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Periodismo tóxico

Tras visionar el programa de Évole sobre las prácticas de Mercadona, me vino a la mente los casos de  Julian Assange y Edward Snowden. Las publicaciones de Assasnge sacaron a la luz, miles de verdades escondidas bajo las alfombras de las Relaciones Internacionales. Gracias a él, supimos que en los fogones de la Casa Blanca se cocían guisos distintos a los caldos acostumbrados. "Tapar la boca" a los atrevidos del sistema, se convirtió en una urgencia de Estado. A día de hoy, el creador de WikiLeaks se encuentra recluido en la embajada de Ecuador en Londres. Por su parte, Edward Snowden hizo visibles, a través de The Guardian y The Washington Post, información comprometida de la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Tales casos abren el debate sobre dónde está la línea que separa las orillas del secreto, y dónde están los límites del derecho a la información.

El otro día, las sombras de Mercadona brillaron más que sus luces. La entrevista a dos "disidentes" del gigante valenciano puso de relieve que detrás del SPB (Siempre Precios Bajos), los contratos fijos y los "altos salarios", se esconden letras pequeñas. Letras diminutas, como les digo, que pasan invisibles ante la miopía colectiva. Gracias a sus testimonios, supimos que detrás del bajo absentismo laboral hay explicaciones que van más allá de la casualidad. Tras visionar el programa, me pregunté: ¿habría hecho Évole un Salvados sobre Mercadona si ésta fuera un accionista de La Sexta? o, mejor dicho "¿se hubiera hecho un Salvados a bocajarro sobre Sacyr, Repsol y Microsoft; empresas con intereses económicos en la cadena?, probablemente no. No se hubiera hecho, queridísimos lectores, porque no es inteligente "escupir en el plato que te da de comer". Si los medios fueran financiados por los lectores, si estuvieran alejados de las cadenas del poder económico, tendríamos más toxicidad mediática sobre las pantallas.

Tanto las empresas como los Estados guardan en sus cajones informaciones comprometidas. Si todo saliera a la luz, si todo fuera sabido a través de Évoles y Salvados, la vida en sociedad se convertiría en una jungla de odios y reproches. Vender el odio a través del espectáculo, convierte al periodismo en un arma maquiavélica. Un arma que atenta contra la confianza entre empresas y clientes; entre Estados y ciudadanos. La "justicia de plató" contamina a la opinión pública y determina, de alguna forma, las percepciones socioeconómicas de millones de españoles. El efecto Évole solo contribuye al reduccionismo. Un reduccionismo basado en generalizar excepciones y contaminar impresiones. Este periodismo de escaparate vacío se convierte en un tóxico para la tranquilidad colectiva.

Desde la crítica debemos reflexionar si nos interesa una prensa sin escrúpulos o, por el contrario, una prensa que respete la discreción de la justicia. Gracias a Salvados, es muy probable que, de ahora en adelante, surjan programas similares. Programas donde ex empleados pongan a parir a sus jefes, y donde el espectáculo del odio haga rico a más de uno. Un espectáculo que gusta a la gente por la satisfacción que supone la identificación con las desgracias del otro. Así las cosas, por una parte es bueno que las vergüenzas ajenas salgan a la luz . Por otra parte, no es inteligente que caigamos en el consumismo tóxico del periodismo amarillo. Un periodismo barato de efectos negativos y que, para más inri, gusta a la mayoría de la gente.

La copa de los paraguas

Aquel entierro tambaleó los cimientos de mi interior. Detrás del ataúd, acompañando a la familia, deambulaban cientos de personas, jóvenes y no tan jóvenes, para despedir a José. Era el segundo día de Navidad; un día muy lluvioso, de esos que los relámpagos y los truenos, despiertan el llanto amargo de los lobos en lo alto de la cima. Detrás del ataúd, se mezclaban los ríos de lágrimas con la tempestad de la tormenta. Desde mi balcón, se veían cientos de paraguas. Paraguas frágiles y sufridores, que resistían como podían la fuerza de las gotas en la lona de sus copas. Cuatro nazarenos, de entre sesenta y ochenta años, llevaban a sus hombros el ataúd de José. Entre el silencio de la rambla, una señora cantó desde su ventana una saeta. Se me pusieron los pelos como escarpias, nunca había oído tanto dolor ni olido tanta verdad.

