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De sindicatos y laureles

Hoy, Primero de Mayo, echo en falta los claveles y el griterío de la gente detrás de las pancartas. Desde el confinamiento de mi recreo, oigo los perros como ladran al calor de las aceras. ¿Dónde están los sindicatos cuando más los necesitamos? Desde el Movimiento Obrero, el sindicalismo español ha perdido fuelle en la sociedad de nuestros días. El fracaso de la URSS sacó los colores al marxismo. Unos colores que han hecho mucho daño a la crítica que hizo Marx a los efectos de la industrialización. Tanto que, casi siempre, el término "rojo" se utiliza de forma peyorativa. Y se utiliza así, queridísimos amigos, para demonizar a la izquierda. Para acallar a quienes solo tienen su nómina para comer. Y para que el ascensor social permanezca parado en las base de las pirámides laborales. Desde la Reforma Laboral de Báñez, el proletariado vive en una jaula de silencio. Una jaula construida con los barrotes del miedo. Miedo a hablar. Miedo a reivindicar los derechos que tanto sudor y sangre le costó.

El Covid-19 deja, a su paso, un panorama desolador. Deja, como les digo, un sistema económico paralizado desde hace más de cuarenta días. Un sistema con miles de ERTES sobre la mesa. Con miles de parados, confinados en sus casas, sin saber a ciencia cierta lo que será de sus vidas cuando pase la tormenta. Parados que han visto como, en un mes de cuarentena, se han quedado sin ahorros. Y parados que han sufrido los efectos, más nefastos, del precariado. Un precariado en forma de contratos basura. Contratos temporales, en su mayoría, y "parciales" de mentira. De mentira, como les digo, porque son muchos los "cuellos azules" que sus horas reales de trabajo superan, con creces, a las establecidas en sus contratos. Contratos que, por desgracia, son los únicos que sirven para calcular la cuantía de las prestaciones. Prestaciones que casi no dan para afrontar las obligaciones de pago. En pleno 2020 seguimos, todavía, con la legislación de la derecha. Una legislación que se hizo, como saben, a la horma de la patronal.

Estamos ante la Reforma de Báñez. Una reforma que desmanteló el Estatuto de los Trabajadores. Dejó al proletariado a la altura del betún. Un proletariado que se ha convertido en carroña laboral, en mano de obra barata al servicio del Low Cost. Más allá de la subida del SMI, todo un logro de la izquierda, queda mucho por hacer. Hace falta una contrarreforma laboral que ponga fin a la alta temporalidad. Que termine, de una vez por todas, con la burla legal que suponen los contratos a tiempo a parcial. Una contrarreforma que vele por la igualdad salarial y que reduzca los índices de siniestralidad laboral. Es necesario que se ponga en valor el teletrabajo. Debemos romper una lanza contra el presentismo laboral y apostar por la productividad. Es urgente que se reduzcan las tasas de paro juvenil. Unas tasas que obstaculizan el consumo pesado y limitan el despegue económico. Es necesario que los sindicatos despierten de los laureles y recuperen su rol. El rol de la presión.

De Quijotes y Quijotas

Eran las tres de la madrugada, Peter fregaba los últimos tubos de la barra. La música estaba apagada. Solo se oía el maullido de los gatos y el motor del camión de la basura. Un periódico caducado, y manchado de café, servía de compañía a la soledad de mis neuronas. Con la mirada perdida, pensando en cómo pagaría el recibo de la luz; se me acercó una señora. Era una mujer de unos cincuenta años. Rubia de bote y con tacones de aguja. Me pidió fuego. El último cigarrillo, le dije, lo fumé cuando tenía catorce años. Un señor, que estaba a dos taburetes del mío, sacó un mechero. Era un mechero amarillo, de esos que levan rueda y no encienden a la primera. Yo seguía solo, inundando mis penas en las burbujas de la Coca Cola. No había móviles, ni gente cabizbaja leyendo el Marca a lo largo de la barra. El olor a tabaco envolvía de nostalgia el crepúsculo de la noche. 

