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De muros, Trump y populismos

Durante la Edad Media, dicen los libros de historia, los pueblos construyeron murallas para protegerse de los bárbaros. El miedo colectivo ante invasiones enemigas, hizo que la gente huyera de las ciudades y se refugiara en señoríos feudales. Aquella fue la principal causa del hundimiento del Imperio Carolingio. Este sentimiento de miedo y repulsa al forastero ha cabalgado con nosotros a lo largo de los siglos. Tanto es así que durante la Guerra Fría se construyó el Muro de Berlín. Una barrera que dividió, como saben, a la Alemania comunista de la capitalista. Sin ir más lejos, el Brexit – la salida de Gran Bretaña de Europa – pone en evidencia la perpetuación de lo patriótico en contraste con una economía de mercado globalizada.

Aparte de las murallas medievales, del muro de Berlín y del Brexit reciente; la cosa no queda ahí. En Francia, Marine Le Pen sacó rédito electoral de su discurso ultraderechista de tintes xenófobos y racistas. En Grecia, por su parte, el "Grexit" supuso un tira y afloja entre europeístas y euroescépticos. Entre quienes querían seguir los dictámenes de Merkel y quienes pretendían romper con las "cadenas de Europa". Algo parecido sucede en nuestro país con la cuestión catalana. Hace dos años, sin ir más lejos, recuerdo que el alcalde de mi pueblo – del Pepé – escribió en su muro de Facebook: "¡Que les den la puñetera independencia a estos mierdas ya – a los catalanes – y nos dejen tranquilos!, pero que se construya un muro de 10 metros de altura para no verlos más".

Donald Trump ha ganado las elecciones en EEUU con un discurso xenófobo, racista y machista. Un mensaje de corte populista, similar al de Le Pen, que ha calado en la clase media de su país. Su propuesta estrella: "el levantamiento de un muro en México para evitar la entrada de inmigrantes" recuerda a las voces populistas de la ultraderecha europea. El mensaje de los muros – sean físicos o económicos – siembra de espinas los prados de la integración, el diálogo y el consenso. Herramientas necesarias para que la convivencia, en sociedades heterogéneas, sea pacífica y duradera. Con Donald Trump en La Casa Blanca nos asomamos, muy probablemente, a un nuevo episodio histórico de "divide y vencerás", similar a los primeros años de la Guerra Fría y al unilateralismo protagonizado por Bush tras los atentados del 11-S. Un nuevo episodio, quizás peor, si tenemos en cuenta que Trump es un magnate de los negocios, analfabeto político y showman televisivo.

La senda equivocada

El otro día, me preguntaba Gregorio por la gran coalición a la alemana. Quería saber este lector de las tripas andaluzas; si la "Triple Alianza" sería comida para hoy y hambre para mañana. Gregorio es socialista de pura cepa; de esos que se dejaban la piel, en la Maestranza de Sevilla, tarareando aquello de: "¡Felpeee!, ¡Felipeee es cojonudo!; ¡como Felipeee no hay ninguno!". Ahora se siente decepcionado con praxis de su partido. Se pregunta: "por qué no se consultó a los militantes antes de investir a Rajoy inquilino de La Moncloa". Gregorio quería saber – y está en su derecho –  por qué el PSOE decidió abstenerse a cambio de la nada. "Un partido defensor de la fórmula: más Estado y menos mercado – me decía -, qué hace con otro que defiende: menos Estado y más mercado".

La derecha de pedigrí – le contesté – siempre ha barrido para los ricos; de ahí el dicho: "no hay nada más tonto que un obrero de derechas". A lo largo de estos cuatro años, Mariano Rajoy ha hecho política afín al ideario de su partido. El elegido por Aznar ha defendido a capa y espada los intereses de los bancos; ha cocinado una Reforma Laboral a gusto de la Patronal; ha subido las tasas universitarias; ha bajado las becas; ha menguado la Oferta de Empleo Público; ha subido – de forma ridícula – el Salario Mínimo Interprofesional; ha recortado en Sanidad; ha aprobado – de forma unilateral – una ley educativa acorde con los intereses de la Iglesia; ha restringido el derecho de manifestación – con la Ley Mordaza -; ha rebajado la prestación por desempleo y ha ninguneado a los periodistas mediante ruedas de prensa sin preguntas; entre otras medidas similares.