El agua del ataúd caía por los rostros de los cuatro nazarenos. Nazarenos, amigos de José, que sufrían en su interior el sabor amargo de los ríos cuando mueren en la mar. No pude resistir, quería saber quién era ese señor que iba en el ataúd. Quería saber si era algún burgués. No podía ser plebeyo. Era casi imposible que un anónimo de la vida despertara tanto dolor el día de su entierro. Desde el portal, esperé a que llegase el féretro cerca de mis pies. Seguí como uno más a José, el señor que por la mañana había visto en la esquela del bar. El mismo hombre con bigote y sombrero, de semblante serio y traje gris; que decenas de vecinos se paraban a mirar. Detrás del ataúd, debajo de cientos de paraguas; con los zapatos empapados de agua, seguí a José. Lo seguí sin saber nada de él. Sin saber si era  político, empresario o alguien importante de la generación de mis abuelos. Lo seguí por convicción. Necesitaba inundarme de dolor, sentir lo mismo que los otros desde la frialdad de lo desconocido.

Detrás del ataúd, le pregunté a un hombre por José. Perdone señor: ¿quién era este señor, el del ataúd? El valor de las personas – me respondió – se mide el día del entierro. En el entierro es cuando se ve la honestidad de los humanos, y la cosecha sembrada a lo largo de la vida. José, el hombre del ataúd, era un vendedor ambulante. De esos que venden mantas en agosto y helados en enero. Era un hombre honrado y callado. Un caballero de otra época. A muchos clientes, a la mayoría, les regalaba prendas. Decía que en la vida una docena eran trece unidades; que hay que dar mucho a cambio de nada. Preso en la cárcel, en los tiempos de Franco, desayunó durante años el azote de los látigos en la curva de su espalda. A varios mendigos, les regalaba trajes con cincuenta euros en los bolsillos, el día de Nochebuena. Y a otros, les compraba carros de comida en el supermercado de la esquina. Los surcos del asfalto se convertían en ríos que se sumaban a la despedida de aquel hombre. Un hombre bueno, de esos que no hacen ruido y pasan invisibles por la senda de sus vidas.

Fidel, Cuba y los deseos de Raúl

A través de su obra "La Tercera Ola", Huntington analizó las transiciones democráticas que se dieron lugar en América Latina durante los años 1974 y 1989. Aunque no supo explicar, a ciencia cierta, las causas de las mismas; sí puso sobre el tapete cinco factores posibles. En la mayoría de las nuevas democracias hubo una crisis de legitimidad galopante del régimen anterior, cambios y práctica de la doctrina de la Iglesia católica, niveles de crecimiento económico elevados en los años sesenta, cambios en las políticas de actores externos importantes y, finalmente, un efecto de contagio en todo el planeta. Si miramos hacia la transición española nos damos cuenta que, de alguna manera, se cumplen lo prerrequisitos de Huntington. Decadencia del franquismo durante sus últimos años, apertura económica, menor influjo de la Iglesia en el Régimen, nuevas relaciones internacionales y, por último, el efecto contagio fruto de la democratización de Portugal.

El día del "Black Fraday" o, como diría un castrista, el día del "consumismo imperialista" ha muerto Fidel. Muchos disidentes – la mayoría – han salido a las calles a celebrar la noticia con vítores y alegrías. Algunos han clamado aquello de "Cuba libre", el mismo canto de sirenas que Gloria Estefan y Yoani Sánchez han gritado desde los tiempos olvidados. El hecho de que Fidel haya muerto no es condición suficiente para que se rompan las cadenas. No lo es, queridísimos lectores, porque el castrismo sigue vivo en las manos de Raúl. Y, no lo es porque tampoco se cumplen algunos de los factores subrayados por Huntington. En Cuba no hay un desarrollo económico como lo hubo en España en los años del bikini. Tampoco hay un efecto viral como fue la Primavera Árabe de hace cinco años. Si que hay, y eso es cierto, cambios en las políticas de los actores externos. Gracias a la intervención de Bergoglio, los Estados Unidos de Obama sellaron un indicio de paz con el pueblo cubano.

