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Volverá la primavera

Tal día como hoy, pero hace un año, el pijama se convirtía en el atuendo de cada día. El confinamiento nos robaba la primavera, las flores y el cambio de hora. Nos robaba los abrazos, los olores a jazmín y los besos en la mejilla. Era el maldito coronavirus, un bicho invisible que azotaba nuestras vidas. Un bicho que activaba, de un plumazo, nuestros miedos a lo desconocido, a la enfermedad y a la muerte. El Covid nos robó la libertad. Y nos la robó por primavera. Nos robó los paseos en la playa, la cerveza en la terraza y el despertador de la mañana. El bicho nos pilló desprevenidos. Nos pilló con las neveras vacías, sin chanclas de estar por casa y sin ropa ligera. El virus nos robó la feromonas. Y con ellas, la Semana Santa, el 1 de mayo y todas las fiestas juntas. Desde los balcones, aplaudimos. Aplaudimos a la salud, a la esperanza y a los sanitarios. Aplaudimos a la vida. A esa vida que teníamos y que el virus nos la robó por primavera.

Artículo completo en Levante-EMV

El regreso de los rodillos

La debacle de Ciudadanos, en Cataluña, y el tamayazo a la murciana sitúa a la formación naranja al filo de la muerte. Y si muere, morirá el multipartidismo. Volveremos a la España bipartidista. A la misma que gobernaron Felipe y José María con la mano de los partidos nacionalistas. Esa Hispania, de rodillos rojos y azules, no fue tan buena como parecía. Y no lo fue, queridísimos lectores, porque las mayorías absolutas, salvo algunas excepciones, barren para los suyos. La derecha barre para la Iglesia, los terratenientes y los burgueses. Y la izquierda, la izquierda barre para los seculares y los obreros. Tanto es así que, según reza el dicho popular, no hay nada más inverosímil que "un obrero de derechas". Desde la irrupción de Podemos y Ciudadanos, y tras "el nuevo tiempo" anunciado por S.M. en su discurso de investidura, el multipartidismo cambió los rodillos por las brochas y pinceles. Entramos, la verdad sea dicha, en un terreno desconocido. En un prado inexplorado para una democracia acomodada en el turnismo de los años galdosianos.

El bipartidismo, salvo raras excepciones, siempre necesitó a los partidos nacionalistas. Tanto que algunos líderes que dijeron "digo" luego dijeron "Diego" tras el resultado de las urnas. Y todos, rojos y azules, bailaron con la fea. Y todos, y disculpen por la redundancia, le regalaron flores y le dijeron "te quiero" aunque fuera mentira. Ese tripartidismo se mantuvo casi treinta años. Y se mantuvo porque los límites de cada partido estaban muy bien delimitados. Los partidos nacionalistas nunca fueron partidos "atrapalotodo". Y ese factor no suponía grandes riesgos para los pactos. Cada partido pescaba en sus caladeros. Y era muy raro que un andaluz de pura cepa, por ejemplo, votara en contra de su sentimiento socialista. Los pactos, de aquellos tiempos, no se truncaban por mociones de censura ni elecciones anticipadas. Aquellos pactos eran entre partidos autolimitados por sus imperativos ideológicos. Los cambios de gobierno eran fruto del desgaste o la abstención electoral que servía como castigo.

Hoy, las tornas han cambiado. El multipartidismo ya no va de partidos autolimitados sino de partidos atrapalotodo. Partidos que pescan en caladeros desideologizados. Caladeros de votantes desorientados, desarraigados de las antiguas militancias y susceptibles de seducción por los nuevos sofistas. Estamos ante un votante que vota porque se siente demócrata pero que no cree en la política. Y esa contradicción, entre sentimientos y creencias, es la que enciende la mecha de los nuevos populismos. Populismos que se manifiestan mediante discursos derrotistas, pesimistas y alarmistas que conectan con ese analfabetismo político que deambula por las calles. Un analfabetismo que cree en el cuento de "los duros por pesetas". Y un analfabetismo que crece como la espuma en pleno siglo XXI. Esa actitud se sirve en blanco y negro. Estamos ante relatos políticos huérfanos de grises. Y esa privación de los matices, incisos y detalles ha asesinado a la reflexión. Estamos ante un país de eslóganes y titulares. Un país de pseudointelectuales, de columnistas a sueldo de sus líneas editoriales. Un país, de brochas y pinceles,  que espera con entusiasmo el regreso de los rodillos.

