Cadáveres laborales

El otro día, Peter – el dueño del Capri – me decía que lo más probable es que cerrara el local si las ventas seguían de capa caída. Desde hace cinco años, la clientela ha ido menguando como lo hace un cigarrillo tras unas cuantas caladas. Aunque el garito ofrece la misma calidad a precios asequibles, lo cierto y verdad, es que han surgido otros lugares en la jungla de la calle. "Si cierro el local – me decía Peter – no sé lo que haré a mis cincuenta tacos". No lo sabe, como les digo, porque tras treinta años sirviendo carajillos y gintonics es muy complicado reinventarse en el mundo laboral. Es complicado porque las empresas quieren caras jóvenes, contratos basura; y no gente madura que sepa latín sobre las lecciones de la vida.

A día de hoy, El Capri debe seis mensualidades de alquiler. A mil euros cada una, la deuda asciende a un millón de las antiguas pesetas. Para más inri, Peter debe dos nóminas a Jacinto, un camarero que lleva con él desde hace cinco años. Con el distribuidor de la bebida, la deuda asciende a dos mil euros. Aurora, la mujer de la limpieza dejó de limpiar por los obstáculos que le suponía cobrar los cuarenta euros semanales. El distribuidor del café, le ha amenazado con "cortarle el grifo" si no le paga al menos un cuarenta por ciento de la púa. Son tantas deudas, a unos y a otros, que subir la persiana se ha convertido en la cuenta atrás de una muerte anunciada.

Peter ya no es aquel joven que fumaba “petas" mientras escuchaba el "Uchain my heart" de Joe Cocker. Ni siquiera, aquel tío de pelo a lo Bunbury que llevaba de calle a las rubias de bote, cuando aparcaba su Alfa Romeo en la puerta del Capri. Ahora, aquel roquero, se ha convertido en un cincuentón de aspecto desaliñado que mira con nostalgia los trofeos de su vida. Hoy, sin ir más lejos, he hablado con él. Le he dicho que tenemos que levantar El Capri. Hacer que el local vuelva a sus tiempos de gloria. Que vuelva a ser aquel sitio donde "los peces gordos" del pueblo tomaban café. Aquel garito donde las casadas se dejaban querer y, aquel sitio – y perdonen por el run run – donde cientos de invisibles inundaban sus penas con litros de gintonics.

A pesar de mis ánimos, El Capri – me decía Peter – no lo levanta ni el forzudo más fuerte del mundo. El local yace moribundo en una calle secundaria de vecinos envejecidos. Los clientes que acuden al garito son los cuatro gatos del barrio. Cuatro gatos que lo único que consumen es el café y el periódico de la barra. Tras oír sus palabras, me fui a casa. Estuve pensando toda la tarde en lo cruda que es la vida para algunos y en lo fácil que resulta para otros. Quién le iba a decir a Peter que a sus cincuenta años – en plena flor de la vida – tendría que renovarse; abandonar la comodidad de su viaje y emprender otro incierto en cuanto a tiempo y dinero. Sacar a Peter del Capri – me comentaba el otro día Aurelio, un conocido de barra – es lo mismo que pasear un husky siberiano por las calles de Nairobi. Es lo mismo, porque tanto el uno como el otro mueren en vida cuando los sacas de su hábitat.

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