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Quinielas políticas

Tras conocer que el próximo 28 de abril volveremos a las urnas, bajé al Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, una inyección de cafeína para mantener en pie los residuos de mis neuronas. Allí, en los mentideros de la barra, hablé con Fermín. Fermín es un banquero jubilado de las tripas de mi pueblo. De derechas hasta las cejas, no entiende por qué el partido socialista sale agraciado en los sondeos del CIS. Según él, Casado debería ganar las elecciones. Y debería, me decía, porque "los sanchistas han negociado con los golpistas, dilapidado la herencia de Rajoy y, para más, inri, España vuelve a estar en el ojo de la Troika". En casa, mientras calentaba los fideos en la soledad de la cocina, me acordé de Fermín. De Fermín y de La Niebla, una película de Stephen King. En ocasiones, las ideas se convierten en muros infranqueables.

Aunque Fermín no entendiera los resultados arrojados por el CIS, lo cierto y verdad, es que Sánchez podría ganar las próximas elecciones. Y podría, queridísimos amigos, porque ha materializado, en pocos meses de gobierno, el sueño de la izquierda. Frente a Rajoy, Pedro ha cumplido con su programa. Y frente a Ciudadanos, el líder socialista no ha posado con la fea. Aún así, la izquierda no debería caer en la trampa de las encuestas. Y no debería caer porque la movilidad es condición necesaria, para que las derechas no consigan el cetro por cuestiones de aritmética. Por ello, no es bueno que las encuestas del gobierno y otros medios de comunicación jueguen al cuento de la lechera. Más allá de las encuestas y de las quinielas mediáticas siempre quedará la intuición razonada. Tal y como están las fichas en el tablero, es muy probable que Ciudadanos sea noticia por la hecatombe de su derrota. 

Ciudadanos, como saben, no ha jugado limpio de cara a la galería. Y no ha jugado limpio, como les digo, porque detrás de tanta palabrería y de proclamarse como el árbitro de la partida, se ha escondido una versión actualizada de la derecha acostumbrada. Una "nueva derecha", de rostros jóvenes y sin barriga, que tira por la borda la resurrección de los tiempos adolfinos. Por ello, por esta mala praxis, la España que "hoy sabe leer," teme que el voto al naranjito desemboque en el cielo de la gaviota. Así las cosas, es posible que muchos votantes de Ciudadanos vuelvan a sus puntos de partida. Vuelvan a votar al PP y al PSOE, como partidos más cercanos al centro defenestrado. Por su parte, muchos votantes de Podemos -ex cabreados con las políticas de ZP y escépticos de Sánchez – es muy probable que empuñen, otra vez. el tallo de la rosa. 

El aire insuflado al PP, por el globo pinchado de Ciudadanos, se perderá por el éxodo de miles de votantes a las filas de Vox. Miles de "peperos de pedigrí" buscarán en las orillas de Abascal el santo grial del extremismo liberal. Por ello, queridísimos lectores, Casado recuerda, una y otra vez, las gallardonadas de Alberto. Una estrategia electoral, en toda regla, para retener al votante de fe. Ese votante de corte conservador y religioso, más afín a Vox que al PP, es el que inquieta a los sociólogos de Casado. Inquieta porque si el PP radicaliza su discurso, el centro derecha votará a Ciudadanos. Inquieta, porque si modera su mensaje, los votantes de sotana, de aguilas y tricornios volarán a Vox. E inquieta porque el rodillo ya no pinta como ayer.

No cometerás actos impuros

Hace tiempo, conocí a Gabriel, un tipo que frecuentaba El Capri los sábados a deshoras. Después de hablar, largo y tendido, de Rajoy y de otras frivolidades, me confesó que había sido cura en las tripas de Alicante. Hoy, tras conocer la "cumbre de los obispos", me he acordado de él. Y me he acordado de él, la verdad sea dicha, porque desde aquella conversación aumentó mi crítica hacia los curas. Aparte de creer en el ahora, de importarme un bledo si hay vida más allá del cementerio, no comulgo con los dictámenes de la Iglesia. Pienso que la institución del medievo, necesita un tratamiento de belleza. Un lavado de cara para aflore, de una vez por todas, el polvo que se esconde debajo de sus alfombras. Polvo en forma de "curas salidos", de doble moral y de alcobas clandestinas. Hace falta que la Iglesia no haga demagogía con el sexto mandamiento.

