allá de las aulas del paraninfo. En días como hoy, la política se ha convertido en un prostíbulo de dimes y diretes, donde lo único importante es el precio de la silla. Sin filosofía en los cimientos del sistema, el cientifismo resulta insuficiente para vehicular soluciones a la complejidad del ahora. La mirada del filósofo es distinta a quienes miran el bosque desde los troncos de los árboles. En días como hoy, el pensador del pasado debería ser repensado con los mimbres de Derrida. Estamos, como diría Foucault si me leyera, ante un ordenador con cientos de pantallas encendidas al unísono. Una estructura que, de alguna manera, bloquea las neuronas de las lúcidas del rebaño; e impide que el conocimiento avance al estilo de Popper. Ante esta amalgama de postverdades y Fake News, el postmodernismo se halla en el peor de sus momentos. El paso del dogmatismo a la crisis del relativismo, impide que la opinión pública confíe en el discurso de la intelectualidad.

El refugio de los incrédulos, en los renglones de la ficción, entorpece la apuesta de los sellos editoriales por talentos emergentes. Más allá de Arturo Pérez Reverte y los cuatro literatos de siempre; es necesario que se oiga a otras voces díscolas con el establishment occidental. El nuevo intelectual no debería ser sinónimo de filósofo; sino una figura integral que aglutinara en su discurso altos conocimientos de sociología, ciencias políticas, antropología y derecho, por ejemplo. Un intelectual abstracto, generalista, alejado de las ataduras mediáticas y políticas; que mirase a la realidad desde lo alto y ancho de la cima. Si no se hace, si nadie navega a través de las nuevas corrientes, el espíritu crítico caerá por los precipicios del aburrimiento. Es precisamente, el hastío ante la lectura de cientos de pensamientos repetidos, el que impide que se articulen "redes de indignación y esperanza", en términos de Castells. Este enfado por la deriva de la intelectualidad, debería servir para que la prensa tradicional rompiese, de una vez por todas, una lanza en favor de los discípulos de Galdós.

Los párrafos de ETA

En el silencio del cementerio, las canas de Iñigo se entremezclan con la mirada gris de crisantemos, siemprevivas y astromelias. En la tumba de Los Martínez yacen los restos de Iñaki, su hijo de treinta y pocos, que fue asesinado por los caprichos de ETA. Desde aquel fatídico día, la vida de este señor, de las tripas donostiarras, transcurre entre infusiones de tila y noches en vela. La pérdida de un hijo, le decía a la suegra de Francisca, no entiende de olvidos ni perdones. La calma de su voz inunda de gritos el cáncer de su corazón. Un cáncer que le recuerda cada noche el cadáver que los asesinos portan en su olvido. Así las cosas, el final del gatillo no cura el escozor de las heridas cuando llega la primavera. En la mesa del salón, los ojos de Iñaki miran con recelo a los prados de la vida. Cada día, Iñigo charla con él; le pregunta por la luna, por el sol y las estrellas. Le pregunta por qué estaba ahí el día de la metralla.

Las sombras de paz, que decíamos ayer, no son suficientes para calmar el olor a veneno, que oyen las víctimas cuando toman el sol en las terrazas de verano. Hoy, el final del final no es más que un sinónimo de tranquilidad. Una tranquilidad necesaria, pero insuficiente, para que los vascos vivan sin la amenaza perenne de secuestros, extorsiones y tiros en la nuca. Hoy, más que ayer, el anuncio de la serpiente no puede borrar, de un plumazo, el olor a crisantemos que desprenden las calles del recuerdo. La vuelta de ETA al discurso cotidiano abre las heridas de quienes, como Iñigo, luchan como espartanos contra el dolor que subyace en el interior de sus castillos. Desde la crítica no podemos aplaudir a quienes dicen adiós, sin el perdón por en medio. No podemos rendirnos ante quienes hablan de conflicto con la huella del gatillo. Gracias a ellos, a los malos del entierro, el País Vasco ha sido la tierra temida por miles de españoles. Tierra de riesgo para quienes, sin comerlo ni beberlo, han vivido más de medio siglo con mordazas en la boca.

