• LIBROS

  • open_southeners_logo

    Diseño y desarrollo web a medida

De política y Reyes Magos

Todas las noches, desde hace dos meses, Laura – mi hija de ocho años – ha soñado con la noche de reyes. Tanto es así, que se descargó una aplicación del móvil para "hablar con ellos" mediante video llamada. A lo largo de este tiempo, ha recopilado varios catálogos de juguetes. A través de ellos, Laura ha aprendido las vocales de la economía: la escasez y el coste de oportunidad. Se ha dado cuenta de que, todos los juguetes no podía pedirlos sino que tenía que escoger. Y, se ha percatado de que, por cada juguete elegido, perdía la oportunidad de elegir otros. También se ha dado cuenta de que cada elección va acompañada de ilusión. Los niños, como la mayoría de nosotros, sueñan despiertos.

Ayer, nos fuimos a casa de unos amigos a comer el roscón. Nos liamos hablando y, sin quererlo ni beberlo, nos metimos en las dos de la madrugada. Al llegar a casa, Laura quería irse a toda prisa a la cama – algo totalmente anómalo en un día cualquiera -. Mi hija quería que la noche pasara cuanto antes. Lo quería, para despertar y poder tocar los juguetes tras varios meses de espera. Quería ver como sus sueños se hacían realidad. Cuando se quedó durmiendo y tras ponerme el pijama, bajé al garaje a por los juguetes. Los tenía en el maletero del coche desde el pasado miércoles. Cogí los paquetes – una bañera para las muñecas y un proyector de las Pinypon – y los puse en el balcón.

Hoy, a las siete de la mañana – y con tan solo cinco horas de sueño -, mi hija nos ha llamado. "¡Papá, mamá: han venido los reyes!". Su cara de alegría y felicidad ha valido más que mil verdades juntas. Mientras destapada los juguetes, Diana – nuestra perrita – ha movido más que nunca la colita. Laura ha visto, un año más, como sus sueños se han hecho realidad. Ha visto como sus sobresalientes en lengua y sociales han tenido su recompensa. Y, ha aprendido que la ilusión es un ingrediente importante para cocinar el plato de su vida. Mientras ella jugaba, he recordado el día en que supe que no existían los Reyes Magos. Aquel día recibí una gran lección de la vida: el desengaño.

La política y los Reyes Magos van cogidas de la mano. Durante la campaña electoral, comparamos los mensajes. Lo hacemos, como hacía mi hija cuando analizaba con lupa sus catálogos de juguetes. Después, cuando lo tenemos claro – o medio claro – vamos a las urnas y arrojamos la papeleta. Lo hacemos, igual que hizo mi hija la semana pasada, cuando depositó su carta en el buzón que se hallaba junto al Cartero Real. Una carta escrita con pasión e ilusión. Con la misma ilusión, que muchos militantes votaron por sus siglas en los tiempos de Suárez. Tras las elecciones, y sobre todo en los últimos años, muchos votantes se sienten desengañados. Se sienten igual que millones de niños, cuando se enteran de que no existen los Reyes Magos.

De Podemos a Pudieron

En el vertedero, la noticia estrella, de estas Navidades, ha sido el rifirrafe entre Iglesias y Errejón. Aparte de este titular – que al fin y al cabo son cosas normales que ocurren en todas las organizaciones – no he leído ningún análisis riguroso sobre el porvenir de Podemos. Desde que el PSOE pactó con "el diablo", Iglesias se ha quedado "para vestir santos" en los escaños del hemiciclo. Se ha quedado así, como les digo, porque su formación no nació para sustituir a Izquierda Unida, sino para conquistar La Moncloa. A día de hoy, Pablo Iglesias – "el coletas", como le llaman despectivamente desde la caverna – ni ha besado el cielo, ni ha tonteado con la luna.

La gran coalición a la alemana está dando sus frutos en el ideario colectivo. A pesar de los casos de corrupción, – que los habrá más allá de nuestros bisnietos -, lo cierto y verdad, es que ya no existe ese malestar popular que hubo durante los tiempos de los indignados. Al final, como dice el dicho: "ningún mal dura cien años", y “con el tiempo y una caña, hasta las maduras caen”. En días como hoy, la Ley Wert – que tanta ampollas levantó entre la comunidad educativa – está a punto de compartir vitrina con otras tantas momias del sistema educativo. A día de hoy, la Reforma Laboral, la Ley Mordaza y todas joyas de la derecha; tienen los días contados en el ordenamiento jurídico.