Según reza el titular 100.000 niños en el mundo han sufrido abusos por parte de los curas. Ante este panorama, desolador, es importante que los gobiernos tomen cartas en el asunto. No es digno que ante tales atrocidades, la Iglesia sea merecedora de una casilla en la Declaración de la Renta. Mientras la Iglesia siga pecando, mientras siga cometiendo "actos impuros", no es ético que los curas traten con los niños. No es ético que una institución, con pederastas en su seno, siga organizando campamentos juveniles, impartiendo catequesis y adiestrando a monaguillos. Y no lo es, porque con los datos sobre el tapete, muchos curas han demostrado que son débiles ante "los pecados de la carne". Es necesario que se grite "basta ya" a tanta hipocresía. Hacen falta que la "tolerancia cero", anunciada por Bergoglio, se haga realidad en el seno de la Iglesia.

Aparte de las medidas citadas por Francisco, sería ejemplar que se hicieran unos juicios públicos contra aquellos curas, con nombre y apellidos, que han sido ocultados por el clero. Juicios, como les digo, como los que se hicieron en Nuremberg para condenar a quienes, por capricho hitleriano, asesinaron a miles de judíos. Tales juicios servirían para que las supuestas manchas de las sotanas fueran exhibidas ante millones de cristianos. Manchas de flujos seminales, de comentarios obscenos, de silencios pagados, y de tocamientos oscuros. El perdón a las víctimas se convierte en condición necesaria pero no suficiente. Las penitencias deberían ir más allá de los Padrenuestros, Aves María y Salves acostumbrados. La Iglesia debería resarcir el daño, causado a las víctimas, por medio de indemnizaciones económicas y penas a los curas. Solo así, con sanciones ejemplares, se frenaría esta lacra de curas desviados. Curas que, tras los escándalos de pederastia, dejan a la altura del betún la credibilidad del celibato.

La izquierda debe votar

Si Sánchez hubiera seguido por la senda del relator. Si Felipe González, Alfonso Guerra y algún que otro erudito del partido no hubiesen metido baza en este desaguisado, hoy otro gallo cantaría en el sino del Congreso. Y cantaría, queridísimos camaradas, porque el diálogo es el camino para los males democráticos. Volver a votar no soluciona el problema del catalanismo. Y no lo soluciona porque, sin referéndum por delante, no habrá aprobación de presupuestos por los siglos de los siglos. El desplome del sanchismo deja tocado pero no hundido al buque insignia de la izquierda. Las derechas junto al catalanismo han votado no a la resurrección del Estado del Bienestar. El mismo que desmanteló Rajoy durante sus años de reinado. El fantasma de la ley Wert, la mordaza, las gallardonadas y olor a fraguismo; vuelven a resurgir con fuerza en la Hispania del ahora.

Hoy, más que nunca, la izquierda debe votar. La izquierda debe levantarse del sofá para evitar, a toda costa, que La Moncloa se convierta en la nueva Andalucía. Votar para que la suma progresista detenga, de una vez por todas, el conservadurismo retrógrado, liderado por Casado. La convocatoria de elecciones, por parte de Sánchez, deja sin aire al vuelvo de las gaviotas. La rotura de las negociaciones con los independentistas y el respeto a las líneas rojas, marcadas por la Constitución, sitúan al partido socialista en una posición ventajosa de cara al día de las urnas. Y digo ventajosa, porque los tres años de sanchismo han sido suficientes para curar las heridas por la derechización de Zapatero. Así las cosas, Sánchez puede ganar. Y puede porque dentro de su liderazgo entra en juego su poder de resistencia. Resistencia ante los dardos lanzados desde las trincheras de su partido. Y resistencia para mandar, a golpe de decreto, ante la amenaza permanente de sus socios de gobierno.

