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De capitalismo y humildad

Decía, el otro día, en mi página de Facebook que no soporto a la gente estirada. No me gusta, la verdad sea dicha, las personas que miran por encima del hombro. El capitalismo, añadía, ha traído consigo mucha prepotencia. Tanta que se necesita igualdad. Igualdad para que resurja la humildad y brille la inteligencia. Tras escribir estas reflexiones, me acordé de Nietzsche, Freud y Marx, los tres jinetes de la sospecha. Y me acorde de ellos, queridísimos lectores, porque la razón es condición necesaria, pero no suficiente, para explicar el mundo. Más allá del temperamento, existen otros aspectos de la personalidad que vienen determinados por el ambiente. Mientras las emociones – la culpa, el asco y la sorpresa, por ejemplo – son universales. Otras características, de nuestra ubicación ante el mundo, son culturales. Y cuando hablamos de cultura, incluimos el sistema económico, la organización política y el arte, entre otros ingredientes.

La prepotencia, como antónimo de humildad, es una construcción social. Nadie nace humilde o prepotente. La humildad y la prepotencia no serían comprensibles sin apelar a la estructura social. Es la jerarquía, maldita sea, quien determina las dosis de humildad que cada uno portamos dentro. Existe una alta correlación entre pobreza y humildad. Tanto el dinero como el poder político deshumanizan a la gente. No olvidemos, tal y como defendía Marx, que la infraestructura – lo material – determina la superestructura – lo inmaterial -. Tanto que el capitalismo está hecho a la horma de la burguesía. Una burguesía que ostenta poder económico, social y político. Y, una burguesía, que está situada en las esferas altas de lo social. Esferas donde se tejen redes clientelares, puertas giratorias y corrupción política. En esos estratos sociales abunda la vanidad, los egos subidos y la insolidaridad. Abunda, como les digo, adjetivos alejados de la humildad. Y adjetivos que están ahí porque existe desigualdad.

Si todos fuéramos ricos. Si el hijo del barrendero como la hija del banquero cobraran lo mismo. La pregunta del millón sería: ¿existiría la humildad? Existiría, claro que sí, pero de modo excepcional. El sistema económico capitalista está basado en la escasez. Una escasez que inunda a la mayoría de la población y crea distancias entre el querer y el poder. Solo unos pocos, una parte pequeña de la sociedad, vive en la abundancia. Sería la igualdad, maldita sea, quien eliminara, de alguna manera, esas actitudes de prepotencia y superioridad. Actitudes que disminuirían con una sociedad más homogénea y justa. Una sociedad donde la distancia entre las capas de la nobleza y las migajas del lazarillo no fueran tan extensas. El Estado se convertiría, por tanto, en una parte fundamental para conseguir el objetivo. Un objetivo necesario para que los individuos no fueran instrumentos sino fines en sí mismos.

Sobre pobres y paguicas

Desde que comenzó la cuarentena, tengo dificultades para dormir. Tanto que el otro día, tras varias horas en vela, decidí salir a la calle. El canto de las chicharras acompañaba la soledad de mi paseo. El Capri estaba abierto. Sentado en la terraza, abatido por el insomnio, pedí una manzanilla. Necesitaba, la verdad sea dicha, algo caliente que relajara, de una vez por todas, el ruido de mis neuronas. Mientras leía un periódico caducado, un señor – de unos cincuenta años – buscaba comida en el contenedor de basura. Ese pobre hombre, me dijo Peter,  fue rico en su día. Tanto que tuvo una empresa con veinte trabajadores. Llevó un alto tren de vida. Una vida de coches caros, viajes y desenfreno. Hoy, arruinado por las deudas, no tiene donde caerse muerto. Mal vestido y maloliente vive como un perro abandonado en medio del asfalto.

