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Sobre pluralismo y bienestar

Hace unos meses escribí "el pluralismo fracasado", un artículo que radiografiaba – valga la palabra – la complejidad del "nuevo tiempo", anunciado por su S.M. en su discurso de investidura. Tras publicarlo recibí un correo electrónico de un periodista de El Clarín. Quería saber este señor de las tripas americanas: por qué resultaba tan complicado construir un pacto de gobierno entre fuerzas similares. La clave – le respondí – está en el desmantelamiento del Bienestar. Un desmantelamiento llevado a cabo por la derecha durante sus cuatro años de mandato. En la era liberal – antes de que existiera el Estado Social – las organizaciones políticas se definían como partidos de masas. Partidos muy ideologizados; financiados – en su mayoría – por las cuotas de los afiliados y por negocios paralelos, como la edición de su propia prensa, venta de lotería y demás.

Con la llegada del Estado del Bienestar, la socialdemocracia se convirtió en el refugio de una clase media, a caballo entre los pudientes de la derecha y los obreros de la izquierda. Fue precisamente esa relajación de los extremos, la que hizo que los partidos de masas de antaño moderaran sus discursos y se convirtieran en organizaciones "atrapatodo". Partidos financiados, en gran parte, por las subvenciones del Estado. Partidos menos ideologizados – ante la disminución del número de afiliados – y más proclives al diálogo. Ante esa nueva coyuntura, los cleavages sociológicos dieron paso a los mimbres politológicos para explicar el sino de los votos. Así las cosas, ser obrero y residente en Almería – por poner algún ejemplo – ya no sería condición necesaria para la identificación con la izquierda. Ahora quien se llevaba "el gato al agua", por decirlo de alguna manera, era el partido que mejor vendía sus limones en la víspera de las urnas.

Con el desmantelamiento del Estado del Bienestar, el péndulo político ha vuelto a la orilla de los partidos de masas. Partidos, como les decía más arriba, ideologizados y en guerra abierta los unos con los otros. Ante esta coyuntura de conflicto perenne entre populares, podemitas, "naranjitos", nacionalistas y socialistas; resulta complicado articular un proyecto de gobierno sólido y duradero. La vuelta a los partidos de antaño nos retrotrae a las dos Españas de los tiempos republicanos; un episodio histórico de heridas abiertas entre rojos y azules. En los últimos diez meses, los partidos han construido un discurso ofensivo y, por tanto, destructivo. Un discurso, como les digo, situado a años luz del ideal de consenso. Frases como "la cal viva", en palabras de Pablo Iglesias o el "no es no" de Sánchez ilustran lo que decimos; el callejón sin salida que todos conocemos.

Por ello, queridísimos lectores, sería conveniente que los partidos retomaran el discurso atrapatodo. Un discurso necesario para salvar al Estado, en lugar de los intereses partidistas. Ante esta situación, de organizaciones amuralladas a cal y canto en defensa de su clientela, es muy complicado reconstruir un Estado del Bienestar que yace moribundo en los prados merkelianos. Si no se abstuviera el partido socialista – algo incierto tal y como están las cosas – es muy probable que volviéramos a votar en la víspera de Navidad. Volver a votar significaría un fracaso de la clase política en el arte de la negociación. Una negociación que se ha llevado a cabo en términos de "yo gano, tú pierdes", en lugar de "yo gano, tú ganas". Con este talante, alejado de los tiempos de Suárez, seguiremos votando una y otra vez hasta que lesionemos a la democracia. La misma que ha sido dañada en otras ocasiones, por actitudes similares, a lo largo de la historia.

No es no, señor González

Si Felipe González no hubiese hecho pública la conversación que mantuvo con Pedro, quizás hoy, otro gallo cantaría en los corrales socialistas. Es precisamente, la intromisión del expresidente del Gobierno en la democracia interna de su partido, la que pone patas arriba al circo socialista. El titular omnipresente "Sánchez me dijo que se iba a abstener. Me siento engañado" ilustra con creces cómo se mueven las cloacas del poder en los intramuros de Ferraz. "Gracias a estas declaraciones, el semi Dios del puño y la rosa  ha conseguido – en palabras del borracho – que en menos que cantara un gallo, fuera defenestrado el delfín socialista". A día de hoy, el buque insignia de la izquierda navega por los mares turbulentos del pluralismo fracasado. Unos mares que terminarán hundiendo al barco; si éste no consigue un patrón que lo libre del naufragio.