De cara a las próximas elecciones, Ciudadanos será, muy probablemente, el más perjudicado. Perjudicado por ir de Sócrates cuando en realidad son Maquiavelo. Perjudicado por pasar de ser los árbitros del juego a los díscolos del partido. Y perjudicado por posar con Vox en la foto de Andalucía. Por todo ello, el partido de Rivera ya no convence ni a los socialistas indecisos, ni a los populares moderados. Así las cosas, Ciudadanos se vuelve a mover en sus aguas preferidas, la ambigüedad. Rivera no habla claro. No dice si, el día siguiente de las urnas, abrazará a Vox, bailará con los socialistas o se casará con la gaviota. Una oscuridad, en toda regla, para quienes defienden la transparencia con timbales y platillos. Es momento, señores y señoras, de quitarse la careta. Momento de conocer, a ciencia cierta, qué pasará con las papeletas cuando sean arrojadas por la ranura de las urnas. Si los políticos no se quitan la careta, si cada uno lucha por el respaldo de su silla, muy pocos irán a votar en la próxima primavera.

Sobre Sánchez y el acierto del relator

Si algo aprendí de Einstein es que para obtener resultados distintos hay que hacer cosas diferentes. Si no cambiamos de tecla, si siempre pulsamos la misma, la trompeta sonará igual. Esta vieja enseñanza podríamos aplicarla a la cuestión catalana. La aplicación del artículo 155 es condición necesaria, pero no suficiente, para solucionar el conflicto territorial. Aunque la derecha convoque a la sociedad civil. Aunque Casado lance los tigres a Sánchez, la Constitución por si sola no basta para conseguir la paz en Cataluña. Y no basta, queridísimos camaradas, porque el Estado de Derecho no es una varita mágica para la solución de todos los problemas. Hay problemas que se escapan de los tentáculos legales. Ante este hecho, es necesario que se activen los mecanismos del diálogo. Un diálogo instrumentalizado por la figura de un relator y dentro, faltaría más, de la legalidad.

La rendición de ETA, como recordarán, se logró por la combinación entre leyes y negociación. Gracias a la mediación, el gobierno de Zapatero consiguió la paz en Euskadi. En aquellos años, Rajoy criticó hasta el hastío el instrumento del diálogo. El recurso al relator es urgente y necesario para solucionar el conflicto catalán. Urgente porque el nacionalismo catalán determina, por cuestiones de aritmética parlamentaria, las decisiones del Congreso. Necesario porque, visto lo visto, la aplicación del artículo 155 reprime y enciende el odio entre el centro y la periferia. Un odio que alimenta la xenofobia, resucita el fantasma del populismo, y levanta el vuelvo de la gaviota. Por ello, Sánchez iba por el buen camino con la figura del relator. Una propuesta que ha quedado en agua de borrajas tras las palabras de los "jarrones chinos" de su partido. Con los hechos en la mano, con el paso atrás de Pedro, se ha demostrado que sus decisiones no pesan tanto en su partido.

Sin relatores en el camino. Tras el regreso al artículo 155, la ira de la derecha y el llamamiento a la unidad de España no tiene sentido. Y no lo tiene, porque Cataluña – sin reforma constitucional – seguirá cosida a Hispania por los siglos de los siglos. Seguiremos sufriendo el auge del populismo, la crispación territorial y el repliegue ante quienes tienen la llave del hemiciclo. Por ello, el inmovilismo, el llamamiento a la sociedad civil y la defensa de la unidad nacional no son la solución. Y no lo son porque la sociedad catalana está dividida entre unionistas y separatistas. Y este conflicto, que afecta al Estado de las Autonomías, es un problema de todos. Un problema que necesita diálogo, mucho diálogo, para que la vecindad recupere su cordura. Un diálogo orquestado por un relator. Por alguien que acerque posturas, pondere concesiones y busque una solución ventajosa para los de dentro y los de fuera. Un relator, por tanto, que actúe – faltaría más – dentro de las reglas de juego. Un relator, eso sí, sin las manos manchadas de cal.