Ni corto, ni perezoso, llamé a ese hombre. Le dije que se pidiera una cerveza que corría de mi parte. Mientras se la bebía, hablamos de la vida. Me contó que cuando la empresa quebró, el amor salió por la ventana. Que los bancos se quedaron con su casa. Y que sus hijos – su Alberto y su Remedios – se metieron en la droga. La casa de sus padres también voló por los aires. Y voló, me contaba, porque la utilizó como aval para uno de sus préstamos. Cuando estaba en el candelero, me decía, todo eran amigos, favores y carcajadas. El teléfono era un ir y venir de llamadas interesadas. Hoy, el móvil ya no suena como ayer. Nadie se acuerda de cuando le di trabajo al hijo de Andrés, al cuñado de María o al sobrino de Rafael. Todos han desaparecido. Entre lágrimas, me comentó que no hay nada más amargo que pasar de rico a pobre.

Tras su despedida, me quedé roto. Roto porque nunca se sabe lo que te puede deparar la vida. Roto porque más allá del mérito y del esfuerzo está la suerte. Hay, decía mi abuelo, quien nace con estrellas y quien nace estrellado. Si todo fuera cuestión de esfuerzo, la pobreza sería algo así como un castigo merecido. Mientras pensaba, leía noticias sobre el Ingreso Mínimo Vital. Leía que la derecha radical no está por la labor de aprobar la medida. Que la "paguica" de Sánchez no es otra cosa que un parche ante su incapacidad para crear empleo. Leía que la derecha moderada condiciona el Ingreso Mínimo Vital a un compromiso con buscar trabajo. Estas lecturas, me recordaban los argumentos de los padres del neoliberalismo. Aquellos del Estado mínimo y la culpabilidad de la pobreza. Tras pagar la cerveza y la manzanilla, regresé a casa. En la cama, me acordaba de aquel hombre. Me acordaba porque quién le iba a decir a él que, hoy, sería pobre y candidato a cobrar la "paguica".

La pandemia informativa

El otro día, Juan Caño – presidente de la Asociación de Prensa de Madrid, escribía, para "La Tercera" de ABC: "Desde hace 125 años"; un artículo homenaje a dicha asociación. Tras hacer un breve recorrido histórico por el periodismo nacional, Caño analizaba las vicisitudes que atraviesa la profesión. Y entre ellas, cita las "fake news" y propone soluciones al respecto. Entre ellas, la confianza "en los medios con tradición y solera que practican el buen periodismo, el que sabe primero verificar la noticia, priorizarla a continuación y, finalmente contextualizarla". Tras leer esta afirmación, me sentí molesto. Y me sentí así, queridísimos lectores, porque no solamente los "medios con tradición y solera" practican el "buen periodismo". Hay, como saben, medios alternativos que, sin estar dentro del círculo de los  "tigres de papel", gozan de dignidad y profesionalidad.

Aparte del "buen periodismo" que presuntamente todos lo practicamos, salvo que se demuestre lo contrario, hay otras soluciones para combatir la epidemia de bulos que azotan nuestras redes. La primera de ellas sería, sin lugar a dudas, la transparencia interna. La verificación, de la que hablaba Caño, debería aparecer en el pie de las noticias. Es necesario que los lectores conozcan, conozcamos, el sello verificador que hay detrás de la información que se publica. Y es necesario que se recupere, con urgencia, la figura del editorialista. La figura de aquel supervisor, de las redacciones de antaño, que supervisaba el trabajo de los redactores. Se encargaba de la hoja de estilo, de contrastar las fuentes y sugerir cualquier cambio que fuera conveniente para mejorar la noticia. Hoy la mayoría de los relatos no pasan por "la cocina". Y al no pasar por la "cocina" se ha roto, valga la metáfora, un eslabón importantísimo de la cadena.