El olor a crisantemos invade los recuerdos de casi un millar de víctimas, cuyos familiares y conocidos fueron asesinados por los caprichos de ETA. Las manos blancas del ayer no deberían bajarse ante la rendición de sus verdugos. El secuestro de Lara, la muerte de Miguel Ángel Blanco y todos los asesinatos perpetrados por la banda; son motivos suficientes para que el dolor social eclipse la propaganda de los malvados. En días como hoy, los políticos hablan de la victoria del Estado de Derecho contra los cócteles y las pistolas. Hoy, las palabras de Rajoy han olvidado las negociaciones de Zapatero con la sinrazón de las capuchas. Negociaciones que fueron el principio del fin del hacha y la serpiente. La historia de España no puede ser aprendida sin los párrafos de ETA. Párrafos necesarios, claro que sí, para que las generaciones venideras entiendan el sinsentido de hacer política con el uso de pistolas. El cadáver del verdugo solo puede ser llorado por sus amigos y conocidos. Amigos que en su día defendieron la cuestión nacionalista por la vía de las armas. Así las cosas, el final de ETA, por ética histórica, no debería ser recordado como la Rendición de Breda.

De juicios y manadas

La sentencia de La Manada ha caído como un jarro de agua fría en los mentideros de la calle. Las líneas que separan el abuso de la violación han descosido las costuras de las togas. Hoy, por primera vez en su historia, la Hispania de Rajoy ha sido portada internacional por sus manifestaciones contra el poder judicial. Unas manifestaciones que cuestionan el Estado de Derecho y ponen en tela de juicio la profesionalidad de las balanzas. Desde la crítica debemos reflexionar sobre el asunto, más allá de la carga emocional de los gritos y pancartas. Como decíamos ayer en "de juicios y verdades", la justicia es subjetiva. Y lo es, queridísimos lectores, desde el momento en que los jueces interpretan y aplican las leyes con los mimbres de sus mentes. Las leyes, que se cocinan en los fogones de la aritmética parlamentaria, son el resultado de la soberanía popular. Una soberanía que determina el ordenamiento jurídico desde que existe el Estado liberal.

Los jueces son los intermediarios entre los hechos y el derecho. Las togas, decía el sastre mientras las cosía, están confeccionadas con las agujas del Congreso y los hilos de La Moncloa. Son precisamente las normas aprobadas, conforme al procedimiento establecido, las que determinan el sino de las sentencias. El sesgo ideológico y la ambigüedad discursiva de las leyes influyen en la calidad de los veredictos. La fiabilidad de la justicia no es otra que la emisión de fallos similares por togas antagónicas. La prohibición de juzgar dos veces una misma cosa impide a la crítica verificar la fiabilidad de la balanza. Los preceptos utilizados por los magistrados para edificar el muro de La Manada adolecen, al parecer, de la claridad discursiva e imparcialidad ideológica para la satisfacción colectiva. Medir el consentimiento de una violación es tan difícil como saltar una línea en el rodapié de una pared. El miedo ante un mal mayor y el carácter de la victima influyen en la crisis de una violación. Influyen hasta tal punto que el silencio se convierte en el grito amargo de los mudos.

En cualquier democracia, el pueblo tiene derecho a manifestar su indignación contra los poderes del Estado. Aunque la sociedad civil no sea experta en derecho, lo cierto y verdad, es que por encima de las togas existe el sentido común. Un sentido basado en la intuición razonada y la conformidad universal. Los abusos de poder y los atentados contra los derechos fundamentales son, entre otros, ejemplos del derecho natural. Un derecho que en España y en Pekín entiende el común de los mortales, más allá de las peculiaridades culturales. Así las cosas, miles de ciudadanos han dicho "no" al fallo de La Manada. Y lo han dicho porque atenta contra el sentido común. Un sentido que deja en paños menores la mediocridad del Código Penal en materia de abusos y violaciones. Aparte de criticar las sentencias judiciales; la intelectualidad debe mirar a los padres de las normas. Padres, en ocasiones, injustos con sus hijos; que barren para unos en detrimento de los otros. Mientras no se corrijan los sesgos ideológicos y las ambigüedades legales; la soberanía popular cuestionará, alguna que otra vez, la fiabilidad de las balanzas.