Tras la tormenta política del fin de semana, el partido socialista yace moribundo ante la mirada atónita de quienes defienden la abstención y quienes mantienen el "no es no", expresado por la militancia. Con estos mimbres sobre la mesa, resulta muy probable que el próximo treinta de octubre, la supuesta sesión de investidura sea noticia por el voto indisciplinado del partido socialista. "Parece mentira – me decía esta mañana Jacinto, un viejo conocido del Capri -, que un expresidente del Gobierno incite a los suyos – al menos eso se interpretó de sus palabras – a que se pasen por el forro el veredicto de los militantes". Es precisamente esta actitud, por parte de Felipe, la que invita a la crítica a reflexionar sobre el asunto. Aunque la abstención fuera una opción inteligente, aunque fuera verdad lo que Pedro le dijo a González; por encima de todo está el respeto a la voz de las bases del partido.

Así las cosas, la "intransigencia" de Pedro ante las presiones de los barones – de los peces gordos del partido – es una actitud ejemplar de salud democrática. La postura de Felipe, por su parte, pone en cuestión el respeto a las reglas de juego; a las vocales de toda organización que tome sus decisiones por medio de la participación directa. Aunque Felipe se sintiera "engañado", por encima de su sentimiento está el resultado de unas urnas. Si las declaraciones no las hubiese hecho Felipe sino otro figurante del partido, quizá el titular de la mañana no hubiese sido tan ruidoso y consecuente. Es precisamente, el poder de influencia que tienen las palabras de González sobre la opinión pública española, el que sirve de "cortafuego" a la voz mayoritaria de su partido.

Sin Pedro Sánchez por en medio, ahora toca a la gestora decidir si el grupo parlamentario socialista debería abstenerse o mantener el "no es no" ante una hipotética sesión de investidura. Si la gestora optase por la línea abstencionista – algo muy probable por coherencia democrática con las palabras de Felipe -, el PSOE se convertiría en un partido sin criterio. Un partido que desobedece a las bases y obedece, sin embargo, a las voces provenientes de las glorias pasadas. Estaríamos pues ante una puesta en práctica de la teoría de Gasset. Así las cosas, por sensatez democrática, el grupo parlamentario debería cumplir con el encargo de los suyos. Un encargo proveniente de quienes votan de corazón, de aquellos incondicionales socialistas que una y otra vez, votarían por el "no es no". Lo votarían, por mucho que algunos "jarrones chinos" se empeñaran en cambiar el sino de su voz.

Pelotas de papel

Tras un mes de septiembre cargado de trabajo, ayer fui al Capri. Necesitaba cambiar de aires; salir del despacho; tomarme un café con leche y leer el periódico. Mientras estaba allí llegó Alberto, un viejo conocido de la infancia. Alberto trabaja en una fábrica del pueblo. Se casó con Aurora, la hija de Jacinto, y tiene un niño de diez años; dos más que mi Laura. La verdad sea dicha, me dio alegría verlo. Estaba sin saber de él desde que falleció su padre, el tío "Pepe", allá por primavera. Qué tal Alberto, ¿cómo estás? Bien – me contestó -. Bueno, no muy bien del todo. Y eso, ¿qué te pasa?, cuéntame. Malas noticias querido Abel. Me han diagnosticado un tumor en el cerebro, ubicado entre el ojo y la nariz. En ese momento se produjo un silencio entre los dos. Un silencio amargo, de esos que se sienten en la boca del estómago cuando sufres por los tuyos.

El oncólogo – me explicaba Alberto – dice que lo más probable es que pierda el ojo derecho. El tumor está muy localizado y, si no hay complicaciones en la operación – seguiré viniendo muchos años por el Capri. Sin un ojo – me decía – se puede vivir. Vale, no tendré la misma calidad de vida que si tuviera los dos. Tendré que llevar más cuidado a la hora de cruzar la calzada; tendré algún que otro tropiezo con alguna farola; pero, al fin y al cabo, veré a mi hijo crecer. Veré los detalles que nunca vi con los dos. Miraré a la vida con la lupa que algunos utilizan cuando deambulan por El Prado. Dentro de lo malo estoy contento. El tumor no me ha hecho metástasis, el dolor de cabeza es llevadero y, para postre, no se me han quitado las ganas de comer. Me río cada noche con el Gran Wyoming, tengo el apoyo de mi mujer, y sueño con el día en que mi hijo sea alguien en la vida. Disfruto comiendo jamón y respirando el aroma que desprenden los jazmines de la sierra.