La utopía, contra los bulos, sería la existencia de una supervisión lectora. Una masa de lectores, críticos y exigentes, que supiera distinguir el grano de la paja. Una masa, como les digo, que reivindicara el consumo de información veraz, libre e independiente. Una información descafeinada de los sesgos ideológicos de las líneas editoriales. Y una información resultante de las suma de perspectivas. Para conseguir esa masa crítica, los profesores de filosofía debemos asumir esa responsabilidad. Una responsabilidad por crear ciudadanos con espíritus libres, críticos y analíticos. Para ello es imprescindible que se fomente el debate en el aula, los dilemas morales, el contraste de lecturas y el "aprender a aprender". Hace falta una alfabetización tecnológica que construya ciudadanos selectos. Ciudadanos que seleccionen sus canales y que no caigan en el empacho informativo. Es urgente que los medios aparten sus miedos, al éxodo de lectores, y contribuyan a la creación de sociedades críticas. Sociedades necesarias para desmantelar la pandemia informativa.

Entre aplausos y cazuelas

Tras escribir "Sánchez en la encrucijada", mi anterior columna, recibí un correo de Brayan, un periodista afincado en Florida. Me preguntaba acerca de España y su deriva. Le dije que estaba decepcionado. Decepcionado porque un país dividido, entre aplausos y cazuelas, se convierte en un proyecto fracasado. Más allá de las víctimas, de los miles de fallecidos, la Covid-19 ha puesto al descubierto la miseria moral que se esconde bajo la alfombra de la política. Una miseria en forma de críticas destructivas y carentes, en muchas ocasiones, de propuestas alternativas.Detrás de esta contienda subyace un territorio polvoriento de bulos y postverdades. Postverdades que contaminan la sociedad del conocimiento y cuestionan la voz de los expertos. Estamos, le dije a Brayan, ante una sociedad en blanco y negro que necesita grises para evitar su derrota.

Artículo completo en Levante-EMV

De columnas y monarquías

Ayer, por segundo domingo consecutivo, compré ABC. Mientras viajaba por las calles de Rubido, tropecé con el enfoque: "Los Reyes volcados durante la pandemia". Al pie de las fotografías, leo "El objetivo es la Jefatura del Estado", una columna firmada por Ángel Expósito. "En estos tres últimos meses – escribe Expósito – el Rey ha hecho más por la Corona que durante muchos años juntos". Entre sus hazañas, don Felipe "ha hablado con todos los sectores protagonistas del desastre, se puso la mascarilla en Ifema, se cuadró ante la UME, se vistió el uniforme, madrugó en Mercamadrid y ordenó que la Guardia Real repartiera comida desde el Banco de Alimentos".  De tales hazañas, me llama la atención – por su irrelevancia como hecho noticiable – que el Rey "se pusiera la mascarilla en Ifema" y que "madrugara para asistir a Mercamadrid".

A continuación, el escriba de Rubido destaca que mientras el Rey hacía tales hazañas, "el laboratorio de La Moncloa mascullaba, mentía, engañaba a tirios y troyanos e intentaba gestionar el caos de la pandemia". Una frase que afea al gobierno de Sánchez y lo sitúa, de forma maquiavélica, contra la Monarquía. Acto seguido, Expósito deduce que "el principal objetivo de quien manda en la actual política española es, en efecto, reformar la Constitución. Pero empezando por el artículo 1.3: la forma política del Estado español es la Monarquía Parlamentaria". Y para concluir la columna, Ángel escribe que "Felipe VI ha hecho más por la institución en este tiempo que en muchos años. Aunque el Gobierno se empeñe en ningunearle". Esta columna, queridísimos lectores, hay que enmarcarla dentro de una línea editorial monárquica como es, sin duda alguna, la marca ABC. 

