Tributo a Spinoza

Ayer, mientras leía a Weber, recibí un wasap de Spinoza. Me dijo que estaba pasándolo mal desde el asesinato de Witt por el partido orangista. Tenía miedo de ser perseguido. Un miedo que le recordaba a sus tiempos juveniles, cuando fue expulsado de la sinagoga judía por su crítica a la Biblia. Me preguntó por su obra en los siglos posteriores. Le dije que Hegel dijo de él que "todos los filósofos han sido en un primer momento Spinozas". Le dije que un científico, llamado Einstein, dijo que en el único Dios que creía era en el "Dios de Spinoza". Y le dije, y disculpen la redundancia, que Antonio Damasio y José Bonilla le dedicaron sendos libros. Hasta un tal Borges le dedicó sonetos. Y hasta hoy se escriben novelas policiales ambientadas en su filosofía. Tras varios minutos de temas superficiales, me confesó que estaba enfermo de tuberculosis.

Después de hablar con Baruch, bajé al Capri. Necesitaba hablar con Peter, transmitirle los recuerdos de Spinoza. Le dije que estaba enfermo, una "enfermedad rara" para los mortales del XXI pero nefasta y común para la gente de su época. Tras hablar con Gregorio, un médico que frecuentaba el garito los sábados de madrugada, nos dimos cuenta que nuestro amigo se apagaba como una vela en una procesión de Jueves Santo. Se apagaba el mismo que defendía la supremacía del poder civil sobre las sotanas en pleno siglo XVII. Y se apagaba, queridísimos lectores, el mismo hombre que conquistó la razón para librarse de las pasiones. El hombre que apoyaba la tolerancia política y la libertad de pensamiento. Valores defendidos por las políticas de Witt. Tras varias conversaciones con Baruch, nos confesó que el Tratado teológico político, una obra anónima de su tiempo, había sido escrito por él.

Aquel tratado no era un vulgar panfleto ideológico sino una crítica a la Biblia y una llamada a la libertad de expresión. Le dijimos, Peter y yo, que en la Hispania del presente, la Iglesia todavía mandaba mucha romana en los asuntos de Estado. Hoy, en pleno siglo XXI, millones de creyentes en el mundo rinden homenaje a ese libro que tanto criticó. Y hoy – en nuestra época – queridísimo Spinoza, todavía existe miedo. Miedo a hablar por temor al qué dirán. Y miedo a quitarnos los ropajes del lenguaje y dejar descubierta nuestra mente. Una mente, la nuestra, que se viste de metáforas, de demagogia e hipocresía para sobrevivir en la jungla del capital. Spinoza falleció. La tuberculosis pudo con él. Con tan solo cuarenta y cuatro años, en plena flor de la vida, Baruch nos dejó. Recuerdo, la última vez que dialogamos con él. Nos dijo: "lo único que tengo en la vida son dos camas, dos mesas, un equipo para pulir lentes y ciento cincuenta libros". Grande.

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1 COMENTARIO

  1. Ramon Colom

     /  5 abril, 2019

    Me gusta. Eres brillante

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