Aquella señora, entabló conversación conmigo. Me dijo que mi cara le recordaba a su marido. Que estuvo casada durante veinte años y que, de la noche a la mañana, la dejaron por otra. Entre calada y calada, el ponche acompañaba el estribillo de sus penas. Ahora estaba sola. Sola y necesitada. Le dije que no se preocupará; que no sufriera por los hombres. Que se olvidara, por un instante, de cuando estaba casada. Después de un buen rato, hablamos del trabajo. Me dijo que, aunque no la creyera, era profesora. Profesora de literatura en un instituto marginal de las tripas alicantinas. Me comentó que le fascinaban las letras. Tanto que se había convertido en una Quijota. Una Quijota porque de tanto leer novela negra estaba trastornada. Las novelas, me dijo, habían hecho de ella una loca empedernida. Tanto que frecuentaba callejones sin salida, escuchaba jazz de madrugada y sentía atracción por los hombres fracasados. Hombres, me dijo, con dientes amarillos, camisas arrugadas y pantalones remendados.

Más allá de la infidelidad, su marido la dejó por su locura. Me confesó que se había convertido en “una Diógenes” de novelas. Tanto que su despacho parecía una librería, de patas arriba, por razones de mudanza. Le apasionaban, entre otras detectives, Erika Falk, la atormentada Rebeka Martinsson, Petra Delicado y la inspectora Amaia Salazar. Eran mujeres necesarias en un mundo de envidia y maleza. Mujeres justicieras que lo único que buscaban era resolver los casos más enrevesados. Me comentó que soñaba que la perseguían. Soñaba que se veía envuelta entre tiros y reyertas. Tanto que tomaba pastillas para dormir. Para dormir, con uno ojo cerrado y el otro entornado porque no se fiaba de lo que pudiera ocurrir en el silencio de la noche. Pobre mujer, pensé. De qué le ha servido leer tanta novela, si ha terminado peor que don Quijote. En un momento de la conversación, sacó un bolígrafo del bolso. Un bolígrafo de tinta roja. Pidió una servilleta a Peter y escribió: "cuidado con aquel señor de la corbata". Miré, limpié mis gafas, y volví a mirar. No había nadie, me recordó a don Quijote. Me recordó cuando el ilustre caballero veía gigantes en lugar de molinos.

Sobre Covid-19 y el derecho a la salud

Como saben, la OMS define la salud como "el estado de bienestar físico, psíquico y social, y no solo la ausencia de enfermedades y afecciones". Con esta definición, la salud abarca tanto las dolencias físicas – como resfriados, gripes y todo tipo de dolores -, las patologías mentales – depresiones, ansiedades, fobias y demás – y las sociales – como malestar por un despido laboral, un ERTE o una ruptura sentimental, entre otras -. Por su parte, el artículo 43 de la Constitución "reconoce el derecho a la protección de la salud" e insta a "los poderes públicos a tutelar y organizar la salud pública". "Los poderes públicos – dice también la Carta Magna – fomentarán la educación sanitaria, la educación física y el deporte". Dando cumplimiento a este artículo, y como consecuencia del Covid-19, el Gobierno decretó, el pasado 14 de marzo, el Estado de Alarma. Un Estado que lleva consigo el confinamiento de la población. Una medida necesaria, e insuficiente, para evitar la propagación del bicho.

Después de cuarenta y tantos días de confinamiento, el Estado de Alarma pone en riesgo la salud de muchos colectivos vulnerables. Colectivos, tales como: los hipertensos, reumáticos, hiperactivos, depresivos, ansiosos, claustrofóbicos, diabéticos, agresivos y neuróticos, entre otros. Estos colectivos necesitan la calle. Y la necesitan porque andar, correr o pasear son necesarios para bajar los niveles de colesterol, triglicéridos y demás contaminantes que corren por la sangre. Y porque la calle resulta terapéutica para aliviar los problemas de estrés y ansiedad derivados de vivir "entre rejas". Aparte, la luz solar es necesaria para quienes sufren artritis, artrosis y demás enfermedades óseas. Sin la calle, sin una hora al menos de paseo diario, millones de personas quedan desprotegidos. Es por ello que países como Francia o Reino Unido, por ejemplo, han sido menos severos a la hora de regular sus Estados de Alarma.

