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Excusas políticas

El miedo al abucheo ha impedido que el gladiador del Coliseo se enfrente con garantías al rugido de  los leones. Con tan solo seis meses protegiendo las escuadras de la Moncloa,  el espectador de la roja ha lanzado balones fuera con tal de evitar el cruce de miradas con los hinchas de la izquierda. El debate sobre el estado de la nación tendrá que esperar un año hasta que el delfín de la derecha pueda cubrir sus espaldas de los rayos auspiciados desde los nubarrones merkelianos. Es precisamente el escudo maquiavélico de los interlineados históricos el que ha salvado a cientos de regímenes absolutistas del diálogo social entre monarcas y plebeyos.

En días como hoy, con la que está cayendo en los barrios mileuristas de los felices años aznarianos, no es de recibo que el líder de noviembre se escude en las trincheras de la excusa para evitar a toda costa las bofetadas progresistas. Hoy más que ayer, es necesario poner sobre el atril de la tribuna los mimbres de la verdad para controlar desde las butacas civiles el discurso opaco de las élites. La irresponsabilidad organizada en todas las esferas institucionales de la España de Góngora ha resurgido con fuerza en las aguas turbias del XXI. Desde Rato hasta Dívar pasando por Urdangarín y Correa, los juicios de este país se han convertido en una noticia barata en los sumarios de la mañana.

La idiosincrasia civil de depositar la basura en los vertederos mediáticos con tal de limpiar las asperezas de las fachadas muestra la desconfianza social con el tejido insititucional de su sistema. La falta de discursos oficiales asumiendo las responsabilidades de los errores pone en evidencia el ruido chirriante de una máquina oxidada llamada democracia. Es precisamente esta práxis política la que impide al mileurista vislumbrar lo que se esconde debajo de la alfombra. Con la Eurocopa a flor de piel – decía el otro día un señor que estaba sentado al lado de mí en la barra tomando café –  no es el mejor momento para cambiar de canal y ver las barbas de Rajoy.

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