Podemos nació de una emoción. Una emoción de esperanza para millones de españoles que se sintieron engañados por las promesas de Rajoy, y por la derechización de Zapatero. Hoy, aquella emoción, que tuvo su punto álgido en el 15-M, se está apagando. Se apaga como lo hacen, cada día, millones de amores como fruto del desgaste. Podemos ya no es el partido ideal que triunfó en las pasadas europeas. A día de hoy, Podemos es un partido como otro cualquiera. Un partido más del cortijo – o de la "casta", en la jerga de su líder -. Un partido con sus contradicciones, garbanzos negros y camarillas..

En días como hoy, Podemos se ha convertido en “Pudieron”. “Pudieron” porque ya escriben con verbos en pasado. "Pudieron" porque fracasaron en la conquista de La Moncloa y en el sorpasso a Pedro Sánchez. Y “Pudieron” porque criticaron a la casta y ahora forman parte del enredo. Hoy, por mucho que quieran emprender la remontada, es muy complicado que las aguas vuelvan a su río. Es muy complicado porque las circunstancias han cambiado. La aspirina ha perdido el efecto efervescente en el vaso del enfermo. En el vaso ya no fluyen las burbujas de la indignación y las mareas. Las mismas burbujas que sirvieron a Podemos para tejer su utopía.

Nochevieja rota

Todos los años, el día de Nochevieja, ceno con los míos en casa de mis suegros. Al calor de la chimenea, recordamos viejas anécdotas familiares y, al final, no sé como nos las apañamos, que terminamos hablando de política. Ayer; aparte de Rajoy, Pedro Sánchez y todo el cortijo junto, hablamos de Ronaldo. Se preguntaba mi padre: "Por qué criticamos el sueldo de un diputado y, sin embargo, no decimos ni pío acerca de los ingresos de Cristiano". Pensándolo bien, el hombre tenía razón. Al fin y al cabo, el sueldo de un diputado – setenta mil euros al año – es una migaja, al lado de los setenta y siete millones de euros que cobró, el año pasado, el jugador de Florentino.

Es el mercado, le respondí a mi padre, el responsable de semejante injusticia. El ajuste entre la oferta y la demanda es el que permite que unos cobren tanto y otros tan poco. A pesar de ello, NADIE – y lo pongo con mayúsculas – se ha manifestado en contra de esta burbuja, a la que llamamos futbol. Resulta inadmisible que unos hagan malabarismos para pagar la factura de la luz y otros, por darle cuatro patas a un balón, cobren estas salvajadas de dinero. Por mucho que nos indignemos, la vida está así montada. Lo está porque nosotros – los tontos, los idiotas – lo permitimos. Permitimos que el futbol mueva montañas y permitimos – y no se enfaden por ello – que unos tengan la fama y otros carden la lana. 

Después de comer las uvas y "solucionar los problemas del país" nos fuimos a casa. El día de Nochevieja, nos gusta quedarnos en el sofá – tapaditos con la manta – hasta las tantas de la madrugada. Nos pusimos "Noche de Paz" y con una botella de sidra y unos bombones de Mercadona, disfrutamos de las primeras horas del año nuevo. Nos olvidamos de las deudas, los dolores y los problemas laborales. Desconectamos del estrés de cada día y ese momento – la verdad dicha – nos hizo más feliz que muchos billetes juntos. A las cuatro de la mañana, tras poner el móvil a cargar, le eché un vistazo al Twitter. Un atentado – leí en un periódico del vertedero – deja una treintena de muertos y no sé cuantos heridos.

Si antes fue la sala Bataclan, ahora es una discoteca de Estambul. Al fin y al cabo, se repite el mismo ritual que decenas de atentados perpetrados desde el año 2001. Atentados que apuntan contra víctimas inocentes. Gente ajena a los problemas internacionales, que fallecen por el simple hecho de encontrarse accidentalmente en el lugar equivocado. Aparte de tales salas de diversión, los atentados de los últimos años utilizan el transporte. Si antes fueron los aviones y los trenes, ahora son los camiones. Camiones que cruzan paseos marítimos y mercadillos navideños. Camiones que arrasan a todo aquel que se cruza en su camino. Ante esta inseguridad colectiva, lo único que le podemos pedir al 2017 – aparte de dinero, trabajo y salud – es que la paz reine nuestro destino.