Mientras Alberto me contaba su noticia, me venía a la mente aquellas tardes de hace treinta años cuando jugábamos en la calle con pelotas de papel. Recordaba el día que, tras un chute a lo Cruyff, la pelota impactó contra el Mercedes de Andrés. Alberto es un tío grande. De esos que te dicen las cosas a la cara; de esos que no se andan con rodeos cuando alguien le molesta o le pisa sus derechos. Sindicalista desde los tiempos de Anguita, nunca ha soportado que un senador cobrara dos mil euros por dietas, mientras un obrero ochocientos por trabajos duros y malolientes. La política, me dijo, sería un oficio "humilde" si los políticos comieran fideos, vivieran en bloques hacinados y viajaran en metro como la mayoría de la gente. A Alberto le repugna que se convoquen terceras elecciones. Si así sucediera, me dijo que votaría, pero que lo haría con una papeleta rota en trescientos cincuenta trocitos. Su papeleta iría a la papelera, como han ido millones de votos válidos durante dos legislaturas.

De libros y fracasos

El otro día, me preguntaba Carmelo – un viejo conocido del Capri – por qué no escribía otro libro. Como sabéis, hace dos años, una editorial de Barcelona me publicó: "El pensamiento atrapado", una compilación de los mejores artículos del Rincón. El libro, la verdad sea dicha, no me trajo grandes satisfacciones. El concepto que yo tenía de los escritores, y del mundo editorial en general, estaba a años luz de la cruda realidad. En primer lugar, yo pensaba que una obra – en este caso un libro – era algo más que pura mercancía. Sin embargo, tras la experiencia, entendí que detrás de un "Best Seller" suele haber una gran editorial. Y detrás de una gran editorial mucho poder mediático e intereses económicos.

El libro, como les comento, fue un fracaso en ventas. El primer año solamente se vendieron treinta ejemplares de una tirada de quinientos. Una cifra catastrófica para un joven escritor que quería abrirse camino en la jungla de las letras. Aunque, la obra estaba escrita con pasión. Aunque dediqué noches en vela; madrugones y cientos de horas que robé a mi mujer y a mi hija; lo cierto y verdad, que nunca conseguí atravesar la línea que hiciera de mí un escritor de renombre. Se me juntaron las dos caras de la suerte – esfuerzo y oportunidad – pero, sin embargo, muchos medios me dieron la espalda. La mayoría no publicó las reseñas requeridas; a pesar de que les regalé decenas de ejemplares y les supliqué hasta humillarme.

Aparte del desplante que me hicieron algunos medios, yo tampoco puse mucho de mi parte para someterme a las reglas del juego. Por convicciones personales, no presenté el libro. No quería que los asistentes al evento – la mayoría familiares y conocidos – se sintieran "obligados" a comprar un ejemplar de la obra. Quería que el libro fuera algo más que un objeto rectangular ubicado en la librería de algún salón familiar. Para mí, la obra tenía un significado especial. Era un trozo de mi pensamiento. Un pensamiento cosido en doscientas hojitas de papel. A pesar de todo, para muchos fui un escritor fracasado. Lo fui porque mi obra no se vendió como la obras de Belén Esteban, de Jorge Javier, Pérez Reverte, Dueñas o Marías.

Aunque fracasé en el intentó, este verano he enviado otro manuscrito – una nueva compilación de artículos del Rincón – a varias editoriales. Casi todas me han dado con la puerta en las narices. Ninguna – hasta el momento – ha querido publicar otro trozo de mi pensamiento. Ninguna ha querido arriesgar su dinero en un escritor que vendió treinta ejemplares con su primer lanzamiento. Muchos escritores – me comentaba Carmelo – han fracasado en sus comienzos. Borges tuvo problemas para encontrar editoriales que publicaran su obra más allá de su tierra. Proust, otro escritor de éxito, escribió durante veinte años sin que nadie se hiciera eco de su prosa. Y Stephen King, entre otros, escribió tres novelas antes de que su obra saliese editada. Son ejemplos de escritores que nadie dio un duro por ellos y, sin embargo, hoy son inmortales gracias a sus libros.

