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De cazuelas y sartenes

La política, se lo decía el otro día a Peter, es como un coche averiado en medio del asfalto. Un coche enfermo, con el capó levantado, en espera de que llegué un cirujano y sature sus heridas. Mientras espera, la gente se amontona alrededor de su humo. Tanto que surgen decenas de mecánicos en cuestión de segundos. Todos con diplomas obtenidos en la universidad de la calle. Unos con más nota y otros con menos pero, al fin y al cabo, expertos en bujías y encendidos. Entre ellos está Jacinto, un señor de las tripas de mi pueblo. Desde hace veinte años conduce el mismo coche, un Seat Córdoba que heredó de su padre. Según él, el coche averiado pierde aceite porque tiene rota la junta de la culata. Lo dice con tanta seguridad. Con tanta pasión en sus palabras que el coro de los legos asienta con la cabeza. Y asienta, como les digo, porque la ignorancia se nutre de las creencias. Y un rebaño de creyentes es muy contaminante para la sociedad del conocimiento.

Algo parecido sucede en la Hispania del ahora. Las contradicciones de los expertos – mascarilla sí, mascarilla no – y los palos de ciego, por parte de nuestros gobernantes, hace que surjan –  en torno al Covid-19 – miles de mecánicos. Miles de pseudoexpertos que opinan sobre el virus y la gestión de la crisis. Este rebaño, de legos ilustrados, infecta de postverdad a las redes sociales.  Una posteverdad, como les digo, que trasciende – en forma de creencias – a los mentideros de la calle. Unas creencias que – nutridas de la Doxa – hacen que sus portadores recurran a las cazuelas y sartenes. Una cacerolada que hace ruido, contamina el ambiente, y no aporta soluciones al arreglo del "coche". Y no las aporta, queridísimos amigos, porque no son el paradigma de una crítica constructiva. No son una denuncia de hechos concretos sino ataques personales e intolerancia hacia las reglas de juego. Una intolerancia, como les digo, hacia la democracia representativa y su simbología.

La protesta forma parte de la política. La política es como un partido de fútbol donde cada equipo tiene sus seguidores y detractores. Lo que para uno son aplausos, para otro son abucheos. Si todos estuviéramos conforme. Si la política fuera como un cálculo matemático donde dos más dos son cuatro no existirían los partidos. Gracias a que la Ciencia Política es una ciencia social no podemos escapar del debate. Un debate basado, aunque algunos no lo tienen muy claro, en el respeto y la tolerancia hacia las ideas del otro. Un debate cuya única arma es el argumento. Y un debate donde no cabe el descalificativo barato como ocurre en el terreno de juego. Cuando el debate cumple con estas condiciones, la democracia sale fortalecida. Cuando no, la democracia se convierte en libertinaje. Un libertinaje que aflora en forma de cacerolas y sartenes. Que aflora en forma de insultos y faltas de respeto hacia la dignidad del otro. Para no perder la dignidad, y por tanto, la paz social se necesita cultivar la crítica constructiva. Una crítica basada en argumentos que ponga en valor la riqueza de lo diverso.

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