Más allá de esta propaganda monárquica, de argumentos débiles e incluso palabras malsonantes, tales como "el laboratorio de La Moncloa mascullaba, mentía, engañaba a tirios y troyanos", se esconden las grietas de la Corona. Una Corona que en pleno siglo XXI ya no ostenta tanta aprobación social como a finales de los setenta. Y no la ostenta, queridísimos amigos, porque la figura histórica de don Juan Carlos se diluye con el paso de las décadas. Tanto que los nuevos jóvenes nacen sin el afecto que sus padres y abuelos tuvieron hacia su figura. Un afecto, en su mayoría, fundamentado por la relevancia política que don Juan Carlos tuvo durante la Transición Democrática. Lejos de aquella hazaña, hoy existe un debate en la opinión pública española sobre la institución de la Monarquía. Un debate que no podemos obviar y que, tarde o temprano, estallará en forma de manifestaciones y presión social. Presiones que podrían culminar con la reforma del artículo 1.3 de la Constitución. No olvidemos que más allá de las monarquías, España también fue republicana.

De cazuelas y sartenes

La política, se lo decía el otro día a Peter, es como un coche averiado en medio del asfalto. Un coche enfermo, con el capó levantado, en espera de que llegué un cirujano y sature sus heridas. Mientras espera, la gente se amontona alrededor de su humo. Tanto que surgen decenas de mecánicos en cuestión de segundos. Todos con diplomas obtenidos en la universidad de la calle. Unos con más nota y otros con menos pero, al fin y al cabo, expertos en bujías y encendidos. Entre ellos está Jacinto, un señor de las tripas de mi pueblo. Desde hace veinte años conduce el mismo coche, un Seat Córdoba que heredó de su padre. Según él, el coche averiado pierde aceite porque tiene rota la junta de la culata. Lo dice con tanta seguridad. Con tanta pasión en sus palabras que el coro de los legos asienta con la cabeza. Y asienta, como les digo, porque la ignorancia se nutre de las creencias. Y un rebaño de creyentes es muy contaminante para la sociedad del conocimiento.

Algo parecido sucede en la Hispania del ahora. Las contradicciones de los expertos – mascarilla sí, mascarilla no – y los palos de ciego, por parte de nuestros gobernantes, hace que surjan –  en torno al Covid-19 – miles de mecánicos. Miles de pseudoexpertos que opinan sobre el virus y la gestión de la crisis. Este rebaño, de legos ilustrados, infecta de postverdad a las redes sociales.  Una posteverdad, como les digo, que trasciende – en forma de creencias – a los mentideros de la calle. Unas creencias que – nutridas de la Doxa – hacen que sus portadores recurran a las cazuelas y sartenes. Una cacerolada que hace ruido, contamina el ambiente, y no aporta soluciones al arreglo del "coche". Y no las aporta, queridísimos amigos, porque no son el paradigma de una crítica constructiva. No son una denuncia de hechos concretos sino ataques personales e intolerancia hacia las reglas de juego. Una intolerancia, como les digo, hacia la democracia representativa y su simbología.

La protesta forma parte de la política. La política es como un partido de fútbol donde cada equipo tiene sus seguidores y detractores. Lo que para uno son aplausos, para otro son abucheos. Si todos estuviéramos conforme. Si la política fuera como un cálculo matemático donde dos más dos son cuatro no existirían los partidos. Gracias a que la Ciencia Política es una ciencia social no podemos escapar del debate. Un debate basado, aunque algunos no lo tienen muy claro, en el respeto y la tolerancia hacia las ideas del otro. Un debate cuya única arma es el argumento. Y un debate donde no cabe el descalificativo barato como ocurre en el terreno de juego. Cuando el debate cumple con estas condiciones, la democracia sale fortalecida. Cuando no, la democracia se convierte en libertinaje. Un libertinaje que aflora en forma de cacerolas y sartenes. Que aflora en forma de insultos y faltas de respeto hacia la dignidad del otro. Para no perder la dignidad, y por tanto, la paz social se necesita cultivar la crítica constructiva. Una crítica basada en argumentos que ponga en valor la riqueza de lo diverso.