Réquiem por Venezuela

Ayer, tras ver la entrevista que Évole realizó a Maduro, bajé al Capri. Necesitaba, la verdad dicha, emborracharme con el olor a café y las noticias del vertedero. Mientras estaba en el taburete, llegó Jacinto, un octogenario de las tripas de mi pueblo. Jacinto vivió en Caracas durante más de veinte años. Me comentaba que el problema no es Nicolás, ni muchísimo menos. El problema, queridísimo Abel, es el crudo. El maldito petróleo es el que pone los dientes largos a los yanquis del imperialismo. Si no fuera por el caldo, Venezuela sería un cero a la izquierda para los intereses de Trump. Desde la guerra de Irak, Estados Unidos ha dejado de ser el ombligo del mundo. Ya no son los yanquis quienes parten el bacalao en el globo. La crisis de Venezuela les viene como anillo al dedo para recuperar el cetro internacional.

Aunque parezca mentira, el lenguaje de las bombas, de la intervención armada, y del "no a la guerra" suena, otra vez, en la Hispania del ahora. La decisión de Sánchez ha sido, sin duda alguna, una torpeza en toda regla para nuestra convivencia democrática. Y lo ha sido, queridísimos camaradas, porque su posicionamiento junto a Trump nos recuerda a Aznar y la foto de las Azores. El encargo de Pedro a Guaidó, la convocatoria de elecciones, resulta ingenuo y surrealista. Ingenuo porque antes de convocar las elecciones, el nuevo legítimo tendrá que pasar por encima del "cadáver" de Maduro. Y surrealista porque el Derecho Internacional ha quedado a la altura del betún. A estas torpezas hay que sumar el efecto colateral que traerá la legitimación de Guaidó en las tierras catalanas. No olvidemos que lo que ha hecho el venezolano es similar a lo que en su día hizo el catalán. Con la única diferencia que el primero ha sido reconocido como legítimo y el segundo, junto a su séquito, sancionados y entre rejas.

La legitimidad de un gobernante debe ser unánime por todos los países del mundo. Y para ello, las reglas del juego no deberían cambiarse de la noche a la mañana. Si las reglas son la democracia. Si las últimas elecciones en Venezuela fueron acatadas por la Comunidad Internacional, lo más ético sería que Maduro convocase elecciones conforme al ordenamiento jurídico. Unas elecciones, eso sí vigiladas y controladas, para que se decida quién merece el cetro de Venezuela. Si Maduro no cayera de la burra, si llegado el final de su mandato no llamara a las urnas, sería entonces cuando podríamos hablar de intervención internacional. Nicolás, y no le falta razón, se considera el legítimo de su "pseudemocracia", y por ello se atrinchera entre pistolas. Hoy, más que nunca, hacen falta mediadores internacionales. Gente que sea capaz de convencer a este señor para que convoque elecciones. Unas eleccciones para que los venezolanos decidan el sino de su patria. Una patria empobrecida a pesar de su riqueza.

Sobre Julen y el periodismo maquiavélico

El otro día, tras conocer el fatal desenlace del caso Julen, leí por ahí que se había solicitado el Premio Princesa de Asturias para la "Brigada de Salvamento Minero". Dicho premio, contesté por twitter, debería recaer no solo en los mineros sino en todos los que estuvieron ahí durante los trece días del rescate. Todos, desde los camioneros que transportaban la arena, hasta el señor que pulsaba el botón de la máquina excavadora. Y todos, desde las señoras que preparaban los bocadillos, hasta la empresa que fabricó los tubos para el encamisado del pozo. Todos, y no solo los mineros, fueron necesarios para el rescate del niño. Y, por tanto, todos deberían ser merecedores de dicho premio. Un premio, en todo caso, discutible si tenemos en cuenta que los mineros hicieron su trabajo. Y, discutible, si tenemos en cuenta que la seguridad del territorio es un deber del Estado.