Contra esta política de recorte de derechos y creación de desigualdades; la sociedad civil ha respondido. Durante el periplo marianista se han producido dos huelgas generales, protestas estudiantiles, escraches y cientos de manifestaciones específicas en forma de mareas. Fue, precisamente, esa "indignación social", la que hizo que Podemos atesorara en su vitrina cinco diputados en las pasadas europeas. Mientras tanto, el PSOE fue recuperándose de "la traición" de Zapatero y la torpe apuesta por Rubalcaba. La elección de Pedro Sánchez insufló aire fresco a la rosa marchitada. Pedro – valga la redundancia – supo ganarse a los miles de militantes. Militantes soñadores con el regreso de la España de Felipe y el resurgir de los pétalos en las flores de sus solapas. El "no es no, señor Rajoy" curaba – de alguna manera – aquel mal sabor de boca que dejó la derrota de Rubalcaba.

Son precisamente aquellos militantes – entre los que se encuentra Gregorio – los que quiere reconquistar el ex líder socialista. Para su cometido – la reconquista – Pedro viaja en su Peugeot por las Casas de Pueblo de toda España. Casas de Pueblo frecuentadas por miles de nostálgicos de la era felipista. Abuelos y abuelas que mientras juegan al dominó, sacan a flote su indignación con la "jugarreta" de su partido. Son votantes de corazón que nunca entenderán la traición de su partido; la misma que sintieron cuando ZP "se cambió de chaqueta" en mayo del 2010. Por ello, queridísimo Gregorio, la resurrección del PSOE pasa por la nueva reelección de Pedro Sánchez como secretario general. Él es quien puede corregir la "torpeza socialista" cometida por los suyos. La Triple Alianza tiene los días contados. Los tiene porque Rajoy no se bajará del burro aunque gobierne en minoría. No lo hará – y para muestra un botón – porque ha optado por el continuismo; por la senda del conservadurismo. Una senda alejada de la que debe seguir el partido socialista.

La torpeza socialista

Aunque abstenerse no sea lo mismo que votar no – según dijo el otro día el líder de la gestora socialista -, lo cierto y verdad es que gracias al PSOE y Ciudadanos, Mariano Rajoy continúa de inquilino en La Moncloa. Sea por el bien de España – en palabras de Susana Díaz – o por cumplir los deseos de S.M., la democracia representativa ha ganado la partida al sino de las urnas. De nada ha servido "el no es no, señor Rajoy", defendido hasta la saciedad por el ex líder socialista, como de nada han servido las elecciones del 20-D y 26-J. Al final, la oligarquía socialista – la vieja guardia de Felipe – ha investido a Rajoy, sin tener en cuenta la voluntad de las masas. Un feo, en toda regla, que muy probablemente le pasará factura al partido de la rosa el día de mañana.

La abstención del PSOE  es una decisión torpe e innecesaria. Torpe porque solo gana el Pepé. No olvidemos que el partido socialista ha hecho presidente a Rajoy sin obtener nada a cambio. Ni siquiera le ha pedido a Mariano la derogación de la Reforma Laboral, la Lomce, La Ley Mordaza y otras tantas del pedigrí de la derecha. Decisión Innecesaria porque unas terceras elecciones, en la víspera de Navidad, hubiesen fortalecido el liderazgo de Sánchez y, por tanto, beneficiado al PSOE. El "no es no" era la senda correcta para que miles de centristas – ex cabreados con Zapatero y disgustados con Podemos – volvieran a su nido. La abstención, por su parte, es un suicidio político que deja al PSOE en la peor posición de su historia.

Las consecuencias de esta torpe e innecesaria decisión dejan un partido roto tanto por arriba como por abajo. Por arriba, la grieta abierta con el PSC, la escisión del grupo parlamentario entre abstencionistas y “sanchistas”, y la crisis de liderazgo. Por abajo, el malestar de las bases por la praxis de las élites, el desengaño político por la "derechización" del partido y la indignación de muchos por la intromisión de González en los asuntos de Sánchez. Al mismo tiempo, la abstención trae consigo aire fresco para las filas de Podemos. Filas que quedaron muy tocadas tras la frustración por el fracaso del sorpasso y ahora, gracias a la abstención del PSOE,  recobran la esperanza de convertirse en los líderes de la izquierda. Gracias a esta "gran coalición a la alemana", el Pepé gana la partida. La gana porque sigue gobernando, la gana porque deja muy tocado al PSOE y la gana, queridísimos lectores, porque quien gobierna juega con ventaja de cara a unas próximas elecciones.

