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El debate, luces y sombras

Ayer, durante el debate electoral escribí este tuit: "Viendo el #DebateAcuatro pienso que tenemos a Rajoy en funciones para rato". La impresión que tuve es que parecía que estaba ante una copia barata de Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Por un lado, la Hispania estadística e idílica de Rajoy y por otro, la España decadente, ética y moral de la izquierda. Don Mariano, como vieron, vendió experiencia y eficiencia. Se apoyó en una amalgama de datos macroeconómicos para legitimar su producto, y venció – según la mayoría de rotatorios – durante el primer tiempo del debate. Sin embargo, la corrupción fue el punto débil del veterano. Un punto débil que fue optimizado por el líder de Ciudadanos. Albert Rivera sacó los dientes al Presidente. Habló de la corrupción sistémica y cuestionó la independencia judicial, un terreno pantanoso que tensó su excelente intervención.

La estrategia de Podemos estuvo clara desde el comienzo del debate. Su misión no era otra que liderar el frente popular y ningunear al candidato socialista. Así las cosas, Pablo Iglesias se centró en Pedro Sánchez; le tendió la mano para demostrar a los españoles quién parte el bacalao en la izquierda. Sin embargo, el líder del morado cayó en la torpeza de acusar al PSOE de corrupto y, al mismo tiempo, quererlo como socio. Cayó, como les digo, en el mismo error que en la pasada sesión de investidura; cuando – sin venir a cuento – habló de los GAL y la "cal viva", el pasado rancio del partido socialista. Pedro Sánchez, sin embargo, no estuvo a la altura de las críticas. Fue, precisamente, Albert Rivera, quien le dijo las cuatro verdades al líder de Podemos; las mismas que no supo decirle el líder socialista. Por su parte, Rajoy ayudó – al menos eso parecía – a Pedro Sánchez. Lo ayudó porque apenas se dirigió a Iglesias; el líder de la izquierda según las encuestas.

En cuanto a la realización del debate, la Academia no obtuvo la nota deseada. Comenzó con diez minutos de retraso, algo inadmisible en cualquier país serio de Europa. No faltaron los imprevistos del directo, la rotura de un foco y el fallo de los micrófonos. Y, para más inri, Vicente Vallés barrió para Podemos. Barrió para Pablo – queridísimos lectores – porque no le cortó cuando éste interrumpía al líder socialista. Un gesto que reforzó la estrategia de Iglesias de proclamarse como representante de la "nueva socialdemocracia". Pedro Piqueras tampoco estuvo a altura, su presencia fue invisible a lo largo del debate, casi no intervino en la moderación y cuando lo hizo fue a base de "preguntas predecibles". El escenario, por su parte, recordaba a "La Clave", un programa de los años setenta moderado por Balbín. Tampoco, valga la crítica, fue de recibo que el debate acabara a las doce y media, una hora tardía para quienes al otro día madrugan y llevan a sus niños al colegio.

Tras visionar el debate, corroboré el tuit que transcribí en el párrafo primero. Lo único que cambió anoche fue la figura de Soraya Sáenz de Santamaría por la de Mariano Rajoy. Todo lo demás seguía igual que hace cinco meses. No se habló de cambio climático, modelo educativo, maltrato animal y un sinfín de temas que preocupan a los españoles. Los mismos líderes y programas para un país cabreado, ante la incapacidad de los cuatro para llegar a un pacto de gobierno. Lo que en principio fue un cúmulo de reproches de Ciudadanos, Podemos y PSOE contra Rajoy; terminó siendo una batalla campal de todos contra todos. Una batalla de mercadillo, queridísimos lectores, que pone en duda el compromiso de pacto postelectoral que todos hicieron al inicio del debate. Un compromiso que se convierte en agua de borrajas mientras continúen las líneas rojas que todos conocemos.

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