De elecciones y tamayazos

El tamayazo "made in Murcia" deja muy tocado a Ciudadanos. Y lo deja, queridísimos amigos, porque las traiciones en política – como en cualquier aspecto de la vida – tienen los días contados. Aunque cualquier diputado sea soberano en la gestión de su cartera. Aunque el voto de cualquier representante político sea individual e intransferible, el transfuguismo no está bien visto por los ojos de la ética. Y no lo está porque se rompe la confianza ideológica entre votantes y votados. Y la confianza es como un hilo que una vez roto es muy difícil de soldar. Así las cosas, estamos – como anuncié hace unas semanas tras la debacle en Cataluña – ante el funeral de Ciudadanos. Un funeral que abre la senda hacia el bipartidismo. Y la abre porque, aparte de este entierro, estamos a las puertas de otro difunto en el campo de batalla.

La convocatoria de elecciones en la Comunidad de Madrid puede ser el principio del fin del bipartidismo. Y puede ser, y digo bien, porque un fracaso de Gabilondo, Errejón e Iglesias supondría una hemorragia profunda para las izquierdas. Una hemorragia, como les digo, que afectaría a las arterias de Podemos.Y las afectaría porque la formación morada perdería a su líder en el Consejo de Ministros. Y afectaría, y disculpen por la redundancia, porque estaríamos ante el preludio de una reunificación de las derechas. Una reunificación, a la madrileña, que insuflaría oxígeno a Pablo Casado y neutralizaría, de alguna manera, el fracaso en Cataluña. Así las cosas, la clave para que esto no suceda es que la izquierda se mueva. Es necesario, aunque el virus juega en contra, que la izquierda movilice a todos sus votantes. Y para ello, para que la gente vote progresismo en lugar de conservadurismo, se necesita que las izquierdas vayan al unísono.

Solo con una participación electoral elevada, los votantes frenarían el carro de una derecha envuelta con lazos radicales. De una derecha que pescará peces en el caladero de Ciudadanos. Y de una derecha que intentará, por activa y pasiva, construir un relato en clave nacional. Es muy probable que estemos ante un maquillaje electoral. Es muy probable que estas elecciones sean la encuesta perfecta para desalojar, o no, a Sánchez de La Moncloa. El liderazgo fuerte, de Pablo Iglesias, contrasta con el perfil bajo de Gabilondo. El "efecto Iglesias" no será igual que el efecto Illa en Cataluña. Y no lo será, queridísimos lectores, porque la cartera de Iglesias está alejada de los réditos de la pandemia. Estamos ante una campaña difícil. Ayuso es muy probable que acuse al Gobierno de todos sus fracasos al frente de los madriles. Lanzará, sin duda alguna, la pelota al balcón de La Moncloa. Y esa pelota rebotará, tras romper varios cristales, en los jardines de Pablo.

De epicentros y terremotos

Hoy se ha producido un terremoto (político) en Madrid con epicentro en Murcia. Un terremoto, como les digo, provocado por la convocatoria de elecciones anticipadas en la Comunidad de Madrid. Y epicentro, en Murcia, por la moción de censura presentada por C's y PSOE contra López Miras. Dos hechos que recuerdan a la acción-reacción de las leyes newtonianas. El detonante de este temblor ha sido, entre otras complejidades, el escándalo de las vacunas y el pin parental. Un pin que cumplía con el beneplácito de Vox y el PP y el desacuerdo de la formación naranja. Así las cosas, en el huracán de la pandemia, la crisis del gobierno madrileño y murciano eclipsan a la Covid como titular de la mañana. Por primera vez, en más de un cuarto de siglo, Murcia será un bastión de centro izquierda. Un bastión con sus puntos fuertes y débiles de cara al corto y medio plazo.

El nuevo gobierno de Murcia, en caso de que prospere la moción, será efímero en el tiempo. Y lo será, queridísimos amigos, porque el giro de Ciudadanos hacia la izquierda supondrá costes electorales de cara a las próximas elecciones. Entre sus costes, asistiremos al voto de castigo. Un castigo que se materializará en el tránsito de papeletas naranjas al nido de la gaviota. Papeletas, como les digo, de votantes que consideran el pacto de PSOE con Ciudadanos como un pacto antinatura. Ese éxodo, en caso de que suceda, vaciaría los depósitos del naranja y otorgaría oxígeno a un futuro gobierno del PP con Vox. Un gobierno que supondría el camino hacia la reunificación de la derecha. Así las cosas, la misión del PSOE, durante su periplo con el cetro, no es otra que atraer a sus orillas al votante de Ciudadanos. Un reto que arrojaría datos similares a los obtenidos en las elecciones catalanas. Estaríamos, por tanto, ante el cadáver de C's.