Las cenizas de Aurora

Aurora se apagó como lo hace una vela en una procesión de Jueves Santo. Tras dos años de tratamiento y lucha contra el cáncer; el maldito bicho pudo con ella. Alfredo, su marido, le contaba a Gregorio que ella quería que la incineraran. Quería que sus cenizas fueran derramadas por distintos lugares del mundo. De joven, Aurora no pudo viajar por motivos económicos; de casada, por la crianza de los hijos; y de mayor, por problemas de salud. Ella soñaba con una tarde paseando por la Navona de Roma; con un amanecer en los jardines de Versalles o con un crucero por los fiordos noruegos. Los últimos días de su vida, se lo tomó con tanto humor, que hasta las enfermeras del hospital – Manuela y Raquel – lloraban a escondidas por detrás de la cortina.

Ella sabía que algún día moriría. "¡Hay que tenerle miedo a los vivos y no a los muertos!", decía cada vez que alguien hablaba de espíritus y cosas por el estilo. Aunque acudía a la unidad de oncología una vez por semana, ni sus hijos ni su marido le dijeron el mal que padecía. "Cuando muera – decía – no quiero que me llevéis al cementerio. No quiero oler a cadáver, ni que me coman los gusanos". Aurora no le gustaba el rollo de las flores. Odiaba tanto el Día de Todos los Santos que nunca visitaba el nicho de sus padres. Un nicho – valga decirlo – descuidado y abandonado como si de una fosa del franquismo se tratara. Aurora creía en la inmortalidad del alma. Una inmortalidad basada en el recuerdo como antídoto del olvido. Por ello, cada día de Nochebuena, después de comer el pavo solía decir: "si estuviera aquí, la abuela diría aquello de…" o "si el papá viviera, ya estaría roncando en el sofá".

Las coplas de Manrique – decía Aurora – no llevan razón. Aunque todos los ríos desemboquen en la mar que es el morir. No todos los mares son iguales. Hay mares con surfistas y mares con niños ahogados en la arena de sus orillas. En los cementerios hay muertos en grandes panteones, y cadáveres sin nombre que yacen bajo cruces de bambú. Lo segundos son parte de la memoria histórica del país. Cuerpos de padres de familia que lucharon en guerras civiles, de presos en campos de concentración, de indefensos ante los caprichos de un dictador y de mendigos que malvivieron por las calles de Madrid. Por todo ello, Aurora no quería que la enterraran en el cementerio. No quería distinciones entre su nicho y el vecino. Solamente las cenizas alejadas de los camposantos; derramadas por los fiordos, por los jardines de Versalles o por la Navona de Roma, ponen en razón a las coplas de Manrique.

De aritmética y prestaciones

Según reza el titular de un periódico obsoleto, dentro de los próximos años: "la balanza demográfica pesará más del lado de los viejos". Habrá, por tanto, muy pocos jóvenes para pagar las pensiones de los mayores, la inmensa mayoría. No olvidemos que la Seguridad Social se basa en un sistema de reparto, o dicho de otra manera, el activo actual "paga" la prestación del jubilado presente. Ello, el sistema de reparto, pone en jaque la sostenibilidad del sistema de cara a los próximos años. Aunque Zapatero subiera la edad de jubilación a los 67 años y abriera, por tanto, el melón de la discordia. Lo cierto y verdad; es que tal solución no será condición suficiente para corregir el desequilibrio aritmético y, por tanto, salvar los muebles de la quema.

Artículo completo en Levante-EMV

La abstención, luces y sombras

Tras pedir la dimisión de Rajoy por el caso Bárcenas, tras repetir hasta la saciedad el "no es no, señor Rajoy" y, tras criticar por activa y por pasiva el desmantelamiento del Estado del Bienestar. Tras todo eso, y mucho más, el PSOE está a punto, con su probable abstención, de dejar gobernar a don Mariano. Es, precisamente, esta disonancia política entre los dichos y los hechos, la que invita a la crítica a reflexionar sobre el asunto. Aunque Javier Fernández, presidente de la gestora socialista, diga que "abstenerse no es apoyar al PP", lo cierto y verdad es que la abstención favorece – o al menos no entorpece – la voz de la mayoría. Una mayoría liderada por la derecha.