Renske Doorenspleet continuó investigando los porqués de las transiciones democráticas. Para ello estudio el periodo posterior a la Guerra Fría. Estudió, como les digo, las transiciones que se dieron durante los años 1989 y 2000. A diferencia de Huntington, esta politóloga no halló evidencias que correlacionaran crecimiento económico y democracia. Luego, los países autoritarios y pobres – como es el caso Cubano – tienen las mismas posibilidades de democratización que los autoritarios y ricos. Esta investigadora, ante la que me quito el sombrero, afirmó que la estructura de clases tampoco afectaba a la transición democrática. Lo que explica las transiciones democráticas son: los vínculos comerciales con países centrales y el número de "vecinos democráticos". El caso cubano cumple con estas dos condiciones. Con la primera, Raúl abrió las relaciones con Estados Unidos. La segunda, Cuba está rodeada de "vecinos democráticos". Democracias con más o menos calidad pero, al fin y al cabo, democracias.

Aunque la muerte de Fidel no cambie las tornas de la noche a la mañana, lo cierto y verdad, es que su fallecimiento debería servir para abrir el debate de la libertad. Todo depende de la actitud de Raúl, del grado de aperturismo mental que tenga con respecto a su hermano. Lo cierto y verdad es que no es bueno para el mundo que Cuba siga anclada en el pasado. Que siga con su foto estática de los tiempos de Guevara. Es necesario que los actores internacionales – tanto estatales como no estatales – tomen cartas en el asunto. Ahora – sin Fidel Castro mediante – es el momento para cicatrizar las heridas y pasar página al medio siglo de castrismo. En España lo conseguimos gracias a la mente aperturista de don Juan Carlos. Gracias a él y a los factores señalados en el párrafo primero conseguimos cerrar la puerta del franquismo. Así las cosas, la muerte de Fidel no es condición suficiente para la transición democrática sin los deseos de Raúl. Como tampoco lo fue la muerte de Franco sin el propósito de Juan Carlos.

De violencia y soluciones

Según el eurobarométro publicado por la Comisión Europea, uno de cada tres europeos cree que tener "relaciones sexuales sin consentimiento" puede estar justificado. Puede estar justificado, como les digo, si la mujer ha bebido más de la cuenta o tomado drogas, si ha invitado a su acompañante a casa, va vestida con ropa sugerente o no ha opuesto resistencia física. No olvidemos, antes de comenzar el análisis, que cada minuto fallecen en el mundo diez mujeres por violencia de género. En España, en lo que llevamos de año, cuarenta mujeres han perdido la vida a manos de sus parejas. Con motivo del Día Internacional de la Violencia de Género no podemos pasar de puntillas por esta lacra social que azota nuestras vidas. Una lacra que no distingue entre país, edad, raza o religión. Aparte de un Pacto de Estado contra el terrorismo machista, algo que debería estar consensuado desde hace años, se deben examinar otras soluciones para frenar la estadística.

La primera solución pasaría por la educación. Nuestro sistema educativo, caracterizado por el cientifismo en detrimento de las humanidades, entorpece la solución a la violencia. La Educación para la Ciudadanía, asignatura extinguida por la Lomce, tenía como misión fundamental formar a los jóvenes para vivir en sociedad. Una sociedad – la nuestra – marcada por la diversidad cultural, ideológica, religiosa y sexual. La materia perseguía que los alumnos tomaran conciencia del relativismo cultural y que, desde esos mimbres, respetaran y fueran tolerantes con las peculiaridades de los otros. Detrás de la violencia de género reside, en la mayoría de los casos, seres que en pleno siglo XXI, no han asimilado todavía el derecho a la igualdad. Un derecho fundamental, contemplado por la Constitución y que en la praxis es papel mojado.

La alfabetización emocional, y esta sería la segunda solución, debería ser – junto a la Educación para la Ciudadanía – una asignatura troncal desde primaria hasta la universidad. Aparte de aprender a sumar, restar y dividir; sería conveniente que los alumnos aprendieran a reconocer las emociones. Emociones como la ira, el miedo, e orgullo, la envidia y los celos que – en la mayoría de los casos – desencadenan episodios de violencia con finales irreparables. La Inteligencia Emocional – de la que tanto habló Goleman en los noventa – se convierte en una necesidad para gestionar, de forma eficaz, las relaciones humanas. Es necesario, como les digo, que los seres humanos aprendamos a "contar hasta diez", antes de herir la sensibilidad de los demás.