En nuestro país, con el confinamiento absoluto, se produce una brecha social que sesga, de alguna manera, la protección universal del derecho a la salud. El espacio de las casas, por ejemplo, determina que ciertos colectivos sufran desventaja. Así las cosas, no es lo mismo un individuo que viva en una vivienda de doscientos metros cuadrados, que otro que viva hacinado en un piso de setenta. Mientras el primero, puede andar o "correr", dentro de su confort espacial, el segundo malvive en los confines de su celda. Otro sesgo social viene marcado por el déficit de "máquinas de cardio". Desde que comenzó la pandemia, más allá del agotamiento de los desinfectantes, guantes y mascarillas; también se han agotado, a precios asequibles, las bicicletas estáticas y cintas de correr. Este desabastecimiento deja sin protección a millones de corazones y pulmones confinados. Por ello, es necesario y urgente que el Gobierno flexibilice el Estado de Alarma, Una flexibilidad necesaria para que – en momentos de pandemia – la igualdad de oportunidades y el derecho a la salud sean compatibles.

Persianas bajadas

Mientras leía: "El existencialismo es un humanismo", la transcripción de la conferencia que impartió Sartre en la Salle des Centrux de París, recibí una llamada de Peter. En modo videoconferencia, nos vimos las caras y hablamos largo y tendido sobre el Covid-19 y sus efectos. Peter, me dijo que estaba hundido. Después de un mes con El Capri cerrado, a cal y canto, casi no tenía dinero para comer. Delante de mí, no estaba “el Peter” de la barra. No vi, como les digo, a ese viejo rockero amante de Miguel Ríos y las chupas de cuero. Vi, un hombre sin afeitar, con más canas que de costumbre y sin brillo en la mirada. La mayor desgracia de cualquier tipo, me dijo, es encontrarse solo, enfermo y sin dinero. "Aunque el Gobierno me pague las cuotas de las Seguridad Social. Y aunque Jacinto me perdonara la cuota del alquiler, lo cierto y verdad, es que no entra ni un duro al cajón desde hace un mes", me dijo.

Le pregunté por sus ahorros. Por aquellos que me hablaba cuando soñaba con viajar a Tailandia. Los pocos ahorros que tenía se los comió Gabriel, el abogado que le llevó los papeles del divorcio. Andrés, el hijo de Peter, no quería ni oír hablar de su padre. Y no quería, como les digo, porque nunca le perdonó su desliz. Nunca soportó que Peter tonteara con Inés. Hoy, Peter solo nos tiene a nosotros. A los cuatro gatos que frecuentamos el garito. "Te acuerdas Abel – me dijo – cuando El Capri era toda una institución. Cuando Manolo pinchaba el Cadillac de Loquillo y las nenas le tiraban el sujetador". Aquellos años fueron únicos. Fueron años de mujeres a deshoras, tabaco y litros de tequila. Años donde lo único que nos preocupaba era que llegara el sábado de madrugada. Peter es un tío de los pies a la cabeza. Un tío de palabra, de esos que no necesitan un bolígrafo para cerrar un trato. Recuerdo cuando compró el Seat Málaga a Jacinto. No hizo falta ni contrato, ni testigos. Ni siquiera un mecánico que revisará las ruedas y la bujías. Solo hizo falta un apretón de manos y una caña. Eso sí, bien fría.

Mientras hablaba con Peter, el humo empañaba la pantalla de su móvil. Era humo de tabaco. De cigarrillo barato, del mismo que fumaban los críos en los tiempos de postguerra. Detrás de él, lucía un retrato de Francisco, su hermano. Recuerdo, antes del fatídico accidente, que Francisco frecuentaba el garito. Era un tipo sabio. Un tipo listo de esos que con mirar a alguien a los ojos sabe del pie que cojea. Braulio, un colega de cervezas, tonteaba con Amaya. Amaya era una mujer de bandera. De esas que detenían a los albañiles cuando andaba por la acera. Francisco le dijo a a Brasulio que se olvidara de ella. Braulio se lo tomó fatal. Le dijo que era un celoso y otras mil perrerías. Al final, Braulio se tiró a la piscina. A una piscina sin agua, sin una red que amortiguara la caída. Tal fue el desengaño que tardó cinco años en volver a la conquista. Miré a Peter a los ojos. Añadimos a Santiago y a Rogelio a la videoconferencia. Hablamos hasta las dos de la madrugada. Hoy, entre los tres, hemos pagado el alquiler de El Capri. Y, le hemos transferido cien euros para que llene la nevera. Por Peter, lo que haga falta.