La abstención evitaría el temido "volver a votar" en la víspera de Navidad; solucionaría la "cuestión de la gobernabilidad", defendida por Susana e, insuflaría aire fresco a los índices bursátiles. La abstención supondría el principio del fin de Pedro Sánchez como líder parlamentario. Lo supondría porque se convertiría en un títere político ninguneado por el sector crítico de su partido. Un títere, como les digo, "machacado" por la intromisión del "jarrón chino" en la democracia interna de Ferraz. La abstención – y perdonen por la redundancia – implicaría una crisis territorial ante la probable ruptura de la disciplina del voto por parte del PSC. La abstención sería comida para hoy y hambre para mañana. "Comida" porque pondría fin al hambre de gobierno. "Hambre" porque dentro de unos años estaríamos en el kilómetro cero que estamos ahora.

Volver a votar, queridísimos lectores, ocasionaría un efecto negativo para la higiene democrática. Supondría un fracaso en toda regla de la POLÍTICA con mayúsculas. Sería una bofetada hacia un electorado harto de escuchar, una y otra vez, el mismo repertorio. Volver a votar significaría una nueva composición parlamentaria similar a la disuelta. Una nueva composición, como les digo, de pluralismo partidista polarizado en todos los espectros ideológicos. Aún así, volver a votar sería bueno para la corriente defensora del "no es no, señor Rajoy". Sería bueno porque se consolidaría el liderazgo de Sánchez de cara a la campaña. Y sería bueno, porque el PSOE no correría el riesgo de ser castigado por su repliegue a la derecha. Volver a votar, como no podría ser de otra manera, sería perjudicial para la Bolsa, para la "marca España" y para las Relaciones Internacionales.

Entre una abstención y unas elecciones generales no podemos concluir, a ciencia cierta, cuál sería la opción más acertada. Tanto la una como la otra desembocarían en una orilla de clavos y espinas, alejada a años luz del ideal democrático. Seguir con Rajoy implicaría cumplir a raja tabla con los dictámenes de Europa y, por tanto, continuar erre que erre por el calvario de los recortes. Abstenerse no garantizaría las derogaciones de la Lomce, la Reforma Laboral y la Ley Mordaza, entre otras. No lo garantizaría, como les digo, porque la derecha haría uso de su "poder de veto por razones económicas", como lo ha hecho recientemente con el veto a la propuesta de paralización de la Ley Wert. Seguir con Rajoy sería un trofeo para la oposición. Una oposición con capacidad para tirar por la borda las iniciativas del Gobierno. Un Gobierno que nace muerto desde el minuto uno de su investidura.

Dylan, folclore y otras sinrazones

Azorín tiene la culpa de que el periodismo haya perdido su belleza literaria. ¿Dónde están los lienzos de Camba, los artículos de Larra y las columnas de Gabriel? Dónde están las metáforas, las hipérboles y toda la amalgama de ladrillos necesarios para construir sueños de papel. El periodismo que se hacía en los tiempos de Unamuno yace en el panteón solitario del cementerio de las letras. Hoy, el columnista ha perdido el sello del artista. Tanto es así – en palabras del nostálgico – que las lecciones de José Augusto han derribado el puente que existía entre periodismo y literatura. Las firmas de los periódicos se han convertido en una retahíla de parlanchines afines a la línea editorial de sus patronos.

La literatura se ha convertido en un cajón de sastre, donde todo tiene cabida en el desorden de las agujas. ¿Qué es literatura?, se preguntaba el artífice del Buscón en las tertulias de Gijón. Literatura es "el arte de la expresión verbal". Un arte que necesita de la técnica y de la creatividad del autor. Sin el manco de Lepanto no existiría El Quijote; como tampoco existiría la Celestina sin la pluma de Rojas; ni "la vida es sueño" sin el ingenio de la Barca. Azorín tiene la culpa de que la literatura – el arte de la palabra – rompiera su romance con la objetividad del periodismo. Un periodismo aburrido, de titulares repetidos y de columnistas verticales; alejados del pensamiento lateral de los años de Unamuno.

La literatura muere por la indefinición de su concepto. ¿Qué se entiende por el arte de la expresión verbal? Mientras Galdós fue un artista por sus esculturas realistas; Góngora lo fue por la rima de sus letras. Rosalía soñó con paisajes imaginarios y Gasset triunfó por la grandeza de sus ensayos. Todos fueron artistas porque sin ellos sus obras no hubiesen existido. Pero, ¿eran literatos o simplemente "juntaletras" de los tiempos del ahora? Es tan difícil contestar a lo que usted me pregunta, que responderle sería una ofensa para el más fino de los oídos. En los desiertos del arte todo tiene valía. Todo tiene valía siempre y cuando detrás del pergamino se halle la singularidad de unas manos únicas e irrepetibles. Con estos mimbres, a Bob Dylan no se le podría considerar un talento dentro del mundo de las letras.