Tras escribir esta reflexión, recibí un correo de Bárbara, una periodista y amiga del Rincón. Quería saber si en ese "todos" incluía, o no, a los periodistas. Según ella, tales profesionales ejercieron su deber de información, estuvieron al pie del cañón, y por tanto no sería justo excluirlos de tan honorífica mención. Los periodistas, le contesté, estuvieron ahí – cierto – pero su presencia no resulta condición suficiente para ser galardonados. Y no resulta meritoria porque algunos hicieron el agosto a costa del sufrimiento humano, de lo insólito del suceso y del consumismo morboso de los relatos amarillos. Es por ello, por lo que siento vergüenza cuando miro de reojo la ética del vertedero. El hecho noticiable – la caída de un niño en un pozo y las dificultades para sacarlo – se convirtió en una oportunidad de oro para aumentar las audiencias. Tanto es así que muchas cadenas anunciaban los metros que quedaban hasta llegar a Julen. Quedan diez, ahora cinco… Todo un circo mediático donde la información no fue un fin en sí mismo, sino la cerilla para avivar la llama de la sensibilidad.

El caso de Julen demostró que estamos ante un periodismo carroñero. Un periodismo de sucesos, que más allá de la información, hurga en las desgracias ajenas. Ahora bien, la culpa de esa prensa sin escrúpulos la tenemos todos. Los periodistas, por abusar del sensacionalismo barato. Y nosotros, la opinión pública, por consumir hasta la saciedad la suciedad de la sociedad. Hoy, tras varios días de aquella tragedia, el niño del pozo pasa a las vitrinas del olvido. Y pasa, queridísimos lectores, porque las noticias son como bombillas rotas que se encienden y se apagan. Aparte de Julen, cada día fallecen cientos de niños en pateras hacinadas. Niños anónimos que esperan en el fondo de los mares la luz de su rescate. Tales tragedias pasan desapercibidas para los ojos de la prensa. Una prensa maquiavélica cuyo fin, en ocasiones, es el negocio por encima de la información. Una información, o mercancía como diría Marx, que se convierte en sensacionalismo y postverdad.

Maduro, Guaidó y la tercera vía

El otro día, recibí un correo de Alejandro, un periodista de las trincheras venezolanas. Crítico con la "democracia" de Maduro, no entendía por qué Sánchez no se pronunciaba sobre la interinidad de Guaidó. El reconocimiento del auto elegido atenta contra las reglas de juego. Y atenta, le dije, porque la democracia solo entiende el lenguaje de las urnas. Un lenguaje que se basa, como todos sabemos, en la libertad de los pueblos para elegir a sus representantes. Si Pedro reconociera a Guaidó – como ha hecho Estados Unidos – estaríamos ante un dilema moral en nuestros intramuros autonómicos. Y lo estaríamos, queridísimos lectores, porque muchos catalanes reivindicarían la legitimación de Carles como presidente de su feudo. Aunque son dos problemas distintos, ambos guardan algún que otro paralelismo. Ambos – Puigdemont y Guaidó – han saltado la barrera del Estado de Derecho. Y lo han hecho por su crítica a las reglas de juego.

Aunque el diseño del tablero no sea perfecto. Aunque en Venezuela, el populismo haya convertido el poder en un cortijo de redes clientelares; lo cierto y verdad es que su forma de gobierno es la democrática. De pseudo democracia, diría yo, si tenemos en cuenta que Nicolás Maduro ganó las elecciones de 2015 de forma fraudulenta. No permitió la participación de tres partidos opositores. Y para más inri, a día de hoy, en Venezuela no existe una barrera nítida que separe las togas del Supremo de los chándales del Ejecutivo. Aún así, nadie le ha puesto, como dirían por ahí, el cascabel al gato. Salvo informe en contrario, Venezuela sigue siendo una democracia. Ante esta evidencia, el poder se debe conquistar con sables democráticos. Y por ello, lo más sensato sería que Maduro convocara elecciones generales. Si no lo hace, si se aferra al cetro, los venezolanos puede que vivan un episodio similar al que vivimos los españoles en la Hispania de "la Pepa".