Tras un mes de cuarentena

Tras un mes de cuarentena, el Covid-19 no era tan inofensivo como parecía. Con más de 160.000 fallecidos y dos millones de contagiados en el mundo, el bicho ha puesto en evidencia la fragilidad de nuestra especie. El virus ha sacado los colores a la globalización, a la Unión Europea y al Estado de las Autonomías. Colores en forma de parálisis internacional de los mercados, insolidaridad comunitaria y descoordinación interregional en la política de datos. El virus ha puesto patas arriba el establishment económico y social de nuestras vidas. Más allá del confinamiento, el Covid-19 ha cambiado los protocolos callejeros. Ha modificado nuestra forma de relacionarnos con los otros. Y ha cambiado la filosofía ante la vida. Durante este mes, nos hemos vuelto más reflexivos sobre la existencia y su sentido. Nos hemos familiarizado con las mascarillas, el teletrabajo y las videoconferencias. Y hemos puesto en valor el trabajo de los sanitarios y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

La vuelta a la normalidad no será tan fácil como se preveía. No volveremos, a las rutinas del ayer, de la noche a la mañana. Durante un tiempo sufriremos las secuelas del coronavirus. Secuelas en forma de saludos fríos, nosofobia, agorafobia y torpeza en las habilidades sociales. Seremos más conscientes de la vulnerabilidad de nuestra especie. Y esa toma de conciencia, nos cambiará nuestra escala de valores. Valoraremos más la salud, el cuidado del cuerpo y los lazos familiares. Pensaremos más en el ahora, en el instante presente, y menos en lo que haremos el día de mañana. Por un tiempo, frecuentaremos menos los bares, las tiendas de ropa y todo lo que suponga estar cerca de los otros. Iremos menos al cine y evitaremos, a toda costa, las grandes aglomeraciones. Este miedo racional disminuirá cuando el bicho se aleje de nuestras vidas. Disminuirá cuando la curva se haya convertido en un recta horizontal y los contagios sean algo excepcional.

Durante este mes, la política nacional ha cambiado. Casi no se habla de aquello que nos preocupaba antes del coronavirus. Ahora se habla de los nuevos Pactos de la Moncloa, de los ERTES, de la Renta Básica y de la reconstrucción económica. Durante este mes, Fernando Simón, la portavocía de la Policía Nacional y el ejército se han convertido en los protagonistas matutinos. La economía, la salud  y el sino del curso educativo son, entre otros, los temas que más preocupan a la ciudadanía. Durante este mes, ha cambiado hasta la estética de las calles. El ruido de los coches y el olor a combustible han sido sustituidos por el canto de los pájaros y el olor a lejía que desprenden las aceras. Durante estos treinta días, hemos aplaudido a quienes están en el campo de batalla. Hemos cantado el "Resistiré" del Dúo Dinámico y el "vivir" de Rozalén. Y hemos soñado con aquellos besos y abrazos que el virus nos robó.

Elogio a Simone de Beauvoir

Tras leer decenas de noticias referentes al aniversario de la Segunda República, me acordé de Simone de Beauvoir. Me acordé de ella porque ayer se cumplía el trigésimo cuarto aniversario de su muerte. Recuerdo, hace cinco años, que quedé con ella en El Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, hablar largo y tendido con la que fuera una pieza clave en la lucha feminista. En aquellos años, yo estaba leyendo La ceremonia del adiós, él último libro que escribió y que narra los últimos años de Sartre. Simone, me pregunta por el feminismo de nuestros días. Le digo que podríamos trazar una línea entre el Primer y Tercer Mundo. En el primero, el feminismo ha avanzado, y mucho. Las mujeres han alcanzado el derecho a la plena ciudadanía pero todavía queda mucho por hacer. Todavía no se ha alcanzado la paridad en las esferas del poder. Todavía, la mayoría de mujeres carga con la doble jornada. Y todavía, en pleno siglo XXI, los datos sobre violencia de género son escandalosos. En el Tercer Mundo, por su parte, existe la "feminización de la pobreza" y la violencia machista resultante de los conflictos bélicos. Se necesita, le digo, un liderazgo fuerte que unifique el discurso mundial del feminismo. Lo mismo que ha hecho Greta Thunberg con el ecologismo.

