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De capitalismo y sufrimiento

Tras varias horas de insomnio, me puse las chanclas, cogí un par de galletas y bajé a dar una vuelta a la manzana. El Capri todavía estaba abierto. Eran las dos de la madrugada y desde lo lejos se veía gente apoyada en las penumbras de la barra. Pedí un cortado bien cargado de cafeína y dejé que los pensamientos infectaran mi mente. Eran pensamientos tóxicos y venenosos. Pensamientos que alimentaban mis miedos y temores. Miedo ante posibles enfermedades. Miedo ante quedarme solo el día de mañana y miedo, mucho miedo, al dolor y las expectativas de la muerte. Solo en el taburete, y sin ningún perro que me ladrara, se acercó una señora a mi vera. "Perdona – me dijo – llevas un cigarro". Le dije que no. El último que me fumé fue hace más de treinta años. Me preguntó qué hacía un lunes, a deshora, en la barra del garito. Le dije que mataba las horas entre sorbos de café y noticias del Marca. Viuda, desde hacía un par de años, inundaba sus penas con las burbujas del gintonic. Burbujas manchadas de carmín y de sueños obsoletos.

Me dijo que había estudiado hasta tercero de Derecho. Aunque quiso, no terminó la carrera. El cáncer de su marido vino seguido de penurias económicas. Para estudiar, me decía, se "necesita tener la barriga llena". Hablamos de política y terminamos debatiendo sobre capitalismo y sufrimiento. Le dije que el capitalismo causaba desigualdad social. Una desigualdad que servía para clasificar a la gente en estratos sociales. Esos estratos son los responsables de que unas personas estén arriba y otras abajo. Los "de abajo" sueñan, en la mayoría de ocasiones, con la vida de los "de arriba". Ese sueño deriva en frustración. Una frustración que genera ansiedad por el "querer y no poder". Muchos jóvenes quieren y no pueden trabajar. Quieren y no pueden independizarse. Quieren y no pueden vivir con dignidad. El sistema, me decía esta señora, inyecta sentimientos negativos. Sentimientos, como los celos y la envidia, causan dolor entre las clases sociales. Tanto que la gente sufre por el coche que se ha comprado el vecino o por el ascenso del amigo. Y ese sufrimiento no cesa, ni cesará, mientras queramos igualar por arriba.

Estos sentimientos negativos, auspiciados por el capitalismo, son acrecentados por la culpa. El pobre se siente culpable de serlo. Y se siente así porque en un sistema de clases, y alejado de la sociedad estamental, cualquiera se supone que puede aspirar al ascenso social. Un ascenso que se justifica mediante el mérito y el esfuerzo. Luego, los pobres son aquellos que supuestamente no se han esforzado lo suficiente. Se ningunea la suerte y los determinismos de cuna para que nadie se rebele contra la lógica del sistema. Hay, por decirlo de alguna manera, un consentimiento tácito de las reglas de juego. Reglas, por su parte, injustas que crean desequilibrios en las fichas del tablero. Los medios de comunicación inyectan anestesia al sufrimiento. Los programas de cotilleo hacen que "los de abajo" se sientan felices en su comparación con "los de arriba". El operario de fábrica observa como los ricos también lloran. Como los ricos también se separan. Y como los pudientes se tiran pedos y hacen sus necesidades en wáteres similares.

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1 COMENTARIO

  1. Ramón

     /  5 septiembre, 2022

    Si está columna ha salido de tus noches de insomnio.¡Viva el insomnio!

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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