Bob Dylan – como les decía arriba – no cuenta, desde el juicio de la crítica, del mérito suficiente para ser galardonado con el Nobel de las letras. No cuenta con los haberes necesarios; porque su fama y sus canciones; no son condiciones necesarias para que él sea inmortalizado por la historia y Borges muera en el olvido. Dylan es un grande de la música pero, sin embargo, no cuenta con la destreza literaria de los grandes novelistas. No cuenta con la riqueza literaria de Saramago; ni siquiera con la verborrea de Mario Vargas Llosa. Bob Dylan ostenta el premio Nobel de literatura por "haber creado una expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción", en palabras del jurado. También crearon una "expresión poética": Manolo Escobar, los Chunguitos, la Pantoja y un sinfín de cantantes del folclore, y no por ello son considerados "Premios Nobel" de las letras.

Cadáveres laborales

El otro día, Peter – el dueño del Capri – me decía que lo más probable es que cerrara el local si las ventas seguían de capa caída. Desde hace cinco años, la clientela ha ido menguando como lo hace un cigarrillo tras unas cuantas caladas. Aunque el garito ofrece la misma calidad a precios asequibles, lo cierto y verdad, es que han surgido otros lugares en la jungla de la calle. "Si cierro el local – me decía Peter – no sé lo que haré a mis cincuenta tacos". No lo sabe, como les digo, porque tras treinta años sirviendo carajillos y gintonics es muy complicado reinventarse en el mundo laboral. Es complicado porque las empresas quieren caras jóvenes, contratos basura; y no gente madura que sepa latín sobre las lecciones de la vida.

A día de hoy, El Capri debe seis mensualidades de alquiler. A mil euros cada una, la deuda asciende a un millón de las antiguas pesetas. Para más inri, Peter debe dos nóminas a Jacinto, un camarero que lleva con él desde hace cinco años. Con el distribuidor de la bebida, la deuda asciende a dos mil euros. Aurora, la mujer de la limpieza dejó de limpiar por los obstáculos que le suponía cobrar los cuarenta euros semanales. El distribuidor del café, le ha amenazado con "cortarle el grifo" si no le paga al menos un cuarenta por ciento de la púa. Son tantas deudas, a unos y a otros, que subir la persiana se ha convertido en la cuenta atrás de una muerte anunciada.

Peter ya no es aquel joven que fumaba “petas" mientras escuchaba el "Uchain my heart" de Joe Cocker. Ni siquiera, aquel tío de pelo a lo Bunbury que llevaba de calle a las rubias de bote, cuando aparcaba su Alfa Romeo en la puerta del Capri. Ahora, aquel roquero, se ha convertido en un cincuentón de aspecto desaliñado que mira con nostalgia los trofeos de su vida. Hoy, sin ir más lejos, he hablado con él. Le he dicho que tenemos que levantar El Capri. Hacer que el local vuelva a sus tiempos de gloria. Que vuelva a ser aquel sitio donde "los peces gordos" del pueblo tomaban café. Aquel garito donde las casadas se dejaban querer y, aquel sitio – y perdonen por el run run – donde cientos de invisibles inundaban sus penas con litros de gintonics.

A pesar de mis ánimos, El Capri – me decía Peter – no lo levanta ni el forzudo más fuerte del mundo. El local yace moribundo en una calle secundaria de vecinos envejecidos. Los clientes que acuden al garito son los cuatro gatos del barrio. Cuatro gatos que lo único que consumen es el café y el periódico de la barra. Tras oír sus palabras, me fui a casa. Estuve pensando toda la tarde en lo cruda que es la vida para algunos y en lo fácil que resulta para otros. Quién le iba a decir a Peter que a sus cincuenta años – en plena flor de la vida – tendría que renovarse; abandonar la comodidad de su viaje y emprender otro incierto en cuanto a tiempo y dinero. Sacar a Peter del Capri – me comentaba el otro día Aurelio, un conocido de barra – es lo mismo que pasear un husky siberiano por las calles de Nairobi. Es lo mismo, porque tanto el uno como el otro mueren en vida cuando los sacas de su hábitat.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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