En la comunidad de Madrid, por su parte, la estrategia correría por senderos similares. El PSOE necesitaría un líder a lo Macron. Un líder, más neoliberal que socialdemócrata, que supiera atraer a sus orillas a los peces díscolos del centro. Peces, que, temerosos ante el riesgo del radicalismo, buscasen refugio en caladeros moderados. Un candidato que reuniría esta condición sería, y disculpen por mi apuesta, Miguel Sebastián. Miguel guarda similitudes con Salvador Illa. Ambos han sido ministros de ejecutivos socialistas. Y ambos han sido líderes en el tema de la pandemia. Sebastián, mediante sus análisis en la Sexta, ha demostrado su valía para abordar la Covid-19 sin el sesgo ideológico de su partido. Ha abordado el tema sin barrer para, en exceso, para los suyos. Y lo ha hecho como un tecnócrata que analiza, y propone medidas, de conformidad con el interés general. El PSOE necesita un líder neutral que atraiga al neoliberal blando. A ese votante de centro que, ante el temor a un posible pacto del PP con Vox, prefiera cambiar de bando.

Repensar el feminismo

Más allá de los lazos violetas, de las manifestaciones en el asfalto y del debate filosófico; el principal reto del feminismo es proteger lo conseguido. Y lo conseguido, queridísimos amigos, no es ni más ni menos que la constitucionalización de sus proclamas. El feminismo, se lo decía el otro día a Peter, no es una cuestión de feminidades ni masculinidades sino de cumplimiento estricto de los preceptos constitucionales. En la Carta Magna aparecen reconocidos los derechos de la lucha femenina por la igualdad. Una igualdad que se incumple, un día sí y otro también, en los escenarios laborales y familiares. Todavía las nóminas masculinas pesan más que las femeninas y todavía, y disculpen por la frase,  "hay mujeres que friegan más platos que los hombres". Todavía existen prejuicios acerca de las "mujeres mineras". Y todavía hay quienes miran con malos  ojos el empoderamiento del "segundo sexo" en la judicatura.

El feminismo blanco, con todos sus avances, no está tan fortalecido como parece. Su tendón de Aquiles radica en una crisis de conceptos. Conceptos como el trabajo y la violencia, entre otros, no son tan evidentes. Y esa oscuridad es el lastre que entorpece, buena parte, de la lucha feminista. El término "trabajo" no está, como debería, desligado del factor remuneración. Tanto es así que, para algunos hombres, las tareas del hogar no entran dentro del ámbito del trabajo. Este malentendido somete a miles de mujeres a la doble jornada. Una doble jornada que merma la autoestima y atenta contra la dignidad femenina. Los medios pueden, y deberían, hacer algo para que este concepto ampliase sus horizontes. La violencia, como concepto, tampoco está bien delimitada. Hay muchos jóvenes, y no tan jóvenes, que en sus relaciones de pareja cruzan las líneas grises del respeto. Líneas que cursan con desplantes y desvaloraciones. Y líneas que no son bien trazadas desde el minuto número uno. Es necesario que se delimiten los conceptos y se inserte en la comunidad educativa y mediática el lenguaje inclusivo.

La lucha contra el feminismo corre el riesgo de deconstrucción. El principal problema del movimiento es su falta de cohesión. Ante la homogeneidad del lazo violeta se esconden muchas vertientes y matices ideológicos. Tantos que, en muchas ocasiones, entran en conflicto. Esos conflictos, si no se establecen cauces de entendimiento, pueden desembocar en una amalgama de pequeños colectivos. Pequeños colectivos que serían incapaces de articular, por separado, una masa crítica para alcanzar sus objetivos. Otro riesgo añadido que tiene el movimiento es su sesgo ideológico. Hay un riesgo mayúsculo de que el feminismo sea identificado como un patrimonio de la izquierda y el patriarcado de la derecha. El movimiento debe luchar por salvaguardar su transversalidad. Una transversalidad que sirva como grupo de presión ante el parlamentarismo. El feminismo debería seguir como grupo de presión y evitar su politización. Y esa presión toma fuerza con simbolismo y organización. Se necesita un liderazgo feminista, que no lo hay, que reoriente el movimiento y unifique sus proclamas. Un liderazgo fuerte que inyecte su energía en la sangre de los partidos.