Otra solución, y ya serían tres, pasaría por las campañas de sensibilización. Aparte de los cursillos a los maltratadores, la visibilidad de la violencia debería inundar los espacios televisivos. Sería conveniente que los ciudadanos visionaran la cara negra del maltrato. Que visionaran los efectos colaterales de las faltas de respeto en los más damnificados, los niños. Los niños son, en la mayoría de los casos, quienes más sufren en silencio el llanto de su madre ante la violencia de su padre. Campañas televisivas para que la gente se asomara a esas habitaciones del odio. Habitaciones en las que los gritos y los golpes se convierten en el Padrenuestro de cada día. Aparte de las pancartas contra la violencia, del teléfono de ayuda y de la denuncia judicial; hay que mostrar a la sociedad lo que la verdad esconde. Una verdad que, en la mayoría de los casos, deja un trágico final.

Rita ha muerto

Rita ha muerto. Ha muerto, la hija de Carmen y José Barberá. Ha muerto la que fuera alcaldesa de Valencia desde 1995 hasta el 2015. Se ha ido Rita, la que en 1.973 fue galardonada con el premio "Musa del Humor" por el Ayuntamiento preconostitucional de Valencia. Rita ha muerto en el hotel Villa Real de Madrid tras sufrir un paro cardíaco. Ha muerto la que fuera copromotora y cofundadora de Alianza Popular en las tierras valencianas. Ha muerto Rita, la que en 1.995 se convirtió en la primera alcaldesa en oficiar un matrimonio civil. Ha muerto la señora Barberá, la que fuera redactora de tribunales y urbanismo en el diario Levante. Ha fallecido Rita, la señora que estuvo en contra del aborto y de los matrimonios entre personas del mismo sexo.

Rita ha muerto, la misma que creó la llegada del AVE a Valencia, la de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, la de la Copa América de Vela y la de la ampliación del Jardín del Turia. Rita ha muerto. Ha muerto la valenciana que pronunció "caloret" en lugar de "caloreta" y fue "treding topic" en la red social. Rita Barberá ha muerto. Ha muerto Rita, la que cuestionó Compromís por el caso Ritaleaks. Rita ha fallecido. Ha fallecido Rita, la alcaldesa que fue señalada por los casos Gürtel, Nóos, Imelsa y Emarsa. Rita ha muerto, la misma que soportó "la pena de Telediario" y defendió el derecho a la presunción de inocencia. Ha fallecido Rita, la mujer que declaró como imputada por el caso Taula, dos días antes de su muerte. Ha muerto la señora Barberá, la misma que se dio de baja del Pepé y se aferró al escaño del Senado.

Rita ha muerto, la ex militante del Partido Popular. La misma que ahora adoran, quienes en su día no quisieron saber nada de ella. La misma que se quitó de en medio para no perjudicar los intereses de Génova. Rita ha muerto. Ha muerto Rita, "Rita de España", como así la agasajan ahora algunos medios de la derecha. Rita ha muerto. Rita se ha ido sin conocer su sentencia. Sin saber si el Tribunal Supremo la declarará culpable o inocente. Rita ha muerto, ha muerto recluida y deprimida. Ha muerto sin saludar por la ventana, sin el folclore que ella levantaba cuando paseaba por las calles de Valencia. Rita ha muerto. Ha muerto sin saber que Podemos no le tributó su minuto de silencio. Adiós Rita, adiós.

Recordando a Gregorio

Me contaba Peter – el dueño del Capri – que el otro día habló con Gregorio, un viejo profesor del Cardenal Belluga. Le pregunté por él, y me dijo que vivía en una residencia de ancianos. María lo dejó hace cinco años por un empresario de pelo blanco; de esos que visten con tirantes y beben Chivas los jueves de madrugada.  Tras separase "el maestro" – así es como conocíamos a Gregorio – se fue a vivir a Torrevieja, a un apartamento que heredó de sus padres. Un pisito de setenta metros cuadrados ubicado en la playa de La Mata. Sus hijos no quisieron saber nada de Gregorio. Al perro viejo – como dice el dicho – pulgas con él. Tanto Fran como Blanca prefirieron al novio de su madre – rico y con contactos – que a un alcohólico, con olor a Gintonics, haciendo eses por la calles de su barrio.