Simone me habla de El segundo sexo, su libro buque insignia. Me dice que no se siente identificaba con la repercusión social de su texto. Aquel ensayo, cito textual: "más que un manifiesto feminista fue una reflexión – una meditación como diría Gasset – sobre el significado de ser mujer". Una reflexión que rompe con los determinismos freudianos y marxistas. Determinismos que han sido un obstáculo para que el segundo sexo encontrara su sentido. Tras leer unos artículos publicados en la revista Les Temps Modernes, Simone resalta la figura de Olympe de Gouges. Y la resalta por su valentía. Por su lucha para que la universalización de los derechos, proclamada en la Declaración de Derechos del Estado de Virginia (1776)  y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), se aplicara a las mujeres y a la población negra de Estados Unidos. Una lucha que venció, tras ser guillotinada, con la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791). Declaración que sacó los colores al intelectualismo machista francés. Intelectualismo abanderado por Jean-Jacques Rousseau. El mismo que en la última parte del Emilio, en el capítulo "Sofía, o la mujer", defendió la reclusión de la mujer al ámbito doméstico.

Tras hablar de Sartre. Simone recuerda cuando ganó el prestigioso Premio Goncourt por su novela Los Mandarines. Acto seguido, menciona el movimiento sufragista. Hablamos de Cady Satantony Lucrettia Mott, del discurso de Stuart Mill y de la "Women's Social and Political Union"; fundada por Emmeline Pankhurst. De entre los logros de aquella lucha, Simone menciona a Clara Campoamor. La menciona porque fue Clara, y no otra, la que consiguió – prácticamente en solitario – que los derechos cívicos de las mujeres fueran reconocidos en la Constitución de la Segunda República, en 1931. El reconocimiento de los derechos, me dice Simone, son condición necesaria pero no suficiente en el quehacer del feminismo. Aparte de estar reconocidos. Aparte de estar escritos, se tienen que cumplir. Y ese cumplimiento es el que ella reivindicó, con fuerza, a finales de los sesenta. Una reivindicación para que el feminismo fuera algo más que un catálogo de buenas intenciones. Es necesario, me dice, que las mujeres dejemos de ser sujetos sociales subalternos. Tras el segundo café, Simone se ríe. Se ríe como aquella joven rebelde de las tripas parisinas.

Calles sin rostro

Hace unos meses, escribí "calles sin nombre", un artículo que reflexionaba sobre el poder terapéutico de la calle. En él hablaba sobre el testigo histórico del asfalto. Hoy, mientras paseo a Diana, siento vergüenza por aquel escrito. Y la siento, queridísimos lectores, porque los consejos del ayer ya no valen para hoy. En la soledad del paseo, observo que algo ha cambiado en la esencia de la gente. Noto miradas de reojo y personas que cambian de acera ante la presencia de los otros. Veo a gente que anda cabizbaja ante el miedo al enemigo. Y observo, y lo digo con decoro, que ni los perros ladran como ayer. Mientras camino, huelo el silencio de los coches aparcados. Y veo el reflejo de los pijamas que asoman al trasluz de las cortinas. Noto, y así se lo dije a Peter por wasap, que las tornas se han cambiado. Y han cambiado porque las ganas de vivir hacen que nos distanciemos.

Mientras paseo a Diana, oigo a lo lejos al Dúo Dinámico. Oigo esa canción que cabría de banda sonora en cualquier película bélica. En el móvil, hago el mismo recorrido. Leo y releo cientos de relatos sobre el bicho. Un bicho invisible y asesino que, un día sí y otro también, cabalga a sus anchas por la senda del miedo y el desencanto. Y cabalga sin un depredador, sin un puñetero león, que lo reviente de un mordisco. Esa temeridad a lo invisible nos mantiene secuestrados en el interior de nuestras celdas. Celdas, unas más grandes y otras más pequeñas. Celdas con niños a bordo, ancianos y hasta posibles asesinos. Celdas con barrotes oxidados, despensas vacías y camas deshechas. Celdas, y disculpen por la redundancia, con horas muertas y pensamientos negativos. Diana mueve feliz la colita. Anda sola por la acera. Anda tranquila sin necesidad de esquivar a las decenas de zapatos, que antes del confinamiento, se cruzaban en su camino.