Adiós Cristina, adiós

Ha dimitido la presidenta de la Comunidad de Madrid, María Cristina Cifuentes Cuencas. Ha dimitido Cifuentes, la hija de  José Luis y Fuencisla. Ha dimitido la séptima de ocho hermanos; la misma que cursó estudios en el Colegio Sagrado Corazón, ubicado la calle de Ferraz. Cifuentes ha dimitido. Dimite la misma que se licenció en derecho por la Complutense. Y la misma que renunció a su máster en Derecho Autonómico por “la Rey Juan Carlos” de Madrid. La misma universidad en la que formó parte de su Consejo de Administración; controlado – en sus inicios – por el consejero de cultura Gustavo Villapalos. El mismo, a su vez, que ella apoyó para que fuera Decano y rector de la UCM. Ha dimitido la estrofa suelta del Pepé; la misma política que confesó, en el chester de Mejide, ser agnóstica, republicana y defensora del matrimonio homosexual. Cifuentes dimite. Dimite tras un mes de acusaciones por la supuesta falsificación de su máster; el mismo que nunca mostró porque, según ella, lo perdió. Cifuentes dimite. Dimite la que fuera número 46 de las elecciones madrileñas allá por el año 1991

Cifuentes dimite. Dimite la señora que con veintiséis comenzó su carrera en la cámara regional. Dimite "la progre del Pepé", la que fuera Delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid. Doña Cristina Cifuentes dimite. Dimite por obtener, supuestamente, de manera fraudulenta un máster en “la Rey Juan Carlos” de Madrid. Y dimite, por robar, supuestamente, un par de cremas antiarrugas en un supermercado de Madrid. Dimite Cifuentes. Y dimite por imperativo de Rajoy. Dimite la que fuera sucesora de Esperanza Aguirre, la que en su día dimitió y después volvió. Dimite, de punto en blanco y con la cabeza bien alta; la misma que otros bajarían por hechos similares. Dimite Cristina, "la Cifuentes"; la misma que, con el noventa y tres por ciento de los votos, se hizo con el poder del Pepé madrileño. Cifuentes dimite, deja el cetro de la Comunidad de Madrid, pero sin abandonar la corona de su partido, y su escaño en la Asamblea Regional. Doña Cristina ha dimitido. Ha dimitido por el bien de su partido. Y lo ha hecho, según ella, para evitar un mal mayor; como sería la reconquista de la izquierda.

Dimite la presidenta madrileña; la misma que sobrevivió a la moción de censura presentada por Podemos. La misma moción que contó con los votos en contra del Pepé y Ciudadanos, y la abstención del PSOE. Ha dimitido "la roja del Pepé", la misma que tanto defendí en El Capri y que, por honestidad y vergüenza ajena, no lo volveré a repetir. Dimite Cifuentes; la misma que sufrió un accidente en el Paseo de la Castellana; un accidente con una moto que circulaba, al parecer, sin la revisión de la ITV. Cifuentes ha dimitido, ha dimitido la que probablemente fuera sucesora de Rajoy. Ha dimitido la rubia de Madrid, la misma que comenzó en las filas de Alianza Popular. La misma que ingresó como funcionaria del grupo B en la escala de gestión en la Complutense de Madrid y, la misma que se casó con el arquitecto Francisco Javier Aguilar Viyuela; el mismo que estaba al frente de colegios mayores de la UCM. Los mismos colegios donde Cristina ocupó cargos de responsabilidad entre 1995 y 1999. Cifuentes ha dimitido. Ha dimitido la promesa del Pepé. La misma mujer que gobernó en los cielos de Carmena, gracias a las filas de Rivera. Adiós Cristina, adiós.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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