Durante su estancia en la costa, "el maestro" contrató a una ecuatoriana para que le limpiara la casa. Una mujer educada, de esas que tratan de usted, y dan los buenos días a los ruiseñores de la mañana. Le hizo un contrato de empleada de hogar; la tenía – como dicen por El Capri – con todos los papeles en regla. Aquella señora se aprovechó de sus borracheras, de su estado de dejadez, y de la depresión que padecía. Tanto es así, que consiguió que Gregorio le avalara un préstamo hipotecario. Un préstamo avalado con el pisito de Torrevieja, y el Renault que compró al poco tiempo de separarse. Esta empleada disponía de las cuentas de Gregorio. Sacaba dinero de la Caixa como Pedro por su casa. Tanto sacó que "el maestro" no tenía ni para pagar la luz. El maestro vivía como la mujer que falleció el otro día a causa de una vela. Cuando la ecuatoriana lo arruinó, cuando ya no tenía más que rascar, se fue a su país y, "si te he visto, no me acuerdo".

Al poco tiempo, Gregorio recibió la orden del desahucio. Un lunes por la mañana, a eso de las doce del mediodía, un policía y una secretaria judicial tocaron a su puerta. ¿Quién le iba a decir al maestro que, tal día como ese, se vería con lo puesto y de patitas en la calle? La vida – me decía Peter – es como una noria. Hoy estás arriba y mañana estás abajo. Tan abajo que hasta las ratas de la alcantarilla te miran de reojo. Tras el desahucio, Gregorio llamó a varios compañeros del instituto. Llamó a los mismos que durante años le invitaron a café en la cantina, cuando él era el director del Belluga. Ninguno le ofreció un plato de fideos y, por supuesto, nadie le dijo "aquí tienes mi casa para lo que te haga falta". Sancionado por sus continuas borracheras, sin un sueldo para hacer frente a las necesidades mínimas de la vida, Gregorio tuvo que recurrir a una residencia de ancianos. Allí gracias a una paga asistencial que le gestionó su hermana, el maestro consiguió techo, comida y compañía. De vez en cuando, Alejandro – un viejo conocido del Capri – le lleva un paquete de Ducados. Se lo lleva para que disfrute de vez en cuando del placer de la calada.

De barras y trompetas

Ayer tomé café en El Capri. Necesitaba emborracharme con las burbujas de la Coca Cola, y leer algún que otro ejemplar obsoleto de ABC. Este periódico, por si no lo saben, lo suelo leer desde que El País traicionó a su línea editorial. A Peter – el dueño del local – lo encontré bastante desmejorado. Estaba más pálido que de costumbre, sin afeitar y con el pelo desgreñado. No olvidemos que El Capri anda de capa caída y probablemente, cualquier día de estos, eche el cierre. Mientras leía la Tercera, sonaba de fondo los agudos de Gabinete Caligari. La música me trasladó a paisajes internos, a rincones de mi adolescencia; donde "el sábado por la noche" era lo único que importaba en mi vida. Al lado de mí estaba Braulio, un tío de esos que hablan poco pero cuando hablan callan a las fieras.

A Peter le gusta hablar de política. Lo hace, la verdad sea dicha, siempre y cuando no haya gente deambulando por la barra con "las parabólicas puestas". En los taburetes nunca se sabe a ciencia cierta si fulanico es rojo, naranja o morado. Tras poner a parir al PSOE por su brindis al sol con la derecha, Peter – con la voz entrecortada – me pidió diez euros. Los necesitaba para completar la cuota del alquiler del mes pasado. Cuando me los pidió, me vino a la mente su cara de hace veinte años. Entonces El Capri era "el rey de la jungla" y Peter nos invitaba a Gintonics los viernes por la noche. Era un tío hasta ahí, de esos que valoran la amistad hasta tal punto de partirse la cara por Juanico o por Andrés. Saqué diez euros del bolsillo, lo miré a los ojos y nos dimos un abrazo.

Le pregunté a Peter por su mujer. Me dijo que se había separado. Cuando el dinero no entra por la puerta, el amor sale por la ventana. No hay cosa peor – y eso lo aprendí de un viejo amigo – que pasar de rico a pobre. Cuando tienes dinero; cuando las cosas te van bien – me contaba Peter – todo el mundo acude a la sombra de tu árbol. Recuerdas a Faustino – le dije -. Recuerdas cuando le tocó la lotería. Se volvió, como diría Epicuro, un buscador de placeres; de "viva el vino y las mujeres". Tanto disfrutó del Gordo que los viernes por la noche volaba hasta París. Allí gastaba sin medida en El Bataclan, el Moulin Rouge y Le Carmen, un burdel de lo más "chic". Se compró un Mercedes de los más largos que existían, se hizo un trasplante de pelo y se dedicó literalmente a disfrutar la vida. Faustino – rico y sin cabeza – ha vuelto al lado oscuro de su origen. Hoy, busca trabajo "de lo que sea" en la cola del paro. 