Las brevas

Tras subir de la playa, el viejo Tom nos invitó a tomar un aperitivo con motivo del cumpleaños de Mayte; su actual pareja desde que falleció Bárbara. Entre cañas y cañas, Mayte nos contó algunas anécdotas de su vida. Anécdotas, como el día que votó a los socialistas tras cuarenta años de sotanas y censuras. A los ochenta años, la felicidad no es la misma que a los cuarenta. A los ochenta, el espejo que nos refleja, no es más que un testimonio incómodo de los azotes de la vida. "A veces – nos contaba Mayte – miro de reojo al lago de la alcoba. Otras, lo miro de frente e intento recordar el rostro de mi boda. Un rostro de plebeya con espíritu de doncella. Un rostro alegre para una España triste; de caras marrones, de ropa remendada y neuronas apagadas".

Desde el cumpleaños de Mayte no he vuelto por El Capri. Ayer, me comentaba Peter – el dueño del local – que Paco (su cuñado) está de acuerdo con las recientes declaraciones de Felipe González. Si se celebrasen nuevas elecciones, algo muy probable que suceda, "sería un error: querer vender las mismas brevas que la semana pasada". Tanto la fruta como la política son productos perecederos. Productos que caducan de un día para otro; productos – y perdonen por la redundancia – que pierden el brillo tras arrancarlos de la higuera. Pedro Sánchez, Albert Rivera, Pablo Iglesias y Mariano Rajoy han fracasado en el cumplimiento del encargo ciudadano. Los "cuatro jinetes del Apocalipsis" han negociado de forma competitiva. Han negociado, como les digo, como si el arte de gobernar fuera un juego de suma cero.

La campaña electoral que se avecina – dice el cuñado de Peter – será algo así como: "sé lo que hiciste el último verano". Probablemente, las estrategias partidistas pasarán por la búsqueda de culpables; más que en la autocrítica de los elegidos por no llegar a un pacto de Gobierno. Aunque Pedro Sánchez sea "la principal cabeza de turco"; el líder de Ciudadanos tampoco queda bien parado en este desaguisado. No queda bien parado, como les digo, porque su abstención – ante una hipotética investidura de Sánchez -, evitaría el marrón de volver a votar estas navidades. Así las cosas, tanto Sánchez como Rivera son piezas determinantes para evitar la "catástrofe". Una catástrofe entendida como el hastío que supone para millones de españoles volver, y ya serían tres en doce meses, al ritual de las urnas.

Al final, me decía Peter, todas las brevas caen de maduras. Peter se refiere a que, tarde o temprano, los elegidos tendrán que agachar la cabeza para facilitar la gobernabilidad del país. Lo que está ocurriendo en España, forma parte del proceso de adaptación que supone el cambio de paradigma. Aunque el PP sacara tajada mediante la apelación al voto útil, y el PSOE consiguiera otro puñado de votos por el "no es no" de Pedro a Rajoy; lo cierto y verdad es que después de "las terceras" seguiríamos sin romper el "maleficio" del pluralismo partidista. No lo romperíamos, queridísimos lectores, porque la estructura sociológica del voto ya no responde a un modelo mayoritario de PSOE, PP y fuerzas nacionalistas. Ahora, estamos ante una tarta fraccionada por populares, socialistas, podemitas, ciudadanos y nacionalistas. Así las cosas, por mucho que algunos sueñen con los rodillos, no tiene sentido marear la perdiz a cambio de la nada. Al final, hasta las brevas más verdes caen de maduras.

De política y Pretty Woman

Esta mañana, a eso de las ocho, he tomado mi último café en un chiringuito ubicado en las tripas de Torrevieja, concretamente en la playa de "los locos". La playa, por si no lo saben, se llama así porque en los años setenta había allí un manicomio. Me cuenta Jacinto, un octogenario que conocí haciendo cola en el puesto de los churros, que todas las mañanas los locos paseaban por la orilla de la playa. Durante el paseo solían tararear: "¡Es Torrevieja un espejo/ donde Cuba se mira y, al verla/ suspira y se siente feliz!". Un día, un loco se escapó del manicomio y nunca más se supo de él. Desde aquel entonces, cuentan los pescadores, que durante la noche de San Juan, Juan – el loco que se escapó del manicomio – canta la habanera mientras cientos de jóvenes saltan las hogueras.