De gripes y carpe diem

El otro día, recibí un correo de André, un politólogo francés afincado en Lyon. Hace años, allá por el 2013, hablamos largo y tendido sobre política comparada. A ambos, nos interesan los paralelismos entre hechos históricos, tales como la Revolución Francesa y Bolchevique, por ejemplo. Me comentó que estaba investigando, en la Universidad de París, sobre Charles de Gaulle y sus relaciones con la prensa. Me preguntó sobre la pandemia en España, su incidencia, prevalencia y gestión de la misma. Le conté, no me lo pude callar, las palabras – inoportunas, desde mi punto de vista – de Victoria Abril para la Sexta. Palabras, instauradas en el negacionismo, que contrastan con la preocupación social ante la pandemia. Una pandemia que, de alguna manera, nos recuerda al "Soldado de Nápoles" o "la enfermedad de moda", nombre que recibió la Gripe Española, por parte de los medios nacionales, allá por 1918.

Aquella gripe mató, en dos años, a más de 40 millones de personas en todo el mundo. Y las mató tras registrar una sintomatología similar al coronavirus: fiebres altas, cansancio general, dolor de oídos, diarreas y vómitos esporádicos. La falta de antibióticos derivó en neumonías severas que acabarían con la vida de los afectados en cuestión de cinco días. La insuficiencia respiratoria fue, según los informes de la época, el detonante principal de aquellas morgues improvisadas. A diferencia de nuestra pandemia, la epidemiología no estaba tan avanzada. Ni siquiera existía la esperanza en la vacuna. El neodarwinismo – o la teoría sintética de la evolución – explicaba los saldos naturales del día a día. La genética – que diría Mendel – y la selección natural – que diría Charles – decidían quién vivía o moría ante los ojos del enemigo. Un enemigo, como el actual, invisible y de origen desconocido. Nunca se supo, a ciencia cierta, si su origen estuvo en Francia, China o en Estados Unidos.

A diferencia de las víctimas por Covid, la gripe española se cebó con los adultos jóvenes. Sus víctimas fueron personas entre 20 y 40 años. Personas, como les digo, en la flor de la vida que, por lo que cuentan los expertos, no estuvieron expuestas al virus durante su niñez y, por tanto, carecían de inmunidad. No se sabía tanto, como hoy sabemos, acerca de los protocolos sanitarios. Aún así, se establecieron cuarentenas para los infectados, aumento de las medidas higiénicas, uso de máscaras de tela y gasa, distancia social y paralización de buena parte de la vida pública. Medidas que, como hoy, tuvieron repercusiones negativas en la economía. Tras el fin de la pandemia, llegó la filosofía del "Carpe diem", una actitud ante la vida basada en el valor del instante en detrimento del futuro. Un valor que se verbalizaba mediante frases como: "vive cada día como si fuera el último de tu vida". Y ese “viva el presente”, de los felices años veinte, trajo consigo grandes dosis de consumo, placer y desenfreno. 

Sobre heridas y cicatrices

Cansado del ahora, decidí viajar a la Segunda República. Necesitaba, la verdad sea dicha, desintoxicar mis neuronas de tanto coronavirus y pesimismo moral. Tras dos días de vuelo, aterricé en "el Madrid de 1933". Mientras caminaba por las callejuelas de la capital, los carteles de La Barraca – grupo de teatro dirigido por Federico – anunciaban La Vida es Sueño de Calderón de la Barca. La misma obra que leí en mis años de instituto por, ordeno y mando, de "El Divino", mi profesor de literatura. En la acera, mendigos y niños limpiabotas contrastaban con los sombreros de la nobleza. Tras comprar El Heraldo de Madrid, me fui al hostal. Allí, solo y sin ningún perro que me ladrara, quedé con Manolo, un periodista afincando en Aranjuez. Le pregunté por la reforma agraria y la cuestión religiosa. Me dijo que la República no pintaba bien. Que la Iglesia y la nobleza estaban de uñas con la izquierda. Y lo estaban porque veían peligrar sus intereses de clase. Los primeros porque los terratenientes se convertían en un asunto del pasado. Los segundos porque la educación dejaba de ser un feudo de las sotanas.

Me comentó que Primo de Rivera y Alfonso XIII habían dejado una población analfabeta. Tanto que casi nadie sabía ni leer, ni escribir. Y tanto que casi no existía la cultura. Le dije que en la España del 2021, una pandemia nos había robado los besos y los abrazos. Que los bares estaban cerrados y que la gente tenía miedo. Miedo a enfermar y temor a morir. Le conté que habíamos perdido la sonrisa por culpa de las mascarillas. También hablamos de política. Le dije que la derecha estaba rota. Rota por la irrupción de nuevos partidos. Y rota por su resultado catastrófico en las elecciones catalanas. Me dijo que allí, la derecha también estaba dividida. Dividida entre los nostálgicos de la monarquía, los que miraban al fascismo y los afines al ejército. Un ejército monárquico – a pesar de su juramento por la República – y despechado por las reformas de Azaña. Las derechas contaban con una militancia adinerada, contactos financieros e influencia mediática. Las izquierdas, por su parte, contaban con bocas hambrientas y mentes analfabetas. Esta era, sin duda alguna, la herencia recibida de una dictadura con alma de corona.