Las lecciones de Anguita

Esta mañana, tras el paseo matutino, he comprado ABC. Necesitaba, se lo decía a los míos, una inyección de lectura proveniente de la prensa conservadora. Más allá de las críticas a Sánchez, por su gestión al frente del Covid-19, he leído la opinión acerca de la figura de Anguita. Una figura que desde mis años de instituto siempre me llamó la atención. Y me llamó, queridísimos amigos, por su inteligencia, coherencia y sabiduría. Me gustaba su estilo de liderazgo. Un liderazgo – alejado del populismo y el postureo – pausado, y crítico; tanto con la izquierda como con la derecha. Me llamó la atención su forma de vida. Una vida austera, sin grandes lujos, y entregada a los estudios. De todos los políticos del momento, Julio era un ideólogo. Un hombre que estaba ahí porque amaba la política. Porque tenía claro, clarísimo, que la política era un viaje de ida y vuelta. Un viaje con ticket de llegada, sin desvíos ni paradas innecesarias.

Julio era un comunista convencido, un creyente en la utopía. Un nostálgico del marxismo leninista. Y alguien que creía en la libertad pero siempre desde la igualdad. En el rotatorio de Rubido, observo como sus escribas subrayan la amistad que el "califa" tenía con Aznar. Una amistad que contrastaba con la antipatía que existía con Felipe González. Tanto es así que el PSOE e Izquierda Unida nunca salió del bucle amor y odio que los caracterizaba. Y no salieron de ese círculo vicioso porque Julio siempre llevó en su mochila las piedras del comunismo. De un comunismo bolchevique y fracasado que amenazaba con instaurarse en España. En una España que miraba con recelo todo lo que oliese a uniformes y coqueteos con el pasado. Y en una España que nunca aprendió las lecciones de Carrillo. La "pinza", que tanto daño hizo a Izquierda Unida, sirvió tanto a Aznar como a Felipe, para sembrar de veneno el espacio que separaba las dos orillas. Dos orillas que permitieron el navío del bipartidismo durante más de tres décadas de democracia.

El fallecimiento de Julio sirve de metáfora a la muerte del sueño comunista. Julio representaba la crítica al capitalismo. La crítica, como les digo, al consumo exacerbado y al precariado laboral. Un consumo que se nutre de un sistema basado en una estructura social de clases. Una estructura al servicio de los de arriba. Julio comulgaba, sin darse cuenta, con la filosofía elitista de Nietzsche o Gasset. Su discurso intelectual encajaba más con una revolución desde arriba – desde los despachos del Congreso – que la rebelión desde abajo – desde el calor del asfalto -.  A Anguita le sobraron, y valga el atrevimiento, sus años en la política. Y le sobraron porque el comunismo y el capitalismo son como el perro y el gato. Siempre vislumbré en Julio a un ideólogo. Siempre pensé  que su rol estaba en el análisis político. Su liderazgo se consagró cuando colgó la toga de la política. Ahí fue cuando Julio ejerció una crítica desde fuera. Una crítica en forma de libros y conferencias. Un legado, de romanticismo y pedagogía, que el juicio histórico sabrá reconocer. Sit tibi terra levis.

Sánchez en la encrucijada

Hace uno días escribía, en los pergaminos de esta casa "La Europa insolidaria", una columna que criticaba los puntos débiles de la Unión Europea. Decía que estamos ante una Europa a dos velocidades. Una Europa con intereses contrapuestos entre el Norte y el Sur. Hace diez años, por estas mismas fechas, España vivía una crisis galopante que puso en evidencia quién mandaba en los aposentos de Bruselas. Las políticas merkelianas se impusieron a las socialdemócratas. Una imposición que trajo consigo el desmantelamiento del Estado del Bienestar. Un desmantelamiento, sin escrúpulos, que dejó herida de muerte a la clase media española. El "Decretazo" de Zapatero, de mayo del 2010, supuso el fin del zapaterismo y el triunfo del PP. Los votantes socialistas castigaron la "derechización" de ZP. Una herida, a la socialdemocracia, que ha tardado casi una década en cicatrizar.

Artículo completo en Levante-EMV

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
    [email protected]

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