Jacinto es un lector de pura cepa, de esos que se chupan la yema de los dedos para pasar las páginas del periódico. Le gusta tanto la política que durante la guerra civil, luchó con los maquis desde las trincheras de Sierra Morena. Antifranquista y alérgico a los curas siempre intenta explicar el presente con los retales del pasado. Dice que la derecha es como la mona que "por mucho que se vista de seda, mona se queda". Por mucho que Rajoy quiera un pacto antinatura con Sánchez, lo cierto y verdad – me cuenta Jacinto -, es que el PP y el PSOE son como el tocino y la gasolina. Uno barre para los pudientes y otro para los necesitados. Un pacto entre socialistas y populares sería como una reversión de Pretty Woman a la española. Una pareja que tendría los días contados como lo tuvo el "amor" entre Patxi y Basagoiti. Así las cosas, tan inestable es un gobierno en funciones como un ejecutivo a la italiana.

Tras ver el debate de investidura, llamé a Jacinto por teléfono para intercambiar impresiones. A las cinco de la tarde quedamos en El Capri y allí, entre cañas y gintonics, hablamos sobre el futuro de España; un país, me decía Peter – el dueño del local – que no lo arregla "ni la madre que lo parió". Aunque se convocasen nuevas elecciones – algo muy probable -, lo cierto y verdad es que "escaño arriba, escaño abajo", la configuración pluripartidista del Congreso sería similar a la que tenemos. Los grandes beneficiados serían – aplicando el sentido común – el PP y el PSOE. El primero porque el voto útil serviría para dar un nuevo mordisco a las filas de Ciudadanos. El segundo, porque la "intransigencia" de Sánchez serviría para atraer a su feudo a miles de votantes volátiles de la izquierda. Podemos, por su parte, se quedaría a años luz del”sorpasso". No olvidemos que los casos Monedero, Errejón y Echenique han roto la magia que despertó el líder de la coleta y su discurso "anticastista".

En España, le contaba a Jacinto, no estamos preparados para una coalición a la alemana. En primer lugar, el modelo periodístico que tenemos no se ajusta a las necesidades del presente. Tenemos una prensa previsible al servicio de los partidos. Una prensa, verdad de las grandes, distinta al modelo alemán, y alejada, por supuesto, de Estados Unidos, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda. Tenemos una prensa de tintes ideológicos que ilustra y perpetúa las heridas del pasado. Así las cosas, el sesgo editorial entorpece la edificación de un ideario colectivo, tolerante con los efectos de la democracia representativa. En segundo lugar, el debate de investidura ha sido una escenificación del pluralismo polarizado que nos envuelve. Un pluralismo amurallado que lucha desde sus trincheras para volver al modelo bipartidista de los tiempos “Juancarlistas”. Así las cosas, resulta muy probable que tengamos terceras, cuartas y hasta quintas elecciones. Las tendremos, estimados lectores, porque en este país de luces cortas, no estamos preparados para pensar como alemanes.

Dialogando con Gustavo

Ayer, tras tomar un café en El Capri, recibí un "wasap" de Fulgencio con la noticia de Gustavo Bueno. Como saben, el filósofo falleció el otro día por motivos que no vienen a cuento. Aunque me apasiona la filosofía, no suelo leer a pensadores contemporáneos sino que releo y releo a los clásicos. De Gustavo supe de él por la primera edición de Gran Hermano. Recuerdo que el "hombrecico" se dejaba caer por los platós de Telecinco donde hablaba de Umberto Eco y la intimidad del ser humano. Eran tiempos donde Mercedes Milá tuvo unos picos altísimos de audiencia. También es verdad que "escoba nueva siempre barre bien" o, como diría Sancho Panza, que "jarra nueva hace agua fresca". En fin, Gran Hermano se convirtió en un fenómeno sociológico y el nombre de Gustavo Bueno se hizo popular entre los españoles.

A partir de ahí, me interesé por su obra. Entre sus libros, leí detenidamente: "El mito de la izquierda", una reflexión donde el autor disecciona con acierto el concepto de "la izquierda". Hoy, como tributo a su figura, me permito la licencia de dialogar con él desde los pergaminos del Rincón. Hace décadas, lo que diferenciaba a la izquierda de la derecha era el dinero. De ahí el dicho: "no hay nada más tonto que un obrero de derechas". Hoy, lo cierto y verdad, es que hay mucho obrero de derechas. Tanto es así que si no fuera por ello, ni Aznar ni Rajoy hubiesen ganado por mayoría absoluta las elecciones en los años 2000 y 2011. No se olviden que sociológicamente hay más obreros que empresarios, o sea, más izquierda que derecha. Luego, primer mito desmontado: el dinero no entiende de ideología.