Por respeto al Estado de Derecho venezolano y para evitar posibles agravios comparativos, la Unión Europea debería optar por la tercera vía. Ni Maduro, ni Guaidó sino la convocatoria de elecciones. Unas elecciones, vigiladas por los ojos internacionales, y sujetas a las garantías de transparencia y seguridad electoral. Si yo fuera Sánchez optaría, sin duda alguna, por esta vía. Una vía de corte estadista y alejada del "partidismo" interesado de Casado y Rivera. Aunque el pueblo lo esté pasando mal. Aunque Venezuela haya caído en la trampa del populismo, no se debe legitimar el poder sin papeletas por en medio. Por ello, es necesario que los venezolanos vuelvan a votar para recuperar la dignidad democrática. No hubiese sido justo que en la España de la crisis y de los indignados de Hessel, Mariano Rajoy – por ejemplo – se hubiese auto proclamado presidente de España, con el reconocimiento de Francia.

Sobre Errejón y el error de Ciudadanos

El pacto con la gaviota ha tirado por la borda treinta y siete años de cetros socialistas. Andalucía es feudo de la derecha. Y lo es gracias al beneplácito del populismo y la chaqueta verde de Ciudadanos. Tras conocer la noticia, he bajado al Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, emborracharme con las burbujas del gintonic. Mientras estaba en la barra, ha llegado Manuela, una mujer a deshoras; de esas que dicen tacos y fuman más que un carretero. Su olor a perfume barato ha inundado de sosiego mi cabreo por el sino de Susana. Sus ojos delataban lo que se cocía en los fogones de su mente. Una mente malherida por los navajazos de la vida. Mientras movía con la cucharilla lentamente el carajillo, me ha preguntado por Peter. Desde hace más de una semana, el capitán de la barra no se deja ver por el garito. Al parecer, el bicho está haciendo de las suyas en los recovecos de su vejiga.

La noticia de Errejón, el Brexit y las sombras de Cataluña visten de alegría los diálogos de la barra. Al final, en palabras de Jacinto, Iñigo terminará en las filas socialistas. Y terminará allí, empuñando la rosa, porque en Podemos está todo el pescado vendido entre los colegas de Pablo. El matrimonio de Íñigo con Carmena pone en evidencia la batalla campal, entre capitalistas y comunistas, en el seno del morado. Tras el varapalo del Errejón, la izquierda se agrieta por los cuatro costados. Hoy, sanchistas, pablistas, errejonistas y garzonistas tejen cada uno su traje de cara a las autonómicas y locales. Así las cosas, con la derecha y la izquierda más agrietada que nunca, es necesario que cada uno demuestre que sus manzanas son mejores que las de sus vecinos. Es precisamente esta lucha entre ideologías similares, la que invita al politólogo a analizar la contienda y aventurar escenarios. Estamos ante una amalgama de colores donde las únicas orillas son la crispación y el entendimiento.

Si yo fuera Sánchez, le decía esta mañana a Gregorio, haría un giro radical hacia la izquierda. Y lo haría, queridísimos camaradas, porque sería la única manera de conseguir que la socialdemocracia ocupara el lugar que se merece. Por ello hace falta que Pedro se deje de ambigüedades y barra para los débiles. La traición de Ciudadanos, en las tierras andaluzas, debería ser castigada, de forma severa, en las próximas elecciones. Un castigo, claro que sí, por bailar con la fea, por abrazar el populismo y volar con la gaviota. Hoy, miles de votantes se sienten desengañados por el sino de su voto. Y se sienten así porque su papeleta – supustamente de centro – ha ido a parar al montón del extremismo. Por ello, no tiene sentido que en Hispania se luche por el centro. El centro siempre ha estado en la ambigüedad política. Siempre ha jugado a dos barajas. Un juego que nunca ha sido ventajoso para ganar la partida. Y un juego que, tarde o temprano, ha terminado por sacarlo del tablero.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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