Elogio a la mesa

Desde hace más de diez años, no vivo con mis padres. Los hijos – decía un sabio de la vida – nacen, crecen y vuelan. Los hijos están – estamos – de paso por el nido familiar. Aún así, todos los jueves, por tradición, como en casa de mis padres. Como en la misma mesa que me vio crecer. La misma que pinté con un bolígrafo Bic y con unas tijeras hice trocitos su mantel. En esa mesa presencié llantos y alegrías. Presencié la compañía de mi abuela el día de San José. Y presencié el rostro joven de mis padres, cuando mi tenedor no alcanzaba al tomate que se hallaba en el plato de la ensalada. En esa mesa, de madera clara y patas barrocas, mi hermano y yo, nos hemos "peleado" como bárbaros y romanos. Y, acto seguido, hemos hecho las paces como jugadores de rugby.

Un día, recuerdo que se rompió la pata de la mesa. Estábamos comiendo cocido y de repente, la pata se desplazó y la dejó coja. Un vaso cayó al suelo y se rompió – hoy, muchos adictos a twitter seguro que le habrían hecho una foto y subido a la red social -. La desgracia fue que Estrella – la perrita que vivía con nosotros – pasaba por allí y se clavó un trocito de cristal en la planta del pie. Le quité como pude el cristal y la curé. Los perritos son tan agradecidos que se tiró toda la tarde chupando mi cara en señal de agradecimiento. Yo, sin que mi madre me viera, siempre le echaba trocitos de queso. Le gustaba tanto que sus ojos de satisfacción valían más que la sentencia por mi fechoría. Aquella perrita falleció hace cinco años. Todavía la veo mirándome a los ojos para que le eche a su boca  trocitos de queso.

El día de Navidad, solemos comer en esa mesa. Mientras estoy allí sentado, me vienen a la mente cientos de olores, palabras y gestos que han ido falleciendo a lo largo de los años. Al final todo muere. Mueren las palabras cuando salen de la boca, mueren los olores cuando pierden el aroma y mueren los ríos cuando llegan a la mar. Allí sentado, recuerdo a mis abuelos, mis primos y mis tíos cuando cantaban la "Marimorena" el día de Nochebuena. Recuerdo, los chistes que contaba mi tía minutos antes de las doce campanadas. En aquella mesa, presencié noticias que me dolieron más que cien patadas en el culo. Noticias como la muerte de mis abuelos, la enfermedad de mi padre (hoy curado), y cientos de titulares que es mejor olvidar para que las heridas cicatricen. En estas fechas, la mesa se convierte en la resurrección de los recuerdos. Recuerdos que en su día nos produjeron felicidad, y que gracias a la Navidad se mantienen vivos en el ideario familiar.

Váyase, señor rector

Hace años conocí a una mujer en El Capri. Una mujer de esas que beben gintónic y fuman Ducados en la puerta de los bares. Tras cambiar impresiones sobre lo que se cuece en los fogones del vertedero, me dijo que era redactora de un periódico sudamericano. Un diario versado en Ciudad Juárez, que narraba los sucesos de una de las ciudades más inseguras del mundo. Allí – me dijo – la vida de un periodista vale menos que una peseta en la España del ahora. Le comenté que yo tenía un blog y escribía de política. Acto seguido, le pidió una servilleta a Peter – el dueño del Capri – y apuntó el nombre de la bitácora. El otro día, recibí un correo electrónico de las tripas mexicanas. Un correo de ella, Isela.

Isela quería que le ayudara sobre un reportaje acerca de plagio y literatura. Con el título "palabras robadas",  aquella mujer que conocí en la barra del Capri, quería denunciar tales corruptelas literarias. Tras analizar varios casos de plagio, por parte de altos políticos en Alemania, me preguntó si conocía algún caso español para ilustrar su trabajo. Aparte de Arturo Pérez Reverte, acusado de plagio por el cineasta Antonio González-Vigil, en España hay más casos sonados. El más reciente – le dije – es el de Fernando Suárez, rector de la Universidad Rey Juan Carlos. Como saben, este señor está cuestionado por plagiar varios trabajos de carácter científico. Trabajos que le han servido – según rezan algunos titulares – para escalar puestos en las montañas del paraninfo.

Las palabras – me comentaba Isela – nos pertenecen. Son el vehículo del pensamiento. Y el pensamiento de cada individuo es único e irrepetible. Por ello, cuando alguien toma prestadas las palabras de otro; debe citar la fuente y escribirlas entrecomilladas. Si no lo hace se convierte en un ladrón de ideas. Un ladrón como aquel que roba gallinas en la granja del vecino. Aunque el plagio no distingue entre grandes y pequeños escritores, lo cierto y verdad, es que no tiene la misma relevancia mediática; que Jacinto copie párrafos para un trabajo de primaria, a que lo haga Fernando Suárez, el rector de una universidad de renombre. El plagio, por parte de un representante institucional, mancha el prestigio de la institución.