Tras varios días en el año 1933, viajé al 1938. Necesita saber el devenir la República. Después de dos horas de vuelo, aterricé en el fuego de una olla a presión. El miedo de la CEDA a la insurrección obrera, la fallida reforma agraria, la secularización de la educación y el rencor del ejército sembraban las semillas de la guerra. De una guerra entre religiosos y seculares, patronos y obreros, jornaleros y terratenientes. De una contienda entre civiles y militares,  republicanos y monárquicos. Y entre rojos y azules. Una guerra, y disculpen la redundancia, entre quienes defendían la democracia y quienes soñaban con el orden que garantizaba la dictadura. Ese escenario, de amor y odio entre hermanos, sepultó un proyecto con sus luces y sus sombras. Un proyecto que hoy se vislumbra como un haz de luz – una democracia – entre dos oscuridades, dos dictaduras. Hoy, en la soledad de mi despacho recuerdo las anécdotas del viaje. Recuerdo aquel niño que limpiaba las botas a las capas de la nobleza. Y recuerdo aquellas heridas sangrantes ante la ausencia de cicatrices. Heridas, como les digo, por el fracaso de la libertad, la igualdad y la fraternidad; las tres proclamas de la República.

Hasél, disturbios y semáforos en rojo

A veces – decía el otro día en Twitter – siento miedo cuando escribo algún tuit. Pienso "y si ofendo a alguien", "y si he dicho algo que infringe la legalidad vigente". Y esos "y si" hacen que, en más de una ocasión, decenas de borradores no salgan a la luz. Este temor, a la recepción de mis escritos, me ocurre aquí, en España. Me ocurre, como les digo, en un país con el derecho a la libertad de expresión reconocido en la Constitución. El caso Hasél, por ejemplo, invita a la reflexión. Normalmente, asociamos la cárcel con delitos materiales, tales como asesinatos, violaciones, robos y demás. Nos cuesta creer que alguien pueda perder su libertad por escribir, ciertos comentarios, en Internet. Y cuando pensamos así, no nos damos cuenta de que en cualquier democracia existen semáforos en rojo que nadie debe saltar. Semáforos regulados por códigos normativos. Y semáforos que, nos gusten más o menos, debemos respetar. Y entre tales semáforos tenemos: el respeto a las instituciones, a la forma de Estado y a las víctimas del terrorismo, por ejemplo.

La sociedad civil es libre de criticar las leyes cocinadas por el poder legislativo. Existen diferentes mecanismos de protesta – manifestaciones, recogida de firmas, propaganda, y concienciación ciudadana – para exigir la modificación, o derogación, de aquellas normas que incomodan, o no gustan, a determinadas mayorías. En ocasiones, el descontento social se manifiesta por cauces distintos a los establecidos. Y dentro de esos cauces está la violencia callejera. La quema de contenedores, rotura de escaparates y todo tipo de "guerrilla urbana" ponen en valor "la Paz". La Paz como complemento necesario del Estado de Derecho. Sin tranquilidad en el asfalto, la estética de la democracia pierde su poder. La violencia como mecanismo de protesta representa la fragilidad de la inteligencia emocional. Una inteligencia que se basa en el autoconocimiento, la autorregulación, la empatía y las destrezas sociales. La quema de contenedores no es el camino para vehicular nuevos horizontes en el hemiciclo de los leones.

Cuando una parte de la sociedad se rebela contra sus representantes legítimos, la democracia yace herida en el campo de batalla. Y eso es, queridísimos lectores, lo que está pasando en un país llamado España. Estamos ante una olla a presión que estalla cuando alguien desenrosca su tapón. Y ese tapón no es otro que la indignación, de una minoría, ante determinadas reglas de juego. Estamos ante un tablero donde varios jugadores están disconformes con el reglamento que regula la partida. Esa disconformidad crece cuando las pérdidas son mayores que las ganancias. Y ese saldo negativo estalla, de vez en cuando, en forma de pataletas, insultos y golpes en la mesa. Es bueno que se cuestionen las reglas. Pero esa cuestión, legítima – faltaría más -, se debe vehicular a través de cauces formales que respeten el perímetro de la Paz. Es urgente, por tanto, que se abra el debate acerca de la Ley Mordaza. Y es necesario que se llegue a un gran pacto social, político y educativo sobre la libertad de expresión. Un pacto que ponga en valor el interés general por encima del particular.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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