También se ha dicho, y mucho, que la religión es cosa de derechas. Es cierto que en tiempos de República, los rojos no casaban con el clero, que quemaban sus monasterios y esculturas. Y es verdad que el franquismo no movía una mano sin el beneplácito de los obispos. No olvidemos que Franco fue generalísimo de España por la gracia de Dios. Ahora bien, si estas premisas siguieran en pie, la Iglesia hubiese tenido que echar el cerrojo. Sin embargo, la mayoría de la población – los obreros – marca la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta, bautiza a sus hijos, celebra su comunión y, para más inri, cursa religión en primaria y secundaria. Segundo mito desmontado: la mayoría de la izquierda no es atea.

Actualmente es complicado trazar el perfil del votante de izquierdas. Hay gente del campo que vota a Sánchez y gente de la capital que vota a Rajoy. La derecha ya no es una cuestión de boinas y la izquierda de urbanitas. Ni siquiera se puede afirmar que la corrupción es pedigrí del Pepé y la honradez del PSOE. Tampoco es lícito afirmar que el Pepé viste de Prada y Podemos del montón. Como tampoco es acertado afirmar que la izquierda sube impuestos y la derecha los baja. Son tantos peros y contraejemplos a los tipos ideales de izquierda y la derecha, que sería incapaz de trazar una caricatura perfecta de los mismos. Aún así, Sánchez saca pecho de socialdemócrata, Podemos de "nueva socialdemocracia", Rajoy de "centro derecha" y Albert Rivera "no sabe, no contesta".

De burbujas y garitos

El Capri ya no es el sitio chic de los ochenta. Ahora lo frecuentan adolescentes tatuados con dibujos que ni ellos saben lo que significan. Ayer, sin ir más lejos, me sentí como un idiota en una fiesta de veinteañeras. Después de diez años de casado, uno pierde las habilidades necesarias para el ritual de la conquista. Las canas y los golpes de la vida hacen que las mujeres huyan de los hombres amargados; de esos que leen la prensa y hablan de política en lugares inadecuados. Ya no soy el joven de gafas y pelo a lo afro, que con solo abrir la boca hacia reír a las monjas de clausura. No soy ni una décima parte de aquel tipo que bebía Vodka y fumaba hierbas en el asiento de atrás de un Seat solitario.

Ayer, sentí el amargor que sienten los perros cuando su amo no juega con ellos en el sofá de costumbre. La mujer que estaba sentada en el taburete de la barra era una copia barata de Manuela; la muchacha que hace dos décadas cantaba: "sufre mamón…" en las verbenas de mi pueblo. Quién lo iba a decir que el paso de los años convirtiera a esa esfinge de primavera en una pieza de hojalata. A su lado estuvo toda la tarde Jacinto, el hijo del Picante. Entre mojito y mojito, el ambiente se fue calentando. Tanto se calentó, que los dos terminaron borrachos como cubas en los sillones rojos del fondo. El tipo de traje los miraba de reojo, mientras movía lentamente el carajillo. Cuando terminó su cometido, dejó un euro encima de la barra e introdujo la servilleta arrugada, tras limpiarse la boca, dentro de la taza.

Le dije a Peter, el dueño del Capri, que me pusiera una Zero. Necesitaba un refresco que me mantuviera despierto y no dejara rastro en mi aliento. Por la puerta entraba Jaime, toda una institución en el Capri. Sin oficio conocido, frecuenta el garito desde que le salieron los dientes. Todavía se ajusta los pantalones con un cinturón de clavos plateados, como los que llevaban los Rebeldes en la movida madrileña. Lo saludé con cortesía, con el amor que se siente a alguien solo por la costumbre de verlo. Me dijo que había ido a una clínica dental a que le presupuestaran los dientes. Me han pedido – me dijo – tres mil pavos por arreglarme la boca. A los cincuenta – le dije – quien no está gordo, está calvo. Y quien no está calvo, le falta algún diente. Hoy su esquela cuelga de la fachada de la iglesia. Al verla, me han venido a la mente las burbujas del Gintonic, las mismas que nos acompañaron durante años en las tertulias del Capri. D.E.P.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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