Isela, tras documentarse sobre el caso del rector, me preguntó: ¿este señor no ha dimitido? No, le respondí. Fernando Suárez sigue en su sillón aguantando el chaparrón. Sigue soportando la vergüenza mediática y manchando el nombre de la universidad. Si esto hubiese sucedido en Alemania, este señor habría durado en el cargo menos que un caramelo en una fiesta de cumpleaños. Pero tratándose de España, las cosas del plagio van despacio. El plagio afecta a la dignidad de la persona; a los cimientos morales y a la imagen pública. No es admisible – le dije a Isela – que se sancione a un alumno por plagiar algún párrafo en un trabajo del grado, y que un rector se vaya de rositas por actos similares. Por ello, lo mejor sería, por higiene democrática, que este señor dimitiera. Que dimitiera para recuperar el prestigio universitario, y salvaguardar el derecho a la propiedad intelectual.

De Esperanza y demagogia

Según Esperanza Aguirre: "los sueldos de los políticos no dan para mucho, y donde podemos ir es a tiendas low cost como Primark". La crítica no puede pasar de puntillas ante semejante declaración. No puede, queridísimos lectores, porque tales palabras son demagógicas y oportunistas. Demagógicas, si subrayamos que durante el 2015, Rajoy y Santamaría recibieron 6.515,42 euros brutos al mes y 6.123,86 respectivamente. Demagógicas si tenemos en cuenta que un Secretario de Estado – cargo de libre designación – cobra más que un ministro. Y demagógicas, y perdonen por la redundancia, si destacamos que un ex presidente del Gobierno – por ejemplo Felipe González – cobra 75.000 euros al año.

Las palabras de Esperanza son demagógicas. Lo son porque en este país – el suyo y el mío – la mayoría de los trabajadores cobra mil euros al mes. Mil euros que, como ustedes saben, no dan para ir a boutiques; vestir con ropa de marca y salir a cenar los fines de semana. Con mil euros, la mayoría se contenta con comprar en el Primark. Se contenta con comprar en tiendas low cost porque sus salarios "no da para mucho". Por ello tales establecimientos tienen tanto éxito en la España del ahora. Una España donde unos pocos ganan mucho y, la mayoría gana poco – poquísimo -. Así las cosas, Soraya Sáenz de Santamaría – por poner un ejemplo – gana en un mes, lo que Alejandro – un anónimo de la calle – gana en seis. Y los gana, trabajando ocho horas, con un contrato temporal, en una fábrica cualquiera.

La declaración de Aguirre es demagógica – y no me cansaré de repetirlo – porque intenta crear una falsa identidad entre la clase política – el establishment – y nosotros: los tontos, los idiotas. Los sueldos de los políticos, en contra de lo que dice esta señora, dan para mucho. Para tanto que se pueden permitir viajar en primera, comprar ropa de marca, conducir coches caros y comer "gamba roja" los siete días de la semana. Las palabras de la ex presidenta, aparte de ser demagógicas son oportunistas. Lo son porque ha aprovechado la visita de Santamaría a las instalaciones de Primark, para extrapolar que "los sueldos de los políticos no dan para mucho". Es una falacia – y ella como licenciada en Derecho, lo debería saber – hacer generalizaciones de evidencias puntuales. No es extrapolable que la clase política compre en el Primark. Hagan ustedes la prueba; vayan al Primark durante varias semanas consecutivas, y a renglón seguido cuenten los políticos que hay escarbando en los montones.

El cortijo

Aquella madrugada, conocí a un tipo raro en El Capri. Un tipo de esos que beben Bourbon, mientras leen lo que se cuece en las páginas del vertedero. Tras hablar con él un buen rato, me di cuenta de que detrás de ese aspecto descuidado, se escondía alguien inteligente; alguien esculpido con los cinceles de la vida. Hablaba despacio, tanto que sus palabras desfilaban como si fueran nazarenos en una procesión de Viernes Santo. Con él estaba La Juana, una mujer de esas que calzan tacones y transitan a deshora por las barras de los pueblos. En este país de pillos y granujas – me dijo – los que viven como reyes son los del cortijo. En el cortijo, se reparten los cargos como si fueran caramelos en una fiesta de cumpleaños. Allí, los cargos se eligen a dedo entre los amigos de unos y los conocidos de otros. Allí no hay desahuciados, ni gente haciendo malabarismos para llegar a fin de mes. Tampoco hay miedo a los EREs, ni siquiera a un jefe que te tosa los lunes por la mañana.

