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Salvar a Sánchez

El otro día Pedro Sánchez perdió una oportunidad de oro en el debate electoral. La perdió, estimados lectores, porque no supo vender un mensaje realista para atraer a los indecisos. Aunque el líder socialista se visualizara como el futuro ganador de las próximas elecciones; lo cierto y verdad es que los hechos atisban para otro lado. A día de hoy, con el pluralismo consolidado, no habrá ningún partido que empuñe el cetro de la mayoría absoluta. Todos, lo quieran o no, tendrán que pactar sí o sí, si desean gobernar. Si no lo hicieran – algo nefasto para el país – habría tercera vuelta de cara a diciembre. Tendríamos, por tanto, otra minilegislatura de parálisis legal, crispación política y desconcierto económico; un año – señoras y señores – de gobierno en funciones e indignación civil. Para evitar este escenario, los partidos tendrían que apartar las ambiciones personales de sus líderes y velar – de una vez por todas – por los intereses del Estado. Para ello sería preciso volver a la cultura de pactos; destensar las líneas rojas y afrontar con responsabilidad la voluntad ciudadana.

¿Por qué Pedro no estuvo acertado en el debate? Sánchez se equivocó porque pasó de puntillas por el escenario postelectoral. Se aferró a su utopía – "¡me presento para ganar las elecciones!" – y no quiso pronunciarse sobre: qué hará con los votos de su partido el día después de las elecciones. No dijo si esos votos desembocarán en la derecha – Pepé y Ciudadanos – o si barrerán hacia la "nueva socialdemocracia" (Unidos-Podemos). Es precisamente esta imprecisión en el discurso de Pedro, la que invita a que el "sorpasso" se haga realidad. La principal torpeza del socialista – tal y como comenté en otro artículo – fue pactar con Ciudadanos a cambio de la nada. Pactó con quienes él mismo definió como la "nueva derecha". Acto seguido – como recordarán – consultó a la militancia. La consultó para evitar que la responsabilidad de su decisión cayera toda sobre sus hombros. Aún así, la militancia respaldo el "baile con la fea". Un baile que le costará caro el día de las urnas.

Sánchez, sin quererlo ni beberlo, se ha metido en la boca del lobo. Ya no inspira confianza entre los suyos, porque ni ellos saben a qué juega su líder cuando se acerca a Ciudadanos. En días como hoy, el líder socialista carece de fuerza moral para reivindicar el voto del corazón; el voto ideológico de los tiempos de Felipe. Carece de fuerza, estimados lectores, porque él no utilizó el suyo – su corazón – cuando pacto con Ciudadanos. Se olvidó, por un instante, que su casa era la socialdemocracia; el Estado del Bienestar, el intervencionismo y la masa mileurista. Su ambición por el sillón le impidió ver más allá de La Moncloa. Así las cosas, el partido socialista se ha quedado solo en medio del guateque. La fea se ha cansado de bailar con el guapo y ahora, anda libre por en medio de la pista en busca de otro que le susurre "te quiero".

Como dice el dicho popular: "cada uno recoge lo que siembra". Por mucho que el líder socialista defienda ahora la "socialdemocracia"; pasará algún tiempo para que su discurso sea creíble y la aguas vuelvan a su cauce. Mientras tanto, lo mejor que puede hacer es pronunciarse, de una vez por todas, sobre: qué hará con los votos socialistas el día después de las urnas. Debe decirlo, cuanto antes, porque si no lo hace, la izquierda volátil votará a Unidos-Podemos como una apuesta útil ante la indeterminación socialista. Luego, es necesario que Sánchez diga en campaña electoral que "no entregará sus votos ni a Rajoy ni a Rivera". Que diga que se equivocó; que no volverá a bailar con la fea y que defienda hasta la saciedad; que "hará todo lo posible por construir un gobierno de izquierda que ponga fin a la derecha". Mientras no lo haga, el "sorpasso" está asegurado. La vergüenza que se avecina en los portales de Ferraz, si Sánchez no cambia el discurso, será más grande que el derrumbe de Rubalcaba o el varapalo de Almunia. Esperemos que Pedro sea listo y se salve de la quema.

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