En la calle, observo a la gente como sale de sus casas a tirar la basura. Gente con guantes y mascarillas. Gente, como me decía Peter el otro día, sin boca ni dientes. Sin sonrisa, sin labios en el rostro. Sin voz, sin aliento. Sin el griterío que tanto nos ha caracterizado a nosotros, los españoles. Sin el ruido de los parques. Sin esos niños corriendo detrás de una pelota. Y sin ese olor a café que desprenden las terrazas en primavera. Ha cambiado la perspectiva de mirar a la gente. Antes, nos asomábamos a los balcones para sentir el ruido del asfalto. Ahora son los cuatro gatos de la calle, quienes miran hacia arriba para sentir el calor de los hogares. Camino por la acera, saludo a Manolo. Manolo tiene un perrito muy parecido al mío. Antes él y yo hablábamos de política cuando bajábamos la basura. Ahora nos saludamos desde la distancia. Nos saludamos como se saludaban nuestros abuelos en los tiempos de contienda.

Réquiem por el multipartidismo

Según la última encuesta del barómetro de SigmaDos para Antena 3: "la crisis del coronavirus refuerza el bipartidismo y eleva la intención de voto a PP y PSOE". Este sondeo arroja resultados similares al realizado, hace unos días, por El Plural.com. Según su encuesta: "el bipartidismo volvería a conseguir la hegemonía. El PSOE volvería a ganar las elecciones con el 28,4% de los votos". Al leer esta información – de fuentes dispares y resultados similares – abrí un debate en el muro de Facebook. Pregunté, a los míos, si el coronavirus traería consigo la vuelta del bipartidismo. Y para sorpresa, la mayoría de los participantes contestaron que no. Dijeron que el Covid-19 no cambiará la intención de voto. Y que seguiremos con una coyuntura multipartidista; con "el tiempo nuevo" que anunció S.M. el día de su investidura. Con los datos sobre la mesa, es misión de los sociólogos y politólogos interpretar – y predecir – los resultados demoscópicos.

El multipartidismo surgió en la Hispania del 15-M. Una Hispania, como saben, sacudida por la crisis económica, los recortes merkelianos y el decretazo de Zapatero. A pesar de la transversalidad del movimiento, Podemos – la nueva fuerza emergente – pescó millones de votantes en los caladeros de la izquierda. Caladeros de peces desorientados y frustrados por la derechización de su partido. Más allá de esa grieta, hay que sumar la defunción de UPyD. Un partido absorbido por Ciudadanos. El rostro de Albert Rivera, y la ambigüedad de su mensaje, insufló una alternativa a la derecha retrógrada de Rajoy y a la herida del zapaterismo. Los nuevos partidos supusieron el fin del bipartidismo. Un bipartidismo – o turnismo como diría Benito si viviera – que estuvo en vigor desde los tiempos felipistas. El multipartidismo, como saben, ha estado marcado por varias elecciones generales y una moción de censura. Un escenario propio de una cultura política inmadura y torpe en el arte del diálogo.

Hoy, con el Covid-19 azotando nuestras vidas, es posible que se cumplan las encuestas. Y es posible, queridísimos lectores, porque los enemigos comunes fortalecen las alianzas y liman las asperezas. Las críticas de VOX al Ejecutivo, en medio de la tempestad, contrastan con la brisa que traerán los nuevos Pactos de la Moncloa. Esa nueva cultura – que trajo consigo la España del suarismo – vuelve a nuestros días. La impresión de una izquierda unida deja atrás los rifirrafes entre rojos y morados. La moderación de Casado deja fuera de combate a sus socios preferentes. En tiempos de consenso y lucha contra el enemigo, el Estado, tarde o temprano, gana la batalla a la partidocracia y al nacionalismo. Una batalla donde el Estado del Bienestar es el único que puede salvar a millones de españoles de caer en el abismo. Así las cosas, Podemos y PSOE pierden la oportunidad de andar por separado. El PP de Casado gana la oportunidad de andar en solitario. Y los partidos nacionalistas pierden vanidad, y protagonismo, ante la fuerza del enemigo.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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