Para entrar en el cortijo no hace falta oposiciones. No hace falta romperse los codos para conseguir una plaza de maestro en un colegio del Estado. No es necesario entregar el currículum, ni saber muchos idiomas. Ni siquiera hace falta pasar por una entrevista de selección o una dinámica de grupo. Para más inri, tampoco hace falta ser guapo, alto o feo para firmar el contrato. Lo que importa para entrar en el cortijo, es que seas "amigo de"; amigo del alcalde, concejal o diputado. Solo con eso, y un poquito de suerte, la vida de un ignorante se convierte en el sueño americano. Gente que sin contactos serían muertos de hambre; con contactos, se transforman en hombres pseudocultos con despacho y secretaria. Mientras nosotros; los tontos, los idiotas criticamos la política. Ellos – los del cortijo – hacen de ella el mejor de los manjares.

Con aquel tipo del Capri aprendí más que una tarde de estudio en la biblioteca de mi pueblo. En el cortijo hay quienes cobran por sus dietas más que un mileurista, trabajando de sol a sol en el huerto de limones. Hay quienes salen del cortijo con pensiones vitalicias, casas revaloradas, y negocios imposibles sin los lazos clientelares. El alcalde de su pueblo – me contaba Gregorio, otro asiduo del Capri – entró en el consistorio con un Seat Córdoba. Después de veinte años con el cetro en la mano, salió hecho un hombre de los pies a la cabeza. Ahora se mueve por las calles con un BMW de alta gama y camisas de Ralph Lauren. Es lo que tiene el cortijo, sabes como entras pero no sabes como sales. Hay quienes entran honestos y salen corruptos, y quienes entran granujas y terminan en la cárcel. El hechizo del cortijo tiene que ver con la erótica de los sillones. Una erótica de insinuaciones y fetiches; miradas de reojo y secretos palaciegos.

El vertedero

Como sabéis, ya no escribo en otros medios. Solo lo hago aquí, en mi Rincón. Un Rincón que cada día pierde lectores y que, al final, cerrará sus puertas, como lo hacen cada año miles de bitácoras. Este blog pierde lectores, como les digo, porque sin línea editorial definida, los consumidores no están acostumbrados a sentir las piedras sobre su propio tejado. La gente – le decía el otro día a Joaquín – no lleva bien que el pensamiento crítico entorpezca su camino. Así las cosas, la prensa escrita se ha convertido en un cortijo de escritores populistas. Periodistas, la mayoría, sujetos al periodismo de partidos. Un periodismo que cuenta lo sucedido conforme al prisma ideológico de sus lectores de kiosco. A través de la escritura, he conseguido asomarme al vertedero. Desde la ventana, he visto lugares inundados de maleza, de influencias y censuras. En el vertedero, el talento se diluye como lo hace una aspirina en el vaso del leproso.

Al principio, escribía horas y horas desde la soledad de mi despacho. Sacrifiqué momentos de dedicación a los míos. Mi sueño era convertirme en alguien como Saramago u otro pensador de renombre. Un sueño difícil de lograr para un anónimo de la vida, sin padrino y sin dinero en la España del ahora. Aún así, todavía sigo derramando litros de tinta en la blancura del pergamino.  Durante estos años, he colaborado con varios medios. He sido cómplice de lo que se cuece detrás de una prensa decadente, miedosa y dependiente. Miedosa, por no saltarse las reglas del guión establecido. Dependiente, por tener sus cadenas amarradas a los puertos del dinero. Durante este tiempo, he sentido la frustración que sienten los presos cuando su pena se alarga al final de la condena. He avistado, durante días, las secciones de opinión de periódicos conocidos. Días de desengaño, tras comprobar que la tribuna que escribí con tanta pasión y sacrificio, fue arrojada al cubo de la basura.

En el vertedero, he visto como otros han ninguneado mis ideas y acto seguido han escrito artículos parecidos. Entre la maleza, he conocido gente grande escribiendo como mediocres y "gente mediocre" escribiendo como grandes. Gente, que de puertas para afuera, ha criticado a un partido y de puertas para adentro ha elogiado sus políticas. En el vertedero, me han ofrecido colaboraciones a cambio de las gracias. Y, en el vertedero, he visto a muchos pseudoescritores juntar letras peor que un ni-ni de Zapatero, de esos que la prensa puso a parir por un informe de la OCDE. Por todo ello, y mucho más, escribo al margen del sistema. Escribo en la tierra de nadie, como diría alguien del medievo si me oyera. Escribo para abstraerme de un engranaje que silencia a las feas del rebaño. Un sistema de oligarcas y camarillas donde la opinión libre, plural e independiente se convierte en un problema para el conjunto del decorado.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

  • Categorías

  • Bitakoras
  • Comentarios recientes

  • Archivos