Mientras hablaba con Peter llegó Alejandro. Alejandro es un apasionado del jazz. Tanto le gusta que aprendió a tocar la trompeta a los sesenta. En El Capri a veces saca el instrumento y toca alguna de Louis Amstrong o de Albert Ayler. Ayer nos engañó. Tanto Peter como yo, nos creíamos que iba a convertir El Capri en El Birdland de Nueva York y no, no fue así. Sus agudos sonaron distinto. Era algo familiar, algo de aquí. De pronto, Peter – mientras sonaba la trompeta – se puso a cantar: "Tenías querencia a la barra, y tuve que tomar tres puyazos de ron…". De seguida, Jacinto – que estaba sentado en el taburete del fondo – continuó: "Y yo bolinga, bolinga y bolinga…, haciendo frente a la situación". Y ya, todos, los cuatro gatos de El Capri: "la culpaaa fue del cha cha cha… ". La trompeta de Alejandro sonó hasta que irrumpió la luna.

De teorías y sindicatos

Bingham Powell imparte la asignatura Introducción a la Política Comparada en la Universidad de Rochester. Ente sus investigaciones destaca: "la comparación de las protestas no violentas en veintinueve democracias", durante los años sesenta y setenta. Según este señor, las democracias con sistemas multipartidistas tienden a tener niveles más bajo de protesta. La explicación es muy sencilla: la presencia de partidos capaces de absorber los intereses de los ciudadanos, hace menos necesario la influencia de los movimientos sociales. Otros investigadores, como Haas y Stack, compararon las huelgas de trabajadores en setenta y un países, durante el periodo 1976 y 1978. Llegaron a la conclusión de que a más desarrollo económico menos huelgas y viceversa. Existe, añaden estos señores, una asociación positiva entre el volumen de protestas y la tasa de inflación, el grado de sindicación y el desarrollo de los medios de comunicación de masas.

Si contrastamos las teorías de arriba con el caso español, observamos que la evidencia empírica las corrobora. El movimiento 15-M, las recientes Huelgas Generales y la suma de manifestaciones específicas; se han producido en los momentos más álgidos de la crisis económica (durante los últimos meses de Zapatero y los primeros de Rajoy). Y se han producido, tal y como concluía Powell, durante un modelo de sistema bipartidista – de alternancia entre socialistas y populares. Así las cosas, los ”indignados de Hessel" reivindicaron más representación política de sus intereses sociales. Intereses que, según su protesta, no estaban reflejados en el reparto bipartidista de los escaños en el Congreso. Fue precisamente en esa coyuntura cuando irrumpió con fuerza la organización de Pablo Iglesias. Actualmente, el incremento del PIB, la ausencia del rescate y la disminución de la Tasa de Paro han espaciado el ruido sindical de hace cuatro años, tal y como concluían Hass y Stack.

Llegados a este punto, la legislatura que comienza se avecina tranquila; sin grandes turbulencias y sin el ruido de sables de los tiempos recientes. Por un lado, la configuración multipartidista del hemiciclo deja poco margen para las pancartas y panderetas, tal y como teorizó Powell hace cuarenta años. Y por otro, la salida de la crisis acalla las voces de quienes ahora cobran salarios, y antes prestaciones por desempleo. Ante este panorama, los sindicatos y demás movimientos sociales – feministas, ecologistas, estudiantiles, pacifistas, entre otros – verán reducidos, muy probablemente, sus niveles de protesta y, por tanto, sus números de afiliados, condición relacionada – como concluyeron Hass y Stack – con el volumen de las huelgas. Para evitar que los agentes sociales y demás voces colectivas pierdan fuelle en su nuevo papel de "influencers" del Ejecutivo; es necesario la ayuda de los medios de comunicación. Medios que determinan, de algún modo, la movilización social y la resurrección del silencio de las plazas.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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